Gustavo Bustos Gajardo, La materialidad de los espectros y su relación con un «enfoque deconstructivo del futuro»

Reseña "Espectros de la dictadura a medio siglo del Golpe", Silvana Vettö y Nicolás González (Eds.). Editorial Alma Negra, 2024.

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Tras una lectura atenta de Espectros de la dictadura a medio siglo del Golpe, libro que inaugura tanto el catálogo de Alma Negra Editorial como la Colección impasse y que fue magistralmente editado por Silvana Vettö y Nicolás González, quisiera compartir algunas de las huellas que han dejado en mi los nueve textos que componen el libro. Estas huellas las he organizado en una reflexión global en la que pretendo abordar, al menos de manera sucinta pero provocadora, la relación entre materialidad de los espectros, historia y lo que denominaré un «enfoque deconstructivo del futuro», cuestión que me parece fundamental de plantear


1. El pasado no tiene propiedades ontológicas

El triunfo de la ontología en el campo de la historia, tal y como ocurre en otros campos disciplinares, implica dotar al pasado de una esencia que, independiente de su materialidad, no logra reconocer sus limitaciones epistemológicas. En otras palabras, desde una posición que se articula y fragua en el presente, la ontología asume que puede no sólo contener sino contar la historia de un acontecimiento en una verdad universalmente válida. La certeza onto-epistemológica supone, en términos convencionales y hegemónicos, que el método histórico es suficiente para traer sin fisuras de ningún tipo el pasado al presente. Es más, esto significaría que el pasado en tanto realidad ontológica sería en sí mismo el garante de su propio fundamento, razón por la cual asumiría el lugar de la única autoridad trascendental capaz de dictaminar, aquí y ahora, qué es real respecto de aquello que no lo sería. Paradojalmente, esto quiere decir que el camino hacia el pasado encuentra su punto de partida en el presente, pero sin que esto signifique negar que son las condiciones de posibilidad del presente, esto es, el pasado, las que nos permiten tomar consciencia de aquellos elementos que participan de su producción. El carácter empírico de la historia, lo acontecido en el pasado, lo percibido en un determinado instante, lo que fue y se convierte en registro es, sin duda, la materia prima a partir de la cual el presente se constituye, sin embargo, lo que se estudia no son, en realidad, los acontecimientos del ayer sino la inscripción sensible e inteligible de estos acontecimientos y sus actualizaciones contemporáneas. Entonces, el pasado no es uno ni absoluto, sino múltiple e inestable en su permanencia en el aquí y ahora. El pasado se conserva en el presente, pero no siendo lo que era, pues los acontecimientos van desapareciendo en la medida en que nunca se detienen. No hay, en consecuencia, un como tal del pasado, aun cuando su existencia es tan real como sus efectos. En tal sentido, el Golpe de Estado ocurrido hace medio siglo es un hecho empírico innegable, y a pesar de todas las reconstrucciones de las que podamos dar cuenta, nunca sabremos cómo performativamente sucedieron las cosas ni qué efectos podrían tener en el presente las voces del ayer que fueron silenciadas cuando hablaban de un futuro en construcción. La gran dificultad de la historia en torno a su escritura es, precisamente, cómo «leer lo que nunca fue escrito», cómo darle lugar a lo que no puede acontecer sino como el simulacro de una presencia. El problema no es, en suma, constatar ni determinar si hubo golpe y crímenes de lesa humanidad, sino cómo darle un lugar a lo que no fue, y eso es, con toda justicia, lo que lucidamente han sabido plasmar los distintos ensayos de este libro.

Ninguno de los textos que componen Espectros de la dictadura a medio siglo del Golpe tiene por objetivo, entonces, dotar al golpe ni a las circunstancias que entraman el periodo histórico denominado dictadura cívico-militar de una realidad ontológica. Lo importante que gira en torno de este libro no es el golpe ni la necesidad política de establecer la verdad de un contexto, sino de un modo mucho más radical lo que se busca es reconocer que el pasado esta siempre fuera de contexto, y lo está aún más cuando se lo intenta estabilizar desde el presente. En el libro se dan cita miles de recuerdos, anécdotas, ejemplos de resistencia, nombres incluso que no se llegan a entrelazar unos con otros, aunque todos forman parte de un proceso de historización que desgarra cualquier horizonte hermenéutico. Cada texto, al menos así me ha parecido, es una suerte de archivo personal cuya precaución busca mantener el pasado abierto a sus interpretaciones por venir. Existe un reconocimiento colectivo, por una parte, al hecho de que todo archivo esta siempre estructuralmente incompleto y, por otra, que todo aquello que falta en una historia singular es la parte faltante de otra historia. Ningún testimonio, ninguna interpretación, ningún análisis tiene la pretensión de limitar el indómito pasado y conjurarlo a partir de la primacía de la experiencia individual. Es más, diría que cada uno de los textos que componen el libro, incluyendo la introducción y la contraportada, pone de manifiesto la importancia de no conjurar los espectros sino de convertirse, en cada caso, en el fantasma del otro, permitiendo así una danza espectral de significaciones que hacen del pasado un asunto común, pero nunca idéntico y universal.

En esta misma línea, mi impresión es que ninguno de los textos reunidos en el libro pretende hacer un trabajo de duelo, es decir, no son textos cuya finalidad sea darles un estatuto ontológico a los muertos, pero tampoco, como suele ocurrir con cierta izquierda, el libro no busca identificarse con las estrategias de la melancolía. Para usar palabras contenidas en este libro, diría que las diversas experiencias relatadas en Espectros de la dictadura están «articulando una red transcorporal y transespacial que desafía las leyes del tiempo» y, por lo tanto, en ningún caso se lamenta por los que no están. En tal sentido, a pesar de estar dividido en 9 ensayos, en este libro no existen fronteras claras y precisas, divisiones ni disputas por la verdad, pues el carácter colectivo de la reflexión «se ocupa de construir tiempos inestables, imposibilitando la mantención de temporalidades distinguibles y singulares». La experiencia individual, la lectura y problematización del pasado como retorno de un sujeto estable, no son suficientes para determinar una verdad histórica, sin embargo, en este libro se reconoce que esas mismas experiencias son necesarias para transformar el pasado en algo que nunca ha sido, lo que implica desacoplar el pasado de una presunta verdad de los hechos tal y como realmente sucedieron. Si una verdad histórica es posible no lo es porque el pasado pueda realmente visitarnos en el presente tal y como sucedió alguna vez, sino que su posibilidad se debe a nuestra capacidad, como diría Freud, de reelaborar ese pasado a partir de elementos que no habían sido considerados hasta el momento. El pasado no tiene propiedades ontológicas, porque la historia es siempre un proceso cuyas alteraciones modifican su devenir. En tal sentido, el pasado siempre toca al presente, es una huella que se inscribe en el aquí y ahora, pero cuyas reelaboraciones modifica el futuro posible.

2. Materialidad de los espectros

Espectros de la dictadura es una fórmula que permite, rescatando otra frase contenida en el libro, condensar «una manifestación de diferentes tiempos filtrándose entre sí, de temporalidades materialmente entretejidas». La ausencia del acontecimiento pasado en términos empíricos, pero su presencia en el aquí y ahora bajo la modalidad de un haz de huellas, implica necesariamente que la historia y las resonancias del Golpe, en este caso, son condiciones inmanentes del presente. Es decir, el presente no supone la consciencia del tiempo, sino que se articula precisamente por la atemporalidad permanente de los acontecimientos pasados y sus impactos probables en la articulación de cada instante. En otras palabras, los espectros del pasado son hilos con los que se ha tejido el mundo, pero que no tienen un lugar específico, un sentido espacial definido, salvo en el relampaguear de la memoria viva. Es por esta razón que podemos señalar que un acontecimiento es siempre único y singular, pero que las percepciones que se articulan a su alrededor son siempre múltiples o plurales. De ahí que la historia no sea tan sólo un asunto de hechos, sino, como señalaba Nietzsche, de interpretaciones de interpretaciones. El Golpe de Estado de 1973 no es un invento, es un hecho con datación empírica, es innegable y ningún negacionismo puede ocultar sus efectos, pues la verdad se adhiere al acontecimiento, mas no a los relatos que buscan dotarle de certeza ontológica. Quien busca esto último, termina por negar, en consecuencia, la materialidad de los espectros y clausura con ello las posibilidades de rescatar restos de vida que se encuentran entre los escombros del pasado. Son estos restos, en definitiva, los que se constituyen en los datos empíricos de cualquier análisis con pretensiones históricas. Pero, precisamente, por su carácter residual, por sus constantes alteraciones, estos restos permiten rastrear una lógica diferencial que abre el futuro a reconfiguraciones insospechadas.

Antes de advenir como tal, el por venir del futuro, sea cual sea su forma, depende de nuestra íntima y colectiva relación con los espectros, de nuestra desontologización del presente, esto es, de aceptar que el presente nunca es lo que es y que la actualidad no tiene tiempo propio. Sólo si somos capaces de regresar a los lugares donde nunca hemos estado cabría la posibilidad de interrumpir los cálculos aritméticos de la razón que hacen del pasado, el presente y el futuro una dimensión ontológicamente continua. Los espectros, ya sea bajo la figura de remanentes ideográficos, discursos interrumpidos, acciones imaginadas y no ejecutadas, desaparecidos que siguen pensando el futuro de sus nietos a pesar de no saber dónde están, son los únicos que pueden infectar la herencia dictatorial que subyace en «las lógicas atmosféricas que organizan las diatribas existenciales actuales» como se señala en otro de los textos incorporados en este libro. Subvertir las leyes de la historia pasa, en consecuencia, por abandonar las propiedades ontológicas del pasado, esto es, por liberarse de un pasado que, a pesar del decalustro recién cumplido, sigue operando como si fuera un pasado fijo y estable que nos recuerda los peligros fantaseados de un futuro que, hasta la fecha, nunca ha existido. La materialidad de los espectros, a la inversa, nos recuerdan ese futuro que ellos, los muertos, los desaparecidos, los que se quedaron en el camino, imaginaron, pero que aún no encuentran las vías de su materialización. En tal sentido, la reflexión con la que me quedo tras haber leído Espectros de la dictadura a medio siglo del Golpe es que debemos apostar no por una deconstrucción del pasado sino por una lectura deconstructiva del futuro. Es el futuro el que esta en juego, y este libro, en consecuencia, no celebra la melancolía, sino que conmemora la presencia de un pasado ausente y cómo en su indeterminación ontológica el pasado acontece como el elemento fundamental de un futuro completamente por inventar. Abrirse a la potencia de los Espectros es, quizás, otro modo de escribir la historia por venir a partir de la naturaleza polisémica de un pasado que no fue.

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