Miguel Valderrama, Guerra y democracia

(Notas sobre una literatura reciente)

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a Mauro Salazar

Si el siglo veinte suele ser descrito como una “era de extremos” es porque ante todo dio lugar a formas inéditas y prolongadas de actividad bélica. Formas que en su multiplicación sin regla produjeron una proliferación de nombres para designar la novedad que se anunciaba en cada conflicto armado, en cada nueva conflagración. Guerra mundial, guerra atómica, guerra espacial, guerra robótica, guerra bacteriológica, guerra psicológica, guerra electrónica, guerra miniaturizada, guerra informática, guerra asimétrica, guerra neocolonial, guerra ecológica, guerra irregular, guerra endocolonial, guerra fractal, guerra híbrida, son solo algunas de las denominaciones que se han propuesto al momento de aprehender el vértigo de una confrontación que desestabiliza la propia distinción entre guerra exterior y guerra interior, entre guerra y guerra civil, entre polemos y stasis

En un breve ensayo publicado bajo el título “War and Peace in the 20th Century”, el historiador inglés Eric Hobsbawm observó que si se toma como punto de referencia el año 1914 no solo se constata que la centuria pasada fue la más sangrienta en la historia de la humanidad, sino que además fue la de un tiempo de guerras casi ininterrumpidas en todo el planeta1Eric Hobsbawm, “War and Peace in the 20th Century”, London Review of Books, 21 February 2002, pp. 16-18.. Si bien este tiempo pareció llegar a su término con el fin de la Guerra Fría y la extinción de la cultura de la disuasión identificada con la bomba atómica, no hizo más que prolongarse en un inédito modelo de guerra no estructurada que los análisis militares asocian inicialmente con el siglo xxi y con un tipo de beligerancia que se caracteriza como postmoderna. Este nuevo escenario bélico de naturaleza securitaria escenifica estrategias de agresión armada puntuales, desplegadas a partir de la utilización de tecnologías de control que las vuelven paradójicamente cool (en la terminología militar2Noah Feldman, Cool War: The Future of Global Competition, New York, Random House, 2013.), en tanto combinan máquinas de visión con vehículos aéreos no tripulados dotados de misiles. El continuum de violencia y crueldad desplegado de un siglo a otro no debe ocultar, sin embargo, la desestabilización de los límites de una noción clásica de guerra que puede retrotraerse en sus rasgos básicos a la polis griega y al “dispositivo hoplita”3La referencia inicial es Jean-Pierre Vernant (dir.), Problemes de la guerre en Gréce ancienne, Paris, École Pratique des Hautes Études, 1968. Véase, además, Yvon Garlan, La Guerre dans l’antiquité, Paris, Editions Fernand Nathan, Paris, 1972.. Esta noción clásica de guerra, que en términos generales se mantiene sin grandes variaciones hasta fines de los años sesenta del siglo pasado y que se organiza principalmente a partir de la distinción entre combatientes y no combatientes es desplazada en la actualidad por una noción de guerra extendida más afín a escenarios grises de conflicto, en donde la característica más relevante es el desvanecimiento de los límites entre guerra y paz, ejercito y población civil, fuerzas estatales y fuerzas no estatales, dispositivos militares y dispositivos policiales, actuaciones legítimas y actuaciones delictivas. No obstante, no basta advertir, como hacen Éric Alliez y Maurizio Lazzarato en Guerras y capital, que el paso de una noción a otra de guerra es el que se puede detectar en el tránsito de laguerra interestatal a la guerra colonial, en una pluralización de enfrentamientos que se estructura a través de la triangulación y superposición de polos de subjetivación que encuentran en las relaciones de clase, raza y género su determinación primera4Éric Alliez y Maurizio Lazzarato, Guerras y capital. Una contrahistoria, trad. Manuela Valdivia, Buenos Aires, Ediciones La Cebra/Tinta Limón, 2021.. El señalamiento de una pluralización de los enfrentamientos, de una sobredeterminación colonial de los conflictos bélicos, no es razón suficiente al momento de distinguir lo que se pone en juego en una u otra noción de guerra, en ese desplazamiento o dislocación que se busca aprehender en la noción misma de guerra.  

Índice de una transición en curso, el paso de la guerra interestatal a la guerra colonial indicaría el derrumbe de una formación social caracterizada por la territorialización estatal del capital, junto a su correlativa territorialización de la guerra, y el advenimiento de formas de regulación afines a la lógica de expansión actual del capital financiero, cuyo funcionamiento ya no dependería del principio de interestatalidad que organizó el Estado, la política y la economía en la modernidad. En palabras de Alliez y Lazzarato, la economía de la deuda transforma a la guerra civil mundial en una imbricación de guerras civiles, en una sucesión ininterrumpida de guerras múltiples contra la población. La matriz de estas guerras civiles sería la guerra colonial. Guerra que nunca ha sido una guerra entre Estados, sino que, por esencia, es una guerra en y contra la población, donde las distinciones entre paz y guerra, combatientes y no combatientes, lo económico, lo político y lo militar nunca se han producido. Según esta interpretación, la guerra colonial en y contra las poblaciones, es el modo de guerra que el capital financiero puso en marcha a partir de los años setenta, en nombre de un neoliberalismo de combate. Su rasgo primero no sería la indistinción, sino la ilimitación. Es únicamente a partir de una ausencia de límite, de determinación, de finalidad, que guerra y capital pueden describirse bajo la forma informe de lo irregular, concepto que en su carácter irrepresentable se exhibe a su vez como una modalidad particular de  la lógica de la ilimitación, que Karl Marx identificó en el Libro primero de El Capital con el verbo alemán auslöschen, que suele verterse al castellano bajo las voces extinción, destrucción, consunción, y que se expone sucintamente en la fórmula D-M-‘D (dinero-mercancía-dinero prima)5Para un comentario detenido de esta tesis, véase, Fredric Jameson, “Capital in Its Time”, Representing Capital. A Reading of Volume One, New York, Verso, 2010, pp. 93-108 [p. 93].

A propósito de estas tesis, y de una descripción del capitalismo financiero que pone énfasis en el neoliberalismo como regulación adecuada del mismo, se podría señalar que esta conjunción entre guerra y capital es el resultado de un programa de investigación biopolítico que junto con poner en primer plano la producción neoliberal de normas y subjetividades, advierte de la necesidad de aprender este orden de producción como una forma de guerra política y económica. Así, si el neoliberalismo se ha percibido ampliamente como la emergencia gradual de una nueva racionalidad gubernamental, una producción capilar de sujetos económicos o una transformación de las estructuras de la vida social, debe entenderse, igualmente, ante todo, como una especie de guerra civil, una lucha de clases frecuentemente unilateral, que tras el término del siglo xx soviético ha tomado formas particularmente virulentas en todo el mundo. En este sentido, y como recientemente ha observado Alberto Toscano, a propósito de la centralidad de la obra de Michel Foucault en este programa de investigación, se podría identificar un doble registro en las caracterizaciones contemporáneas del capitalismo derivado de las diversas inflexiones de la enseñanza foucaultiana en el Collège de France6Alberto Toscano, “Foucault de nuevo. Corrientes cambiantes”, New Left Review, núm. 140/141, Madrid, 2023, pp. 201-211.. El primer registro encuentra en las racionalidades políticas y en la gubernamentalidad su eje principal de gravitación. Se diría que su problema central no es otro que la relación establecida entre normas y subjetivación. El segundo registro está orientado a determinar las modulaciones conflictuales derivadas del sintagma foucaultiano-clausewitziano que enseña que la política no es otra cosa que la continuación de la guerra por otros medios. La idea fundamental, que Michel Foucault expresó en seminarios como Le Société punitive (1973) o Il fault défendre la société (1976), es que el cuerpo social no se mantiene unido por efecto de un contrato, ni de un consenso, sino por efecto de la guerra, de la lucha, de la relación de fuerzas. La guerra es tanto la forma en que la sociedad se mantiene cohesionada como la forma en que se presenta dividida, expuesta, en tensión consigo misma.

Ahora bien, en esta descripción de las transformaciones en las que se ve envuelta la actividad bélica desde la segunda mitad del siglo pasado, lo que paradójicamente queda sin pensar en el análisis es justamente la conceptualización de la guerra, la semántica que determina y moviliza sus significaciones, el hecho de lengua e historia que la palabra señala. Esta advertencia apunta a avisar que el vocablo mismo parece estar transido por la guerra, que la palabra misma parece ser objeto de una división que interrumpe y moviliza sus sentidos. El encubrimiento, la ocultación, la negación, la denegación incluso, forman parte de los actos de guerra, de un aspecto semántico y performativo que compromete aquello que se identifica con la propia realidad o irrealidad de la guerra. Una breve lectura de los partes de guerra, de la cobertura noticiosa de acontecimientos bélicos, de aquello que se suele identificar con la comunicación pública o política de hechos de violencia armada o simbólica, daría testimonio de la dificultad asociada a la definición de una semántica de la guerra o de la conflagración. Las referencias a la violencia, la crueldad, la hostilidad, el enfrentamiento armado, la confrontación física con ánimo de aniquilamiento no son suficientes para determinar un acto como acto de guerra. Esta dificultad no radica únicamente en lo que pone en movimiento la guerra cuando esta se presenta como un enfrentamiento sin contención, sin las ataduras o ligaduras que la fijan a un proprium, a una propiedad, a una mismidad que la delimite y salve de sí misma. La dificultad es mayor y exige por lo tanto examinar aquello que se encuentra dislocado, fuera de sí en el concepto, en esa indeterminación que atestigua en el centro de toda determinación bélica que esta nunca se da sin la amenaza de una división, de un arrebato que desafía la propia identidad que el vocablo busca salvar y preservar en actos de palabra, de imagen, de señorío. Estos actos que buscan definir un dominium, un orden, una soberanía, son justamente los que se encuentran cuestionados desde el momento mismo en que la lógica de la guerra, la teleología que daba sentido a sus actos, a la pragmática y semántica que autorizaba la definición de un hecho como hecho de guerra, entra en la lógica de la ilimitación, de una especulación sin freno organizada a partir de la categoría de la extinción, de esa lógica que Marx identificó con la temporalidad del capital. La guerra, en otros términos, ya no puede ser definida a partir de la lógica del amigo y del enemigo. El principio de interestatalidad, de genus, de filiación, que definía su hacer, ya no puede ser limitado a partir de una noción clásica de duelo. Carl von Clausewitz, en Sobre la guerra, daba justamente a la guerra esa definición. La guerra —declaraba— no es más que un duelo a gran escala, una escena de innumerables duelos7Carl von Clausewitz, “What Is War?”, On War, ed. Trad. Michael Howard y Peter Paret, Princeton, Princeton University Press, 1989, pp. 75-89 [p. 75]. La edición original se publicó en alemán, en 1832, bajo el título Vom Kriege..

Por múltiples razones, que aquí solo se indicarán sucintamente a la luz del comentario de textos y autorías, hoy lo que parece ser objeto de un proceso de duelo es la noción misma de duelo, el modo o la manera a partir de la cual se entra en relación con su objeto, con la pérdida, con la economía, con el trabajo. Esta especie de duelo del duelo, esta figura endemoniada de una guerra de la guerra, lejos de prometer un final de partida, el despunte acaso de una nueva ciencia de la historia8Peter Turchin, “Una nueva ciencia de la historia”, Final de partida. Élites, contraélites y el camino a la desintegración política, trad. Jordi Ainaud i Escudero, Barcelona, Debate, 2024, pp. 251-269., abre las categorías en escena a una desestabilización sin fin, a una especie de erística sin contención ni propósito.

Pensar el duelo, pensar la guerra, pensar aquello que está en duelo en el duelo de la guerra, aparece como la tarea central a todo intento de aprehender el presente, aquello que en traducción intralingüística o interlingüística identificamos con el presente, con “nuestro presente”.  Omitir esta tarea, su urgencia y necesidad, exhibirla desplazada en la lógica de los dos registros del programa biopolítico del neoliberalismo, escamoteada en el análisis histórico de los hechos, conlleva no advertir, “no ver” aquello que constituye la visible de lo invisible en el análisis, desplazar del escenario de confrontación la propia definición de la confrontación. 

En el “Posfacio a la edición española” de La mémoire du futur (2023), bajo el título de “Una parodia vergonzosa de un ‘proceso constituyente’”, el filósofo francés Pierre Dardot parece evidenciar cierto olvido de las lecciones que dos años antes había esbozado en Le choix de la guerre civile. Une otre histoire du néolibéralisme (2021)9Pierre Dardot, Haud Guéguen, Christian Laval y Pierre Sauvêtre, Le choix de la guerre civile. Une autre histoire du néolibéralisme, Montreal, Lux, 2021.. En efecto, en esa especie de suplemento o fuera de texto que Dardot agrega al estudio que dedicó a la revuelta chilena y a su proceso constituyente10Pierre Dardot, La memoria del futuro, Chile 2019-2022, trad. Sion Serra Lopes, Barcelona Paidós, 2023., se termina por concluir en una escena “clásica” de discusión propia del “concertacionismo” chileno que el mismo estudio se esfuerza en rechazar. El párrafo cierra la edición castellana del libro, y por su carácter sintomal cabe citarlo in extenso: “Debemos cuestionar, en términos más generales, el conformismo con una división del trabajo del tipo ‘los partidos gestionan el Estado y las instituciones, los movimientos sociales gestionan las luchas sociales’. Esta actitud no fue solo la de los partidos sino también la de quienes, desde los movimientos sociales, dieron la espalda a la cuestión de las instituciones centrándose apenas en las reivindicaciones sociales. Como hemos visto, esto se hizo evidente incluso en los debates de la Constituyente sobre los artículos relativos a la definición del Estado. Sin embargo, solo una unidad estratégica entre el Gobierno, los partidos y los movimientos sociales, formando un bloque en torno a la Constituyente, habría permitido una campaña eficaz a favor del Apruebo. A la inversa, la fractura entre partidos políticos y movimientos sociales solo puede llevar a la impotencia y la parálisis de unos y de otros”11Ibid, p. 235..

Dardot, acaso testificando de ese doble registro en que se inscribe el programa biopolítico del neoliberalismo, olvida lo que la guerra civil pone en disputa, que no es otra cosa que el sentido de la realidad. Disputa que está en la “cosa”, en la “causa” de la cual la “cosa” no es sino una cifra, el nudo a partir del cual se conforma una cadena, un curso de acción, un movimiento, una quilla, la pieza en la que se asienta el armazón de la realidad. Presentar las fuerzas de la revuelta divididas entre lo social y lo político (uso conscientemente una expresión que Rodrigo Baño acuño en dictadura para describir los dilemas de la izquierda chilena), entre movimientos sociales y partidos políticos, definir lo que estaba en juego en la revuelta a partir de la pregunta por la institución, por la “cuestión de las instituciones”12Estas mismas posiciones se volvieron a plantear recientemente a propósito del comentario crítico que Mauro Basaure hiciera del libro de Rodrigo Karmy, Nuestra confianza en nosotros. La Unidad Popular y la herencia de lo porvenir (Ediciones de la Universidad de la Frontera, 2023). Discusión que, en una especie de doble banda, o doble registro, planteaba la cuestión de la institución como el problema central de la izquierda y la Unidad Popular. Problema central que al mismo tiempo era el no resuelto por la revuelta y la convención. Lamentablemente, el debate propuesto no tuvo lugar. Véase, Mauro Basaure, “La Unidad Popular como fiesta, pero ¿qué más?”, El mostrador. Diario electrónico [publicado el 13 de septiembre 2023]., es no advertir que el doble registro del programa biopolítico de lectura del neoliberalismo se organiza inevitablemente a partir de un doble paso que puede ser figurado en la consigna leninista de “un paso adelante, dos pasos atrás”. Este doble movimiento de avance aparente (la revuelta) y retroceso real (la reafirmación del neoliberalismo), no solo impone la imagen del orden neoliberal como la de una “pesadilla interminable”13Parafraseo una posible versión castellana del título de un libro reciente de Laval y Dardot. Véase, Christian Laval y Pierre Dardot, Ce cauchemar qui n’en finit pas, Paris, La Décourverte, 2016 [La pesadilla que no acaba nunca. El neoliberalismo contra la democracia, trad. Alfonso Díez, Barcelona, Gedisa, 2017]., sino que pareciera figurar una idea de democracia (por ejemplo, la experimentación de un común) separada de la guerra intestina que se identifica en el frente neoliberal.

Contra este tipo de interpretaciones, que aquí apenas se identifican con afán polémico, cabría llamar la atención sobre un conjunto de intervenciones críticas que, sin organizar un sistema, ni dar lugar a una problemática, dan cuenta de un desplazamiento, de un “cambio de terreno” en el orden de enunciación de la izquierda chilena. Desplazamiento que no puede ser atribuido exclusivamente al programa biopolítico de desciframiento del neoliberalismo, sino a un cambio de Stimmung, a una otra tonalidad que se ha ido configurando en ruptura o dislocación con la razón “concertacionista”, o más precisamente con un tipo de racionalidad política que se puede identificar con la renovación socialista. Sirviéndose de una imagen que Fredric Jameson popularizó en los debates sobre el postmodernismo, sirviéndose de ella para alterarla en favor de la analogía histórica, se diría que este cambio de Stimmung, que esta otra voz, no solo comporta un cambio en los mapas cognitivos de la izquierda, sino que da lugar a un diferendo cognitivo, a una especie de disociación o disonancia cognitiva.

En otras palabras, en el orden de las discusiones de la izquierda chilena la cuestión de la guerra ha vuelto a cobrar relevancia. Al menos, para un conjunto de intervenciones y posiciones intelectuales que es posible identificar con la revuelta, con lo que acaso cabría denominar un pensamiento de la revuelta, aun cuando este pensamiento pareció muchas veces anticipar y anticiparse a lo inanticipable de la revuelta. En este sentido, puede reconocerse en el conjunto de posiciones movilizadas en estas insistencias sobre la guerra, en lo que se enseña como blasón o marca de un conflicto sin límite ni limitación, una interrupción de la comunicación política que organizaba los sentidos comunes y disponía los objetos litigiosos en los diversos imaginarios de la izquierda. Este sentido común, esta razón política, no era, no es otra, que la derivada de las lecciones de la renovación y de la derrota de la Unidad Popular. Razón que aún busca afirmar su dominio, el fuero y la autoridad de su decir a través de una comprensión de la democracia que se organiza justamente a partir de una denegación de la guerra, de una especie de forclusión del conflicto y de la violencia sin contención. Esta exclusión de la conflagración bélica del orden de lo pensable políticamente es la característica principal que define aquello que se identificó e identifica con la renovación del socialismo en Chile.

El retorno de la guerra en el pensamiento crítico chileno, esta especie de giro bélico en el orden de discusiones de la izquierda, no supone necesariamente una vuelta a la guerra de clases, tal y como ella se formuló en los discursos de la izquierda desactivados en dictadura. Y no lo supone, pues lo que está en el centro de este retorno, en el movimiento tropológico que lo organiza, es una operación general de desestabilización del sistema conceptual que permite reconocer determinados actos como actos de guerra. Ya se ha dicho, lo que parece estar en juego en estas discusiones e intervenciones es una suspensión de la gramática que organiza un mundo, que da lugar a un mundo.

Desde el punto de vista historiográfico, es decir, desde una analítica que busca resistir el arte de la separación y la composición en que se ofrece una determinada realidad, la cuestión de la guerra, la de su problematicidad léxica, la de su sintaxis, despunta como preocupación en posiciones disyuntas, en proposiciones aposicionales, en movimientos contrariados de retirada, en comentarios que la adivinan en figuraciones opuestas, en teorías de la imagen que reniegan del conflicto central14Sobre este último punto, véase la reelaboración de Thayer de la teoría del conflicto central de Raúl Ruiz: Willy Thayer, Imagen exote, Santiago de Chile, Palinodia, 2018.. En todas estas posiciones, que no forman bando, que no se enlistan en un mismo cantón de reclutamiento, la guerra es un objeto litigioso, en guerra contra sí misma. De ahí que la stasis, ese término griego que designa en su traducción latina la sedición, la revuelta, la guerra civil, esté también en el centro de la cuestión de la guerra, ocupando, por decirlo de algún modo, el lugar de la división en el corazón de la división, en el centro mismo de una autocomprensión de la sociedad que la Constitución de 1980 identifica con la familia y el Estado. La stasis y no la guerra, la stasis inscrita en la epistemología de un concepto que se piensa separado de sí, dividido y reunido en una misma operación bélica. Sí, la stasis, pero dada vuelta a la manera de un guante de duelo, de una prenda que ha dejado de cumplir una función de recubrimiento para transformarse en un medio de ofensa, de reclamación, de venganza, de dignidad. El duelo persiste, insiste, en traducción, en guerra, en tránsito. 

Una revisión panorámica de títulos como Stasiología, de Rodrigo Karmy15Rodrigo Karmy, Stasiología. Guerra civil, formas-de-vida, capitalismo, Valparaíso, Voces opuestas ediciones, 2023., Imagen stasis, de Alejandra Castillo16Alejandra Castillo, Imagen stasis, Temuco, Ediciones Universidad de la Frontera, 2024., Pólemos y stásis, de Juan Pablo Arancibia17Juan Pablo Arancibia, Pólemos y stásis. Vestigios y bordes trágicos de lo bélico y lo político, Buenos Aires, La Cebra/Palinodia, 2023., parece confirmar la tesis de un desplazamiento, de un cambio de terreno en el orden del discurso de la izquierda chilena. Este desplazamiento se declina de múltiples formas, en preocupaciones y objetos que se resisten a una clasificación normalizadora, aun cuando, en principio, todas estas puntualizaciones se organizan desde un locus de enunciación filosófica, en un vínculo litigioso con tradiciones de pensamiento que se adscriben al dominio de la filosofía. De igual manera, ¡Quousque tandem!, de Oscar Ariel Cabezas18Oscar Ariel Cabezas, ¡Quousque tandem! La indignación que viene, Santiago de Chile, Qualquelle, 2022., Kissinger/Jaar, de Cristián Gómez Moya19Cristian Gómez-Moya, Kissinger/Jaar. Rostro, estética y resistencia, Santiago de Chile, Palinodia, 2024., o Tres ensayos portátiles sobre la guerra, de Javier Agüero20Javier Agüero, Tres ensayos portátiles sobre la guerra. Freud, Zizek, Butler, Viña del Mar, Pecado ediciones, 2023., movilizan una afección bélica que trabaja en el desorden de la representación, de la figuración, poniendo en movimiento cuerpos, rostros, ordenes de lo visible que se pensaban exterminados “por la lógica de la especulación abstracta del capital-dinero”21Oscar Ariel Cabezas, “El grito interrumpe”, ¡Quousque tandem!, op. cit., p. 175.. A estos trabajos autorales se debe sumar los expedientes dedicados a la stasis y la guerra en revistas electrónicas como Disenso22Disenso. Revista de pensamiento político, dossier: “Stásis, guerra, política y contemporaneidad”. Número 3, julio 2021., Escrituras americanas23Escrituras americanas, sección de reseñas y comentarios titulada “Guerra”. Revista publicada por el Departamento de filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). Número de enero, 2024., o Pléyade24Pléyade. Revista de humanidades y ciencias sociales, número 13, Santiago de Chile, 2014. Número coordinado por Carlos Casanova bajo el título: “Vida, guerra, ontología: ¿es posible la política más allá de la soberanía?”.. La exhibición parcial de este archivo, de una documentación que no deja de producirse25Nelson Beyer, De la corte a las trincheras. Elias y Freud frente a la Gran Guerra, Santiago de Chile, Qualquelle, 2023., no tiene por objeto destacar la novedad editorial de un tema, de una preocupación por una realidad que diseña y cimenta en un silencio atronador el orden de las democracias liberal parlamentarias. No, si se ha de prestar atención a lo que se pone en movimiento en este archivo, en lo que siguiendo a Alejandra Castillo podría denominarse una alteración de archivo, es justamente en lo que esta alteración dice o no dice sobre la economía de la enunciación y autorización de los discursos críticos de la izquierda chilena. La proposición que aquí se adelanta es que estas intervenciones, el trabajo de elaboración que se enseña en autorías como las de Arancibia, Castillo y Karmy, y en aquellas otras que no tematizando directamente la stasis ponen en el centro un diferendo por las palabras, testifican un distanciamiento con aquella comprensión de la democracia como espacio de lo común, como zona de experimentación de instituciones de un común. La stasis, aprendida aquí como detención o movimiento, suspensión o restablecimiento de la división o el enfrentamiento, es la seña de una levantamiento, de una protesta contra la prohibición de volver a pensar conjuntamente política y guerra, democracia y guerra.

En la segunda emisión de Archivos alterados, Juan Pablo Arancibia en conversación con Alejandra Castillo y Oscar Ariel Cabezas, describió a la democracia como un dispositivo bélico, según una genealogía que la descubría trabajada por guerras ya en su origen griego26https://www.youtube.com/watch?v=CC6o2zNAIXc. Véase, igualmente, la lúcida reseña de Carlos Ossandón de Polémos y stásis: Carlos Ossandón Buljevic, “Juan Pablo Arancibia, Pólemos y stásis”, Revista de filosofía, núm. 80, Santiago de Chile, 2023, pp. 323-326.. La entrevista es fascinante por lo que enseña, por lo que deja entrever de esa Stimmung que se adivina en los intercambios y que testifica audiovisualmente de un diferendo con la razón concertacionista, con la racionalidad política derivada de los procesos de autocrítica llevados adelante por la renovación del socialismo chileno. Esta alteración se vuelve a encontrar en Rodrigo Karmy en la tesis que observa en la stasis una “forma-de-vida”, un “ser-de-potencia” que se piensa en diálogo con la inoperancia agambeniana27Rodrigo Karmy, “Stasiología. Para una ‘anticiencia’ de las formas-de-vida”, Stasiología, op. cit., pp. 85-120.. Y, en Alejandra Castillo, en un pensamiento de la stasis descubierto en el fin de la metáfora de la diferencia sexual, en un desanudamiento y alteración que afecta el mismo archivo feminista, leyéndolo y desleyéndolo a contrapelo de las interpretaciones dominantes que aún se organizan sobre la oposición guerra y paz, pacifismo y belicismo28Véase, Alejandra Castillo, Adicta imagen, Buenos Aires, La Cebra, 2020..

Si se tuviera que adelantar una descripción de conjunto de lo que se despliega en esta zona de guerra, en el reconocimiento y desconocimiento que subyace al propio teatro de operaciones de la guerra, si se tuviera que adelantar un bosquejo preliminar de las operaciones en disputa, el envés y revés de una puntada en curso, tal vez cabría arriesgar la hipótesis de que las lecturas reseñadas se despliegan interrogando los efectos de la lógica de la extinción propia de la temporalidad del capital. Efectos de relación en los cuerpos, en la vida, en las instituciones. Efectos que no pueden ser determinados sin advertir que el teatro de operaciones bélico no puede aprehenderse sin movilizar un ejercicio traductivo, la práctica de un paso abismal que necesariamente compromete las nociones mismas de genus, de proprium, de filiación, de sexo, de raza, de humanidad.

Sin duda, la revisión de este archivo en construcción, de las alteraciones y desplazamientos que supone en el orden de enunciación y autorización de las economías del discurso crítico de izquierda, es una tarea que involucra un examen no exento de confrontación, una multiplicación de diferendos y anudamientos dictados por la “cosa misma”, por aquello que es causa y efecto de lo que se levanta ante la mirada del historiador, y que acá tan solo se ofrece en un ejercicio de reconocimiento, de desconocimiento.


Imagen de portada, Gohar Dashti Today’s Life and War

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