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Rodrigo Karmy Bolton, No habrá víctima semejante a él

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“Desean que todo el mundo les reconozca como víctima. Es un monopolio israelí.” –señalaba el poeta palestino Mahmud Darwish en una entrevista. Las palabras de Darwish devienen decisivas hoy cuando asistimos al colapso del proyecto sionista. Colapso por el cual dicho proyecto exhibe su agotamiento precisamente en la autoafirmación de su voluntad en y como genocidio. En este momento es cuando se nos exige plantear la pregunta tanto por la noción de “víctima” como por su carácter “monopólico”, señalado por el poeta. En primer lugar, el Diccionario etimológico nos ofrece una pista: “víctima” proviene del latín para designar a la “(…) persona o animal destinada al sacrificio religioso”. Advertimos, por tanto, que, en la medida que el término “víctima” refiere a un término de origen religioso y de corte sacrificial, define a una vida arrojada al poder de muerte. Una víctima se nos presenta, por consecuencia, como una vida disponible a ser asesinada, expuesta al poder de la soberanía que, como tal, es el único capaz de matar. En este sentido, la víctima sería justamente una vida capturada por el poder soberano que solo puede existir en la medida que está a su merced. En segundo lugar, debemos preguntarnos en qué consiste la “víctima monopólica” señalada por Darwish sobre Israel. En este sentido, diremos que el discurso sionista configurado inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial –aunque no exclusivamente, puesto que la cuestión “antisemita” funda al propio discurso de Theodor Herzl en “El Estado judío”- convirtió a la figura del judío en la “víctima de las víctimas”, como una suerte de reverso especular de la teología del “pueblo elegido”.

En este sentido, el Estado que supuestamente debía redimir a los judíos y a la humanidad de los crímenes perpetrados por los nazis, en rigor, los profundizó bajo la forma de una colonización de asentamiento contra el pueblo palestino, gracias a la subjetivación del judío como víctima de todas las víctimas, la “víctima absoluta”. Nadie puede ser más víctima que el judío (europeo). Así, el trabajo discursivo propiciado por el sionismo fue clave porque la realidad del exterminio nazi fue convertida en teología política, abstrayendo al “holocausto” de su forma histórica y política de tal modo que terminó en la forma de un inefable del que “no se puede hablar”: el holocausto se presenta como el crimen de todos los crímenes, así como la víctima que los sufre –los judíos- como la víctima de todas las víctimas. ¿Qué puede ser la mística de lo “inefable” sino la mirada de un poder de muerte que, bajo la forma de la excepción soberana, espera que los mortales lo contemplen a sus ojos directamente para asestarles su zarpazo? La mutación del judaísmo en la forma de una teología política implicó así el triunfo de una matriz sacrificial cuyo verdadero sujeto será el judío europeo subjetivado en la forma de la víctima absoluta.

No habrá víctima semejante a él –podríamos decir irónicamente parafraseando el famoso versículo del libro de Job que Thomas Hobbes elige como epígrafe de El Leviatán. “No habrá víctima semejante a él” funciona como ironía precisamente por el contenido de verdad que le constituye: al ser absolutizada, la noción de víctima judía deviene en una posición excepcional en la que la víctima absoluta será siempre el reverso del victimario absoluto, es decir, la otra cara de la misma soberanía, en la medida que esta última siempre opera a partir de un poder que captura (soberanía) y una vida capturada (la víctima). De manera radical, lo que se traza entre víctima y victimario igualmente absoluto no será otra cosa que la doble faz de la estructura de una soberanía. Matar en nombre de la víctima absoluta ofrece la justificación de un asesino que podrá investirse bajo la paradojal fórmula del inocente. Un criminal que se ve a sí mismo sin mácula, sin falla alguna, un criminal que ve crimen solo en el otro y jamás en sí mismo. Justamente por eso, está capturado de la máquina de soberanía y su círculo mítico: este último le provee de la inmunidad necesaria, digamos, “absoluta” para arroparse bajo las formas de la inocencia.

 Por eso, el sionismo solo puede reclamar para sí nada más que impunidad: si se ve a sí mismo inocente es precisamente porque, en el instante mismo en que mata, despoja tierras y despliega con suma fineza el periplo de la nakba, se ve a sí mismo como aquél que no comete crimen alguno. ¿banalidad del mal? Banalidad del bien, sobre todo, victima absoluta de bien. La teología “gnóstica” presente en el sionismo es elocuente: el sí mismo interior es bueno (Israel), el mundo exterior es malo (antisemita). Por eso, el discurso sionista tiene necesidad de referirse a la figura bíblica de Amalec para “nazificar” a los enemigos (árabes y palestinos) suponiendo que son victimarios absolutos que, por tanto, merecen el castigo igualmente absoluto de parte de la víctima absoluta (el inocente) cuya forma actual se despliega en Gaza en la forma del genocidio. A partir de la dilucidación de los dos puntos propuestos, quisiera plantear dos tesis que se imbrican entre sí.

En primer lugar, sostengo que el discurso sionista configura un poder que ejerce su crueldad en nombre de la víctima absoluta, en nombre de la debilidad. Por eso, es tan difícil oponerse a él en nombre del “bien” que él mismo reclama como dispositivo de colonización y exterminio. Bien advirtió Furio Jesi en Cultura de derechas, que el mito nazi también estaba articulado en base a la imagen que los alemanes forjaban de sí mismos como víctimas: víctimas del judaísmo internacional en las formas del bolchevismo y del liberalismo que orientaban sus garras a la destrucción de Europa. El análisis de Jesi permite mostrar algo clave y que, de algún modo, ilumina el porqué el Estado sionista de Israel debe ser comprendido como un fracaso ético del orden forjado después de la Segunda Guerra Mundial. Y es que ninguna ética –menos una política- puede estar fundada sobre la absolutización de la víctima. Precisamente dicha “absolutización” opera como una oposición “simple” del círculo mítico de la soberanía es que ella ya está incluida como parte de su propia maquinaria y no puede dejar de lado el goce que significa permanecer en la posición de víctima.

En segundo lugar, para el sionismo “lo palestino” resulta insoportable porque, en la medida que la empresa colonial israelí intenta colonizarle en nombre de la víctima absoluta y, por tanto, de la inocencia, el palestino no puede experimentar el reconocimiento de su catástrofe porque, bajo esta rúbrica, solo podrá ser considerado como una “mala víctima” –a decir de la politóloga palestina Noura Erekat. Lo insoportable para el sionismo es que el pueblo palestino visibilice el daño infringido por parte de aquellos que se supone no harían jamás daño a nadie y que como tal, pongan en cuestión su “monopolio de la víctima”. Por eso, la colonización sionista ha debido fundarse en el borramiento de la palabra palestina, porque esa palabra, en lo que tiene de dolor, necesariamente impugna el “monopolio de la víctima”. Así, la víctima palestina habrá de ser borrada y su dolor ignorado. Gracias a dicho borramiento, la máquina sionista podrá mantener la imagen de “inocencia” que, como hemos visto, es precisamente el lugar desde donde se funda su propia catástrofe. La cuestión que habría que mostrar aquí es que, para la historia del pueblo palestino, el dolor de la nakba no se tramita simplemente en la subjetivación victimológica, sino en aquella orientada a la lucha. El pueblo palestino ha luchado contra la colonización. No se ha subjetivado desde la posición de la víctima absoluta –precisamente por la imposibilidad de realizar dicha operación frente a su enemigo que si lo hace- sino desde un pueblo que sufre el expolio de su propia historia, pero que, con todas las contradicciones que tal situación supone, lucha contra dicho despojo, contra ese poder de muerte, contra ese Leviatán de la “víctima” sobre el cual se ha fundado la nakba: el pueblo palestino no está dispuesto al “sacrificio religioso”, renuncia a situarse en la posición de la víctima, aunque de hecho lo sea. He aquí su falta: el sufrimiento lo hizo lucha anti-colonial. Y así, a pesar del enorme dolor, no ha ontologizado su lugar de víctima. Quizás, por este motivo, la intifada mundial que hoy recorre el planeta sea el índice de la actual lucha antifascista a nivel global. Porque, en este sentido, una política basada en la victima absoluta, como aquella que nos propone el sionismo, ha de ser una política de la parálisis o, si se quiere, una política propiamente fascista.

Junio, 2024


Imagen de portada, Hassan Eslaiah, Palestinians celebrating by a destroyed Israeli tank at the Gaza Strip fence east of Khan Younis, October 7, 2023

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