Danilo Billiard, Neoliberalismo y revuelta: políticas del sabotaje

Comenzar
514 visitas

Pero el propio acontecimiento se encuentra en ruptura o en desnivel con respecto a las causalidades: es una bifurcación, una desviación de las leyes, un estado inestable que abre un nuevo campo de posibilidades.

Gilles Deleuze & Félix Guattari

I

El poder no pasa por la abstracción de las ideas, sino que ante todo por la materialidad de los cuerpos. Se trata de una de una de las innovaciones teóricas de mayor impacto para el pensamiento contemporáneo y, tal vez, escasamente comprendida (interpretada de un modo tan excesivamente polisémico, que hasta ha perdido su significado original). Nos referimos a la noción de biopoder elaborada por Michel Foucault (o, en plural, biopoderes), paradigma que remite a una indagación histórica acerca de los modos de constitución del sujeto en la modernidad, ya que la introducción de la vida en el horizonte del saber es inseparable de una analítica de las relaciones de fuerza.

A la crítica del esencialismo filosófico, que explicaba la existencia del sujeto como el soberano de la conciencia, le sigue una controversia que, a mi juicio, resulta del todo vigente. La respuesta que ha proporcionado el posmarxismo, tomando como referencia a Louis Althusser, es que el sujeto sería el resultado de la ideología, actividad productora de sujetos que funciona mediante el mecanismo de la interpelación.

Este argumento, que es de significativa relevancia para la deriva heterodoxa del marxismo, ya había sido introducido por la obra de Antonio Gramsci a través de su concepto de hegemonía. En efecto, al dotar a la ideología de eficacia histórica desde un enfoque no reduccionista, y encarnarla en prácticas institucionales específicas, la esfera de la “reproducción” adquiere un protagonismo que la libera de su condición epifenoménica.

Leer la coyuntura mediante el concepto de sobredeterminación, en cuanto a que la determinación ideológica de los agentes estaría enmarcada en una diversidad de principios (como dan cuenta de ello los estudios de interseccionalidad), ya de por sí tensiona la idea de una contradicción fundamental (de tipo económica) que englobe y le asigne a cada interpelación -con sus respectivos clivajes- una connotación de clase. Sin embargo, esta crítica (que ha sido profundizada por el trabajo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe) es posible únicamente si su objeto de impugnación es el economicismo marxista. 

En cambio, en la analítica gubernamental de Michel Foucault nos enfrentamos a un diagrama interpretativo del todo novedoso, en el cual las relaciones económicas son relaciones de poder constituidas históricamente y coextensivas al desarrollo de una episteme. En consecuencia, al menos desde esta perspectiva, cualquier pretensión por dotar a lo político de autonomía se vuelve infructuosa. Sobre esta base, el concepto de clase social puede ser reformulado y evitar el abandono al que el posmarxismo de Laclau y Mouffe lo relegó. Se trata de un reencuentro con el pensamiento de Marx, ciertamente inédito, pero que debe ser tomado en consideración para las luchas del presente1El trabajo de Antonio Negri ha contribuido a pensar la confluencia entre estas dos corrientes que podrían parecer irreconciliables, más allá de la orientación específica que le atribuye, ligada a la centralidad del trabajo cognitivo y a su organización cooperativa en el contexto de la economía posfordista..

II

De acuerdo con las observaciones realizadas por Rodrigo Castro Orellana sobre la coyuntura chilena en su serie de artículos publicados por Revista Disenso, su argumento principal es que no ha existido un proceso de impugnación a los dispositivos neoliberales, pero este enunciado se enraíza en una caracterización hegemónica de la racionalidad neoliberal de gobierno que resulta problemática y discutible. 

En su última entrega, emplea la relación entre aceleración y lentitud para sustentar la hipótesis de lectura que defiende, pero -a mi juicio- confundiendo la lentitud (en cuanto crítica de la aceleración) con una política gradualista basada en un desmantelamiento causal y/o teleológico que es correspondiente a una filosofía de la historia. Es como si la filiación a un modelo hermenéutico estuviera subrepticiamente alimentada por su opuesto antinómico, seguramente porque no se logra comprender lo que Foucault define por “racionalidad de gobierno”, que no es nunca un “totalitarismo de mercado”.

Si las subjetivaciones son el resultado de unas prácticas de poder específicas, nunca pueden leerse como una totalidad sistémica2“El capitalismo no tiene una estructura o un sistema: se elabora, se transforma se organiza, se arma de procedimientos más o menos ajustados, según los imperativos de la explotación y la dominación. El poder del capitalismo, como el mundo que este quiere dominar y del cual pretende apropiarse, siempre está haciéndose” (Lazzarato, 2013. pp. 123-124).. Ergo, intentar trazar una línea axiomática entre subjetividad neoliberal y subjetividad anti-neoliberal devela una radical incomprensión de la naturaleza gubernamental del dispositivo, pero también podría encubrir como “crítica de la realidad” que intenta demostrar la inexistencia de un proceso de destitución del neoliberalismo, un gesto reaccionario característico del discurso filosófico académico cuando se enfrenta a aquello que lo excede, ofreciendo una respuesta normativa ante el acontecimiento.

Recordemos que, si “gobernar” es ejercer el poder de acuerdo con el modelo de la economía, el objeto de sus prácticas será la población (el ser humano concebido como especie viviente), que será gestionada en función de sus particularidades3«En otro plano, la primera definición de esta relación de poder no trascendente toma la forma de la forma de una economía política, es decir, al menos en un primer tiempo, del modelo de gobierno de la familia llevado a nivel de Estado. Mientras que el príncipe era por definición único, ahora aparece una multiplicidad de prácticas gubernamentales a las que corresponde una variedad de sujetos; el problema se convierte, pues, en introducir la gestión múltiple e inmanente de los bienes y de las fuerzas una atención tan meticulosa como la ejercida por el pater familias en su casa» (Cavalletti, 2010, pp.54-55)..

Cuando ambos términos se confunden, pese a su heterogeneidad semántica, podemos afirmar cuestiones tales como que “la hegemonía de los valores neoliberales en el plano de la subjetividad y a nivel comunicacional impiden que una opción política que de manera explícita impugne los modos de vida capitalistas pueda llegar a triunfar electoralmente”, contradiciendo una crítica anterior en la que se señala la insuficiencia de la hegemonía, y del populismo, para dar cuenta de la novedad que comporta el neoliberalismo4“Para ilustrar esto último, me voy a detener brevemente en el análisis de dos conceptos: hegemonía y populismo. Mi objetivo será mostrar la incapacidad de estas nociones para identificar y comprender la fase del capitalismo en que nos encontramos (Villacañas, 2015: 162) tanto en Chile como en el mundo”, en El neoliberalismo no nace ni muere en Chile (2 de noviembre de 2021, Revista Disenso).

Podría decirse que esta polémica conjunción entre gobierno y hegemonía está  imbricada al cortocircuito categorial, advertido por Roberto Esposito, entre biopolítica y totalitarismo. Aludir a una suerte de «gubermentalidad hegemónica», semejante a una «biopolítica totalitaria», hace que la hegemonía aparezca como una de las propagaciones del gobierno neoliberal, o a la inversa, es la gubernamentalidad un instrumento del poder hegemónico. Ahora bien, el modo en que ambos aparatos conceptuales podrían devenir complementarios, es una tarea del pensamiento que hasta ahora permanece sin respuesta5“De hecho, precisamente esta pregunta, evidentemente destinada a permanecer sin respuesta, pone al descubierto, más que un punto ciego en la perspectiva de los autores, la fragilidad del presupuesto del cual surgió, vale decir la complementariedad, o cuando menos compatibilidad, entre los dos modelos analíticos. Arendt y Foucault —esto es, totalitarismo y biopolítica— no se han encontrado por el simple motivo de que sus aparatos categoriales son lógicamente incompatibles. Es más, porque el paradigma de biopolítica asume sentido y relieve precisamente a partir de la deconstrucción del de totalitarismo” (Esposito, 2016, p.232)..

Si la divergencia entre hegemonía y gobierno obedece a esta confusa conexión, es porque los presupuestos que en el paradigma hegemónico aparecen como constitutivos de su funcionamiento, son irreductibles a la analítica gubernamental, ya que en ella el poder no procede ideológicamente, a diferencia del esfuerzo intelectual de Mouffe por reelaborar la teoría de la ideología posmarxista a partir de una lectura sintomal de Gramsci (Mouffe, 1991), ya que -como nos lo recuerda Gilles Deleuze- “Foucault conoce perfectamente la represión y la ideología; pero, como ya Nietzsche había visto, éstas no constituyen el combate de las fuerzas, sólo son el polvo levantado por el combate” (1986, p.55). 

Para Foucault, en cambio, la política está compuesta de contenido vital. Al profundizar su paradigma, refiere incluso a las emociones y los cantos en las plazas, a las pasiones del cuerpo, es decir, todo lo que para Rodrigo Castro Orellana son “elogios vociferantes de la revuelta” (o lo que Carlos Peña redujo a una “pulsión generacional”)6Es necesario recordar un pasaje de otro de sus artículos, en el cual refuerza su hipótesis en torno al malestar social chileno como fruto de la subjetividad neoliberal, poniendo de ejemplo el goce consumista de quienes saquean tiendas comerciales, afirmando que nadie que esté saqueando puede estar animado por un deseo de cambio radical, lo cual refleja una mirada profundamente conservadora del deseo, como si la subjetividad revolucionaria estuviera signada por un purismo ideológico que se expresa en un anarcohippismo primitivista que hoy sirve de referencia para algunas modas universitarias. y que aparece como un signo de “despolitización”. Por lo mismo es que la incompatibilidad entre gobierno y hegemonía no puede pasarse por alto, ya que en el neoliberalismo no habría ningún principio hegemónico articulador, ninguna lógica unitaria, ninguna voluntad colectiva fruto de una síntesis elevada7En ese plano es que Maurizio Lazzarato (2013) presenta el régimen generalizado de la deuda no como un centro estratégico desde donde emanan las relaciones de poder, sino que como una disposición operacional que es articuladora de la multiplicidad., incluso considerando la pertinencia de algunas categorías gramscianas, como la de Estado integral y guerra de posiciones.

Cuando la política y la vida convergen en un vinculo mediado por la negación, las funciones biológicas son convertidas en esencias inmutables (o incluso hoy, en que la cultura, como sabía Balibar, puede funcionar como una “naturaleza humana”), los afectos en pasiones tristes, los hábitos en comportamientos nocivos, de manera tal que el entramado múltiple de la revuelta es efectivamente el síntoma de que el gobierno neoliberal8“Si pensamos, por ejemplo, en la multiplicidad de significados, a veces también contradictorios entre sí, que asume el concepto foucaultiano de gobierno —arrancado de su semántica clásica y afianzado a un léxico distinto que altera todas sus connotaciones. Él es lexicalmente extraño a lo que atraviesa y continuamente modifica —la forma del Estado. Por no hablar de la función devastadora atribuida a la guerra, al poder, a la economía al interior del régimen gubernamental. Lo que el paradigma biopolítico propone, respecto del aparato categorial clásico, es en suma una deconstrucción radical de objeto e instrumento, de perspectiva y de lenguaje, de textos y conceptos” (Esposito, 2016, p.238)., arraigado a los cuerpos, se ha vuelto insoportable, siendo las impugnaciones una explosión de gestos sensibles que han tomado cuerpo iconográficamente, dejando sus huellas en las calles.

En tal caso, Rodrigo Castro Orellana parece hacer uso de la lentitud (reflexión que, sin embargo, resulta del todo interesante) para promover un “reformismo radical” que coincide de punta a cabo con la política de la centroizquierda, orientada desde hace muchas décadas a “gobernar” con la promesa de generar las condiciones para, “algún día”, dar paso a la “superación” del neoliberalismo9Más aún, asociar una “derrota definitiva” del neoliberalismo en Chile a las transformaciones políticas ocurridas en “otros países”, puede juzgarse como un sesgo eurocéntrico, o bien como un llamado al internacionalismo de nuevo tipo en el tiempo de la globalización.. Como sabemos, también la crítica de Mouffe apunta contra la tradición revolucionaria (jacobina y leninista), creyendo posible impulsar cambios sociales sin alterar la naturaleza liberal del sistema político y su estabilidad.

Las preguntas que tendríamos que plantearnos a este respecto son varias. Primero, ¿qué entendemos por <<política>> cuando asumimos que la tarea del presente es “gobernar” y dar continuidad a ese proceso?; segundo, ¿qué entendemos por interpelar “la lógica” neoliberal?10“El bloque de poder aglutinado en torno a la economía de la deuda está compuesto de relaciones de poder que son a la vez heterogéneas, porque responden a lógicas diferentes (el Estado, con sus funciones soberanas y el control de la población por el Estado benefactor; la industria y su acumulación, que pasa por el trabajo; las finanzas, que aspiran a prescindir de este último; lo político, que organiza el consenso, etc.)” (Lazzarato, 2013. p. 124).; y tercero, ¿qué tipo de estrategias políticas harían posible el colapso del neoliberalismo? Desde luego, y en conformidad con lo que el propio Rodrigo Castro Orellana ha expuesto en su crítica (que comparto) a la hegemonía como marco de lectura de nuestra actualidad, habría que señalar que una máquina acéfala de gobierno solo puede ser desmantelada mediante una política del sabotaje, ya que, si el estallido social de 2019 no tiene ninguna ideología, es porque requiere ser descrito en términos biopolíticos y no tanto hegemónicos, siendo el cuerpo la superficie donde acontecen las tensiones y/o las disputas sobre las formas de vivir, confrontándose los biopoderes con la potencia emergente de los pueblos.  

III

El sabotaje se vuelve posible cuando los cuerpos se sublevan a las constricciones que han asumido a través de los mecanismos que los constituyen en sujetos, porque el cuerpo es ante todo un fenómeno colectivo expuesto a múltiples afectaciones. Es cierto que el neoliberalismo no ha muerto en Chile, pero su funcionamiento se ha averiado, y si en ese camino existen avances y retrocesos como en la guerra de posiciones, lo que está en juego, si somos coherentes con la analítica de Foucault, no es una contrahegemonía, como en cambio muchos de los sectores ligados a la izquierda militante de Apruebo Dignidad hoy lo consideran en sus programas.

En ese sentido es que no podemos hacer abstracción de las estrategias políticas, cuando lo que está en disputa es precisamente ese ámbito que, a la vez, es inseparable de la caracterización del neoliberalismo. Por eso decimos que la revuelta iniciada el 18 de octubre de 2019 es un colapso afectivo de los cuerpos que se manifiesta como un levantamiento popular (aquí la noción de conatus en Spinoza es decisiva), y entonces no fue extraño que farmacias, cadenas de supermercados y centros comerciales hayan experimentado la furia “irracional” de los manifestantes.

Si coincidimos en que la máquina no es una extensión del cuerpo al modo de la prótesis (como ocurre en el dualismo entre lo natural y lo artificial), sino que está imbricada a él, lo que lentamente ocurre es el colapso, al ser la crisis el objeto de las prácticas de gobierno, y no tanto la interrupción de la máquina. Que padezcamos el sabotaje contra una infraestructura que simboliza el poder neoliberal, es porque ella está ensamblada a los cuerpos bajo la forma del dispositivo.

El sabotaje no es un tipo de acción directa, sino que un modo de subjetivación política que consiste en la emergencia sensible de la sublevación. Esa reconversión del sentido que es apertura de un nuevo horizonte (como el acontecimiento), desencadena posibilidades impredecibles. Se trata de la introducción en el tiempo presente de fisuras múltiples que alteran la gubernamentalidad neoliberal (eso ha sido el proceso constituyente), la cual reposa en una eficacia operatoria más que en una voluntad colectiva, ya que, como hemos insistido, el poder neoliberal carece de una esencia o fundamento (el capitalismo es un fenómeno anárquico). 

La política del sabotaje concierne al incremento de la potencia de sublevación, por lo tanto, su guerra de posiciones radica (no exclusivamente, pero sí en cuanto a prioridad estratégica) en el nivel de las luchas moleculares11Una política de este tipo disputa los modos de habitar el tiempo presente, algo que excede por completo la reducción de la política democrática a la representación parlamentaria y a las labores estatales, por más relevante que sea la consagración de derechos. En este sentido, la democracia es el exceso frente a los aparatos de captura.. Las fisuras requieren instituirse como agenciamientos revolucionarios, porque ellas pueden ser perfectamente reconducidas hacia nuevas regulaciones12“En el uso que hago de las categorías foucaultianas no creo maltratar las categorías gramnscianas. Por el contrario, creo que estableciendo estas relaciones doy mayor actualidad a las innovaciones interpretativas de Peter Thomas (sería tiempo en verdad de que algún estudioso recorriese el pensamiento de Gramsci desde el punto de vista foucaultiano)” (Negri, 2019, p.163)..  

IV

El análisis de la coyuntura chilena no puede prescindir de su alusión a la política sanitaria como guerra económica contra la revuelta. Mediante ella se desplegaron una serie de iniciativas que estimularon las pasiones tristes13Una pasión triste siempre comporta la disminución de la potencia, su grado más bajo, dirá Deleuze, separando al cuerpo afectado de su potencia de acción, volviéndolo reactivo. y regularon la circulación en las ciudades para dejarlas bajo el control absoluto de las Fuerzas Armadas (incluido un toque de queda permanente)14No podemos obviar aquí que el mismo Cavalletti le asigna al concepto de población un significado espacial vinculado al dispositivo de seguridad., imponiendo una visión lenta y abrumadora de las cosas llevada al grado paroxístico del tedio, que como contraparte se conjuga con una aceleración que es siempre abstracta porque es el ritmo de circulación de las mercancías, dañando los cuerpos, despotenciándolos y volviéndolos torpes, sumisos y gobernables.

De ahí que, en nombre de “la lentitud”, sean inquietantes los llamados a la prudencia y a garantizar la continuidad en el tiempo de una acción gubernamental, que esté orientada por el derrotero de un cuestionable “reformismo radical”, para así evitar el retorno de la extrema derecha al poder, que además es un viejo chantaje de la Concertación15La lentitud puede desencadenar una neutralización de la iniciativa de la revuelta..

Si lo que se busca es promover una agenda y una estrategia política determinada (más que un debate filosófico sobre el significado estético-político de la lentitud), entonces la discusión debiésemos focalizarla en esos canales, para que nuestros intercambios puedan transparentar las posiciones que defendemos y que están atravesadas por el forcejeo inerradicable de las interpretaciones, sabiendo que el debate no puede ser reducido (o vulgarizado) a lo que hace unos meses proponía en Chile un diputado del Frente Amplio: ponernos de acuerdo en lo que entendemos por neoliberalismo. Cuando la lógica sería a la inversa: avanzar juntos en el desacuerdo.

Una política del sabotaje es opuesta a una política hegemónica de los consensos. Ella reconoce la necesidad de las articulaciones múltiples (nunca equivalentes) que ejerciten condiciones de vida irreductibles al régimen de la valorización, porque, como lo señala Maurizio Lazzarato, “la finalidad de una máquina de guerra revolucionaria es frustrar esta articulación mediante una ruptura que suspenda las leyes de la maquinaria capitalista, especialmente la distribución de lo posible y lo imposible que implica, creando nuevas posibilidades para la acción” (2020, p.143).

Las rupturas revolucionarias son como los terremotos. Se demoran en llegar y no sabemos con exactitud el día de su ocurrencia, pero una vez que se desatan, sus consecuencias son tanto impredecibles como irreversibles. En este terremoto que habitamos desde el 18 de octubre de 2019, nos corresponde hacer la ontología crítica del presente y diseñar las estrategias políticas para ir creando lo nuevo en medio de estas ruinas que todavía nos aprisionan.

Referencias

  • Cavalletti, A (2010). Mitología de la seguridad. La ciudad biopolítica. Buenos Aires, Andrea Hidalgo Editores.
  • Deleuze, G (1986). Foucault. Barcelona, Ediciones Paidos.
  • Espósito, R. (2016). Totalitarismo y biopolítica. Las Torres de Lucca: revista internacional de filosofía política5(8), 229-244.
  • Lazzarato, M (2020). El capital odia a todo el mundo. Fascismo o revolución. Buenos Aires, Eterna Cadencia Editora.
  • Lazzarato, M (2013). La fábrica del hombre endeudado. Ensayo sobre la condición neoliberal. Buenos Aires, Amorrortu.
  • Mouffe, Ch. (1991). Hegemonía e Ideología en Gramsci. En Antonio Gramsci y la realidad colombiana (pp.167-227). Bogotá, Foro Nacional por Colombia.
  • Negri, A (2019). Marx y Foucault. Buenos Aires, Cactus.

Imagen de portada: Zavier Ellis, Revolt Repeat I (Red), 2020

Deja una respuesta

Your email address will not be published.