Gerardo Muñoz, ¿Qué es ganar?

La desorganización de lo social

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Las elecciones chilenas del próximo 19 de diciembre abren otra estela temporal en la secuencia histórica iniciada por la revuelta de octubre de 2019. Ciertamente, no es esta una batalla sobre el predominio de un partido o candidato, ni tampoco de un nuevo contrato social capaz de aglutinar el corazón de una sociedad ahora fragmentada, tal y como anhela el optimismo socialdemócrata. En cambio, la batalla radica en encontrar la retirada del fantasma del pinochetismo como astucia de lo mismo bajo el velo de lo aparentemente diferente. Como ha notado Gonzalo Díaz-Letelier, el juego partisano en curso pone en escena instancias de la historia reciente en las que las “fuerzas políticas” (La Concertación) barajaron los ánimos en torno a una “regresión autoritaria” para así autoafirmarse como hegemonía de una sociedad civil anestesiada y mercantil1 Gonzalo Díaz-Letelier. «Anti-intelectualismo y estetización fascista», Ficción de la razón: https://ficciondelarazon.org/2021/11/29/gonzalo-diaz-letelier-anti-intelectualismo-y-estetizacion-fascista-pulsion-mimetica-y-nuevas-transitologias/. El “partido octubrista” fue, en última instancia, una sacudida de ese ensueño que prometía una democracia como velo de lo social.  

En cualquier caso, la pregunta ¿cómo ganar? tiene una condición de verdad que se verifica en la irrupción de la asonada octubrista. ¿Cómo ganar tras la liquidación de lo social cuando la constitución y su fundamento (el poder constituyente) se ha realizado como sociedad neoliberal, desatando otro nudo de la operación efectiva legal en la ratio de sus mediaciones?2Willy Thayer. “Una constitución menor”, en Papel Máquina 16, 2021, 91..  La pregunta aparece entonces entre visillos de la indeterminación de una sociedad civil suturada en el despliegue logístico propio del momento de desmovilización. Quienes miren con realismo a la configuración del derecho y del orden concreto en Occidente 一incluso, en los casos más robustos一, sabrán que las modalidades heredadas del constitucionalismo moderno (i.e. ciudadano, principio de autoridad, división de poderes, decisionismo) han quedado liquidadas por la eficacia de un estado administrativo que no cesa de optimizar e intervenir la frontera entre vida y regulación sin límites y sin afuera. 

Volvamos a la pregunta que nos convoca: ¿cómo ganar tras la inflexión administrativa del derecho y la abdicación de las categorías de la gramática política? Todo realismo político debe medirse ante esta pregunta, pero solo bajo la condición de abandonar los contrabandos simbólicos que durante el siglo veinte subvencionaron a los distintos modos de réplica; a saber: la intencionalidad del sujeto revolucionario, la capacitación del juicio individual, la dirección del Partido, la unificación del movimiento, o la producción de una obra a futuro (la revolución). Hacia finales de la década del 60, cuando Jacques Camatte declaraba la “crisis del hombre social”, a la par de Pasolini quién notaba la mutación antropológica de la especie, y Giorgio Cesarano que entreveía la función utópica del capital en su fase ilimitada en la subjetividad; el viejo Amadeo Bordiga lanzó una hipótesis correctiva que en realidad no ha sido elaborada hasta sus últimas consecuencias: “Habrá comunismo una vez que dejemos de preocuparnos tanto por la organización”. Tal vez ha llegado el momento de tomarnos en serie esa aclamación.

Llevando esta intuición sobre nuestro presente pudiéramos afirmar que podremos ganar sólo cuando aprendamos a ser lo suficientemente desorganizados. En efecto, como ha mostrado Rodrigo Karmy en Intifada (2020), la revuelta 一a diferencia de la revolución一 tiene la potencia intempestiva de desorganizar todas las topologías, alterar los tiempos, y las lenguas habilitando un devenir menor que rechaza aquellos mandatos ilustrados de los fundamentos retóricos de lo social. Solo así se vuelve posible abrazar una persuasión destituyente que nos devuelve el tono irreductible de nuestro ánimo. Y ese ánimo es la entrada de vuelta al mundo. Por eso, la desorganización puede ser el resorte técnico para el nuevo partido de la multiplicidad. Y la multiplicidad es la composición de un campo de fuerza que rechaza aquella acreditación valórica desde la cual lo Social ha buscado garantizar una fe en el Futuro. Aquí ‘ganar’ no supondría la consolidación de una hegemonía –esa sutura de la subordinación voluntaria – sino el rechazo de todo principio que pretenda formalizar la topología del acontecimiento. 

La desorganización no busca avanzar una postura antipolítica o privada 一hoy caída a la domesticación一, sino una separación entre los modos autónomos de la vida en común y de esa zona irreductible de la existencia que, en su espera, prepara asintóticamente un salto hacia el afuera de la articulación equivalencial de la ficción social. Ya no se trata de ganar para traspasar la ilusión de un objetivo, sino ganar espacio en la desarticulación que potencie la deserción. Esta pulsión existencial se expresa en la noche de la revuelta, aunque en el transcurso del tiempo también vaya metamorfoseando hacia otras posibles coreografías. 

Hace unos meses atrás, el amigo Idris Robinson me sorprendió con una sentencia que gravitaba sobre este mismo horizonte de problematización. Dijo: “Al final quiero mantener abierta la posibilidad de acción, porque sí es importante ganar. Quiero ganar”. En última instancia, ‘actuar’ no es aquí otra cosa que ‘actuar sobre nosotros mismos’; ser capaces de recoger los fragmentos de una diversificación de experiencias; ser capaces de errar con el único propósito de abrir un destino común que es siempre el destino ético de lo irreductible; y desde luego, actuar para impedir la caída al estancamiento que en su sometimiento busca ocultar la khorâ desde los polizontes de la polis. Ahora puedo entender a Idris: buscamos ganar porque también queremos redimir las sucesivas pérdidas que nos constituyen, junto a nuestros muertos, desaparecidos y amados. El deseo de ganar es otra forma de sustraernos de los guiones de la historia sacrificial, para aproximarnos a la caducidad de una vida que no se consume en la pira de las victorias (mucho menos las electorales). 

Opto por entregarle la última palabra a un amigo de viaje, ya que todo lo demás aún queda por decirse: “Ganar no es nada, solo es importante superar, superar las propias victorias. Lo imperdonable no es fallar, sino fallar de la misma manera que otros antes que nosotros y, lo que es más importante, de la misma manera que nosotros mismos ya hemos fallado…” Con lograr finalmente una síntesis de nuestras propias experiencias hasta la fecha, y con extraer algunas lecciones útiles, todo esto no habrá sido en vano. Estoy de acuerdo: el sitio es un poco colosal, pero el amor, la amistad y el resto solo viven en medio de grandes diseños”3Julien Coupat. «Lettre à un ami», epílogo a Daniel Denevert, Dérider le désert: Chroniques éparses d’un baby-boomer (Bateliere, 2018)..


Imagen de portada: Roberto Matta, Morfología psicológica, 1938

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