Danilo Billiard, La fábula del “contra-estallido silencioso”

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Nuestras instituciones ya no sirven de nada: sobre eso todos estamos de acuerdo. Pero esto no depende de ellas, sino de nosotros. Desde que perdimos todos los instintos, a partir de los cuales se desarrollan las instituciones, estamos perdiendo las instituciones en general, porque nosotros no les servimos más.

F. Nietzsche, El crepúsculo de los ídolos.

No dejan de ser llamativos los análisis que, tras la primera vuelta presidencial, estuvieron dedicados a proponer diagnósticos sobre el resultado de unas elecciones marcadas por el triunfo del candidato de la extrema derecha, considerándolo prácticamente un fatal desenlace de la revuelta de octubre, derrotada ante la sedimentación cultural del neoliberalismo que se impuso a los anhelos de cambio.

Estos marcos de lectura vienen a reforzar lo que ya algunos columnistas, como Eugenio Tironi, habían advertido antes de la primera vuelta: que los enfoques cualitativos ofrecidos por una nueva camada de académicos, quienes propusieron explicaciones más complejas para determimar las causas del estallido social, tienen mucha proyección y validez, sin embargo, ahora estaríamos atravesando por un momento posterior al 18 de octubre, al que calificó de “contra-estallido silencioso”.

Acudiendo al expediente de una encuesta CEP del mes de agosto de este año, se permitió sostener que “los vientos que condujeron a la revuelta y, luego, al masivo triunfo del Apruebo y de las listas de izquierdas para la Convención quizás han entrado en retirada”. Nos coloca como ejemplo la situación en Estados Unidos, que pasó de un presidente afroamericano al supremacismo blanco de Donald Trump, y que (según el propio Obama, al ser consultado por un periodista), esta dinámica sería parte de los cambios históricos, una afirmación que emplea como argumento aquello que debe ser explicado.

No es tan asombroso que Tironi diga estas cosas, porque en gran medida ha sido por décadas un orador a sueldo que tiene como rol público instalar un discurso convincente que le permita a las élites aferrarse a su único propósito: la conservación de las instituciones. Pero si se mira el panorama a nivel planetario, la ruina de las democracias liberales representativas y el surgimiento de liderazgos autoritarios, sólo hacen ver el extravío intelectual de estas perspectivas, porque el crecimiento del autoritarismo es siempre el síntoma de un fenómeno complementario: que existe un adversario que constituye una amenaza real.

Los términos empleados por Tironi, recogiendo las categorías que le ha proporcionado la sociología del malestar, ya dice mucho al respecto, al menos en dos conceptos posibles: se nos habla de “asimetrías de poder”, como si el poder no consistiera precisamente en la pugna que escenifican fuerzas que se contraponen y jamás resultan equivalentes; “Frialdad institucional”, y es que las instituciones liberales, para funcionar, requieren autonomizarse de la energía que las instituyó, porque la premisa en que se fundan es que la política debe actuar como un mecanismo de contención frente a la potencia vital.

Sin embargo -dice Tironi- la sociedad chilena no se congeló en 2019, entonces ¿qué pasó? Así responde: “Mucha agua ha corrido bajo los puentes. Llegó la pandemia, con su estela de dolor y vulnerabilidad. Se agudizaron las urgencias económicas, por ahora mitigadas por la ayuda estatal y los retiros. Emergió el fantasma de la inflación, que pone en peligro logros que parecían irreversibles, como el acceso a crédito. La delincuencia, el narco y la violencia incrementaron su radio de acción. Las instituciones profundizan su declive con más acusaciones de abuso y corrupción. Todo esto mientras la Convención, con una conformación sin precedentes, avanza con turbulencias y parsimonia, como era de esperar”.

En primera instancia se podría estar de acuerdo, salvo por algunos aspectos críticos que surgen como consecuencia de su análisis: primero, una elección presidencial, y los casi dos millones de votos de la extrema derecha, no  son una evidencia suficiente ni alcanza para definir un giro de esta magnitud; segundo, las premisas en las que basa su reflexión no logran escapar del léxico politico moderno, en la medida que extrae sus conclusiones a partir de categorías universales que ignoran el comportamiento de las dinámicas efectivas, dando por sentado, de una vez y para siempre, que la emergencia de un fenómeno implica necesariamente la disipación de otro, lo cual devela su análisis como puramente apologético (e inconfesado) de una cierta tendencia.

Nada más elucidante respecto de su filiación ideológica, que hacer coincidir el “contra-estallido” con las preocupaciones de la “sociedad chilena” en la versión de la encuesta CEP, lo cual a muchos les explicaría el triunfo de la extrema derecha (parece un déjà vu del “cabros, esto no prendió”), como si la revuelta de octubre no hubiese abierto una fisura, precisamente, en el régimen de representacion institucional, por lo cual es abusrdo esperar ahora que toda su energía se dialectice en una candidatura.

Si seguimos el hilo de Tironi, estaríamos obligados a reconocer que la Convención Constitucional ha dejado de coincidir con las expectativas actualizadas de la mayoría del país, que ya no busca cambios por la izquierda, sino que seguridad por la derecha, entonces ¿qué puede ser esto sino un gesto intelectual para proporcionar argumentos a su favor a los grupos de extrema derecha?

El derrotero interpretativo de Tironi es parte de una retórica que busca que el octubrismo firme su acta de rendición, en un intento por hegemonizar el campo discursivo con las viejas fórmulas transitológicas, argumentando, a través de una tesis totalmente discutible, que “atrás” ha quedado el clima de 2019 y que, en cambio, se ha restaurado el otrora clima de la transición (no lo dice de esa manera, pero así lo desea), en que la máxima preocupación de la sociedad chilena son el orden público y la situación económica inmediata, a su vez que aumenta el rechazo a la violencia como herramienta política (para que solo el Estado pueda ejercerla en “representación” de la justicia), en una suerte de teleología que, por otro lado, se contradice con sus palabras, al señalar que la ciudadanía va construyendo a diario sus preferencias en un escenario marcado por la volatilidad.

Pero esta condición inestable no es una anomia que podamos atribuir a la crisis no resuelta, sino que la forma misma del enfrentamiento entre las fuerzas. De ahí que en clausurar la potencia de octubre y reivindicar el devenir impredecible del momento, Tironi desnuda toda su teología política, y es que para muestra un botón: se pregunta si las causas del estallido social “son contingentes o acaso acompañan a los seres humanos desde que fueron expulsados del paraíso”. Una metáfora religiosa más que sugerente.  

¿Qué lecciones nos deja su análisis? Que la sola pretensión de pensar el conflicto político ordenándolo a partir de una unidad superior que antecede a toda relación de poder, capaz de conciliar la pugna en un consenso, demuestra el agotamiento de una matriz reflexiva que superpone a la naturaleza del enfrentamiento un lugar trascendente para la fundación de una soberanía, o una lógica despolitizadora de tipo hobbesiana que, a su vez, hace de la política un poder de neutralización.

Si el enfrentamiento por el poder es irreconciliable, el léxico político moderno se vuelve inservible para dar cuenta del problema de lo político y su facticidad (a quien reconozca que lo político es un problema y no solo una técnica de gobierno). Asegurar que la potencia de octubre es ya un hecho del pasado -habría que preguntarle a Walter Benjamin qué concepto de historia está operando ahí-,  da cuenta del extravío intelectual de las élites y su debilidad ante hechos que las sobrepasan, intentando desesperadamente imponer un régimen inteligible que establezca de manera perentoria el triunfo de la paz, olvidando, eso sí, que ella es también un estado de las relaciones de fuerza.

Para infortunio de Tironi, la batalla de Chile no ha terminado. Su carácter inconcluso nos informa que no existe un momento de plenitud en que la lucha quede proscrita, pero no por un voluntarismo trasnochado de resistencias anacrónicas, sino porque ella es el principio constitutivo de la vitalidad. Es decir, siempre que el orden se consolida como un modo de lo político, la vida termina siendo dañada, ya que los procedimientos del orden (sus tecnologías pastorales, siguiendo a Michel Foucault) consisten en conservar la vida sustrayéndole el conflicto, lo cual es -como señala Roberto Esposito leyendo la gran política de Nietzsche- una forma de sacrificarla.

Las derrotas absolutas no existen, solo la disminución de la potencia, con sus constricciones y reveses, como sabía el propio Spinoza. Y es que si la política, en su condición trágica, es la forma de la vida, no hay vida por fuera del poder. Es más, podemos decir que la obsesión con suprimir el conflicto es la primera causa por la cual el conflicto tiende a exacerbarse, hasta llegar a un punto pernicioso que pone en riesgo la supervivencia.

¿Cuántos gobiernos no dejan de demostrar que sus disposiciones reactivas contra la violencia no hacen más que recrudecerla, y que la hipertrofia de los aparatos de seguridad (que implica un aumento de las funciones estatales, al contrario de lo que los teóricos neoliberales dicen sobre su “modelo”) pone al descubierto el hecho terrible de que se está ante fuerzas que son ingobernables?

El instinto fundamental, para Nietzsche, es la expansión del poder inherente a la vida (voluntad de poder), y no la conservación. A ella la califica como un estado extremadamente penoso, pero a partir de la cual se ha construido todo el edificio de la civilización judeo-cristiana. Por eso es decadente el clamor desesperado por seguridad, que se traduce en un delirio que ve en cada gesto y en cada rostro desconocido (especialmente si es inmigrante) una amenaza, transformando el miedo en una virtud cívica y el odio en el único sentimiento que lo acompaña, que es por estos días el discurso de la extrema derecha.

Por más muros, prisiones y zanjas que ha construido el ser humano en estos últimos siglos, la afirmación vital siempre se ha sobrepuesto a las barreras inmunitarias del orden, haciendo que la promesa mitológica de seguridad esté destinada al fracaso, con un saldo de muertes y abusos que siguen confirmando la vigencia de la sublevación como respuesta ética ante la ignominia.

Se trata de los efectos autodisolutivos de la política moderna, que en las dictaduras latinoamericanas se manifestaron con una crueldad inédita. Cuando Carl Schhmitt condicionó la configuración del orden jurídico-institucional al antagonismo entre amigos y enemigos, se está ante el último intento de la metafísica moderna -por la vía de la excepción- de aferrarse a una teología política (católica) ante la amenaza creciente del nihilismo de la técnica: la soberanía global de las finanzas.

Habría que saber distinguir entre Schmitt  y Nietzsche, toda vez que para el primero el asunto primordial es el orden (el conflicto es un instrumento) y su lenguaje es la metafísica. Mientras que para Nietzsche, el problema es el orden porque su lenguaje es la vida, entendida como un hecho político. La gran política de Nietzsche, como la verdad en cuanto forma de vida del último Foucault, y la impolitica de Esposito, refieren todas ellas a un pensamiento del afuera.

Un pensamiento para el que la subjetividad no es el presupuesto del orden, sino la consecuencia de los dispositivos que la modelizan, pero además, es el exceso mismo de politicidad humana que se vuelca sobre un “otro” que ya no es el sujeto moderno, porque su devenir impersonal (no idéntico) es la apertura hacia un mundo compartido en que la potencia se desarrolla para limitar con su dinámicas contingentes, y no con una norma soberana que la trascienda, en circunstancias que ella es su condición de posibilidad.

La vida quiere sobrepasarse, llegar a ser algo distinto de lo que ha sido: una vida en común. Y este es el mayor de los peligros para el orden, convocando todos sus esfuerzos destinados a sofocar el afuera donde reside la imaginación, la infancia con sus juegos y sus sueños, su alegría y sus bailes, la carencia de propiedad y la abundancia de donación, no teniendo más remedio que dañar la vida, inhibirla y domesticarla, para retrotraerla a su reducto identitario y mítico, a sus filiaciones excluyentes, a sus miedos atávicos (terror sanitario mediante), en definitiva, a su estado marchito y decadente.

Por eso los sentimientos de abuso y temor, que para Tironi “no provienen solo del exceso de autoridad y de reglas; surgen también de su ausencia y de la amenaza que representan los otros”, no son nunca la percepción espontánea de un sujeto individual ante una situación objetiva, ya que las maneras de percibir los conflictos están atravesadas por el inseparable vinculo entre subjetividad y tecnologías de gobierno, siendo la revuelta de octubre la interrupción de un dominio que, como sabemos, se fundó en el miedo que representan los otros como garantía para la reproducción de una gubernamentalidad basada en la competencia y en el individualismo que gestiona el liderazgo empresarial.

El denominado “contra-estallido” al que alude Tironi, no es otra cosa que la reacción discursiva de los grupos históricamente dominantes ante la emergencia de fenómenos políticos que los hacen sentir amenazados. Debería utilizar su inteligencia de analista, para reconocer que él también es parte de aquellos que ven en la potencia de octubre, y en la Convención Constitucional, un peligro para sus intereses.


Imagen de portada:

Radu Oreian, Nietzsche (philosopher series 2017)

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