Aldo Bombardiere Castro, Un demócrata de buena familia. Apuntes a la muerte de Sebastián Piñera

Comenzar
605 visitas

Relación

La contraposición tensa el contexto. A primera vista, la relación es opaca, o tan enigmática como macabra, tan irónica como sacrílega.

El contexto noticioso es el siguiente. Tras la caída del helicóptero que piloteaba, Piñera fallece ahogado en las aguas del Lago Ranco. Mientras esto sucede, extensas zonas de la región de Valparaíso son consumidas por las llamas del mayor siniestro forestal que se haya registrado en la historia de Chile. La relación entre ambas tragedias es simbólica y, por ende, confusa. A su vez, también es una relación que pese a articular dos tragedias, no necesariamente es trágica; más bien parece enigmática.  

Sacrificio

El agua que bendice al lago y el fuego provocado sobre el bosque se avivan al soplo de un mismo viento asesino. Tras la ráfaga de desmemoria, miseria y espectáculo, el alma del rico (del enriquecido a costa de los empobrecidos) y los cuerpos de los pobres tienden hacia el mismo no-lugar: al gemido de una tierra cada vez más asfixiada bajo los pasos de la devastación extractivista.

A la noticia de los incendios de Valparaíso, cuan imposición de un manto de un paréntesis de sagrado, le sobrevino la muerte de Piñera. Y eso no pude ser casual. Hay que distanciarse de la hiperrealidad mediática, es decir, del lugar que ha visibilizado ambos eventos presentándolos en calidad de meros sucesos inconexos: cosas que (se) suceden en una simple relación sucesiva dentro de la agenda noticiosa. Lo que ha de ser pensado apunta no sólo a la espectacularización de ambos eventos, sino, sobre todo, al tipo de relación que puede establecerse entre ellos, donde el último, la muerte de Piñera, pareciera consagrar, justificar y obligarnos a aceptar, hasta el olvido o las lágrimas, la depredación extractivista y la especulación financiera que atizó el fuego y la sangre del primero. Así, la santificación mediática con que ha sido producida la figura de Piñera constituye un dispositivo a distancia que transforma a las vidas y a las muertes humanas, animales y vegetales del entorno de Valparaíso en vidas susceptibles de ser sacrificadas: son los costos no deseados de un progreso moral, financiero y, por ende, social, afincado en los valores de la familia y de la fuerza de trabajo. Costos no deseados y muertes no deseables, claro, pero que sí pueden seguir permitiéndose, pues lo que realmente no se puede permitir es justamente aquello que genera esas muertes: la expansión intensiva del capital.

Piñera: demócrata y hombre de familia

Según la narrativa hegemónica -la cual imperó transversalmente desde los pasillos de La Moneda hasta los medios de comunicación-, en la figura de Piñera se plasmaría no sólo una amalgama de virtudes, sino también una diversidad de modelos sociales o, lo que actualmente es lo mismo, un crisol de modos de “ser alguien en la vida”. En efecto, en el Piñera construido por los poderes establecidos resaltó el alumno Doctorado en Harvard (no importando que nunca haya elaborado ni discutido en profundidad ninguna línea de pensamiento económico); el emprendedor devenido multimillonario por dormir 5 horas diarias (“A quien madruga, Dios lo ayuda”, dijo una vez, con su perspicacia habitual); el Senador respetuoso y el servidor público que se opuso a la Dictadura de Pinochet (aunque dicha oposición sólo haya sido manifiesta en el espacio secreto, privado y, por cierto, incomprobable de una urna plebiscitaria); el dos veces Presidente de la República (y cuyos fideicomisos siempre rozaron la ilegalidad y permanecieron en la más escandalosa inmoralidad); el amante de Chile, de las mujeres y del buen vino (valores tan propios de esa derecha biempensante que lideró);  al hombre ligero, con gran sentido del humor y capaz de reírse de sus propios defectos (y que hicieron de la ridiculez una ganancia electoral). Todo eso ha sido resaltado en la figura de Piñera: un hombre ejemplar, un verdadero ideal a seguir, un emprendedor versátil e interesado por todos los ámbitos del conocimiento. Dicho en términos ilustrados: el Leonardo da Vinci de nuestros días, como afirmara –muy piñerísticamente–, su ex Ministro de Transportes, Pedro Pablo Errázuriz.

Pero, sobre todo, existen dos elementos nucleares que han definido la identidad de este engendro mediático: uno privado y otro público. En efecto, el primero remite al Piñera como hombre de familia; el segundo, a Piñera como gran demócrata.

Lejos de resultar casual, este núcleo binario elevado por los poderes oligárquicos podría darnos una clave acerca de los días venideros, específicamente, del establecimiento de los valores de base sobre los cuales se desenvolverán posteriores contiendas políticas. En efecto, en momentos donde la derecha chilena parece acudir a un proceso de reconfiguración interna, pero, a su vez, en medio de un contexto internacional donde el neofascismo ha obtenido triunfos electorales importantes (Milei en Argentina, Meloni en Italia y la permanencia del resurgimiento de la extrema derecha en Europa y Estados Unidos), esta construcción mediática de Piñera, a la cual todos los partidos políticos han adherido transversalmente, revela una operación proyectiva: en ella la política institucional plasma su deseo o, lo que es lo mismo, define los valores de consenso que cada sector tendrá que conquistar a corto plazo.

Así, en cuanto al cariz particular que la derecha le ha dado a estos elementos nucleares, encontramos, por un lado, la figura del hombre que ha preferido morir para no poner en riesgo a su familia; por otro, a la construcción del líder demócrata, bienintencionado, opositor a los totalitarismos (desde Pinochet hasta Maduro) y siempre al servicio del bien común.

Por cierto, ambas características –o caricaturas– mitológicas acerca de Piñera se anudan en torno a un único rostro: la espiritualidad anclada en la persona humana, cuyo máximo ideal confluiría en la santidad, como lo expresa la tonalidad afectiva que adoptó la cobertura de su funeral. Así, la figura mediática de Piñera, en su doble calidad de hombre de familia y de demócrata bienintencionado, y pese a encontrarse extremadamente lejos de haber logrado materializar su anhelo de convertirse en el mejor presidente de la historia (oficial) de Chile, al menos parece estar en primer lugar en la lista de mandatarios dignos de hacer su ingreso al Paraíso.

En ese sentido, podría resultar interesante reparar en la potencia simbólica de una imagen que vuelve a relacionar la tragedia de Valparaíso con la de la muerte de Piñera. En efecto, al interior de la espectacularidad de las pantallas, el agua bendita del Lago Ranco que inundó los pulmones de Piñera, no sólo vino a apagar la ira popular de un Valparaíso que exigía poner en marcha una urgente y profunda investigación para saber cuáles forestales y empresas inmobiliarias alentaron la quema de terrenos porteños; más allá de eso, el agua bendita del Lago Ranco vino a santificar la destrucción generada en pos del progreso, de la sed de crecimiento económico y, en definitiva, de  las prácticas de acumulación (de capital) por desposesión (de los seres vivos) y devastación (de la naturaleza) sobre una tierra quemada hasta sus raíces y, no obstante, ahora disponible a las fantasías de la especulación financiera, es decir, disponible al sobrenriquecimiento de unos pocos privilegiados a costa del dolor y de la miseria de muchos.

Y Piñera, quien falleció en sus vacaciones mientras ejercía el acto privilegiado de pilotear un avión personal sobre la hermosura de un lago sureño, ¿de cuál lado estaría? La relación entre la catástrofe de Valparaíso y la muerte de Piñera no opera dentro de un mismo nivel, al modo de dos tragedias comparables. Por el contrario, se trata de una relación de afinidad por contraposición o -disculpen el neologismo- de contrafinidad: los privilegios que Piñera acumuló a costa del empobrecimiento de muchos, representa un modo de existencia basado, justamente, en la depredación del medio ambiente (como lo fue en el caso Dominga, por sólo recordar uno), en la extinción de la vida y, más gráficamente, en la apropiación -hasta en sus pulmones de su cadáver- de aquella agua, no bendita sino natural, que bien pudo haber apaciguado el fuego que hoy, ya apagadas las llamas, sigue enardeciendo a Valparaíso e indignando a los pueblos del mundo.

Piñera: “Asesino, igual que Pinochet”

Ahora bien, habría que preguntarse cuánto de la construcción de esta figura mediática de Piñera ha de ajustarse con las políticas, los hitos y las declaraciones que marcaron sus dos mandatos presidenciales.

Sin pretender realizar un análisis exhaustivo, mencionaremos algunos elementos que creemos relevantes a la hora de revisar ambas etapas.

Durante su primer gobierno (2010-2014), Piñera profitó de la idea de la tecnocracia. Centrado de una primacía gestional al mando de un nutrido equipo de ingenieros comerciales, así como de doctores en gubermentalidad, finanzas y derecho comercial de las más prestigiosas Universidades estadounidenses, su entrada a La Moneda hizo de la reconstrucción tras el megaterremoto de 2010 su bandera de instalación. La urgencia de aquella tarea dio pie para sobrevalorar la presunta agilidad propia del paradigma tecnócrata, logrando una buena recepción inicial.

No obstante, al poco tiempo emergieron los problemas. Tras la polémica por un fideicomiso no del todo ciego, el cual generó profundas suspicacias en la opinión pública acerca de la integridad moral y de los conflictos de interés de Piñera -lo cual rememoró una vez más sus oscuras prácticas de los años 80 relativas a la quiebra del Banco de Talca-, emergió una de las manifestaciones estudiantiles más importantes del nuevo milenio. Independientemente de la posterior trayectoria política que caracterizó a la mayoría de los dirigentes universitarios que estuvieron a la cabeza de tal movimiento (incluyendo al actual Presidente Boric), tales dirigentes contaron con la virtud de presionar a Piñera a enfrentar las críticas a la privatización y afanes de lucro en las instituciones de Educación Superior, el escandaloso endeudamiento familiar representado en el Crédito de Aval del Estado (CAE) y el Crédito Corfo, así como la decreciente calidad formativa de muchas Universidades privadas. Sin embargo, ante esta situación el demócrata Piñera salió airoso: mantuvo la concepción de la educación en cuanto bien de consumo, eso sí, instaurando “facilidades” para el pago del CAE; no dio ninguna solución concreta a los deudores del Crédito Corfo; y, fiel a su consigna, profundizó la tecnocracia al enfatizar la creación de nuevas agencias de acreditación de calidad universitaria, calidad, por cierto, entendida bajo estándares neoliberales, economicistas y marcadamente cuantitativos.

Además de lo anterior y a nivel estructural, el primer gobierno de Piñera intensificó la militarización de Wallmapu, extendió la compra de armas a Israel (con el bullado caso de boletas falsas de Famae bajo el alero del Ministro Hinzpeter, integrante de la Comunidad Judía de Chile) y profundizó la liberalización de empresas públicas ya privatizadas, y asentó aún más un modelo de subjetivización sustentado en la individualidad, el exitismo y la meritocracia como valores humanos y, sólo por derivación, como componentes de cohesión social. De ahí la pertinencia de referir al primer gobierno de Piñera como el mejor gobierno de la Concertación. En efecto, en él ya se transparentaba la indistinción que imperaba en la evaluación del duopolio político imperante en esos años: el mimetismo entre un conglomerado de centroizquierda devenido neoliberal y una derecha cristiana, la cual abogaba, cada vez con más fuerza, por un neoliberalismo con menos rostro humano.

No obstante, lo anterior, Piñera vivió gran parte del día a día de este primer gobierno a partir de apariencias y de deseos frustrados. Su imagen recorrió el mundo gracias al rescate de los 33 mineros atrapados en la región de Atacama. La proeza de la gesta, reconocida transversalmente como una virtud motivada en la férrea convicción y compromiso del Presidente con la vida, no tardó en degradarse a causa del nulo sentido del pudor que caracterizó al mandatario, quien, después de meses tras el evento, seguía mostrando papelitos con mensajes de los rescatados en cada encuentro nacional e internacional donde se le brindaba la ocasión. Si en un comienzo la angustia y tristeza nacional ante el accidente de los mineros había logrado transmutar en sorprendente y agradecida alegría producto del exitoso rescate, la reiterada utilización del episodio en función del protagonismo de Piñera, hizo derivar la proeza en un mero slogan publicitario a los ojos del mundo: un modo más de apropiación, ahora mediática, revestida por la mueca sonriente del empresario depredador pero humanista. A la larga, la táctica consistente en aprovechar los réditos políticos, tanto en el ámbito nacional como internacional, falló producto de la ridiculez y de la ambición de Piñera. En esta dinámica, el multimillonario Presidente dejaba insinuar un aspecto esencial no sólo de su identidad personal en cuanto político, sino también un principio constitutivo del mismo sistema neoliberal que le permitió generar su riqueza:  la incontención del principio de generación, acumulación y apropiación de beneficios que, cuan Rey Midas, termina haciendo dando dorada y lucrativa muerte a todo aquello que toca, transgrede y posee.

En materia estrictamente internacional, no habrá muchas cosas para recordar de este primer gobierno piñerista. Quizás lo más destacable haya sido el hecho de consumar el aislamiento de Chile con respecto a la región latinoamericana. Pues, ¿qué significó la Alianza del Pacífico, donde también participaron activamente los gobiernos derechistas de Perú, Colombia y México, sino justamente el fracaso de un proyecto coyuntural, destinado a generar mejores condiciones para el capital privado y a agudizar la exclusión política de los pueblos Latinoamericanos? No obstante, pese al fracaso de la Alianza, ésta logró marcar su distancia y erosionar a organizaciones regionales que aún gozaban de buena salud en su propósito de desmarcarse de la influencia estadounidense ejercida por la OEA, como fue el caso de UNASUR. Paralelamente, no debe olvidarse que -en alineamiento con los intereses estadounidenses y reflotación del Consenso de Washington- uno de los objetivos principales de la organización consistió en poner fin a la Revolución Bolivariana gobernante en Venezuela.

Bien podríamos decir que la política internacional de Piñera se caracterizó por ser una política internacional sin política. Lo que Piñera hizo fue casi nulo; lo que intentó hacer, en cambio, no era más que un triste remedo de política internacional: relaciones públicas con miras a privatizar, capitalizar y colonizar aún más la vida de los pueblos.

Piñera sostuvo haber votado contra Pinochet en el plebiscito del 88, y ello fue un enunciado que cobró mucha notoriedad durante la campaña Presidencial de 2010. No obstante, aunque haya criticado a los cómplices pasivos de las violaciones de los Derechos Humanos durante la dictadura civil-militar, la fortuna privada de Piñera, sus privilegios económicos, su turbiedad política y el tráfico de influencias, las excepciones jurídicas que le fueron propiciadas, el uso de información privilegiada, su concepción de la sociedad, así como los valores cristianos y antropológicos que profesaba, hacían que toda su vida pareciera más la de un Pinochetistas que la de un opositor a la dictadura. Piñera, por cierto, a la vez que condenaba los crímenes de la tiranía de Pinochet, defendía y usufructuaba de aquello que –muy hipócrita y abstractamente– la derecha llamó el “legado” de la dictadura: un neoliberalismo criminal que, amparado en la Constitución del 80, degradó los derechos sociales en meras prestaciones y bienes de consumo para beneficio de las grandes corporaciones privadas. Por eso, no sería excesivo afirmar que el primer gobierno de Piñera revela la verdad del pacto del 88: el triunfo del NO como restitución del pacto oligárquico entre una clase militar-empresarial, propietaria de la Hacienda del Reyno de Chile, y una clase administrativa de esa Hacienda, la cual quedó anunciada por el mismo destino tecnócrata y neoliberal que, con el correr de los lustros, fue adoptando el conjunto de la centroizquierda concertacionista. Sin duda, para muchos se trató de un golpe de realidad: con Piñera 1 nos dimos cuenta de la contundencia del desencanto: no había alternativa; súbitamente, supimos que con Allende había muerto toda esperanza. Pero el real problema no fue ese. El peor de los males no era saber que la alegría no hubiera llegado en más de 20 años y que quizás nunca llegaría; el real problema es que tampoco nos importó que fuese así, que permanecimos en ese desencanto, impávidos e indolentes, sobreviviendo como sonámbulos en la rueda del capital y en la libertad del consumo (por endeudamiento) que nos brindaba un mercado tan rico en variedades como nuestro presidente en patrimonio.

Así, en el primer gobierno de Piñera pareció consumarse una sensación de asfixia, de carencia de cualquier alternativa política al neoliberalismo; con resignación, a través de Piñera sentimos el ingrávido peso de la noche neoliberal en cada rincón del hogar. Y, con melancolía, muchos preferimos creer que el hombre demócrata debía coincidir con el hombre de familia: Piñera era el estandarte de la privatización de la alegría, de una democracia puertas adentro, de un amor sin pueblo y de un verano de frescor acondicionado a los patios comida de los malls. La paz del hogar y el éxito del profesional, la seguridad en nuestras habitaciones y la determinante voluntad del buen cristiano, toda esa mediocridad era transmitida por Piñera. Piñera: la condena a un destino ejemplar; Piñera, la -hasta ahí- exitosa cruz que todxs debíamos cargar a lo largo y ancho del ignorado espejismo que era ese creíble oasis.

*

Pues bien, si el primer gobierno de Piñera estuvo caracterizado por la consumación del “legado” de Pinochet, sin dejar de condenar discursivamente los crímenes de la dictadura civil-militar, el del segundo gobierno ya no se molestó en enunciar dicha condena: antes bien, perpetró masivas violaciones a los Derechos Humanos y extendió la impunidad sobre las mismas.

Tras la revuelta popular que irrumpió el 18 de octubre de 2019, el Presidente, el hombre de familia y el demócrata, no esperó muchos días para condenar la violencia sin sentido y, en consecuencia, declarar la guerra contra un “enemigo poderoso”: el pueblo de Chile.  Así, poco a poco, Pinochet volvía a hacerse carne en Piñera gracias a la sangre derramada en las calles, como lo sostuvieron los informes de cuatro diferentes, e ideológicamente diversas, entidades internacionales (Human Rights Watch, Amnistía Internacional, la ONU y la Corte Interamericana de Derechos Humanos). Demás está decir que durante todo el mandato de Piñera (y también en el actual gobierno de Boric), no sólo la gran mayoría de las recomendaciones acerca de la reformas a carabineros que fueron brindadas por aquellos organismos han sido ignoradas, así como gran parte de los culpables de aquellas violaciones, tanto a nivel penal como político, aún permanecen impunes, sino también que sobre la revuelta sigue pendiendo un discurso criminalizante, abundante en clichés, fabulesco y castrador del pensamiento. Ejemplo de esto es la última entrevista concedida por Piñera, quien llegó a catalogar a las manifestaciones como un intento de Golpe de Estado no tradicional.

De ahí que durante los últimos meses la hegemonía mediático-política haya operado un aceleramiento e intensificación de su paradigma ya frecuente paradigma maniqueo: ha pasado desde eslogan de “condenar la violencia venga de donde venga”, o de llamar al estallido social como “estallido delictual”, a barajar la dicotomía entre los demócratas bien intencionados, los del gobierno del demócrata Piñera, y los vándalos, aquellos manifestantes que, según los aparatos de poder, estuvimos en contra del orden social y del progreso civilizatorio. Esta maximización y grandilocuencia discursiva nos entrega señales acerca de los próximos pasos que podría transitar la derecha chilensis, muy en cercanía de lo que marca a la ultraderecha de Kast y a las corrientes neofascistas que han ganado cuantioso terreno a nivel mundial.

Por cierto, estos crímenes institucionalizados que se perpetraron bajo el segundo gobierno de Piñera no tuvieron por motivo una mala decisión, o una razón nublada a raíz de un malentendido. En contraste, su ejecución, cuando no sistemática, fue masiva, metódica (con más de 300 casos de daños permanentes de globos oculares), reiterada y constante. Lo que realmente puso fin a la represión no fue tanto el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución, del 15 de noviembre de 2019, sino el dispositivo securitario biomédico desplegado a partir de la pandemia Es decir, la represión contra aquel pueblo que irrumpió y habitó las calles para exigir esa dignidad que durante más de tres décadas le había sido arrebatada, sacó a la luz la fuerte ideología militarista que no ha dejado de constituir a la derecha chilena y, con ella, que aún define a la democracia transicional: se trató de la develación de su central componente postdictatorial. Por eso hoy, gracias al segundo gobierno de Piñera, sabemos que cuando los derechos sociales sean exigidos, cuando los derechos políticos sean defendidos y cuando el derecho de manifestación sea ejercido, la derecha volverá a ser capaz de todo (o sea, capaz de lo peor) para oponerse a esos derechos y mantener a salvo sus privilegios de clase. Al final, la democracia que encarnó Piñera era esa, ni representacional ni menos participativa o deliberativo, y, a lo sumo, procedimental en vistas de asegurar un orden social a favor de otro orden, uno económico: un orden social que sigue las órdenes proferidas por la dictadura del capital.

En comparación con esto, el resto de los hitos de su segundo gobierno, son sólo un remedo de la propia ridiculez de Piñera, quien incluso tuvo un mínimo de apariciones públicas tras desde el año 2020. A raíz de la magnitud de las violaciones contra los Derechos Humanos, ningún otro ítem del segundo gobierno de Piñera ha de ser destacado. Así, las innumerables ridiculeces han perdido la gracia que las mantenía dentro de la categoría de las piñericosas; los escasos aciertos han ratificado su estatuto de olvidables (como el haber apostado por una vacunación rápida, universal y obligatoria para combatir la pandemia); y los errores políticos, así como los actos delirantes, hoy sólo forman parte del álbum de postales de un presidente entregado a su mediocre excentricidad y aburrida falta de juicio (como cuando se hizo fotografiar en una Plaza Dignidad desierta una vez comenzada la pandemia).

Sin embargo, quizás tan sólo baste con recordar dos escenas para resumir no sólo la posición del segundo gobierno de Piñera en materias internacionales, sino también el rumbo que, en ese momento, adoptaba la derecha a nivel mundial con miras a su creciente neofascistización.

Por una parte, el espectáculo artístico-comunicacional que se llevó a cabo en Cúcuta con la intención de apoyar al autoproclamado Juan Guaidó en su intento de derribar al gobierno de Maduro, y del cual Piñera fue actor protagónico. En él, además de extender la masiva invitación para que venezolanos residan en Chile, nuestro presidente pretendió posicionarse como un líder regional alineado con la defensa de la democracia y el deber de asistencia humanitaria, según los principios dictados por la OEA de Luis Almagro. Esta escena, por cierto, sintoniza a plenamente con otra aún de mayor ridiculez: la de haber expuesto una imagen de la bandera de Chile subsumida dentro de la bandera estadounidense, en el marco de una reunión con Donald Trump. Si de gestos coloniales hablamos, pocas cosas pueden resultar más oprobiosas para los pueblos latinoamericanos -incluso para el chileno- que ésta. Sobre todo, cuando quien lo realiza es un multimillonario que actúa en señal de sometimiento a otro multimillonario, olvidándose de su rol de presidente mientras cede a los cánticos de las sirenas del capital.

Consideraciones

La figura de Piñera como demócrata y hombre de familia, representó el núcleo democrático más sustantivo que Chile ha conocido desde la caída de la dictadura: la conjunción entre, por un lado, la consumación de la deriva neoliberal que extravió a la Concertación, y, por otro, los valores integristas, propios de un padre de familia y buen cristiano, que sustentan a la guzmaniana Constitución del 80. Por ello, el énfasis que en las últimas semanas ha cobrado la producción de su figura constituye un acceso directo a la concepción, los ideales y los valores que la derecha, muy conservadoramente, rescata del pasado y, a su vez, proyecta hacia un futuro colmado de mismidad.

No obstante, muy poco de las graves y masivas violaciones a los Derechos Humanos ha sido expuesta en los medios desde su fallecimiento. Con ello, la derecha también muestra sus límites con vistas a los años venideros: el respeto a la incondicionalidad inalienable de los Derechos Humanos volverá a ser un tema vetado en este sector. De ser así, esto no sólo marcará tanto un contraste con lo que fue el primer gobierno de Piñera, sino, en términos generales, dará cuenta de la tendencia hacia el neofascismo atrae a todo el conjunto de la derecha, incluido los más liberales.

Post Scriptum

Mientras termino de escribir este texto se desarrolla el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar. Un presunto oasis en el desierto de la catástrofe nacional e internacional. Hace unas semanas, otro espectáculo mediático tuvo por propósito reunir fondos para las familias damnificadas en los incendios que asolaron la Región de Valparaíso, evento que en su momento fue suspendido, justamente, a causa de la muerte de Piñera. Unos días antes de haber estallado la revuelta popular en Chile, Piñera mencionó que nuestro país era el buen alumno de la región, presentando condiciones de un verdadero oasis dentro de la inestabilidad política y económica que siempre ha recorrido a Latinoamérica. Evidentemente, tales condiciones garantizaban réditos para los inversionistas extranjeros y, de paso, el crecimiento económico -por chorreo, claro está- de nuestra gente (gente de bien, por cierto). Hoy pareciera que, tras más de 4 años, muchos de los elementos molares y moleculares que acompañaron a la época de transición han vuelto a surgir a lo largo de Chile, pero, dada la consciencia ya adquirida acerca del engañoso espejismo que constituía nuestro oasis, lo han hecho de un modo aún peor para la convivencia social: con mayor violencia y desigualdad estructural, con más desatada xenofobia y clasismo, con una extrema devastación de la naturaleza y una desvergonzada manipulación mediática, con menos esperanza y organización política, con mayor precariedad de la vida en su conjunto, con más fuego, gritos y tragedia; pero, también, ya sin miedo a tomar la calle cuando la intempestividad de la revuelta así lo haga acontecer. Para decirlo de una vez: hoy Piñera, como símbolo de la insaciable codicia y devastación que engendra el capital, aunque no esté vivo, tampoco yace muerto. Y contra tal fantasma habremos de vérnosla.

Lecturas:

Cortés Morales, Julio (2024): La canonización de Sebastián Piñera, santo patrono del Estado/capital. Publicado el 11 de febrero de 2024, en revista digital Kalewche: https://kalewche.com/la-canonizacion-de-sebastian-pinera-santo-patrono-del-estado-capital/ Pancani, Dino (2024): Los medios, Piñera y los incendios de Valparaíso. Publicado el 8 de febrero de 2024 en Diario Universidad de Chile: https://radio.uchile.cl/2024/02/08/los-medios-pinera-y-los-incendios-en-valparaiso/


Imagen de portada, Matt Cauley, Portrait of Sebastián Piñera

Deja una respuesta

Your email address will not be published.