/

Sandro Mezzadra, Una vital pasión política

Traducción de Diego Ortolani

Comenzar
555 visitas

Versión en italiano

Es difícil escribir sobre Toni el día de su muerte. Al menos es difícil para mí. Demasiadas imágenes se amontonan en mi mente: las vacaciones juntos, los viajes por América Latina, infinitas reuniones y discusiones, pero también las primeras lecturas de sus libros, “Dominio y sabotaje” naturalmente, y luego “Del obrero masa al obrero social”, justo después de los procesos del 7 de abril de 1979. Y recuerdo bien aquel día, cuando “aprendí” de la televisión, al retorno de la escuela, que había sido arrestado el jefe de las Brigadas Rojas. Es sabido que de aquello que fue presentado como “el teorema Calogero” no quedó nada en pie después de los procesos. Quedaron sin embargo vidas quebradas y los años infinitos del encarcelamiento preventivo, que Toni compartió con cientos de sus compañeros y compañeras.

Quisiera esbozar aquí un primer retrato de Toni, muy personal y del todo parcial. Lo haré poniendo en evidencia cuanto, al menos a mis ojos, ha definido su singularidad, distinguiéndolo al mismo tiempo de muchos intelectuales radicales que he conocido en tantos años en diversas partes del mundo. Bastará por ahora mencionar dos aspectos de su persona y de su vida, que siempre me han impactado.

El primero es la inagotable curiosidad intelectual y política, si es posible, acrecentada con el pasar de los años. Ciertamente es normal que suceda lo contrario, que sobre todo quien tenga a la espalda experiencias importantes y una producción intelectual muy respetable, se asiente en la gestión de cuanto ha acumulado en el tiempo. Con Toni esto no sucedió nunca, y antes bien, fue verdadero lo contrario. La curiosidad, el deseo de conocer, de aprender lo nuevo, lo acompañaron hasta los últimos días de vida. Por lo demás, ponía en evidencia los límites de su propio trabajo, estimulando a amigos y compañeros a no detenerse, a ir más allá de hipótesis y paradigmas consolidados. Se hablase de plataformas digitales, de migraciones masivas, del desorden mundial, Toni no estaba nunca satisfecho de aquello que se le narraba (o de lo que leía), quería siempre comprender más y mejor.

El segundo aspecto consiste en la pasión política, también ella inextinguible. Después de “Imperio”, en particular, fueron incontables las invitaciones a universidades e institutos prestigiosos girando por el mundo, y no faltaron las “honorificencias”. Toni miraba estas últimas ora con fastidio, ora con ironía, mientras ciertamente no desdeñaba el confronte en ambientes académicos. Pero aquello que realmente lo capturaba era la posibilidad de encontrarse con movimientos reales: entonces, la expresión misma de su rostro y el tono de su voz cambiaban, señalando que se metía en serio. Ver a Toni, pasados ya los 80 años, permanecer sentado en frías estancias de centros sociales discutiendo de las nuevas formas asumidas por la lucha de clases, es una experiencia que ciertamente no he tenido solo yo. Para él era normal: no me parece que lo sea para muchos intelectuales de su estatura.

En el fondo, las dos cosas de las que he hablado no son sino dos aspectos del mismo deseo que Toni ha definido “comunista”. Aquello que llamó su curiosidad no era otra cosa que una tensión por comprender el mundo para transformarlo, a partir de la individualización de las tendencias que lo atraviesan, de los antagonismos que lo signan y de las subjetividades que se forman dentro y contra los regímenes de explotación. Y cada ocasión de encuentro con movimientos reales para él, al mismo tiempo una ocasión de conocimiento. Forjada en las luchas obreras de los años sesenta, esta naturaleza política de Toni fue afinada sobre el eje de las obras de Maquiavelo, Spinoza y Marx, para ser después continuamente renovada y enriquecida en la confrontación con los movimientos de los últimos 50 años. Me parece que, en su clasicismo, aquello que él definió como la ontología enteramente política de la vida que ha vivido, es uno de los legados más preciosos de Toni.

Concluyendo el tercer volumen de su autobiografía (“Historia de un comunista”), Toni hablaba con serenidad de su muerte. Era menos sereno, a la vez, de frente a un mundo en el cual veía el resurgir del fascismo. Comentaba: “Debemos rebelarnos. Debemos resistir. Mi vida se me está yendo en ello, luchar después de los 80 años deviene difícil. Pero aquello que me resta del alma, me conduce a esta decisión”. Religándose idealmente a muchas generaciones de hombres y mujeres virtuosos en “el arte de la subversión y la liberación” que lo han precedido, no olvidaba mencionar –con el optimismo de la razón que siempre lo ha caracterizado-a “aquellxs que seguirán”. He aquí desvelada, en este arte, la ontología política de Toni: haremos de ella un tesoro, continuaremos ejercitándola.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.