Adrià Porta Caballé, Chiara Bottici, Manifiesto anarcafeminista

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Es innegable que estoy obligado a dirigir la nave. Pero ¿no ve usted que eso es pura ficción? Los mapas están ahí, pero no soy yo quien los ha levantado. La brújula nos dirige, y no soy yo quien la ha inventado.

Élisée Reclus1Carlos Taibo (ed.), Libertari@s. Antología de anarquistas y afines para uso de las generaciones jóvenes (Barcelona: Los libros del lince, 2010), 30.

Se ha olvidado ya, después de múltiples cooptaciones y la reciente reacción neofascista, que la primera impugnación radical a la gran estafa que supuso la crisis económica de 2008 no vino de la mano de partidos socialdemócratas o eurocomunistas, sino de movimientos con un fuerte carácter anarquista. En efecto, esta no es solo la caracterización esperable por parte de un militante ácrata de toda la vida como Jacques Rancière, sino que también es compartida por un pensador menos enemigo del Estado como Ernesto Laclau2Amador Fernández-Savater, “¿No nos representan? Discusión entre Jacques Rancière y Ernesto Laclau sobre Estado y democracia”, Eldiario.es, 8 de mayo de 2015: https://www.eldiario.es/interferencias/democracia-representacion-laclau-ranciere_132_2685384.html.  Si “el anarquismo es un método, y no un plan” (p. 67), como dice Bottici recuperando a Malatesta para el siglo XXI, tanto el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos como la indignación del 15M en el Estado español compartieron una serie de ingredientes comunes de la receta anarquista: ocupación de espacios públicos tales como calles y plazas, rechazo frontal a cualquier tipo de liderazgo (“No nos representan”), interpelaciones transversales (“We are the 99%”), una enmienda a la totalidad del sistema más allá de cualquier reforma (“No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”), y la esperanza de una “Democracia Real Ya”3La necesidad de un manifiesto específicamente anarca-feminista una década después de 2011 se puede ver sobre todo en el hecho de que si hubo una cuestión particularmente problemática tanto en el movimiento Occupy como en el de los IndignadOs fue la del feminismo. Siete años antes de la multitudinaria huelga feminista por el 8 de marzo de 2018, la única pancarta que se abucheó en Puerta del Sol había sido “La revolución será feminista o no será” y hubo casos de acoso sexual tanto en Estados Unidos como en el Estado Español (véase: Marta Cruells y Sandra Ezquerra, “Procesos de voluntad democratizadora: la expresión feminista en el 15-M”, ACME: An International E-Journal for Critical Georgraphies, 14(1), 2015, 55-6)..

Seguramente debido al presentimiento de este resurgir libertario a un lado y otro del océano Atlántico, Chiara Bottici, Jacob Blumenfeld y Simon Critchley organizaron en mayo de 2011 una conferencia titulada “The Anarchist Turn” en la New School for Social Research de Nueva York, que terminó por dar a luz a un libro con el mismo nombre4Jacob Blumenfeld, Chiara Bottici y Simon Critchley (eds.), The Anarchist Turn (Nueva York: Pluto Press, 2013).. Sin embargo, hay algo de superficial siempre que en la academia se habla de “giros”, pues lo que puede parecer en el calor del momento un cambio de sentido permanente en una nueva dirección puede revelarse al cabo de poco como un momento evanescente dentro de un movimiento pendular más amplio. Así, lo que empezó como indignación anarquista en 2011 pronto se convirtió en populismo de izquierda en 2015 (Syriza, Podemos, Corbyn, Sanders, La France Insoumise), y el populismo de izquierda pronto dio paso al de derecha a partir de 2017 (Trump, Le Pen, VOX, Bolsonaro, Orban, Salvini). Lo que intento decir con todo esto es que el Manifiesto anarcafeminista de Chiara Bottici debe leerse a la luz de esta última década de “giros” como un intento de plantear la propuesta ético-política del anarquismo más allá de “momentos”, fases y modas. La excelente traducción de Laura Llevadot y Juan Evaristo Valls Boix hacen disponible por primera vez este texto al castellano a través de NED Ediciones.

El duro golpe que Bottici asesta a la autocomplacencia general actual ya en la primera página de su manifiesto implica cambiar los términos de la conversación del patriarcado a la androcracia. Mientras que el primero, “el arché del patriarca”, puede parecer en decadencia en las últimas décadas debido a la multiplicación de los salarios en un mismo hogar y a la separación del sexo y la reproducción promovida por los métodos anticonceptivos y los tratamientos hormonales, la segunda, el cratos del “primer sexo”, sigue vivo y coleando (p. 9). Para contraponer una visión anarcafeminista a este hecho, Bottici propone una especie de plan recorriendo al menos cuatro temas fundamentales: el Estado, el capital, la muerte y lo imaginal. Para empezar por el primero, está claro que la visión de Bottici del Estado es heredera de la famosa definición de Bakunin, “el gobierno de la mayoría por una minoría en nombre de la presunta estupidez de los unos y la presunta inteligencia de los otros” (p. 27, n1). Las costuras de la androcracia global actual se notan en que los Estados siguen estando dominados mayoritariamente por hombres y, por lo tanto, el Estado soberano se convierte en un instrumento del sexo soberano. Mas, consecuente con su posición anarcafeminista, Bottici no cree que el problema se resuelva haciendo a más mujeres presidentas –una estrategia que según He Zhen seguiría adoleciendo del mismo “elitismo” que el que pretende derrocar (p. 24). Entendiendo al Estado como creación de fronteras y jerarquías, la autora aboga por acabar de una vez por todas con unas y otras, sin por eso terminar con cualquier tipo de diferencia (p. 56).

Habiendo perdido el Estado como punto nodal de toda política, Bottici nos emplaza a asumir “el globo entero como marco” (p. 31). El homo sapiens es, según ella, un ens migrans. Contra el etnonacionalismo de un “America First”, Bottici propone el lema “el globo primero”. Con la urgencia del cambio climático, la necesidad de un planteamiento así no necesita mayor justificación, pero esto no debería conducirnos a una postura conservadora de defensa del globo tal cual es hoy. Consciente de que muchas veces la academia eurocéntrica no presta suficiente atención a la dimensión colonial, Bottici cita a K-H. Chen: “la globalización sin desimperialización es simplemente una reproducción disfrazada de la conquista imperialista” (citado en p. 32). Esta preocupación decolonial es una constante en todo el libro, que juega y oscila repetidamente entre el concepto de “colonialidad del poder” de Aníbal Quijano y el de “colonialidad del género” de María Lugones (pp. 42-3). El tópico de que el binarismo de género es “natural” encuentra un poderoso contrafactual en el brillante análisis de la comunidad africana precolonial de Yoruba por parte Oyèrónké Oyêwùmí, donde hizo notar que el privilegio eurocéntrico a la visión no era tan importante como la oralidad a la hora de establecer diferencias sociales (p. 45).

Ahondando en este punto, vale la pena decir que seguramente el gesto del libro más importante que hay que saludar es la enorme complejidad interseccional que despliega. Anarquismo y feminismo sirven aquí de simples puntos nodales para articular una mirada poliédrica más amplia que incorpora también la clase, la raza, la colonización y la “naturaleza”. A pesar de contar con capítulos más o menos separados sobre la cuestión del generocidio, el Estado, la globalización, el capitalismo, “la mujer”, el ecologismo y la biopolítica, Bottici no cae en la tan manida tentación de elaborar una lista de la compra de opresiones distintas, sino que desarrolla una crítica caleidoscópica integral en cada caso. Basándose metodológicamente en el trabajo de Hilary Lazar, Bottici entiende la dominación como un único nudo compuesto de muchos hilos: “ante este enredo, es necesario aflojar todos los cabos si queremos deshacer el nudo” (p. 17). Y si hubiera que resaltar un argumento en especial de todo este manifiesto, justamente sería el que liga la metodología interseccional con la ideología anarcafeminista.

Desde que la jurista Kimberlé Crenshaw demostró que la discriminación sufrida por cinco trabajadoras negras en el caso DeGraffenreid vs. General Mottors no era reductible ni a la de sus compañeras blancas ni a la de sus colegas negros (así como tampoco a una yuxtaposición de las dos)5Kimberlé Williams Crenshaw, «Demarginalizing the intersection of race and sex: a black feminist critique of antidiscrimination doctrine, feminist theory and antiracist politics», University of Chicago Legal Forum, 1989 (1): 139–167., la interseccionalidad ha sido aceptada hoy en día como la mejor forma de tratar con la pluralidad de aristas presentes en cada opresión. Lejos quedan los días en que una multiplicidad de dominaciones se podía reducir a una sola (p. ej. la de clase en el marxismo). Sin embargo, ¿cuál es el presupuesto ontológico de la interseccionalidad? Contraria a la creencia de gran parte de la metafísica occidental, esta no puede creer que existe un único arché de la dominación (y recordemos que arché en griego no significa solo principum, sino que tiene el doble sentido de principio-dominador6Martin Heidegger, “Sobre la esencia y el concepto de la physis. Aristóteles, Física B, 1”, Hitos (Madrid: Alianza editorial, 2018) 205.). Por lo tanto, tiene razón Bottici en que, de hecho, el necesario corolario lógico de la interseccionalidad es el anarcAfeminismo, definido a su vez como liberación “sin arché” (p. 26). Aunque esta última tradición “ha sido largamente ignorada tanto en la academia como en el debate público en general” representa, por así decirlo, la apropiación auténtica de la primera metodología, bajo el lema de que “la libertad es indivisible” (ibid.). Es el primer mérito de Bottici, por tanto, haber puesto de relieve el profundo e íntimo vínculo que une interseccionalidad y anarcafeminismo e, incluso, posfundacionalismo (la distancia crítica respecto de cualquier “fundamento” último).

Ahora bien, clarificada la primera parte del anarca-feminismo, uno podría problematizar la segunda: ¿por qué centrarse en “las mujeres” específicamente si el propio manifiesto desarrolla una visión intereseccional siempre atenta a otras clases de opresión? Bottici responde señalando que “cuando decimos “mujeres” no estamos hablando de una esencia eterna o, menos aún, de un objeto pre-dado (…) Las mujeres no son objetos, sino procesos; no son cosas, sino relaciones sociales” (p. 47). Más allá de un lugar común del antiesencialismo, Bottici se sirve de esta respuesta como si se tratara de una palanca para levantar toda una filosofía de la transindividualidad, esto es, “un proceso de individuación que tiene lugar a nivel supra-, inter- e infraindividual” (p. 48). Esta idea, original de Gilbert Simondon en su monumental L’individuation à la lumière des notions de forme et d’information7Gilbert Simondon, L’individuation à la lumière des notions de forme et d’information (Grenoble: Jerome Million, 2005)., continuada luego por Étienne Balibar8Étienne Balibar, Spinoza et la politique: Le transindividuel (Paris: Presses Universitaires de France, 2018)., y recuperada más recientemente por Jason Read9Jason Read, The Politics of Transindividuality (Chicago: Hyghmarket Books, 2015). y la propia Bottici, tiene una deuda impagable con el pensamiento de Spinoza. Y estos dos elementos combinados –la transindividualidad y el spinozismo– hacen que el ecologismo no sea un mero añadido al Manifiesto anarcafeminista. En la línea de la transindividualidad, Bottici define la ecología como co-afectividad, “la capacidad de cada ser de afectar y ser afectado” (p. 53). Spinoza sirve aquí para promulgar una “política de renaturalización” en contraposición a la idea metafísica de la “naturaleza” como una scala naturae (hombre > mujer > esclavo > animal > planta > materia inanimada) (p. 54). En este sentido fundamental, anarcafeminismo es ya, o ha pasado a ser, ecología queer.

Volviendo de nuevo al feminismo stricto sensu, Bottici aborda también esta cuestión desde dos perspectivas diferentes: el marxismo y la biopolítica. En lo que al primero respecta, Bottici se muestra deudora de la idea original de su colega Nancy Fraser10Hay que recordar que Chiara Bottici y Nancy Fraser no solo comparten universidad, sino que la primera editó una serie de ensayos en honor de la segunda (véase: Banu Bargu y Chiara Bottici (eds.), Feminism, Capitalism and Critique: Essays in Honor of Nancy Fraser (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2017)., quien puso de manifiesto que por debajo de la “morada oculta de la producción” (Marx) se encuentra la aún más “oculta morada de la re-producción” (pp. 38-9). Si en la primera opera la explotación por extracción de plusvalía mediante el salario tal y como se describe perfectamente en El Capital, la segunda ni tan siquiera está remunerada y por lo tanto podemos hablar de “superexplotación” (p. 40). Las cíclicas “crisis de cuidados” son una consecuencia directa de esta contradicción social reproductiva en el seno del capitalismo. Sin embargo, el Manifiesto anarcafeminista de Bottici se distingue del manifiesto marxista Feminism for the 99% de sus colegas Arruzza, Bhattacharaya y Fraser11Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser, Feminism for the 99% (Nueva York: Verso, 2019). en que también incorpora una dimensión biopolítica y, como veremos, imaginal. Frente al traje anodino y la corbata uniforme, caracterizados por Fluegel como la “gran renuncia masculina” (p. 59), Bottici repasa el maquillaje, la depilación y los tacones como dispositivos para el gobierno del cuerpo femenino, a la vez que se analizan la ablación y el generocidio en tanto que necropolíticas patriarcales. Sin duda es en esta cuarta y última parte “imaginal” donde Bottici tiene más que aportar, pues dicha parte del Manifiesto anarcafeminista es consecuente y continuadora de todo el trabajo académico previo de la autora respecto de los imaginarios y mitos políticos12Chiara Bottici, A Philosophy of Political Myth (Cambridge: Cambridge University Press, 2007); Chiara Bottici, Imaginal Politics: Images Beyond Imagination and the Imaginary (Nueva York: Columbia University Press, 2014).. En mi opinión, cuando el anarquismo no consigue convencer no se debe tanto a una supuesta falta de argumentos racionales, sino a un defecto de nuestra imaginación. Aun no ha habido una sociedad anárquica en el sentido pleno del término no tanto porque sea imposible como porque el capitalismo ha robado la capacidad de imaginar mundos distintos. En este sentido, este Manifiesto anarcafeminista puede ser leído, en el fondo, como un esfuerzo por reactivar nuestra imaginación.

Como crítica final me gustaría proponer que lo que resulta impensado en este libro no es tanto la concepción de la política o el Estado que se le suele achacar al anarquismo, sino la cuestión mucho más específica de la re-presentación. Valga la siguiente cita como ejemplo:

En una época en que la elección de una sola mujer como presidenta se presenta a menudo como la liberación de «todas» las mujeres, cuando mujeres como Ivanka Trump pueden vindicar batallas feministas al transformar el hashtag #womenwhowork en una marca de moda, olvidando que por cada #womenwhowork de élite unas cuantas mujeres menos afortunadas tendrán que remplazarla en casa y en el cuidado de los niños, el mensaje fundamental de las anarcafeministas del pasado es más urgente que nunca: “el feminismo no significa poder empresarial femenino o tener una mujer presidenta: significa que no hay ningún poder empresarial ni ningún presidente”.

Bottici, 2021, p. 24

La relación existente entre la primera parte y la segunda de este pasaje tiene la forma de un non sequitur. Aunque uno comparta el presupuesto anarquista de que es fundamentalmente injusto que una mayoría pueda ser gobernada por una minoría, no se sigue que se terminen de una vez por todas los procesos de representación. El primer argumento opera al nivel de la decisión política, y el segundo al nivel de la representación política. Estos dos planos a menudo se mezclan y confunden como en el caso de la democracia representativa, pero analíticamente tienen relativa autonomía el uno respecto del otro. Con la cursiva en el verbo “presentar” se pretende enfatizar que lo que sucede en este tipo de casos políticos tiene que ver más bien con la re-presentación, una cuestión bien distinta que merece ser pensada por sí misma. Hanna Pitkin, por ejemplo, llegó a un nuevo concepto de la representación que la entiende como algo constitutivo de la política y algo no meramente pasivo, sino también productor de la identidad representada13Hanna Pitkin, The Concept of Representation (University of California Press, 1972).. El anarcafeminismo de Bottici tendría que decir algo al respecto o al menos discutir con semejante postura.


Sobre el autor:

Adrià Porta Caballé es investigador en la Universidad de Barcelona.

La presente reseña corresponde al ensayo Manifiesto anarcafeminista de Chiara Bottici, traducido por Laura Llevadot y Juan Evaristo Valls Boix, NED Ediciones, 2021.

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