Mauro Salazar J, Representación y nuevo progresismo soberano

Lecciones de Agusto Blanqui

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Apostilla: Los últimos acontecimientos acaecidos en el “Reyno de Chile” nos obligan a interrogar el imaginario “bicameral” del actual Presidente (electo) con la diáspora de las izquierdas. Dentro del estado de dispersión teórico-cultural del frente amplismo, Boric Font, está orientado hacia una recomposición institucional de las tecnologías de gubernamentalidad (neoliberalismo) y una democracia que mitiga el campo popular mediante un clamor de mayorías y convergencias. Los sucesos transcurren entre el realismo de Aylwin y el Allendismo como un “raitil cognitivo” (fijación psicológica y memoria hiperactiva). Tal bicameralismo es un recurso de la traductibilidad (factum de la acumulación de gobernabilidad) emplazada por los tumultos de calle bajo el golpe insurreccional de 2019. Tras este giro institucional se pretende reponer con tono moderado, pero igualmente inquietante, la soberanía de la representación mediante la retórica del orden emancipatorio. Una narrativa de la mesura es aquella que limita las bases de la movilización, en tanto pivote de una “democracia expresiva”. La imaginación popular ha sido necesaria para interrogar el devenir adultocéntrico de la hegemonía y evitar los anhelos de sutura (consenso) entre modernización y democracia. Ello so pena del avance hacia un eventual “neoliberalismo corregido”.


Entonces abramos un libro, El desacuerdo de Jacques Rancière. Agenciémonos momentáneamente en sus páginas para explorar las paradojas de la política moderna. Aquí encontramos un caso paradigmático que quizá ilumine nuestro presente y sus extravíos. La secuencia reza así:

En 1832 el revolucionario Aguste Blanqui era procesado. Al comparecer ante el presidente del tribunal, este le preguntó por su profesión: Blanqui respondió Proletario. Ante lo cual el Juez replicó de inmediato: esa no es una profesión. A lo cual Blanqui volvió a insistir: es la profesión de 30 millones de franceses que viven de su trabajo y que están privados de derechos políticos. Luego de transcurrido este episodio el Juez acepta que el escribano tome nota de esta nueva profesión.

Jacques Rancière, 1996

La enseñanza que hay en este episodio histórico nos permite escrutar la singularidad del discurso político moderno. Una primera forma de explorar tal cuestión nos lleva a interrogar el decisionismo que hay tras la persistencia de Blanqui, a saber, quien se erige en nombre de la «humanidad toda», funde la universalidad en un particular omnisciente. No se trata de un hiato que la representación pueda copar sin más, aquí las cosas van mucho más lejos. Pretender ser, la voz de los sin voz, involucra menos un derecho delegado que una voz que agota la presencia de un tercero en una identidad plena. Por ello, tras la ontología de este enunciado, se olvida la representación y tiene lugar una secuencia más bien solipsista. De otro modo, ¿por qué habría Blanqui de arrogarse el derecho a establecer los designios de una multitud innombrada? ¿Acaso es posible una representación popular y fronteriza bajo la ficción del teatro liberal?

Por lo tanto, cuando este conflicto tiene lugar se estrellan dos totalidades, la del Juez de mármol que persiste en preservar un «régimen de repartos», y la de Blanqui, él subversivo revolucionario, que mediante su enunciado pretende establecer una nueva economía de las diferencias. La radicalidad del Blanquismo salta a la vista cuando asesta un golpe a las cogniciones del orden. En principio, ambas contestaciones se niegan recíprocamente; lo que Blanqui quiere inscribir es lo que el Juez se resiste a escuchar. Sin embargo, la ficción de estas recursividades consiste en olvidar que sin otredad (el otr@ de Blanqui, el otr@ del juez) no es posible este doble movimiento de la crítica. De un lado, desorganizar el reparto de lo existente manufacturado por el orden hegemónico y, de otro, una crítica afirmativa-declamativa contra el orden visual.

La anécdota nos recuerda que la política es, también, un golpe a ciegas cuya impredicibilidad no puede ser reducida al cálculo –y menos ceder a la vocación prosaica de algunos liberales de nuestra plaza (la teología liberal). La política, podemos agregar, se desenvuelve en medio de un «abismo afirmativo» (se afirma, se sostiene, echando por la borda todo contexto normativo). La apelación a un universal es un acto político par excellence. Una retórica afirmativa debe, necesariamente, enajenarse de sus condiciones materiales de producción, debe padecer un extrañamiento temporal; ello significa que un particular se identifica con la totalidad cuando se adjudica la emancipación radical. De allí que este ejemplo ejemplar pueda ser concebido como una operación espectral de la política. Se afirma un nombre que una vez confrontado consagra una diferencia que desestabiliza el régimen de objetos y palabras. Sin embargo, y pese a la «potencia igualitaria» de Blanqui, no podemos evadir el destino final de esta diferencia. Pues sospechamos que en la insistencia de Blanqui entran en juego dos formas fundamentales para comprender la teoría política moderna, a saber, lo político como eclosión que desbarata y rearticula una economía de signos -representaciones y repartos simbólicos- y la policía en su acepción normativa como el establecimiento de rutinas institucionales y policiales echando mano del propio lenguaje de Rancière. En suma, el Leviathan nunca nos deja de mirar.

Conviene poner de relieve aquello que entra en circulación, a saber, un «nombre» («proletariado») que logra ser inscrito al interior del teatro social, en tal inscripción se ejerce la violencia hermenéutica tanto desde la perspectiva de quien da el nombre como de quien está en la escucha (obligada) del mismo y debe soportar el peso de una crítica que desactiva la economía organizacional del orden. Sin embargo, décadas más tarde, pese a la penetrante inclusión disruptiva, la noción abandonará su contenido subversivo -la institución fordista y el obrero masa- y quedará domiciliada en la empleabilidad del Estado del bienestar. Sin perjuicio de las «teorías del éxodo» (Negri, Deleuze) la política, comprendida como politicidad, campos de fuerzas, flujos, no podría escapar al momento de su oligarquización hegemónica.

Y así, la nueva voz comparecerá ante la categoría. En el futuro, la toma de palabra formará parte de un campo normativo. Quiérase o no, y sin desconocer el imaginario de la resistencia que entra en juego, dar el nombre, es habilitar al proletariado como una institución en la división del trabajo. Esto nos hace pensar que el destino trágico de toda política moderna consiste en sus efectos de normalización hegemónica: cabría repensar entonces cuando el «escribano» toma nota de la nueva profesión. Justo ahí, cuando el nombre deviene categoría ya no es posible cuestionar el momento de fuerza que hace posible su función disruptiva. De allí que la anotación del escribano sea menos el reconocimiento de la diferencia, de una guerra de posiciones, que la reducción del conflicto a un campo de visibilidad. Con todo en la integración de un nombre se altera radicalmente una «comunidad de sentidos», aquí se desplegó la herejía de un nombre que vino a perturbar el orden en un sin fin de luchas sociales que están debidamente inscritos en el siglo XIX. Sin duda, reducir este evento a las tecnologías del reparto no significa que la sentencia de Blanqui se escabulla a un cúmulo de efectos conceptuales e históricos.

Con vocación de distancias, luego de los usos monumentales de la hegemonía –Errejón mediante– solo me resta invocar un nombre que ha estimulado un necesario pesimismo perturbador: Rodrigo Castro Orellana.


Imagen de portada: Horace Vernet, Barricades Rue Soufflot (1848)

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