Claudio Gutiérrez, Sobre “La purga del lenguaje”

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Creo que nadie puede objetar que estamos viviendo, en medios de prensa, universidades (particularmente norteamericanas), y gobiernos, una purga sobre lo que se puede decir o no sobre la masacre (sigo a Manuel Guerrero) del pueblo palestino que estamos viviendo estos días. Para apoyar su crítica a esa “purga del lenguaje”, Rodrigo Karmy usa un argumento que intento destilar más abajo, que considero que pudiera hacer desviar la atención de los reales generadoras de esa purga. Escribo esto pues creo que estamos viviendo un momento en que se está haciendo común desplazar las responsabilidades políticas de un sistema socio-político hacia un “monstruo” que nos estaría quitando la humanidad, llámesela tecnología, AI, cibernética, o como se quiera.

El texto a que me refiero es el siguiente. Intencionalmente he ocultado un par de palabras entre corchetes para dejar expuesto el argumento central.

[quiero reparar cómo] la purga opera como un dispositivo teológico orientado a purificar la lengua de sus peligros y cómo en dicho proceso lo que se pone en juego es la presuposición cibernética –en último término teológica– de que el lenguaje puede ser transparente en la medida que, la utopía en juego, utopía planteada a principios del siglo XX por la escuela del empirismo lógico, no será otra que la de una lengua tan sencilla como pura, tan reducida como plena y plana. En otros términos, asistimos al momento en que la operación teológica que intenta purgar la lengua de [determinadas amenazas que contendría] se consolida en y como verdadero un proyecto cibernético en la que su reducción supone cercenar cada palabra de su potencia en la forma dualista “condena o no condena” para inscribirla, posteriormente, en la máxima abstracción que plantea el sistema binario tan propio de la cibernética: 0-1.

La coexistencia del moralismo y su dispositivo preferido –la “condena”– con la época de la cibernética, en realidad, muestra que no se trata de la co-existencia de dos realidades diferentes que se unifican en una misma época, sino de dos expresiones de una misma racionalidad gubernamental, orientada al control no solo de los cuerpos, sino también de las almas. Es precisamente en este último punto donde se inscribe la operación de purga del lenguaje para, tal como imaginó Norbert Wiener hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, construir un lenguaje universal que ya no expresa “palabras” sino que solo transmite “información”.

Karmy, La purga del lenguaje

El origen de esta “operación” purificadora del lenguaje la remonta Karmy a la escuela del empirismo lógico y su proyecto de “una lengua tan sencilla como pura”. Es importante señalar que el proyecto parece ser bastante anterior.  Esta operación de “purificación” es posible remontarla al menos a la división del trabajo entre escribas y resto de los técnicos, esto es, entre los técnicos de (la materialización del) lenguaje y los técnicos dedicados a la producción, esos que nos mantienen y que hoy (como ayer) siguen siendo absolutamente ignorados en el mundo letrado.

Vale la pena hacer un paréntesis y repasar las relaciones entre el lenguaje y la técnica (cuyo paradigma estos días son las tecnologías de la información). Entiendo que Platón fue de los primeros que estableció la distinción entre el mundo de las ideas y el mundo material, el “mundus intelligibilis” y el “mundus sensibilis”. El primero puro, etéreo, eterno e inmutable; el otro maleable, engañoso y material. Paradójicamente, fue Platón el primero que aprovechó de manera muy hábil el mundo material y sensible –las tecnologías del lenguaje escrito– para darle eternidad a sus ideas. Al menos desde ese momento se arrastra en occidente el conflicto entre humanidades y técnica. Vale la pena repetirlo: desde el momento en que los técnicos del lenguaje (los letrados) le ganaron la partida al resto de los técnicos, éstos quedaron despreciados y segregados por siglos. Es a partir de ese momento que las “ideas” y su circulación fueron monopolizadas por los técnicos del lenguaje, quienes fueron desplazando a la imaginación popular, la sensibilidad popular y a la tradición oral, esto es, a todos aquellos quienes usaban (y creaban) el lenguaje, pero no eran letrados. Esa es realmente la primera purga del lenguaje: la segregación de todos aquellos que estaban al margen del poder que procuraban las tecnologías del lenguaje (reservadas a una elite muy pequeña).

Saltémonos varios siglos, hasta mediados del siglo XX y la emergencia de la cibernética y luego las tecnologías digitales. En el artículo se le adscribe a Wiener el proyecto de “construir un lenguaje universal que ya no expresa “palabras” sino que solo transmite “información”.” De nuevo, esa idea parece muy anterior, y al menos es posible retrotraerla a Leibniz. Ya entonces la elite de técnicos del lenguaje comenzaba a hacer una subdivisión del trabajo: aquellos que dominaban el relato y aquellos que dominaban el argumento: las “humanidades” versus la “racionalidad”.  Quiero solo recordar que, en esta disputa, ya están desplazados (están purgados) aquellos que trabajan en el mundo técnico (aquí ayudan a ilustrar los guarismos: el 49.9% de la población) y aquellas que usan el lenguaje para reproducir la especie (el otro 49.9% de la población: las mujeres como cuidadoras y reproductoras de la especie). En ese escenario, una ínfima elite, los técnicos del lenguaje, comenzaban a disputarse el poder del “lenguaje” (no el de la gente común, sino el de los letrados). Por alguna razón, que podemos obviar aquí, ganó esa partida el bando de quienes dominaban el lenguaje de la racionalidad, de la ciencia. Y entonces, poco a poco, esa mitad perdedora (los “humanistas”) de esa elite minoritaria comenzó a sentir lo que el 99,9% de la población había vivido por siglos: la purga de su lenguaje. Y como toda elite, sintió que su derrota era la derrota de la humanidad toda.

Rodrigo Karmy lo expresa así:

“La operación teológica [de X] se consuma en la operación cibernética del Imperio. Ambas son la misma forma de gobierno que intenta controlar las almas a partir del control sobre el lenguaje. Por cierto, esta operación expresa de manera nítida la crisis de las humanidades, su total banalidad y el completo desdén por la cuestión ética y política que significa el problema del nombrar.”

Karmy, La purga del lenguaje

Y sí, tiene razón Rodrigo que la gran operación del Imperio, de los poderosos de hoy, es la operación de quienes han monopolizado el lenguaje de la “racionalidad”. Quieren controlar las “almas” a partir del control sobre el lenguaje (y hoy sobre nuestros comportamientos, que, debido a recientes técnicas, cada día conocen más). Y sí, esto refleja la crisis de las “humanidades”, crisis de esa elite que en su tiempo desplazó al 99,9% de la población, que nunca se problematizó el haberlas “purgado”. Y por supuesto, refleja el “completo desdén por la cuestión ética y política que significa el problema de nombrar”. Seguro eso lo sintieron también el modesto zapatero o campesino, la modesta cocinera, madre o cuidadora, cuando esa casta que dominaba el lenguaje, los letrados, impuso su hacer como lo humano mismo, como sinónimo de “humanidades”, despreciando todas las actividades (realmente humanas) que los trabajadores, los técnicos, las cuidadoras, realizaban, dejando de lado a toda la población que los sostenía. (Digamos de paso que mucho de ese desprecio es el que aprovecha hoy cierta ultraderecha contra los “intelectuales”).

Hoy esa elite va tomando otras formas: La racionalidad se convierte en tecnología y, como en toda la historia que repasamos, quienes dominan ese lenguaje dominan el mundo. Y claro, lo hacen a través de purgar el lenguaje de los otros, de desmerecerlo, de negarle importancia, de prohibirlo. Ninguna sorpresa entonces que quienes tengan poder sigan purgando hoy el lenguaje de quienes no lo tienen. Esto es, la operación a que asistimos no es “cibernética”, no es “técnica”, sino, como siempre que tratamos del poder, es política.


Imagen de portada, búsqueda que cuerpos luego de un bombardeo en territorio palestino

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