Gerardo Muñoz, A propósito de la guerra civil en el Partido Popular español

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Apenas unos días antes de que explotara el conflicto ruso-ucraniano otra guerra colmaba las tapas de los diarios españoles: se trataba de una guerra civil instalada en el propio seno del Partido Popular (PP). Los contrincantes eran los dos liderazgos fuertes del partido, el presidente Pablo Casado y la célebre gobernante de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso. Aunque el conflicto detonó por la acusación de una supuesta malversación de compras de material sanitario vinculado al hermano de la presidenta madrileña (anunciada a los cuatro vientos por el propio Pablo Casado en una entrevista en la COPE quebrantando la presunción de inocencia), este pleito ha sido el sobrevenido de una latencia al interior del partido de la centroderecha española. Es importante recordar que, durante el verano del 2018, Pablo Casado irrumpía en la escena con un liderazgo fuerte y beligerante para enmendar la supuesta debilidad de Mariano Rajoy que desembocó en una serie bochornosa para la derecha: la crisis catalana de octubre de 2017, el ascenso de Vox a escala nacional, y finalmente la moción de censura en el Congreso de los Diputados que liquidaría la legislatura abriéndole paso a Pedro Sánchez (PSOE).

Como escribimos en aquel verano, el liderazgo de Pablo Casado aparecía como una derecha “cafetera”, en condiciones de competir virtuosamente con Santiago Abascal, por un lado, y contener con mano dura la intensificación del procés catalán, por otro. A finales de la primavera de 2019, la fotografía de las “tres derechas” en la Plaza de Colón ofrecía la posibilidad de un símbolo: reamar el espacio de la centroderecha en una especie de “Frankenstein” reaccionario. Una vez abierta la crisis del PP podemos ver con claridad que el partido alfa de las clases medias españolas no sólo ha sido incapaz de unificar el bloque, puesto que la fragmentación ha continuado su curso. ¿Cómo se ha llegado a este punto?

Cuando los historiadores vuelvan sus miradas sobre el ciclo post-15M de la política española notarán no solo una generación que imputó el régimen del 78, sino también podrán verificar la radicalización de una mutación en la derecha. Si algo demuestra la guerra civil entre Díaz-Ayuso y Pablo Casado es precisamente que una radicalización no se reduce al auge de Vox en las encuestas (ahora posicionado como la segunda o tercera fuerza política, según las encuestas más confiables), sino también a la propia dirección interna del Partido Popular. Y esto implica un problema en la forma política, esto es, de la propia estructura del partido. Al fin y al cabo, la desobediencia pública de Díaz-Ayuso ante el presidente y sus barones – a lo que se le suma un respaldo mediático de la prensa conservadora de la mano de una movilización en la sede de la Calle Génova – es haber explicitado el cismo en un partido cuya energía queda coagulada en un liderazgo fuerte. En este sentido, Díaz-Ayuso ha demostrado que no es necesario poseer una autoridad partisana, pues lo esencial es desatar una fuerza carismática oportuna.   

En contextos de guerra civil, el movimiento desborda la energía de la política y deshace el lugar de la autoridad de las formas. Al igual que el “pueblo alzado” del legalismo trumpista durante los primeros días de enero de 202, la embestida de Díaz-Ayuso contra los cuadros más altos de su partido pone en evidencia la fuerza desatada del traspaso del carisma hacia un movimiento que prescinde de la mediación de cuadros intermedios y de procesos burocráticos. De ahí la necesidad de una estrategia de visibilidad carismática. Una vez que la guerra civil se desata contra las formas de autorización no hay vuelta atrás. Como supo ver con claridad Carl Schmitt desde las entrañas del Leviatán nacionalsocialista, el principio de guerra civil se activa cuando las formas políticas pasan a estar en manos de un movimiento orientado por destrezas de un carisma único e irrefrenable.

Díaz-Ayuso ha podido consagrar su carisma a partir de la gestión pandémica en la Comunidad de Madrid desde la cual reactivó los viejos ideales de la libertad individual y la supervivencia económica ante el miedo de la crisis sanitaria. Y ante el confinamiento de prevención por contagios, Díaz-Ayuso articuló un imaginario de comunidad de refugio para hombres y mujeres libres. Un meme de aquellos meses la mostraba como la alegoría de la “Libertad” en el conocido cuadro de Eugene Delacroix. Tras su contundente victoria electoral en Madrid, el filósofo Santiago Alba Rico definió el carisma de Ayuso como el ideal de una tabernera, pues ella lograba insertar un elemento revolucionario en el tablero político. Quienes hayan visto el filme Lunes al sol (dr. León de Aranoa, 2002), recordarán la fuerte impronta del bar español como lugar de consolación ante la devastación laboral durante los inicios de la España neoliberal. Así, Díaz-Ayuso ha podido desafiar los controles del gobierno central, pero también ha estado en condiciones de iniciar una gestión pandémica que la aleja de la burocracia del partido. El viejo principio teológico-político que recuerda que un rey puede manda mas no gobierna ahora reaparece con nitidez entre los populares.

Este diseño demiúrgico hace posible reintroducir la energía stasilógica al interior del partido a punto de hacerlo colapsar desde lo más profundo de sus cimientos. Y aunque Carl Schmitt definiera el momentum de la guerra civil como una mediación entre Padre-hijo para estabilizar un orden institucional concreto; la versión secularizada de la guerra civil contemporánea desconoce la forma, puesto que su movimiento se desatada como la voluntad del más fuerte. Esto implica, entre otras cosas, que el PP como partido ya no se atiene a una forma, sino que su manera de sobrevivir en el tablero político español se patentiza mediante una competencia con Vox para así navegar las aguas de la legalidad democrática a ras de la ilegalidad. En cualquier caso, la guerra civil del Partido Popular también ha demostrado que el esquema de la hegemonía es inalcanzable desde la centroderecha, puesto que también allí la pulsión del cismo deshace todo cierre formalista.

No hay dudas que la creciente decadencia de la forma partido es un fenómeno de la crisis de la legitimación política que viene de lejos. Como ha visto Heather Gerken (Yale Law) en el contexto norteamericano, una vez que las lealtades visibles de los partidos pasan a ser opacas, la forma partido deja de tener una forma vinculante en la representación institucional. Y aunque en el caso nominal de Díaz-Ayuso, la crisis de partido no está dada por intereses opacos de financiación, los excesos de visibilidad y mediatización de un carisma seductor toma el mando para orientar decisiones, programas, y rebotes en la turbulencia de la normalidad política. Entre la intensificación del movimiento y la postura residual de la forma partido se va fosilizando una estructura dualista en la cual la representación queda subordinada a la intensificación de quién sostenga el mando en cada momento.

Este dualismo lo hemos visto emerger con la victoria de Díaz-Ayuso sobre Pablo Casado, por un lado, y el ascenso del “moderado” líder gallego Alberto Núñez Feijóo como nuevo presidente de Partido, por otro. Feijóo ahora asume el lugar de un liderazgo vicario de un partido que continúa existiendo, aunque en realidad no gobierna. Y en ese vacío de autoridad, veremos la intensificación del movimiento de la mano de formas tecnocráticas regionales, como ya nos demuestra el pacto PP-Vox en Castilla y Léon. A partir de ahora, gobernar consistirá en ese equilibrio en dos tiempos: un partido sin autoridad y un movimiento sin partido.

Pero la guerra civil al interior de Partido Popular español no debe entenderse como un caso excepcional y acotado en los entramados de la política nacional de ese país europeo. En realidad, la guerra civil contemporánea es una de las condiciones paradigmáticas desde la cual podemos entrever la creciente abjuración sísmica tras el colapso del orden categorial de lo que hasta ahora habíamos entendido por “política”. Y esto implica que la apuesta stasiológica nos obliga a volver a pensar el problema de la organización por fuera de las suturas hegemónicas de lo social. Desde luego, en los próximos meses veremos a un Nuñez Feijóo en un escenario parecido al de Benito Cereno: instalado en un buque que navega silenciosamente en compañía de un grupo de piratas sublevados. ¿No es este, al final, el destino de todo político contemporáneo? Ante esta nueva realidad entregada al encuadre de la guerra civil, el tiempo queda en manos de una movilización cuyo dominio se caracteriza por la optimización de efectos y causas. Y una vez que la guerra civil haya colonizado las mediaciones del orden social, las artes del gobierno exigen la invención de nuevas armas para dirimir la temporalidad del interregno.


Imagen de portada: Dan Monteavaro, teeter totter

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