Poner en común. Apostar por los procesos, abrir temporalidades, intervenir las perspectivas.

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El siguiente texto forma parte de una intervención pronunciada por el colectivo Vitrina Dystópica en el conversatorio «Politizar el Malestar: a 50 años del golpe de Estado» , el día 28 de agosto de 2023 en la ciudad de Santiago de Chile.


1. 50 años de saqueo (y más): extractivismo, memorias, miseria del progresismo

Hoy, es decir, este año 2023, quienes son exactamente lo que son y tienen exactamente lo que tienen porque han saqueado o contribuido o legitimado la devastación material, anímica y epistémica de este territorio llamado Chile. Hoy, éstos que se han beneficiado de la muerte y la explotación, de la infamia, la mentira y la colusión ni siquiera por décadas, sino por siglos. Hoy, buscan también saquear ese campo de preguntas y afectos que llamamos memoria.

El 22 de agosto de 2023 la Cámara de Diputados y Diputadas de Chile aprobó volver a leer una declaración que había firmado justamente hace 50 años, en agosto de 1973. En ésta, las fuerzas que conspiraban contra Allende, toda la derecha incluyendo la DC, denunciaban un “grave quebrantamiento del orden constitucional y legal de la República”, pidiendo a los ministros “que eran parte de las Fuerzas Armadas y de Carabineros […] ‘poner inmediato término a todas las situaciones de hecho referidas, que infringen la Constitución y las leyes’”1Ver https://elpais.com/chile/2023-08-23/la-camara-de-diputados-de-chile-lee-la-resolucion-de-1973-que-acuso-de-inconstitucional-al-gobierno-de-allende.html. Evidentemente, esta declaración no fue solo “usada” para legitimar jurídicamente el golpe y la dictadura, como dice la referida nota de El País, sino que hizo plenamente parte del proceso cívico-militar de derrocamiento del experimento de democracia socialista (¡que no solo de “Allende”!). Y, sin embargo, tal declaración no fue leída para expresar la vergüenza histórica frente a un documento que testimonia la más visible de las múltiples acciones autoritarias de los profesionales de la democracia. Muy por el contrario, casi toda la derecha (esta vez sin la DC), aprobó leerla como una suerte de ejercicio ¿de memoria?, en donde se pretendía además que, como señala la intervención de Chile Vamos, «en esta oportunidad, a exactos 50 años de aquel importante momento, [se leyera] cada uno de los petitorios que [contra el gobierno de Allende] fueron suscritos puedan ser recordados y leídos de forma íntegra durante la presente sesión».

Los representantes de la bancada de lo que queda de izquierda hicieron, ciertamente, los gestos que había que hacer. Gritaron asesinos, ladrones, portaron las imágenes de quienes los asesinos y ladrones buscan una vez más hacer desaparecer. Y Lorena Pizarro, con toda la historia que es la de ella, les dijo fuerte y de frente váyanse a la mierda con su indecencia negacionista. Y cómo no entender y compartir la rabia. Qué ganas de gritarle o pegarle ahí mismo a ese infame republicano de Cristian Araya2Ver https://cooperativa.cl/noticias/pais/politica/camara-baja/diputados-aprobaron-leer-la-controversial-declaracion-de-la-camara-del/2023-08-22/103509.html. No obstante, esta idea del “negacionismo” ha estado extrañamente presente como respuesta a algo que no puede sino considerarse ataques de la derecha neoliberal autoritaria. Tanto que el hecho de que acompañe casi naturalmente un momento de singular rabia puede ser apenas indicador del modo en que la noción ha invadido el discurso oficial(ista) de la conmemoración.

Es que si esta operación de la derecha se parece tanto a un saqueo no es, precisamente, por lo que “saca” para “llevarse a otro lado”, sino que al modo del extractivismo al instalarse en algún lugar o campo, como en este caso, lo condena a la devastación. Una de las cuestiones interesantes que hemos podido aprender en las conversaciones que, desde 2015 iniciamos con Vitrina Dystópica y un variado número de colectivos (micro)políticos, es que una de las primeras y principales dimensiones afectadas en los procesos extractivista es la de la imaginación (política, si se quiere). O sea, que la devastación entra firme cuando cuesta decir otra cosa que “es que igual las mineras/forestales/agrícolas son las que dan trabajo” o “da igual quién gobierne”, o cuando se hace imposible pensar que “el chancho” pudiera estar bien pelao’. Ahora bien, cuesta decirlo o se vuelve imposible pensarlo, no por una cuestión de voluntad individual o que siquiera esté “a nivel individual”, sino que como diversos colectivos en distintos territorios han podido atestiguar, esta dificultad es parte integral de la gobernabilidad extractivista. Necesitan agotar la imaginación para continuar rentabilizando la catástrofe.

Es en este sentido que la operación político-mediática de la derecha es “extractivista”, pues no solo ataca frontal sucesos y procesos antes relativamente estabilizados en las narrativas sobre el golpe de estado, por ejemplo, que el golpe no es una “consecuencia” prácticamente “merecida” por la irresponsabilidad del gobierno socialista; sino que también empuja al progresismo (única facción de la izquierda con cobertura mediática) a adoptar la posición que nunca puede abandonar frente a las prácticas extractivistas: el recurso a una indignación universalista y algunos intentos por juridificar esta indignación de la mano de recomendaciones de organizaciones internacionales. El discurso ONU para decirlo en corto.

2. El devenir neutralizante de la tesis del malestar

Si los conspiracionistas fueran un poco menos conservadores y reaccionarios quizá podrían darse cuenta que el problema con la narrativa ONU no es en absoluto algún vínculo con el “comunismo” (¿?), sino el modo en que busca neutralizar todo lo que toca. Neutralizar, para no ser ambiguos, conviene entenderlo como alcanzar acuerdos para modificar lo mínimo necesario con tal de no tener que tocar el modo de producción. Es decir, lo mínimo para que el conflicto reconocido y elaborado en el marco de un proceso de politización, pueda volver a invisibilizarse.

Ahora bien, otro de los aprendizajes fundamentales de la cartografía radial previa al 2019 fue que frente a estas arquitecturas jurídicas que, con distintas intensidades, administran la devastación, las alianzas imprevistas pueden mucho más que el paulatino despliegue de la “razón universal”, encarnada en los macroacuerdos de buenas intenciones. Es decir que, de cara al tenaz extractivismo y persistente colonialismo, han sido una serie de encuentros impuros los que logran movimientos eficaces contra, al menos, ciertas formas de la devastación. Durante nuestras conversaciones, el movimiento de Aysén de 2012, durante el cual se levantó la consigna “tu problema es mi problema”, nos parecía un punto clave. No se trataba de que “tu problema” fuera como “mi problema”, sino que eran ya un problema común. Pero quizá lo más importante o interesante, no era tanto si era realmente algo “ya” en común, por ejemplo “el neoliberalismo”, sino que esa consigna se vinculaba concretamente a prácticas de puesta en común. Asambleas, reuniones, talleres donde se encontraban personas que no necesariamente se encontraban antes: ambientalistas, pero también trabajadores, dueñas de casa, jóvenes, comerciantes, estudiantes, etc.

La cuestión del “malestar social” ha sido uno de los tópicos favoritos de las ciencias sociales chilenas desde la vuelta a la democracia. Ha servido para referir, en general, a un descontento multiforme y que los analistas nunca terminan de entender: ¿expectativas frustadas? ¿abusos? ¿éxito o fracaso de la modernización? ¿K-pop? Etc. Sin embargo, podría pensarse que durante algún tiempo posibilitó también ciertos ejercicios de puesta en común de los modos en que el extractivismo multidimensional, que administra el neoliberalismo autoritario chileno, impactaba con diversas intensidades en las vidas. Asambleas, coordinadoras, talleres, grupos lograban articular, a través del santo-y-seña de un malestar que se resentía cotidianamente y que durante 30 años todos las estudios y encuestas atestiguaban, un espacio de intercambio, no de equivalencia, sino de proliferación. Una parte del 2019 puede entenderse vinculado a más de una década de multiplicación de distintas formas de puesta en común del modo en que el capitalismo se nos imponía como depresión u otras modalidades del sufrimiento3Ver https://tintalimon.com.ar/post/la-revuelta-nos-obligó-a-pensar-qué-instituciones-inventamos/.

Sin embargo, cuando el malestar se desplaza lentamente de ser una pregunta o un operador, a ser una explicación, entonces corre el riesgo de transformarse en otro elemento de neutralización. Nadie lo ilustra mejor que el propio presidente Boric que, a propósito del 18 de octubre del 2022, abdicaba de una interpretación política de los acontecimientos, por una, precisamente universal, neutral, humanitaria. “Ya es tiempo de que salgamos de nuestra zona de confort para interpretar lo que allí pasó las lecciones que debemos sacar de este proceso y actuar”, dice o se dice Boric, luego continúa “el estallido no fue una revolución anticapitalista y tampoco, como han querido instalar (…) una pura ola de delincuencia. Fue una expresión de dolores y fracturas de nuestra sociedad que la política, de la cual somos parte, no ha sabido interpretar ni dar respuesta”. El malestar (los dolores y fracturas) como “explicación” del “estallido” sin referencia a la diversidad de prácticas de “puesta en común” neutraliza precisamente aquello que pretende defender, en este caso, la legitimidad de la expresión política del 2019. Es quizá de suma importancia impedir que la defensa de la “memoria” de los 50 años como una “memoria traumática” anule la posibilidad de poner en común lo que de ese evento resuena en el 2019. Particularmente quizá, la dimensión del vínculo entre sufrimientos, deseos, fines, estrategias y tácticas políticas.


Imagen de portada: Pablo Zamorano @Locopek

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