Mauro Salazar, Vidas del Tecnoceno. ¿Gobernanza de los Riesgos?

Comentario a "Tecnoceno: Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida" de Flavia Costa (Taurus, 2021)

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Lejos de la ideología californiana de Silicon Valley, ingresamos a democracias dromológicasque comprenden trastornos de interacción, bacterias digitales, alteraciones de memorización, comunicación algorítmica, audiencias térmicas y un régimen temporario de Estados post-soberanos. La Inteligencia Artificial, no alude a una tecnología, sino a “metatecnologías” y un “mundoambiente” que comprende acontecimientos de alto riesgo que requieren de un tratamiento sobre los ciclos de vida, dejando al descubierto un mapa convulso sobre los gobiernos de la vida cotidiana. Y si el “mundoambiente” es un riesgo que coloniza las experiencias vitales de la población, exudan los vacíos de la ley que cabría repensar. En caso de accidentes pandémicos, se buscarán terroristas virológicos, multas y penalidades.

Revisitando Tecnoceno (Flavia Costa, 2021) tienta la idea de volver a José Saramago, “Ensayos sobre la ceguera, 1995”, y entender el relato epidémico del SARS-CoV-2 como la propagación de una plaga posfordista en tiempos de “parques tecnológicos”. Las corrientes cambiantes han desplegado un “arsenal de riesgos” traducidos en “accidentes normales” del antropoceno afectando la vida planetaria. Allí donde aquel chofer se detuvo en una esquina, en un semáforo cualquiera, pues no existían los nombres propios, salvo las biotecnologías del riesgo que hoy cultivan internautas en el heterogéneo entramado de la infocomunicación. Quizá el virus (Covid-19) es la forma en que el futuro abstracto irrumpió en un presente enfermo. La pandemia -como sujeto mudo y cambio epocal- es una “ceguera blanca” que obra por exceso de información, como una transformación generacional. En el mundo de Saramago, solo los ciegos de la unión comprensiva pudieron soportar la innombrable tragedia, aunque todos fueron masacrados por la biopolítica informacional de la ceguera. Y es que Chernóbil (1986), también fue un “accidente normal”, que ha devenido un presente sin comunidad, o bien, un futuro impensable. En medio del capitalismo informacional (automatización, mega-máquinas y programadores) el “mundo”, como espacio del inter-ese (Arendt) donde lo público y lo común serían los ejes de toda potencial comunidad, ha sido reemplazado por el aceleracionismo de vidas tecnologizadas bajo la “pandemia”, inmersas en este entramado digital, donde devenimos infotecnológicos en la vida biológica de la población. “Dromología” es el nombre que Paul Virilio le dio a la velocidad de las fusiones entre técnica y ecología.

Todo ello sin olvidar cómo el “capitalismo de plataformas” viene a des-subjetivar la experiencia y el sentido moderno de las prácticas mediante necroprácticas y bancos de datos (datificacion de la experiencia). La excepción perpetuada -asoma como la característica del “riesgo tecnologizado” o “distopía alogaritmica”. Sólo bajo el “aceleracionismo” todo se ha develado como un cuerpo biopolítico y la gubernamentalidad tecnológica articula el control de los cuerpos que abundan en el contagio comunicacional de las tecnologías artificiales. Bajo la cuarentena padecemos la suspensión y administración del tiempo y no hay proyecto posible, salvo el tiempo homogéneo de Borges: el tedio de lo mismo. Terror y tecnología como dos dispositivos complementarios de una operación de transparencia ideológica que muestran que el miedo no necesita recurrir al enmohecido “horizonte moderno”. El Covid fue el aceleracionismo de las meta-tecnologías, y el “globo artificial” suspendió la experiencia en el Mundo. La desmundanización del mundo agravó la luminosidad de las vigilancias transparentes que han hecho reinar el terror en el lenguaje como un “aparato de visión”.  

Bajo las bio-tecnologías gubernamentales se despliegan los sistemas de vigilancia, la programación biológica y la inteligencia artificial, edificando un nuevo orden informacional. Cabe subrayar que la datificación-digitalización, una vez que todo ha devenido dato, desplaza la tesis de los “enjambres digitales” en su versión fenomenológica, pues lo que está en juego es “una micro-fragmentación del mundo” y una mutilación de las posibilidades de operar sobre el mismo mediante el “prosumo”. De allí que la “gubernamentalidad alogarítmica” no precisa de ningún “reparto de lo político”, ethos o sujeto reflexivo, porque ello amenazaría -ralentizaría- la economía digital. Los «accidentes naturalizados » no son (necesariamente) el producto de “máquinas de guerra”, o un sabotaje, sino vectores constitutivos de la productividad invertebrada del sistema, y las contingencias que siempre se abren cuando se dispara una acción tecnológica hipercompleja hacia el futuro abstracto. De allí que la gubernamentalidad alogarítmica sea una clave biológica y geopolítica que se debe a las “tecnologías del riesgo”, pero que igualmente reprograma las condiciones de acumulación de capital, por desposesión, sin reclamar topografías o latitudes. La distopía negra del capital ha sido la renta dromológica (“lawfare neoliberal”), pues campea la suplantación de identidad, el deep fake o la desinformación (ya provenga de humanos o de máquinas), la vigilancia, la manipulación del comportamiento y la securitización del conocimiento experto.

En suma, los procesos de expropiación, producción de “plusvalías pandémicas”, bajo una nueva infraestructura de la comunicación, invisten la forma de expandir exponencialmente la acumulación de capital, cuestión que no sólo debe ser comprendida a nivel de las consecuencias relativas a la diseminación del virus masificado -era del Tecnoceno- y las fallas logísticas para producir efectos paliativos, sino también en relación con su misma aparición en una clave informacional, biológica y geopolítica que se debe a las “tecnologías del riesgo”, pero que igualmente reprograman las condiciones de la vida muda. Y es que la condición capitalista del virus, y su connivencia con los cuerpos, redunda en una forma inesperada de “plusvalía negra” que es el resultado de la obsolescencia digital sobre la experiencia, donde el sujeto como agente geológico tiene la capacidad de afectar el planeta, liberar residuos y energías – concluye Flavia Costa (Taurus, 2021)-. Bajo la gobernanza de los riesgos, ética y régimen sistémico, podrían abonar las mediaciones que la aceleración del capital sabotea, como una forma de inscribir resistencias sustentables, formas de convivencia y co-evolución con los pasajes artificiales.

Con todo, no hay que leer aquí una pavorosa guía tanática de la biopolítica, ni melancolías filo-políticas, ni siquiera por la vía de algún pacto estético (Le choix de la guerre civile), sino la posibilidad de una “teoría crítica” en desarrollo (“metáfora sistémica”) que desviste y enfrenta el déficit político de las regulaciones preventivas, aquellas que impiden una reflexión radical sobre las naturalizaciones del post-humanismo.

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