Jorge García, Javier Milei: del fin de la demagogia al silencio de las masas

Comenzar
347 visitas

El presidente argentino Javier Milei es un fenómeno complejo, difícil de asir; se vuelve escurridizo a la hora de interpretarlo con las categorías clásicas del análisis político, ya que usa a su favor la aplicación de una metodología que no es disruptiva, sino de la inversión; da vuelta de una manera abrupta las lógicas del sentido común de la política. Un ejemplo de ello es su modo de comunicar al dirigirse a las masas, al demos, a ese Gran Animal que Platón tratara de domesticar en su República. Sus discursos, aquellos que son públicos, terminan siendo un atropello de tecnicismos económicos y pseudo deducciones formales difíciles de capturar; sus locuciones causan aturdimiento y una especie de extraña perplejidad y hastío. Su modo es anti-demagógico: no dice lo que el pueblo necesita escuchar, no hay anuncios de un plan que mejore las pésimas condiciones materiales de vida, tampoco compensaciones y paliativos para las clases menos pudientes y proletarias, ni nada cercano a una posible ampliación de derechos. Solo se esfuerza en construir un relato que apela a la salvación mesiánica bajo un soporte de una retórica economicista que la mayoría no comprende y que tiene como únicos interlocutores a legos y a empresarios.

Cuando el modo de comunicarse con los otros está lleno de tecnicismos y de léxicos complejos, los profanos escuchan, pero no entienden; oyen solo ruidos y, en el caso del actual presidente, vociferaciones. Fue el filósofo argelino-francés Jacques Rancière (1996) quien descubriera en el origen político aristotélico la función de la voz y del ruido como componente de lo político. Lo hace cuando determina la división fundadora del desacuerdo como génesis de la polis: por un lado, los humanos lógicos como animales parlantes, los que usan las palabras para comunicar lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo; por otro lado, los excluidos, aquellos que son considerados solo animales fonéticos que solo propinan ruidos, gritos y gemidos para expresar el dolor y el placer. En el esquema de emancipación de Rancière, cuando los últimos toman la palabra, invierten la lógica del poder y rompen con la división originaria de la polis. Milei desafía también ese modelo de resistencia y emancipación, al desproveer del campo representativo la imagen del pueblo, y al hundirlo en el vacío del silencio y de la ausencia. Sus discursos no solo evaden la demagogia, sino que en ellos la figura del demos se encuentra ausente, y en tal caso es el presidente el que ha encontrado en la maldición de los desposeídos, en sus gritos y sus ruidos, una ventaja, un anillo de Giges que lo vuelve invisible e indescifrable.

Difícil es explicar la relación de las masas con Milei, también dar razón de los altos grados de aceptación que todavía posee; pareciera que el presidente argentino fuera elegido como un antídoto a la demagogia, esa que promete pero que nunca cumple, esa que ha sido siempre de la índole de la impotencia y de la astucia individual. Milei y lo que dice, tan del orden de lo incomprensible, tan del orden de lo inescuchable, actuaría como una especie de tapones, como los que usó Odiseo para repeler los cantos de las monstruosas sirenas, de aquellas que seducen con las promesas que nunca suceden. Pero esa operación no es gratuita, no querer escuchar no evita que la realidad siga su curso, y más cuando esta es tan adversa. Si la tolerancia es la que marca los tiempos de la polis, es la política la que deberá restituir al demos su voz y su palabra para evitar así que el Gran Animal se despierte furioso y que sus rugidos sean incontenibles.


Jorge García, Universidad Nacional de San Juan

Imagen de portada, Herbert James Draper, Ulysses and the Sirens

Deja una respuesta

Your email address will not be published.