Carlos Ossandón B., Campos en Disputa. Imaginación y política en Chile

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El proceso que abre el 18 de octubre de 2019 concede nueva vida a imaginarios diversos, fragmentados, retenidos en fuentes culturales, sociales y políticas reconocibles y otras nuevas, sustentados tanto en esperanzas individuales y colectivas como en “infiernos de sufrimiento y degradación”1Horkheimer, 2002, p. 168..

Estos imaginarios tuvieron la función, no como estáticos repertorios, de activar, “animar” y liberar lo que parecía contenido, desprendiéndonos de ese presente opresivo que el “estallido” social mostró sin complejos. Esta función se hizo de pronto completamente necesaria ya que las cosas del mundo perdían más rápidamente que nunca su “alma” – si es que alguna vez la tuvo el neoliberalismo – haciéndose ostensible la ausencia de vasos comunicantes y de conexión simbólica entre el creador, el pueblo de la soberanía, y un orden prosaico que no es de la misma naturaleza y que desde hace algunos años venía dejando de convocar, naturalizar o resignar.  

En la apropiación de la calle y de la dimensión simbólica-material que constituye la sociedad, en la aparición de palabras nuevas, de reconocimientos olvidados, de violentas memorias, de canciones que hicieron historia,  en los cánticos y bailes, en los nuevos bautizos e iconos, en los grafitis, en los diversos protagonismos y sus alegrías, en síntesis, en el nuevo reconocimiento de un “común” no homogéneo – en esta constelación de cuerpos, multitudes y fuerzas diversas que tuvieron que pagar un alto costo en represión y ojos mutilados – un muy atrevido y creativo agón desfundamentador o destituyente problematizó umbrales, redibujó escenas, recuperó con otra fuerza sentidas aspiraciones, vivenció e imaginó otro tipo de relaciones sociales. 

En este contexto, la imaginación experimentó entonces importantes desplazamientos. Dejó de verse afectada por una especie de “inferioridad metafísica”2Sartre, 1970, p. 10., y redescubrió su potencia política, su capacidad de “recuperar” y a la vez “reconfigurar” el mundo. Ya no devorada por los “porfiados hechos”, ni rendida por las estadísticas, por los cuadros sinópticos o aun menos por el “sentido común”, pudo sentar mejor sus reales, indiferenciando o entremezclando sus imágenes con conceptos, eslóganes y nuevas significaciones. Así re-ligó o conectó de nuevo, y la sociedad, y no meramente la suma de individuos, volvió a emerger3Cfr. Quijada, 2008, p. 291..

Se podría decir – en un cierto forcejeo literario – que su espacio ya no fue la noche ni tampoco, como señala Foucault en su comentario a La tentación de San Antonio de Flaubert, la biblioteca o la vigilia del impreso. Ya no solo en el libro y la lámpara, la imaginación se alojó principalmente en los cuerpos, en las relaciones intersubjetivas, en las reservas contenidas, en los derechos postergados, en la fuerza de las voluntades, envolviendo y precipitando a la vez una nueva ordenación o figura del mundo.    

Desde otro ángulo, en un forzado símil ahora con cierto formato escritural, la imaginación se asoció con la democracia, se dirigió a cualquiera, no tuvo “padre”, vivió de la calle, se nutrió de la historia y de experiencias comunes, evitó protocolos, introdujo la disonancia y desarregló jerarquías4Cfr. Rancière, 2009.. Se sostuvo en los sujetos mismos, en sus actos o performances, disolviendo la distinción tradicional entre cuerpos y almas, entre la imaginación y una cierta concepción del arte concebido como único depositario de esta energía.

La rebelión popular que se inaugura el 18 de octubre hizo patente el carácter nunca resuelto del mundo, su esencial conflictividad, su inescapable finitud y precariedad. Contestó esa vieja injusticia, que viene desde Platón, que ha recaído sobre lo perecedero5Adorno, 1962, p. 19.. Hizo igualmente patente las singulares e irreductibles analogías o “correspondencias” – no confundir con las baudelairianas – entre la vivencia propia, lo micro, y la totalidad, lo macro.      

En la exuberancia que todo esto trasunta, en sus distintos planos y niveles de sentido, en esta muy desafiante reescritura del mundo, en la extrañeza entre el orden construido y quien debiera ser su creador, en el propio descubrimiento de lo que yacía cubierto, en esos hábitos e inercias in-corporadas del engranaje neo-liberal y que requerirán una profunda y paciente revisión colectiva6Jorge Olivares-Rocuant lo expresa así: “se necesita que la subjetivación que posibilitó la revuelta, afectando el poder, se haya afectado a sí misma, esto es, que el pueblo-ciudadano consagre un movimiento en su propio ethos desechando sus propias prácticas y caracteres neoliberales modelados por largos años, haciendo que la verdad que comporta su demanda / la insumisión parrhesiástica / no sea solo enunciativa sino su propia vida”. “El estallido chileno de insumisión social contra el Estado-guerra del capital neoliberal”. (2020, pp. 121-122)., y también por supuesto en la innegable problematicidad y complejidad de todo esto, se encuentra – creo – la clave que debiera guiar el proceso constituyente en un sentido más amplio e inclusivo que el abierto por la clase política en noviembre de 2019. 

En la superación del vicio de origen que tuvo este proceso de institucionalización (la ausencia de los protagonistas del “estallido”, de sus organizaciones, imaginarios e intensidades), así como en la elaboración de una nueva Constitución que tendría que ser reconocida como obra propia, laboriosamente conseguida, en buena lid democrática, como resultado de un ejercicio de “soberanía”7Concepto que será necesario discutir, no darlo por sabido, examinando registros distintos a los dominantes. Cfr. Cristóbal Montalva (2020). , se halla aquí  y no fuera de estas condiciones, en esta “inmanencia” se podría decir, que “no responde a nada distinto que a sí misma” explicitaría Deleuze8Deleuze, 1996., la posibilidad de comenzar a recuperar el mundo arrebatado. 

Es difícil, sin embargo, prever lo que vendrá. No hay seguridad alguna que las cosas vayan a fluir hacia un proceso de apropiación social de clara intencionalidad democrática. Las posibilidades de deslegitimación del camino institucional se pueden ya prever. Fuera de la importante interferencia que está decidida a hacer pesar la desfondada política tradicional, el altísimo quorum requerido, la complejidad misma de la relación entre lo político y lo social, los impedimentos que ya se están poniendo a la participación amplia y plural de la ciudadanía, el engorroso sistema de elección de los (as) constituyentes, la desesperada y agresiva defensa que seguramente organizarán instituciones afectadas por una crisis profunda, así como el esfuerzo que harán algunos por ahogar o consumar “de una vez” el poder destituyente-constituyente del demos, son todas cuestiones que pueden abortar las expectativas que abre el proceso que se inicia formalmente el 25 de octubre de 2020.   

Con todo, me parece importante participar de este proceso, evitando el aislamiento del movimiento social, buscando ampliar sus límites, fortalecer las organizaciones ciudadanas y territoriales, potenciar la ya muy consistente fuerza del feminismo y de otras emergencias, apostar a otras políticas en el seno mismo de la participación en la política institucional, evitando cualquier ingenuidad interpretativa, advertidos siempre de la poderosa capacidad de cooptación de los poderes, y sabiendo en todo momento que hay más de un juego en liza. Es iluminadora en este sentido la distinción o matiz que introduce Rancière: una política de transformación – dice – no se reduce tan solo, como se ha creído leer rápidamente en su propia obra, a “escasos momentos de insurrección arrancados al curso normal de las cosas”9Rancière, 2011, p. 10., pudiendo adquirir distintas formas o generar diversos efectos desfundamentadores e igualitarios incluso en el seno mismo de lo que se reconoce como institucional10Rancière, 1996.. Aquí lo más importante – continuando con Rancière – es que por un lado o por el otro, o por ambos, esté siempre abierta la cuestión misma, o la reconfiguración, de la “gestión común”11Rancière, 2011, pp. 10-11..

No podríamos dejar de lado, en este contexto, el nuevo “acontecimiento” que siguió a la revuelta social. ¿Cómo no incorporar al análisis político las medidas que se han tomado, los hábitos que se han creado o reforzado y las consecuencias de distinto tipo que seguramente traerá la pandemia? Esa curiosa atmósfera de irrealidad, de calles vacías, de confinamiento y de intensa fiscalización. Esa racionalidad biológica prácticamente inexpugnable que no ha dejado de acompañarnos desde hace ya varios meses, y donde todos (as) y sin casi movernos de nuestro sitio podemos representar un peligro para la sociedad. En un relato reciente el escritor colombiano Andrés Felipe Solano en Los días de la fiebre122020. cuenta en su ficción que un individuo se entregó a la policía por miedo a contraer el virus. Y Ray Bradbury, en El Peatón1329 de septiembre de 2020., describe a un solitario caminante silencioso del año 2052, que se pasea por calles espectrales, más parecidas a cementerios y donde solo se perciben unos débiles resplandores de luz que provienen de las ventanas de las casas. Este paseante, interceptado y detenido por un policía-robot sin más delito que el caminar sin propósito, podría representar bien la homogenizada escena de un determinado modo de estar en el mundo que sin mucho disimulo ha hecho que la actual “sociedad de control”14Deleuze, 1991. se sintiese a sus anchas, sin dejar de atender las curvas del mercado.

Un mundo en suspenso, a la espera, como si hubiese dejado de rodar, pasmado, hipervigilado y sin el pathos o frenesí neoliberal que lo caracteriza. Este es el mundo que nos ha tocado vivir últimamente. Y es en la intersección entre las aperturas del “estallido” y los efectos socialmente disímiles de la pandemia, sin olvidar los agotamientos estructurales que la amenaza del virus ha hecho aún más visible, donde la imaginación – siguiendo libremente a Jean-Paul Sartre – entendida como acto, más asociada a la libertad que a la representación, a la superación de lo real en la propia producción de lo irreal o de lo no todavía real, tendrá que volver a mostrar su fuerza y creatividad individual y colectiva.           

En suma, habrá que hacer concurrir tres “acontecimientos” en uno: el impulso social y creativo que inaugura el “estallido” (revuelta o rebelión popular, más bien), las consecuencias de la “pandemia” y el debate “constitucional”. Estos dos últimos tendrán que ser concebidos, entre tantos otros, como “campos en disputa”15Ramírez, I., 2020., sujetos a acciones, imaginaciones e interpretaciones distintas, y también a importantes entrecruces. Así la discusión sobre el rol del Estado, de lo público o el nuevo lugar institucional de los pueblos originarios no podrá desatender la discusión que también tendremos que dar – con más atención que el previsto – en el ámbito de la salud y de la prevención. Más allá del acento que la actual Constitución pone en la “elección” del sistema de salud pública o privada (calificada esta última de “industria” por sus promotores), habrá que buscar garantizar, desde una visión amplia de la salud de la población, las condiciones que permitan el acceso universal e igualitario a este derecho fundamental16Cfr. Conversatorio Salud y Constitución, 1 de octubre de 2020.. Y en relación con la pandemia y otros problemas similares, tendremos que preguntarnos si serán las políticas del “miedo” o de la “supervivencia” o, por otra parte, las políticas de la “protección” o del “bienestar”, en el resumen muy acertado del autor recién citado, las que deberán primar. Una discusión que no debería contar solo con la voz de los expertos o las indicaciones de la ciencia o de la tecnología, ya que lo que verdaderamente importa en este y en los demás temas y planos es lo que podemos imaginar y realizar colectivamente.            

Referencias:

Adorno, T. (1962). El ensayo como forma. Notas de literatura. Barcelona, España: Ariel.

Agamben, G. (2020). La pandemia vista por Agamben. Santiago. Ideas Crítica Debate.

Bradbury, R. El Peatón. En Literatura para oír. Colombia, Radio Bolivariana. Escuchado el 29 de septiembre 2020.   

Conversatorio Salud y Constitución. FCFM-UChileTV. Participación de María Soledad Martínez, Claudio Nash y Patricio Meza. Conducción María Pía Martin. 1 de octubre 2020.

Deleuze, G. (1991). Posdata sobre las sociedades de control en C. Ferrer (comp.), El lenguaje literario. (T. 2). Montevideo, Uruguay: Nordan.

Deleuze, G. (1996). La inmanencia: una vida…. Revista Sociología, (19).

Foucault, M. (1999). (Sin título). Entre filosofía y literatura. Barcelona: Paidós.

Horkheimer, M. (2002). Critica de la razón instrumental. Madrid, España: Editorial Trotta.

Lukács, G. (1975). El alma y las formas. Barcelona, España: Grijalbo.

Montalva, C. (2020). Pensar la cuestión mapuche, herir la soberanía. [Tesis Doctoral en Filosofía, Universidad de Chile].

Olivares-Rocuant, J. (2020). El estallido chileno de insumisión social contra el Estado-guerra del capital neoliberal en C. Balbontín y R. Salas (comps.), Evadir. La filosofía piensa la revuelta de octubre 2019. Chile: Libros del Amanecer.

Ossandón, C. (2011). Experiencia y filosofía en Rubén Darío. Anales de Literatura Chilena (15).

Quijada, M. (2008). Imaginario en H. Biagini y A. Roig (dirs.), Diccionario de pensamiento alternativo. Buenos Aires, Argentina: Biblos.

Ramírez, I. (2020). El tiempo de la imaginación política. Nueva Sociedad.

Rancière, J. (1996). El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires, Argentina: Nueva Visión.

Rancière, J. (2009). La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura. Argentina: Eterna Cadencia. 

Rancière, J. (2011). Momentos políticos. España: Clave Intelectual.

Sartre, J.P. (1964). Lo imaginario. Buenos Aires, Argentina: Losada.

Sartre, J.P. (1970). La imaginación. Buenos Aires, Argentina: Sudamericana.

Solano, A. (2020). Los días de la fiebre. España: Planeta.


Publicación original: Disenso, Revista de Pensamiento Político, 1 (2), pp. 12-18.

Imagen: Alexis Ramírez, @aleramirezfotos, Santiago, Chile, 25 de noviembre, 2019.