Judith Butler, Crear un mundo habitable para los seres humanos significa desmantelar las formas rígidas de la individualidad

Traducción por Revista Disenso

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Por muy diferente que sea el registro de esta pandemia, no podemos sino entenderla como global, poniendo de manifiesto, con ello, el hecho de que estamos implicados en un mundo compartido. La capacidad de las criaturas humanas vivientes de afectarse unas a otras, puede ser una cuestión de vida o muerte. Dado que muchos recursos no se reparten de forma equitativa, y que muchas personas sólo disponen de una pequeña o desvanecida parte del mundo, al mismo tiempo, no podemos reconocer la pandemia como global sin enfrentarnos a esas desigualdades.

Algunas personas trabajan para el mundo común, lo mantienen en marcha, pero no son, por esta razón, parte de él. Pueden carecer de propiedades o de papeles, ser marginados por el racismo o incluso despreciados como basura: los pobres, los negros o los morenos, los que tienen deudas impagables que les impiden experimentar el sentido de un futuro abierto.

El mundo compartido no es igualmente compartido. El filósofo francés Jacques Rancière se refiere a «la parte de los que no tienen parte», aquellos para los que la participación en los bienes comunes no es posible, nunca lo fue o ya no lo es. Porque no se trata sólo de recursos y empresas en las que se puede participar, sino de un sentido de lo común, un sentido de pertenencia a un mundo por igual, una confianza en que el mundo está organizado para apoyar el florecimiento de todos.

La pandemia ha puesto de manifiesto e intensificado las desigualdades raciales y económicas, al mismo tiempo que agudiza el sentido global de nuestras obligaciones con los demás y con la tierra. Hay un movimiento en una dirección global, basado en un nuevo sentido de la mortalidad y la interdependencia. La experiencia de la finitud va acompañada de un agudo sentido de las desigualdades: ¿Quiénes mueren antes y por qué, y para quiénes no hay ya una promesa infraestructural o social de continuidad de la vida?

Este sentido de la interdependencia del mundo, reforzado por una situación inmunológica común, desafía la noción que tenemos de nosotros mismos como individuos aislados, encerrados en cuerpos discretos, limitados por fronteras establecidas. ¿Quién podría negar ahora que ser un cuerpo es estar ligado a otras criaturas vivientes, a las superficies y a los elementos, incluido el aire que no pertenece a nadie y a todos?

En estos tiempos de pandemia, el aire, el agua, el refugio, el abrigo y el acceso a cuidados médicos, constituyen fuentes de ansiedad individual y colectiva. Pero todos ellos ya estaban en peligro por el cambio climático. Si uno está viviendo o no una vida digna, no es solo una pregunta existencial privada, sino una cuestión económica urgente, incitada por las consecuencias de vida-o-muerte de la desigualdad social: ¿Hay servicios de salud, refugios y agua potable suficientes para todos aquellos que deberían tener una parte igual de este mundo? La pregunta se hace más urgente por las condiciones de precariedad económica exacerbadas por la pandemia, exponiendo también la catástrofe climática en curso como la amenaza a la vida habitable que es.

Pandemia, etimológicamente, significa pandemos, toda la gente, o quizás más precisamente, la gente en todas partes, o algo que se extiende sobre o a través de la gente. El «demos» es todo el pueblo, a pesar de las barreras legales que pretenden separarlo. Una pandemia, entonces, une a toda la gente a través de los potenciales de infección y recuperación, sufrimiento y esperanza, inmunidad y fatalidad. Ninguna frontera impide que el virus viaje si los seres humanos viajan; ninguna categoría social asegura la inmunidad absoluta para aquellos a quienes incluye.

«Lo político, en nuestro tiempo, debe partir por el imperativo de reconstruir el mundo en común», sostiene el filósofo camerunés Achille Mbembe. Si consideramos el saqueo de los recursos de la tierra con fines de lucro empresarial, la privatización y la colonización como un proyecto o empresa planetaria, entonces tiene sentido concebir un movimiento que no nos devuelva a nuestros egos e identidades, a nuestras vidas interrumpidas.

Tal movimiento será, para Mbembe, «una descolonización [que] es por definición un esfuerzo planetario, una apertura radical de y al mundo, una respiración profunda para el mundo en oposición al aislamiento». La oposición planetaria a la extracción y al racismo sistémico, debería entonces devolvernos al mundo, o dejar que el mundo llegue, como si fuera la primera vez, a un lugar compartido para la «respiración profunda», un deseo que ahora todos conocemos.

Sin embargo, un mundo habitable para los humanos depende de una tierra floreciente que no tenga a los humanos como centro. Nos oponemos a las toxinas ambientales no sólo para que los humanos podamos vivir y respirar sin miedo a ser envenenados, sino también porque el agua y el aire deben tener vidas que no estén centradas en la nuestra.

Al desmantelar las formas rígidas de la individualidad en estos tiempos interconectados, podemos imaginar el papel más pequeño que los mundos humanos deben desempeñar en esta tierra de cuya regeneración dependemos –y que, a su vez, depende de nuestro papel más pequeño y consciente.


Imagen: Artem Korenuk. Air Photograph, Russia.