Rodrigo Karmy Bolton, Tesis sobre el fuego

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I

La sistemática expansión de la OTAN hacia Europa del Este durante las últimas décadas no expresa el fortalecimiento sino el agotamiento de los EEUU como potencia hegemónica.

II

La alianza por la seguridad –inventada inmediatamente después del fin de la Segunda Guerra Mundial como muro de contención frente a la ex URSS- implicó la instauración de un “protectorado” estadounidense sobre Europa. Que el canciller alemán Olaf Scholz haya propuesto aumentar el presupuesto militar alemán a un 2% del PIB expresa, de manera tácita, que lo que está en juego aquí es, sobre todo, el resquebrajamiento de este “protectorado”. Que se le haya exigido a Europa y a Alemania en particular cerrar el proyecto Nordstream 2 a favor de los capitales estadounidenses tampoco debe entenderse como expresión de la fortaleza del “protectorado” sino como el intento económico y político por suturar su fractura. 

III

La creación de la OTAN significó el apuntalamiento real del dominio estadounidense sobre la faz del planeta consumado en 1990 con el fin de la ex URSS. Desde 1990 los EEUU han experimentado tres fases:

  • Fase “monárquica” en la que EEUU se presenta como la potencia unilateral del planeta, en la forma de una policía global orientada al resguardo político-militar del capitalismo igualmente global.

  • Fase “oligárquica” donde, después de los atentados a las Torres Gemelas y la consecuente declaración de la “guerra contra el terror”, EEUU establece una estrategia orientada a establecer alianzas con las oligarquías regionales, para mantener su dominio al precio de subsidiar nuevas guerras.

  • Fase “implosiva” en la que EEUU fracasa en su intento hegemónico pues se encuentra con potencias emergentes de tipo capitalistas (China), pero que abandonan el proyecto liberal. En este sentido, la hegemonía de 1990 retrocede del mundo y EEUU experimenta un proceso de tipo “implosivo” que, sin embargo, aún no se expresa a nivel militar donde EEUU sigue teniendo la mayor cantidad de bases militares alrededor del planeta (entre 700 y 800). Sin embargo, la fase “implosiva” ya comenzó, y encuentra su momento en dos escenas que están estructuralmente anudadas entre sí: la entrada de trumpistas al Capitolio mientras tenía lugar el conteo de votos durante la elección Biden-Trump y el retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán: la “barbarie” (estadounidenses) se hundía en el seno del imperio y los otrora bárbaros (afganos) emergían como nuevos “civilizados”: ¿quiénes son los bárbaros, quienes los civilizados? –se traduce en: ¿dónde está el límite, la frontera, el territorio del “bien” y el del “mal”? No hay límite, frontera o territorio. No hay nómos. A pesar de las ilusiones completamente restitutivas de Trump (“make America great again”) y Biden (“America is back”), la difuminación de la pax americana es total.

IV

El retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán constituye el “Suez” de los EEUU: de la misma forma que Gran Bretaña dejó de ser la potencia mundial después de perder el control sobre el canal de Suez una vez que el Egipto de Gamal Abdel Nasser lo nacionalizara, EEUU experimenta su “Suez” en Afganistán, acontecimiento que marca el inicio de su fase “implosiva”: America is back (EEUU está de regreso”) fue la fórmula de Biden cuando asumió la presidencia de los EEUU. Habría que interponer un “going”: America is (going) back (“EEUU está retrocediendo”) para advertir la magnitud del “Suez” aquí iniciado.

V

El “Suez” iniciado no es simplemente el de los EEUU, sino el de la razón imperial euro-atlántica desplegada desde 1492 cuando el Imperio hispano se lanzó a la conquista de las “Indias Occidentales”. Desde entonces, tres proyectos han primado. Tres proyectos, que en realidad son uno solo transfigurado: el cristianismo imperial. El primero se despliega desde la “evangelización” hispana; el segundo la “civilización” franco-británica; el tercero la “democratización” estadounidense. Tres proyectos que no se ordenan de manera secuencial sino yuxtapuesta. Sin embargo, el “Suez” de la razón imperial euro-atlántica no significa la implosión del capitalismo global. Más bien, designa la implosión su nómos que, por siglos, y con transfiguraciones significativas, logró apropiarse del Capital y el poder de fuego que portaba consigo. Así, se trata de la implosión del nómos euro-atlántico y la expansión del capitalismo global bajo la abismal guerra civil global.

VI

No existe ningún poder capaz de instaurar un nómos y repartir así las fuerzas. Si Schmitt caracterizaba al nómos en su devenir diferentes elementos (tierra, agua, aire, fuego), diría que hoy estamos asistiendo a la consumación total del único y exclusivo nómos que ha pervivido por milenios: el nómos del fuego. El calentamiento global y el incendio global que asedia al planeta muestra la consumación de dicho nómos por cuya causa hoy apenas podemos respirar y del cual sólo permanece el humo y su densa opacidad. Ahogados en un planeta devenido cámara de gas, los seres vivos agonizan por doquier mientras el fuego consume todo. George Floyd agoniza porque “no puede respirar”. Su ahogo es la experiencia planetaria de un policía –el Capital- cortando los flujos de la vida. Todo se quema. Nos quemamos. Ardemos. Y de ello, nada queda. No fue el “hombre” quien manipuló el fuego, sino el fuego el que transfiguró a los seres humanos. Los convirtió en guerreros e hizo de su hábitat un permanente campo de batalla. Hoy el nómos del fuego está en su más extremo momento, en el cual no queda absolutamente nada pues todo termina consumido en las llamas. Así, como entendió Nietzsche, el nómos del fuego se ha desplegado como un verdadero nómos de nada (el nihilismo) en el que precisamente el desierto no deja de avanzar.                                                                    

VII

 El discurso politológico contemporáneo avanzó un paso más allá del registro de la soberanía y el derecho. Si en Schmitt aún concebía la naturaleza geopolítica a partir de figuras jurídico-políticas (como el término nómos) fue Samuel Huntington quien ofrece un desplazamiento desde la noción de nómos hacia la de civilización. Construido por los fisiócratas durante el proceso de modernización del Estado francés, el término civilización constituye un término originalmente económico-administrativo que, posteriormente, se naturaliza al campo de las emergentes ciencias históricas y sociales en el que, como se advierte en Toynbee, designa la “vida” de un determinado pueblo. El mismo Toynbee toma el esquema “civilizatorio” de la tesis acerca de las “crisis” económicas de Walter Bagehot. Justamente, el desplazamiento desde un concepto jurídico-político (el nómos de Schmitt) hacia uno de índole económico-administrativo (Huntington) expone la cruda realidad a la que asistimos: la guerra civil planetaria no es otra cosa que la lucha de los pueblos contra las variadas formas de ejercicio del biopoder que tienen por objetivo inmediato la separación de la vida respecto de su potencia.

VIII

En este escenario, la intelligentsia rusa como la que surge a la luz de los trabajos de Alexander Dugin y que articula al actual proyecto nacionalista ruso, en rigor, es nada más que la simple inversión de la tesis huntingtoniana acerca del “choque de civilizaciones” donde la “lucha por los grandes espacios” (Schmitt) se dirime entre la centralidad que adquiere la emergencia del polo euroasiático y la decadencia que significa el polo euro-atlántico. En este sentido, Dugin no es más que la versión pequeño burguesa de Huntington y, precisamente por eso, la expresión de la contraposición del imperialismo regional ruso con el imperialismo global estadounidense, el nativismo nacionalista ruso con el nativismo liberal estadounidense. Dos “nativismos”. El desplazamiento del término “nómos” por el de “civilización” se expresa en la producción biopolítica de múltiples conflictos de corte etno-confesional a nivel global o, si se quiere, de una balcanización del mundo (Mbembe) en la que identitarismos de distinta índole son producidos copando completamente la escena política y confundiendo a los “analistas” que asumen la existencia de identidades etno-confesionales como “hechos” sin si quiera cuestionar las condiciones de producción de la maquinaria biopolítica.

IX

La guerra civil planetaria yuxtapone conflictos entre sí, abriendo un campo decisivo de revueltas populares que, con grados más o grados menos, han podido interrumpir el despliegue del capitalismo global. Revueltas que surgen a causa de la intensificación del capitalismo que, con su nómos del fuego (o de nada) ahoga a las multitudes, arrebata sus clásicos derechos ganados y precariza cada día más sus vidas.

X

La intensificación del nómos del fuego asume diversas formas que conspiran para la devastación del mundo: guerra contra el terrorismo, guerra contra el virus, guerra inter-imperialista (Ruso-OTAN).

  • Si la “guerra contra el terrorismo” transfiguró las nociones de espacio y tiempo al situar un conflicto en todo espacio y a toda hora, ello se intensifica en su singular noción del “enemigo” que no responde más a la nomenclatura clásica de la guerra westfaliana, sino a la guerra colonial en la que el “enemigo” deviene “enemigo de la humanidad” o “absoluto”, pero emancipado hacia todo el globo, sin la división nomística entre metrópolis y colonias. El nuevo “enemigo de la humanidad” tiene la característica de ser espectral: puede estar en todos y cada uno, dentro de cada uno podría esperar un “enemigo” que parasita del cuerpo estatal contra el cual conspira. La guerra contra el terrorismo constituyó, a la vez, una vieja técnica de conquista con una nueva forma de expansión: la vieja guerra colonial se expande en la nueva stásis global. Esta guerra potenció a la OTAN pues EEUU convocó el artículo 5 de sus estatutos que conmina a todos los países miembros a actuar de consuno cuando uno de ellos se ve atacado.

  • La “guerra contra el virus”, desatada desde el advenimiento de la pandemia del COVID19 se catalizó en las mismas lógicas que lo había hecho la “guerra contra el terrorismo” a la que se superpuso. El enemigo sigue siendo ubicuo espacial y temporalmente y, por tanto, el desarrollo de los múltiples dispositivos de bioseguridad asociados también. Las lógicas y territorialidades se yuxtaponen, y si ya no es el cuerpo estatal del cual el terrorista parasita en la guerra contra el terrorismo, es el cuerpo biológico del cual parasita el virus mortal. Cualquiera puede ser una amenaza a la “humanidad” toda, cualquiera puede portar consigo el virus –incluso si los exámenes dan negativo –el cualquiera es justamente la vida sobre la cual se desata la capilaridad de esta guerra que expone al paradigma culturalista de la guerra contra el terrorismo, en el paradigma biomédico de la nueva guerra contra el virus. Si en la guerra contra el terrorismo eran las grandes empresas de armas y seguridad las que se potenciaban sistemáticamente, en la guerra contra el virus serán las grandes corporaciones biomédicas de los centros metropolitanos más importantes del mundo (dirigidas a la producción de vacunas), las que intentarán asumir el control pasajero del capitalismo global y radicalizarán el devenir-negro del mundo entre las corporaciones y los países –los pueblos- que quedan completamente capturados a ellas. 

  • La guerra clásica inter-imperialista entre la Federación Rusa y la OTAN –una guerra desigual, por cierto- se desata en Ucrania y configura su temible carácter subsidiario. La nueva guerra –que encuentra en la guerra civil siria su laboratorio- contribuye a la aceleración del incendio global propiciado por la intensificación del nómos del fuego. Ella restituye la nostalgia en las formas de soberanía cuando las dos formas previas de intensificación del nómos del fuego habían intentado difuminarla para siempre. Las imágenes se llenan de tanques sitiando ciudades, muertos, soldados de ejércitos regulares que habían quedado fuera del protagonismo espectacular vuelven con intensidad. No se trata de una guerra contra un enemigo invisible como es el terrorista o el virus, sino de una guerra regular que, sin embargo, se inscribe al interior de la completa irregularidad. Putin intenta expandir el erario del cuerpo estatal ruso como brazo armado de la emergencia euroasiática, la OTAN intenta disimular el momento “implosivo” de los EEUU y el resquebrajamiento de su “protectorado” sobre Europa.

XI

Las tres formas de guerra han sido tres aceleraciones del Capital que, como tales, requieren de específicos momentos de “schock” para desplegarse: el momento “securitario”, el “biomédico” y el “soberano”. Pero ¿qué aceleran? Ante todo, la producción de múltiples dispositivos de control que tienden a normalizarse en el devenir capilar de la vida social. No ha habido tregua ni la habrá. La capilarización de dispositivos que posibilitan la producción de Capital en y desde el conjunto de los cuerpos se intensifica. Las formas de control que pretenden sustituir los derechos suspendidos se profundizan y multiplican. A veces, con la promoción del progresismo y su humanitarismo, con la del conservadurismo de las derechas oligárquicas o, directamente, con la fuerza movimientos fascistas que asumen su nueva forma al interior del capitalismo global. La intensificación del nómos del fuego en sus tres variantes yuxtapuestas concierne, en rigor, a una sola: la de búsqueda de nuevas territorializaciones para el Capital que, como bien supieron Deleuze y Guattari, ya no comporta una deriva “expansiva” sino completamente “intensiva” y capilar pues el “afuera” ha sido clausurado en la inmanencia de un globo que ha desplazado al mundo, de una “civilización” (biopoder) que ha difuminado al “nómos” (soberanía).

XII

Toda guerra es, ante todo, una guerra contra el pensamiento. Por eso abunda el análisis geopolítico.

XIII

El extravío de algunas “izquierdas” es tal, que han podido ver esperanzas en China y Rusia. Asumieron sus tesis “culturalistas” propiciados por la academia “decolonial” y han confundido a Occidente con EEUU y a este último con el capitalismo globalizado. Así, han terminado celebrando el fin del capitalismo mientras éste no deja de celebrar su reconfiguración hegemónica de tipo “oriental”. Reconfiguración “desweberianizada” que prescinde del “individualismo” como forma de subjetivación y abraza un corporativismo capitalista globalmente mucho más eficaz. Crudamente: el famoso “eje de la resistencia” destacado por el soberanismo (el de izquierda y el de derechas), en rigor, se expone como un “eje de la equivalencia”, en el sentido que mantiene intacta la racionalidad del capitalismo global y, por tanto, no puede constituir su alternativa. 

XIV

El descubrimiento del fuego no ha terminado. Él está en su fase consumada. El fuego sigue siendo el elemento único y decisivo que seduce y hunde al planeta en una devastación interminable.

XV

Alguna vez el modelo del Leviathan pretendió ser talasariano (acuático) y neutralizar así al fuego de la stásis. Sin embargo, al no renunciar al principio de la soberanía y, por tanto, erigir fronteras necesarias, el Leviathan requirió mantener la guerra como su espectro. En este sentido, su mirada hacia el mar mantuvo intacta la república del fuego como su verdadero arché.

XVI

El nómos del fuego se expande revolucionariamente vía la configuración de una nueva infraestructura global: la cibernética. Si ésta encuentra su matriz original en la metáfora marítima –la conducción del navío por parte del piloto- la cibernética parecería apuntar hacia la acuatización del planeta. Sin embargo, al igual que el Leviathan que dio origen al Estado moderno, ésta no constituye más que un perfeccionamiento e intensificación de los alcances del nómos del fuego bajo el modo capilar y global.

XVII

El nómos del fuego ¿qué es? Diríamos que es una máquina mitológica (Jesi). Importante esta definición, toda vez que dicho nómos carece de sustancia y no es más que las condiciones de producción que hacen del fuego un mito. Haber ensamblado al fuego como mito –cuestión que se expresa en diversas cosmogonías, así como en la referencia al “ser” en la historia de la filosofía- constituye el problema que habrá que desmantelar. A esta luz, el fascismo –tanto su versión histórica como su deriva neoliberal- lleva al extremo la máquina mitológica que convirtió al fuego en un nómos. La revuelta es el instante en que el fuego ataca al nómos y se abre a la posibilidad de su total desmantelamiento. Las protestas multiplicadas a nivel mundial, usan el fuego para destituir al nómos. Pues, haber hecho del fuego una máquina mitológica –un nómos– resume la historia “técnica” de la humanidad. Destituir significa abrir el hiato entre fuego y nómos e interrumpir al funcionamiento de la máquina. Justamente, es el momento de la clase: “(…) cuando el tráfago del proceso de producción se interrumpe y una voz se alza de pronto (…)”1Andrea Cavalletti Clase. El despertar de la multitud. Ed. Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013, p. 70.


Imagen de portada: George Mcleod, #21, Fire Study III, 2020

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