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Gerardo Muñoz, Reporte desde Columbia. Gaza contra el encierro

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Un grupo de policías impide la visibilidad del campus y cuida todas las entradas. “Aquí nadie puede entrar sin ID de estudiante, y esto no tiene excepciones”. Esto se repite con timbres altisonantes ante los curiosos paseantes por Broadway. En cuestión de días la universidad de Columbia se ha convertido en una zona acuartelada, en la prisión sin alma que de alguna manera ya es la universidad contemporánea norteamericana. Tal vez eso explique un devenir tan naturalizado y consecuente. Desde luego, la pandemia ha preparado el terreno para esto: ante una grieta en el campus, el acuartelamiento y las teleclases se vuelven el nuevo orden del día. Y es un win-win para todos, incluso para aquellos profesores que se frotan las manos ante la posibilidad de no ir a la reunión departamental y evitar una posible falsa mueca al colega que desprecia. Así, el campamento tiene algo de tufo de caducidad y vencimiento, tan solo porque el asentamiento legible y localizado es funcional al régimen carcelario de la grilla metropolitana. Toda la eficacia del poder está orientada al momento de excepción; y, por lo tanto, un momento de campamento es también la oportunidad para activar los protocolos de la rutina securitaria por suelo, tierra y redes sociales de comunicación.

Una interrupción situada en el espacio lleva al acoplamiento efectivo que hoy se expresa como coordinación optimizada de los police powers – sin pasar por alto, además del campus police y de los guardias de la NYPD, también la seguridad privada como los hombrecillos de la Apex Security Group que vestidos de negro en cada esquina hacían el verdadero trabajo del snitch al estilo de los “comités de defensa” barriales de los socialismos reales del siglo pasado. Esto muestra cómo hemos descendido a un entorno donde la excepción es la regla ordenada del laboratorio social. Ese descenso es claro, solo vale recordar, por ejemplo, a George Bernanos en Francia contra los robots (1955): “Durante siglos, ni un solo hombre de la policía podría haber cruzado el dintel inviolable de la Universidad de París sin ser masacrado por los estudiantes. Las tierras inmensas que poseía el borde del Siena se habían convertido en un refugio de bandidos…Querido lector, el hombre de la antigua Francia, hoy parecería fácilmente un anarquista. Lo que hoy llamáis desorden él lo consideraba orden. Por eso las democracias uniformadas me dan risa. Hoy la excepción se ha convertido en regla, la democracia lo moviliza todo”. En el 2024 aquí nos encontramos. El hombrecillo del Apex Security Group nos mira de abajo a arriba, como si dijera “debes seguir tu camino”.

La verdadera vulnerabilidad no está en lo que se piensa o se siente; está en la propia ficción que sostiene la frágil arquitectura del redil y sus burbujas de libertad, orden, y soterramientos. Por eso Gaza no podía dejarse pasar. La necesidad de un afuera realizado debe mantener un secreto a voces. Si Gaza nombra una verdad irreductible (todas las verdades lo son) es porque nos devuelve el semblante carcelario que en el triunfo del “Yo”, de la “comunidad”, del “impacto”, de “mis principios”, o de “mis frustraciones”, siempre compensadas en el safe space – esa cueva mortuoria donde la juventud programada sutura los agujeros del tejido civil  – muestra la corrosiva dimensión de la vida lentamente se deja morir en función de un encierro programado. No cabe duda de que “Palestina ha devenido todo el planeta y todo el planeta asiste al estallido de sus universidades, porque su síntesis, en una enésima polémica sobre el normativismo del “free speech” del liberalismo, ahora toma la iniciativa para echar adelante la ofensiva contra la mera posibilidad de la nominación y del nombre.

Y es que al final lo que en Gaza se encarna como destrucción bélica contras las universidades es simplemente la materialización descarnada del proceso que ya ha tenido lugar al interior de los saberes ilustrados cuya culminación es el reino de las ciencias aplicadas en manos de últimos funcionarios de la extinción. Un mismo testigo ilustrado como Edward Gibbon decía en su autobiografía: “Las universidades fueron fundadas en la era de lo falso y las ciencias bárbaras; y éstas continúan plagadas del vicio de su origen”. Ya sea mediante la conflagración de un dron programado por un código de la AI, o en el paulatino desmantelamiento de las humanidades, asistimos a un mismo desplome que desemboca en el cerco de una ruina amontonada. En realidad, Gaza no hace más que develar la más absoluta coherencia de esta génesis en manos de los obedientes administradores.

Por una rendija se ven algunos estudiantes y a lo lejos la bandera de Palestina. Me atraviesan dos preguntas: ¿cuánto puede durar un encampment? ¿Cuánto más, entonces, puede acechar la silenciosa pulsión de un dolor generalizado? El proceso de domesticación de la especie persevera salvo en una vida estudiantil ex universitatis en condiciones de sórdida miseria (aunque ahí también su riqueza). Así, el campamento es una ocasión para reflexionar sobre cómo la conquista del mundo solo puede ser viable contra todos cercos que, a cambio de una mediatización espontánea, puedan ofrecer relativos bálsamos a la promesa de una liberación inescrutable. “Acampamos hasta que se llegue a una victoria…y una victoria es una victoria”, oigo de una estudiante con keffiyeh que sale hacia calle cuesta abajo. ¿Y entonces una victoria de una victoria es una victoria para Gaza? Me suena a la poetización modernista de Gertrude Stein, con la diferencia de que ya no estamos en los retablos de la modernidad. Nuestra geografía es el desierto. La irradiación de un anhelo tiene en la palabra dicha un alojamiento prematuro ante la oquedad de la inesencia.

En el campamento se cocina – con ingredientes varios; esto es, palabras, canciones, lemas y emblemáticas – la presión de lo alienable que empuja hacia el abismo una ceguera que contiene y fija el límite. Aunque, ¿no es precisamente el desborde del límite lo que interesa? Romper el cerco, configurar un blackout – ¿no es esto, en todo caso, la luz que nos viene de Gaza? Marguerite Duras notó una vez que el “hogar familiar” fue respuesta que la civilización le dio a las posibles aventuras y al escape de los hombres y de los niños. Así mismo, cada acto de solidaridad y cada ola de coalición afectiva es tendencialmente un resbalón hacia la fantasía profiláctica de un deficiente contrapoder metropolitano. “Cada acto, una victoria”. ¿No es preciso romper, de una vez por todas, del fideísmo de una acción subsumida en la conciencia? El melodrama de los estudiantes concientizados – ya siempre divididos entre la producción reflexiva y la agonía justificatoria del actuar – no tienen nada que ofrecerle a la destrucción de Gaza, ya que Gaza es, en su misma irreductibilidad, la que rechaza la enajenación de las identificaciones diletantes: “I don’t give a rat’s ass about solidarity” – me viene a la cabeza la réplica de Frank Wilderson a una de esas academics de las buenas intenciones. Y es que no hay liberación mediante un proceso identificatorio de solidaridad; como tampoco hay un “socialismo en un solo campamento de campus”. Esto es, Gaza no necesita de una ejemplaridad secundaria, puesto que ella es la ejemplaridad que enseña lo único que jamás puede enseñarse: que no hay proceso de libertad que no consista en la superación de cada vida domesticada en el espesor de lo irreductible. Sobre nuestras cabezas Gaza estampa una exigencia elemental: el horizonte de la libertad no se agota en las normas legisladas; solo hay libertad cuando la pasión nos extradita de los chantajes ofrecidos por la ingeniería de la vida pública.

En última instancia, no se trata de adaptar a Gaza a la civilización- ¡otra chance, ahora sí, de una democracia descolonizada y reluciente en concierto de la ‘Comunidad Internacional’! – sino del llamamiento hacia un éxodo del régimen ambivalente de la sociedad civil. Socialización, democracia radical, autonomía estudiantil, economía política, identificación, militancia: pequeñas celdas donde el “Yo” se pone de rodillas ante un pequeño paraíso artificial en el desierto. ¿“Divestment”, you say? – otro paraíso artificial, puesto que al final, ¿qué son cien millones de Cooperman, Blavatnik y Kraft en la dispensación de un presupuesto anual de 15 billones anuales? La estrategia del rechazo no debe ser rebajada a las fluctuantes corrupciones morales para que la equivalencia general siga su curso. Gaza es el reverso del reino del valor, aquello que no debe tener intercambio ni en forma de descuento. El financial chart – boletín preparado por algunos de los grupos de los estudiantes de Columbia – expone las rutas de las donaciones y los intereses del Board of Trustees de Columbia University con los War Profiteers es tan solo uno de los pasadizos de una red más feroz y cruenta que impide ver al mundo más allá de la economía política y de la legibilidad de los microintereses. Cerrar una ventana o cortar una línea no es volver al mundo. Y es ahí donde el intercambio de la economía política encuentra su límite y colapsa como molde estratégico para entender a Gaza como paradigma del dolor en la intemperie. “Para conjurar esta catástrofe anunciada será necesario comenzar por derribar los muros, en las cabezas y en los hechos. Pero echar abajo murallas que aplastan a quienes excluyen pero que enloquecen a quienes se encierran en ellas. Cuanto más tarde esta caída, más dura será”1Daniel Bensaïd. “En y por la historia. Volviendo Sobre la cuestión judía”, en Volver a la cuestión judía (Gedisa Editorial, 2011), 181-82.. ¿Estaremos a la altura esta vez?

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