Mauro Salazar y Javier Agüero, Políticas de lo clandestino. Enunciados y nomadismos

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No creo que a la filosofía le falte público ni divulgación, sino que se trata de un estado clandestino del pensamiento, un estado nómada.

Gilles Deleuze. Conversaciones, 1972-1990.

I.

“La fundación Jean Hus”, fundada en 1980 en Checoslovaquia por un grupo de intelectuales europeos –entre ellos Jacques Derrida–, fue creada para dar resguardo a pensadores disidentes perseguidos por el régimen comunista liderado por el entonces presidente de ese país Gustáv Husák. El grupo operaba como una red clandestina que organizaba seminarios de filosofía, contrabandeaba libros y promovía conferencias de intelectuales opositores de todas partes de Europa. En 1981, y tras dictar, justamente, un seminario de filosofía clandestino en Praga, Derrida fue víctima de una trampa por parte de los servicios secretos, los que introdujeron hachís en su equipaje y que derivó finalmente en su encarcelamiento. Al poco tiempo, y dada la presión del gobierno de François Mitterrand y un grupo de intelectuales liderados por Michel Foucault, el filósofo argelino fue liberado.

Lo que nos interesa de este pasaje de la vida de Derrida, y desde el cual intentaremos una lectura sobre el devenir de la disidencia, en el particular contexto político chileno, no es la insistencia en la anécdota o la efeméride, sino, precisamente, la idea de lo clandestino como condición y el clandestinaje como bios,desde la cual se articula un pensamiento liminal que se contrae del oficialismo político-retórico y sus predicados afines; es decir, de la institucionalidad devenida dispositivo policial y securitario.

Lo anterior impulsado por la legitimidad restituyente que se archiva en la sociedad chilena después del plebiscito del 17 de diciembre y que –y esto independiente de la opción ganadora– nos compromete con una cierta in-digencia que no es negociable, como tampoco lo es la prosa que cuida nuestros dolores impugnantes, querellantes, los mismos que nos permiten, desde un espectral margen, habilitar nuestro derecho a la diferencia, revelándonos contra toda apropiación hermenéutica que busca imponerse como la certificación apostillada y firmada (clausurada) por la restitución oligárquica.

En esta línea entonces, es que al clandestino le va, como barniz adherido, el peso de la persecución, de la gestión policíaca que siempre lo acecha y que, por lo mismo, será susceptible a múltiples artimañas y juegos de artificio que buscan periciarlo, develarlo, revelarlo, todo a la vez. En este sentido, y abriéndonos al impacto siempre imponderable de la estrategia deconstructiva, diremos que toda condición de posibilidad de lo clandestino y el clandestinaje, se encuentra en el encendido de los fusibles represivos que son, al final, la maquinaria que lo estimula y lo vitaliza, que lo promueve y lo activa.

Entonces la metáfora aporética tiende a la “emergencia” (entendida ésta última, por un lado, en su dimensión de urgencia, y por otro, como aquello que sube, que deja el subsuelo y se estabiliza en la superficie): lo clandestino y lo policial son acontecimientos emparentados en una sola y misma trama, se implican e imbrican mutuamente. Sin persecución no hay clandestinidad ni habitar subterráneo, lo mismo al revés: sin clandestinidad no hay policía ni persecución.

Ahora, quien debe protegerse, aquello que está en la sobrevida (no se sobrevive a la muerte, se sobrevive a y en la vida, parafraseando a Derrida), es el clandestinaje; ese modo de ser que se reconoce en una suerte de umbría y que se acostumbra a desposeerse de sí mismo para desplazarse a un personaje: uno que se disfraza, que cambia su fisonomía y que transforma en pseudo-paranoia el mirar en todos los puntos cardinales, siempre con el temor intestino de que la policía, las oficinas de inteligencia, identifiquen el yo que se esconde tras su transformismo; yo-insular, yo-periférico, yo-límite; yo que solo se distiende en los bordes de una sociedad de control que lo ha despachado a esa zona bizarra donde reina el obligado anonimato y se sobrevive.

“Siempre me interesé por esa temática de la sobrevida, en la cual el sentido no se ajusta al vivir o al morir. Es originario: la vida es sobrevida. Sobrevivir en sentido corriente quiere decir continuar viviendo, pero también vivir tras la muerte…”1J. Derrida. 2006. Aprender por fin a vivir. Bs. Aires: Amorrortu, (pp. 23-24).

Seguimos a Derrida, lo clandestino como condición y el clandestinaje como praxis, solo pueden habitar en la sobrevida; es decir, en un más allá de la vida que no es la muerte, sino la vida reafirmada, firmada por el yo perseguido que se confirma en su secreto y resiste para protegerlo.

En su etimología clandestino viene del latín clandestinus, de clam (secreto) y celare (esconder)2Consultado en: https://www.google.com/search?q=etimilog%C3%ADa+de+clandestino&rlz=1C1CHZN_esCL1010CL1010&oq=etimilog%C3%ADa+de+clandestino&gs_lcrp=EgZjaHJvbWUyBggAEEUYOdIBCDY1OTlqMGo3qAIAsAIA&sourceid=chrome&ie=UTF-8. Ahora bien, lo que permanece secreto como secreto obedece a una doble operación de “ocultación-desocultacion”3J. Derrida. 1993. Passions, Paris : Galilée, (p. 60).

Y es aquí donde se juega, pensamos, nuestra apuesta de pensar lo clandestino como celador de un secreto que a la vez que íntimo e irrevelable, también es absolutamente público y político; y es en esta publicidad que se expresa su carácter subversivo, a la contra, legitimándose como un secreto con fuerza deconstructiva que puede desmantelar lo que la persecución y la policía han decretado sobre él.

 Asumimos entonces que lo clandestino es inclasificable; una suerte de figura que desactiva cualquier caracterización o intento descriptivo, no permitiendo un principio que lo explique ni causalidad que lo haga inteligible; lo clandestino es una figuración de lo imposible que abre a una dimensión ética e hiperbólica que impacta en el plano político, cultural e ideológico.

Y aquí nuestra lateralidad del pensamiento, nuestra escritura secreta pero pública y publicitada; porque la única posibilidad de que un secreto sea secreto es siempre su posibilidad de divulgación, su publicidad. Resistimos en secreto, pero a plena luz del día, de cara al mundo y sobreviviendo a la vida. Resistimos clandestinos, devenimos clandestinos.

II.

El umbral enunciativo de nosotros –los clandestinos- sucede en variados nudos de subjetivación que intersecan “subjetividades informales”, extractivismo de cuerpos monetarizados y un régimen de acumulación primitiva. La metáfora subterránea es la Clandestinidad como invisibilización de la fuerza de trabajo y sedimentación de modos de existencia. Aquí irrumpen las prácticas diseminadas en el suelo de  lo cotidiano. En el “vitalismo deleuziano” el amor es la experiencia clandestina por excelencia que permite constituir toda forma de resistencia afectiva. Ergo, devenir intensos -potencia- en la producción inmanente de afectos activos.

La clandestinidad, como condición anfibológica, implica un retorno hacia el enraizamiento afirmativo (a-gramatical), donde aún centellea un “deseo de comunidad” desde fosas visibles. Interesa el clandestinaje, cruzar fronteras, sin que se sepa por dónde entrar, ni como salir. Tras la ruina de los progresismos, el diálogo entre modernización y subjetividad permanece obstruido, agravando la orfandad hermenéutica. Una vez siniestrado el espacio público no hay “horizonte libidinal”.

En esta toma de palabra, el término escogido posee una arqueología opuesta a la moral moderna, a saber, la clandestinidad como ethos afirmativo, como experiencia cotidiana que litiga contra los gravámenes jurídicos, lexicales, hegemónicos y los reciclajes vintage de la plusvalía. La desdicha, el dolor, la deuda y los deudos, responden al espacio doliente que ha fumigado lo cotidiano.

Todo discurre cuando la elitización de izquierdas ha abjurado de las sociabilidades negras -territorios- y administran el pesimismo de las naturalezas vigorosas. La clandestinidad como un devenir minoritario y potencia, se debe a lo plural-discordante. Una semántica que reconoce los monumentales pasados anti-dictatoriales, la nobleza epistolar y el coraje de las militancias que después buscaron la legalidad. Aunque sabemos de tales hitos, de sus domicilios, las lágrimas de la sensibilidad testimonial –narrativa humanitarias–responden a otra época. Más aún, tal gesto, necesario, supo politizar lo irrepresentable del dolor en zonas de clandestinidad combativa ante los terrorismos de Estado.

Lo primero sería desmitificar el término, asumir sus intersticios, litigios de sentido y los gravámenes morales que el mismo convoca, a saber, lo ilícito, el infiltrado, el migrante sin certificaciones (y toda metáfora hamponesca) que aspira la legalidad. No invocamos a Neruda o  Lev Trotsky como clandestinidad épica, ni designamos a los livres philosophiques, su carácter corrosivo asociado al espíritu filosófico (muy propio de la Ilustración). Tampoco aludimos a la “fosa clandestina” del XX que desnuda la oclusión de cuerpos como parte de un proceso reiterativo de violencia (“filosofía forense”) que busca la compensación, la legalidad, sino la clandestinidad -universal- como experiencia constitutiva de la vida cotidiana. La fenomenología existencial donde el mundo es captado en la escena de su aparecer puro.

Una apostilla. Tras las desgastadas liturgias del XX, el Partido Comunista chileno en los años 90’ vivía socialmente su clandestinaje en sociedad. Recordemos. Jaime Guzmán en beatitud, consintió en reducir al PC a la sobrevivencia. Guzmán solo aceptó la “facticidad” del Partido en los años 80’. Pero antes diluyó sus horizontes cognitivos, y erradicó todo obrerismo de la esperanza. Luego, vino un proceso de aprendizaje, a saber, reglas, normas y sociabilidad clandestina. En efecto, la coalición devino en un dispositivo –testimonial– de la modernización pinochetista. El clandestinaje se mantuvo junto a un exceso de luz. Y es que la vida cotidiana parece ser una zona de claridad detrás de la cual hay un trasfondo de sombras que, de un lado, hace de la clandestinidad un “sabotaje de la representación” y, de otro, abulta las marginalidades de trabajo depreciado. Lo cotidiano puede ser concebido como un “espacio clandestino” en el que las prácticas (astucia, argucia, arrojo o el doble juego) y los usos de lo post-social, subvierten las condiciones de turno.

Con todo, un ethos de lo clandestino dista de una figura monolítica. Mas bien busca intensidades, márgenes decoloniales, laberintos creativos, posibilidades de hablas y apareceres. Intersecciones y escrituras de extramuros. La opacidad de la vida social donde la Universidad se diluye en su afán curatorial. Un devenir minoritario como un irreductible al dispositivo público-privado del teatro liberal, viene a mitigar la propiedad naturalizada.  Invocando a Deleuze y Guattari, sobre singularidades y “formas de vida”, que distan de la disociación freudiana cuando alude a la represión como un deseo pulsional de autonomías. Devenires, en otra paráfrasis, como acontecimientos que desbordan modas y tiempos

La metáfora del nomadismo centrada en hibridaciones de una frontera movediza, desanclajes y el deseo incontenible de itinerancia, sin que el nómade en su singularidad tenga como obligación una divisoria física o deba irse de una geografía como el caso del migrante. El nomadismo –líneas de fuga– desafía tal soberanía y sus aparatos de captura (esencialmente los dispositivos de comunicación) pueden tener un nodo con un “ethos de lo clandestino”. Entonces, el nómade, como singular e intermezzo, desafía la religión estatal, que logra cartografiar al migrante mediante un dispositivo de normatividad territorial. En cambio, el des-enraizamiento trata de “evitar el sedentarismo en un territorio abierto (…) en el que la estepa o el desierto crecen, el nómada se mueve, pero está sentado, sólo está sentado cuando se mueve”4Deleuze, G. y F. Guattari (2006 [1988]), Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, José Vázquez Pérez y Umbelina Larraceta (trads.), Pre-Textos. (p. 192, 385). En suma, la subjetividad hedonista, no es un hombre que dice sí a todo hedonismo estetizante, sino el hombre belicoso que afirma la vida en su eterno devenir transfigurador. Para Deleuze la subjetividad está en el rostro. La apuesta teórica del rostro se vuelve eminentemente política pues comprende una distribución de lo sensible: rasgos, líneas, arrugas [el] rostro es un mapa. Hasta tal punto que, si el hombre tiene un destino, ese sería el de escapar al rostro, deshacer el rostro y las rostrificaciones.

Devenir imperceptible, devenir clandestino -dice Deleuze- hasta que los rasgos de rostridad se sustraigan finalmente a la organización del rostro, ya no se dejen englobar por el rostro. Sí, el rostro tiene un gran destino, a condición de que sea destruido, deshecho. En suma, parafraseando a Deleuze, si el hombre tiene un destino, ése sería el de escapar al rostro, deshacer el rostro y las rostrificaciones, devenir imperceptible, devenir clandestino. “Cuento de terror, efectivamente, el rostro es un cuento de terror” (Deleuze y Guattari, 2006: 174)

 La libertad como práctica de enunciación es posible en atmósferas de clandestinidades5Pierre Klossowski sostenía “Me atrevo a afirmar que la libertad es siempre clandestina”. Revue du 14 Juillet que no solo son “subjetividades del margen”, sino que interrumpen el reparto del capital. Infrapolítica del pensamiento que permite mitigar lo inevitable; hipotecar la distancia crítica ante la tormenta cultural del “body positive”. Clandestinidades de la felicidad, ante los personajes de la comedia. Nomadología ante las vidas prostibularias del neoliberalismo. 

Por fin, producción de afectos activos en territorios clandestinos fundidos en el vitalismo. Quizá la revuelta (2019) fue una multitud desbordante de Clandestinajes que, desde las fosas de calle, y en nombre de las libertades intersticiales, impugnaban la distribución del capital.


Imagen de portada, Pablo Zamorano, @Locopek

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