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Rodrigo Karmy Bolton, La universidad estallada. Palestina y el devenir de las humanidades

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Gaza puede ser hoy la vitrina mundial desde la que contemplamos el fin de la Universidad moderna. Desde que el ejército sionista no ha dejado de bombardear la Franja y desplegar su cacería sobre la población civil, más de 10 universidades han sido directamente destruidas. Con ellas, rectores, profesores, estudiantes, todos expulsados, heridos o exterminados. La universidad en Gaza no puede permanecer: la cacería sionista no soporta la universidad palestina. Sus soldados rodean sus edificios, la llenan de bombas y, en una liturgia transmitida en vivo,mientras los soldados sonríen, exhiben cómo vuela en mil pedazos.

No es casual la exhibición de su estallido. El sionismo transmite desde Gaza que el nuevo mundo vivirá sobre las ruinas de la universidad moderna y sus facultades. Que esta última tiene que ser destruida para que las nuevas fuerzas prosperen y la nueva geopolítica del conocimiento devenga tan solo un espacio en el que se cataliza la cibernética y su racionalidad económico-gestional. Se trata menos de un accidente como de un mensaje de los nuevos amos del mundo: las universidades modernas han de desaparecer a favor de las nuevas universidades de la “excelencia” (o calidad).

 Gaza exhibe sin tapujos lo que resulta una tendencia global que lleva décadas implementándose en diferentes partes del mundo. No se trata solo de convertir a la universidad moderna de corte nacional en una universidad de excelencia que responde a los imperativos directos del capital sino, a su vez, en subsumir, neutralizar o eliminar directamente el lugar que tenían las humanidades cuyo cultivo siempre estuvo asociado al ejercicio de las libertades públicas y su respectiva crítica. Pero más aún: no se trata de las humanidades surgidas desde la élite como ocurrió en el siglo XIX sino de las humanidades populares sobrevenidas desde las luchas históricas del siglo XX cuya textura trazó los contornos de nuevas preguntas, saberes y críticas investigativos que asumieron otras lenguas y caminos de verdad. ¿Qué fue el trabajo de Fanon o de Said en este sentido? ¿Qué el de Angela Davis, de Bell Hooks o de Michel Foucault sino el de la irrupción de otras humanidades anudadas a las múltiples formas de lucha que inventaron nuevos lugares de enunciación?

La destrucción de las universidades en Gaza por parte de la maquinaria sionista expresa la destrucción del carácter estatal-nacional de la universidad y su total subsunción a la lógica del capital global y financiero. Su estallido por parte de las fuerzas sionistas envía un solo mensaje: así como el pueblo palestino no puede tener universidades, ningún otro pueblo deberá tenerlas. Más aún: cualquier pueblo que quisiera tener universidades será castigado y sus universidades destruidas. Desde aquí en adelante: las universidades no serán jamás del pueblo sino de las oligarquías, es decir, exclusivamente de ellas, a modo de think tanks para sus proyectos.

Gaza está reproducida, también, en Argentina: la política de Javier Milei contra la universidad pública, quizás, se debería comprender en este registro. El pueblo argentino –como el pueblo palestino–  tampoco puede tener universidades. Estas últimas y la totalidad del sistema universitario argentino –que incluye el CONICET como sistema de investigación- habrá de responder a la lógica puramente administrativa del capital antes que a cualquier perspectiva ética de corte estatal-nacional. El estallido de las universidades gazatíes se revelan así, como el último eslabón de la nueva fase de acumulación: mutación de las universidades hacia su razón puramente neoliberal.

En este mismo sentido, habría que entender la imperiosa institucionalización del macartismo sionista en las universidades estadounidenses y europeas: si en Gaza asesinan a profesores, rectores y estudiantes, en los Estados Unidos los difaman, asedian y eventualmente les expulsan. Que la terminología palestina (intifada, nakba, sumud, etc.) devenga una terminología peligrosa significa que son precisamente las libertades públicas (la crítica) las que se convierten en amenaza porque es dicha terminología la que pone en cuestión todo el sistema colonial que hoy se cristaliza en el orden prevalente. La censura contra movimientos, estudiantes y profesores que están a favor de la causa palestina acusan razones de “seguridad”. Pero tales razones –al igual que las razones esgrimidas por el ejército sionista cuando hace volar las universidades en Gaza- se sostienen en el intento de purgar la universidad de elementos que puedan constituir fuentes de crítica: estudiantes o profesores que hablen el léxico palestino devienen amenaza porque atentan contra la tecnocratización universitaria, esto es, aquél modelo de renovación colonial e imperial que exige anular todo pensamiento y constituir así, la universidad de “calidad” bajo los índices estandarizados del capitalismo mundial.

Ahora bien, el cálculo del exterminio es también y, sobre todo, un cálculo universitario: ¿no es Netanyahu un egresado del MIT en arquitectura? ¿No sería justamente esa misión la apuesta de una universidad tecnocratizada, esto es, disponerse sin crítica posible, sin mediación alguna, a la guerra? Purgar la universidad significa dejar que los intereses de la oligarquía militar y financiera mundial terminen por apropiarse de dicha institución: ¿no será la universidad la que calcula cuánta ayuda humanitaria ha debido ingresar a Gaza antes del 7 de Octubre de 2023 para que su población permanezca en un nivel de vida mínimo? ¿O el cálculo que permite que Mekorot –la empresa de agua israelí- se apropie de los pozos y reservas de agua palestinos en los territorios ocupados?

Conjuntamente con el macartismo sionista tan presente en las universidades europeas, recientemente, en las universidades alemanas se han podido cancelar las conferencias de Nancy Fraser a propósito de haber firmado una carta a favor de la causa palestina. El borramiento de la causa palestina de los campus universitarios significa en lo inmediato, aplastamiento de la disidencia y expulsión del mínimo ejercicio libre del pensamiento que aún permanece agónico bajo el asedio variable y modulado de las diversas políticas neoliberales alrededor del mundo. Significa, en suma, fin de las humanidades y su definitiva sustitución por las ciencias gerenciales.

Sin embargo, el borramiento de la causa palestina implica algo más: es el síntoma de la nakba que, en cuanto máquina de borramiento colonial, no se limita al territorio palestino sino que opera ampliada en los diversos espacios universitarios que devienen lugares estratégicos toda vez que el macartismo sionista constituye la materialización de la violencia colonial sobre la decibilidad misma y, en este sentido, la producción y proliferación de muros sobre el campo del lenguaje que es precisamente donde se debate el porvenir de las humanidades.  Porque ¿qué es la terminología palestina sino la puesta en juego de humanidades populares que han irrumpido como sublevación contra la lengua del exterminio? La nakba cristalizada en el macartismo sionista expone a la luz del día que Palestina ha devenido todo el planeta y todo el planeta asiste al estallido de sus universidades.

Porque lo que aquí se juega es una nueva fase de acumulación en la que la terminología palestina –su léxico, palabras, su lengua, al fin- parece ser la última amenaza a la imposición de la lengua de la tecnocracia planetaria cuya aceleración se articula a partir de  su vanguardia neofascista: si ya no son los Chicago Boys que hicieron estallar al sistema universitario chileno en los años 80, puede ser la máquina sionista como su más fiel y eficaz forma: sin mediaciones, sin más ceremonia que la sádica sonrisa de los militares israelíes en el instante en que las universidades en Gaza vuelan en pedazos.

Algunos representantes del fascismo global le llaman a este proceso “batalla cultural”. Pero es más que es eso: es un genocidio planetario porque implica la destrucción de una herencia y textura de la imaginación de los pueblos. Es a esta luz que, quizás, sea la cuestión palestina la que muestre las últimas consecuencias de la otrora tesis que Willy Thayer planteara en los años 90 acerca de la universidad moderna: la crisis no-moderna de la universidad moderna no era otra cosa que la fórmula del exterminio que encuentra en Gaza su paradigma.

Abril 2024


Imagen de portada, Mohammed Abed

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