Rodrigo Castro Orellana, El coraje de gobernar

Boric y la izquierda chilena en la encrucijada neoliberal

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Hay que salir del dilema: o se está a favor o se está en contra. Después de todo se puede estar de cara y de pie. Trabajar con un gobierno no implica ni sujeción ni aceptación total. Se puede a la vez trabajar y ser remiso. Pienso incluso que las dos cosas van a la par

Michel Foucault (Después de que el 10 de mayo de 1981 François Mitterrand obtuviese la presidencia de la República de Francia).

Podemos suspirar por un instante. La pesadilla del Pinochet 2.0 en La Moneda no se ha hecho realidad. Boric ha triunfado gracias a una alta participación de la ciudadanía y a un más que probable desplazamiento de salida y entrada de electores en relación con la primera vuelta. Ciertamente ha ganado la esperanza, pero no creo que desprovista de miedo. La esperanza conmovedora de miles de chilenas y chilenos de sectores populares que, pese a los innumerables obstáculos, fueron a votar. Siguen creyendo con honestidad que es posible un país diferente, aunque la historia los ha defraudado mil veces; confían pese a los reparos que podrían formular a la campaña del candidato ganador; y lo han hecho contra el calor, las aglomeraciones y el boicot del transporte público. Nadie puede reprocharles que crean, aunque es verdad que también temían. Boric no ha sido un candidato generador de pasiones políticas intensas. Por tanto, el extraordinario apoyo conseguido no puede ser separado del enorme temor que generaba su adversario.

La historia no suele conceder segundas oportunidades. Sin embargo, Chile parece situarse en un rincón apartado del mundo propicio para acontecimientos inauditos. En este caso, resulta evidente que el triunfo de Boric se sostiene sobre una latencia histórica que procede de octubre de 1988. Esto ya lo había sugerido en un artículo anterior donde expuse que la continuidad inexpugnable del neoliberalismo nos estaba llevando de regreso al plebiscito del sí y del no. La disyuntiva de ese instante, por lo menos retóricamente, tiene enormes similitudes con lo que estaba en juego el día 19 de diciembre. El pinochetismo enfrentado a una promesa refundacional y progresista. Si alguien no estaba convencido al respecto, la muerte de la esposa del dictador se encargó de sacar todos los vapores putrefactos del subsuelo para que respirásemos la convicción de que habíamos regresado al pasado. El resultado del domingo, en tal sentido, emerge como una ironía insuperable porque es prácticamente el mismo del año 88.

Por esta razón, quizás esté justificado volver a reflexionar una vez más sobre ese momento de la historia chilena que parece haberse repetido. Como sabemos, Pinochet no fue completamente derrotado en dicho contexto porque los gobiernos de la Concertación aceptaron dar continuidad y radicalizar su revolución neoliberal. No hubo convicción ni coraje suficientes para gobernar en otra dirección que no fuera esa. Ahora, en la actual coyuntura, una nueva generación de políticos se enfrenta a una encrucijada similar, aunque con una novedad que la generación anterior no pudo ni siquiera contemplar: la Convención Constituyente. ¿Tendrá la generación de Boric, Jackson o Vallejo, en esta segunda oportunidad de la historia, el coraje de enfrentar el desafío de gobernar a contracorriente del neoliberalismo?

Estoy convencido de que, en principio, el triunfo de Boric no interpela de una forma más radical la lógica del neoliberalismo que si hubiese ganado Kast. He estado desplegando esta tesis en dos artículos anteriores (“El neoliberalismo no nace ni muere en Chile” y “Sigue ganando el neoliberalismo. Breve historia del triunfo de la extrema derecha en Chile”) intentando mostrar que en el Chile actual no existe un proceso de destitución del dispositivo de subjetividad neoliberal. No obstante, la historia nos ha brindado otra oportunidad no para dar muerte al neoliberalismo, monstruo de mil cabezas que asola el mundo, sino para iniciar un proceso que permita desequilibrar la implantación perversa que este tiene en la sociedad chilena. Pero esto requiere del coraje de toda una generación dispuesta a avanzar y luchar contra los poderes que intentarán impedirlo y exige que la izquierda aprenda algunas lecciones de su exceso de épica y su falta de autocrítica. No estoy en absoluto seguro de que esta valentía de gobernar efectivamente emerja con esta nueva generación, que no vayan a convertirse rápidamente en una nueva oligarquía si es que no lo han hecho ya. Los indicadores hasta ahora no son alentadores y eso pone de manifiesto algunos estratos siniestros que podría contener esta victoria. Seguramente serán silenciados una vez más por la izquierda en medio de su celebración efímera. Debemos observarlos, prescindiendo de toda ilusión estéril, y así poner algo de luz sobre la complejidad que supondrá el futuro gobierno en la encrucijada neoliberal chilena. 

De árboles y zanjas

La lógica del consumo se caracteriza por un artificio de la apariencia. Esto quiere decir que lo fundamental está en la superficie que envuelve la ausencia total de un fondo donde resida algún fundamento. Como con cualquier mercancía, la cuestión clave está en la seducción y el atractivo con que se la empaqueta, aunque el producto no valga la pena. Se trata del procedimiento más rápido y efectivo para conseguir la comercialización, un mecanismo acelerado que asume que el cliente tarde o temprano advertirá que lo que parecía ser, en realidad no era. Precisamente esta lógica ha atravesado las campañas de Boric y Kast. Uno hizo de la construcción de una zanja en la frontera norte de Chile un símbolo de su bárbara política contra la inmigración.  El otro convirtió la imagen de sí mismo subido a un árbol en la metáfora de una nueva perspectiva política que ampliaba los horizontes. Todas imágenes espectaculares dirigidas a cautivar algún sector de un público más permeable a los afectos que a las ideas. Pero en la campaña de la segunda vuelta la maquinaria comunicacional tuvo que precipitar sus estrategias de venta de los productos presidenciales. La zanja, entonces, se llenó de flores para que pudiera seguir allí como una trampa seductora y Boric se bajó del árbol para hablar de “las cosas que interesan a la gente”: el crecimiento económico, la seguridad, etcétera.

Kast, en una operación que algunos dijeron no comprender, viajó durante algunos días de la campaña a los Estados Unidos. Sin duda buscaba producir un efecto en el imaginario de los votantes de Parisi, el candidato que consiguió un notable éxito electoral desde Alabama sin ni siquiera pisar Chile. Era el intento de conectar con dos rasgos de lo que representa el “personaje Parisi”. El engendro neoliberal de una racionalidad antiestablishment combinada con el mito del winner, es decir, del sujeto supuestamente hecho a sí mismo que sale victorioso en la peligrosa selva de los negocios. Para Kast asumir el cuestionamiento crítico a las elites políticas no supuso ninguna dificultad porque en realidad se correspondía con la vieja soflama pinochetista contra los políticos que formaba parte de su ideario desde el principio (“los señores políticos”, como decía el dictador). Más complicado fue lo segundo ya que el perfil de Kast no se corresponde con el de un empresario internacional exitoso, sino con una especie de capataz de fundo conservador y bastante provinciano. Era necesario darle un envoltorio de “bad boy” al pinochetista rancio, hacerlo parecer alguien que sería capaz de nadar entre los peces gordos de la economía norteamericana y que podría reinventar el mito del Chile exitoso en el mundo global. Sin embargo, el fascismo huele mal, aunque lo vistas y lo perfumes de Armani. Por eso se hizo necesario cubrirlo de otras mil pieles de oveja más sin importar lo esperpéntico que esto hiciera al candidato. Igual a como Pinochet, en los meses anteriores al plebiscito de 1988, abandonó su uniforme militar gris para disfrazarse con ese traje azul que parece ser característico de todo político contemporáneo. Kast se hizo de pronto feminista, ecologista, pluralista y si le hubiese dado tiempo seguro que también se habría convertido en vegano o antimilitarista. Por esta razón es un error compararlo con la impudicia y la desvergüenza de Bolsonaro o Trump, figuras que nunca necesitaron jugar a ser otra cosa distinta de lo que parecían. La implantación neoliberal en Chile ha tenido tal profundidad que impide el éxito electoral de un fascismo no revestido de mercancía. Esto lo ha entendido muy bien la extrema derecha del país, algo que la hace todavía más peligrosa pese a su derrota de este domingo. Lo que primero fue una tragedia, ahora deviene en farsa. Habrá que ver hasta dónde las diferentes sensibilidades de la derecha chilena están dispuestas a seguir con esta comedia y preservar a Kast como su alternativa.

Pero intentemos ser objetivos. Boric también ha formado parte de este travestismo frenético de la segunda vuelta. Las mutaciones en su apariencia venían dándose desde hace bastante tiempo como si poco a poco fuera alejándose de ese estilo más desenfadado que lo caracterizaba precisamente en el momento que se convirtió –según algunos- en el principal traidor del “octubrismo”. Porque, si mal no recuerdo, ese Boric que firmó en noviembre de 2019 el acuerdo con los partidos políticos que gobernaron Chile durante los últimos treinta años, salvando a Piñera de una inevitable dimisión, es el mismo Boric que ahora será presidente. Todos hicimos un esfuerzo por olvidarnos del “sospechoso Boric”, pero no ha sido tarea fácil. Hemos tenido que soportar verlo bajarse del árbol para buscar con entusiasmo el apoyo de Ricardo Lagos o Michelle Bachelet. Lo ha conseguido envolviéndose en la imagen de un líder pragmático, atravesado por el sentido común del realismo neoliberal, cuya única impugnación pareciera ser la exigencia de que se le de paso al recambio generacional. La necesidad de políticos más jóvenes, más digitales, más horizontales. En tal sentido, el clímax de su campaña se alcanza en su entrevista con Don Francisco cuando el arquetipo principal del “Chile espectáculo” le concede su reconocimiento como un eventual Lagos 2.0. El regalo de una corbata al final del programa por parte del animador representa esa investidura largamente soñada por los dirigentes del Frente Amplio. Ahora ya sois mayores de edad. Bienvenidos al desafío de gobernar.

No estoy diciendo que Kast y Boric fueran exactamente lo mismo. Mi hipótesis es que Boric no podía ganar de otro modo que operando desde dentro de la espectacularidad neoliberal.  Hoy en día no existe otro modo de ganar elecciones por más que esto nos pese. Sin embargo, ahora se trata de gobernar y esto ocurrirá en un escenario de máxima complejidad con un parlamento en el que no existe mayoría y con una Convención Constituyente siempre amenazada por los poderes fácticos comunicacionales y económicos. Boric y los suyos deberán dar prueba de su coraje tomando al menos una decisión estructural dentro de las primeras semanas de su gobierno: la supresión de las AFP por un sistema de seguridad social público, la disolución de carabineros y la creación de una policía no militarizada o la implementación de un programa radical de reforma del modelo sanitario estatal que haga desaparecer la mercantilización de la salud. Son algunos ejemplos si no se quiere que la legitimidad conquistada empiece a desaparecer rápidamente y regresemos a escenarios similares al estallido social. Si esto efectivamente se evita podremos comenzar a sumar gestos políticos en el tiempo que vayan perfilando una nueva experiencia de gobernar con el horizonte de modificar la implantación perversa neoliberal. No será el final del neoliberalismo, pero sí la conquista de algunos mínimos éticos de dignidad para la gente.

Además, Boric y los suyos también tienen el desafío de comprender que esta administración presidencial que se inicia en marzo de 2022 debe ser un tránsito hacia la nueva República que podría surgir de la Convención Constituyente. Aquí los peligros son múltiples. ¿Estarán dispuestos Boric y los suyos a subordinar el poder de la presidencia a la tarea de aprobar una nueva constitución? ¿Aprenderá la Convención la lección de los últimos meses, reconociendo que la historia le ha brindado una segunda oportunidad? Porque la épica y los simbolismos han sido tan excesivos que la propia finalidad de una nueva constitución se ha llegado a poner en peligro. Después de este domingo, a unos les corresponde gobernar con coraje y a otros concluir en un plazo razonable la propuesta de una carta magna, siguiendo una estricta hoja de ruta. Solamente el candidato Boric, aunque inmerso en todas las contradicciones de la encrucijada neoliberal, abría estas posibilidades. Por eso había que votar por él. Pero esto no significa que tengamos que renunciar a la crítica severa. Como decía Foucault, no hay que optar entre trabajar o ser remiso. Las dos cosas pueden ir a la par.

Catástrofe y encrucijada neoliberal

Reconocer que en la revuelta de octubre de 2019 no hay una dimensión afirmativa que sea completamente externa a los dispositivos neoliberales imperantes en Chile desde hace décadas –como he venido sosteniendo en mis artículos anteriores publicados por Disenso– no equivale a aceptar que el neoliberalismo sea un destino infranqueable de nuestra sociedad. Más bien se trata de asumir que la modernización neoliberal chilena no ha sido otra cosa más que sinónimo de catástrofe en cada uno de sus episodios. En tal sentido, la circulación de significantes como “orden” o “estabilidad” en la campaña electoral reciente no es más que una trampa que persigue satisfacer una expectativa siempre frustrada de la subjetividad neoliberal. En realidad, nunca ha existido un imperar ordenado y pacificador de las lógicas neoliberales. Primero fue la desintegración moral que trajeron consigo los crímenes de la dictadura y que funcionaron como condición de posibilidad del experimento económico de los chicago boys. Después fue el caos de la desigualdad y la pobreza que se expandió provocando cuotas crecientes de indignidad y sensación de abandono por parte del Estado. A continuación, vino la violencia cotidiana de un estilo de vida sostenido por el principio competitivo de la selección natural: “aprende a venderte o morir en la jungla de los emprendedores”. Nunca existió, entonces, una pax chilensis  ni antes ni después de octubre de 2019. La estabilidad y el orden no han sido otra cosa más que mitos. Por lo tanto, la normalidad desapareció hace mucho tiempo y no hay noticia alguna de que vaya a regresar.

¿Cuándo Chile fue en realidad un país ordenado, modélico y estable, más allá de las alucinaciones de aquellos que confunden la sociedad con Sanhattan? ¿Ha sido normal convivir con una constitución totalitaria durante más de treinta años de supuesta democracia? ¿Fue un indicador de estabilidad que el empresariado calificara la presidencia de Lagos como el mejor gobierno de derecha que Chile había tenido? ¿Hubo normalidad en la larga historia de financiación irregular de los partidos políticos por parte de las empresas? ¿Los permanentes conflictos de intereses de Sebastián Piñera son un síntoma de orden institucional?  La escena política de los últimos cincuenta años ha sido una acelerada producción de descomposición económica, política y existencial que relativiza completamente la idea de que en algún momento hubo algo que se pudiese llamar “orden”. La dialéctica de la energía, en tal sentido, es una mala metáfora para explicar lo que ocurre en Chile. No hay potencias que van y vienen, que se expresan en las plazas o se ausentan, oscilando en función del mayor o menor grado de malestar popular. No hay tiempo de la revuelta o tiempo del orden alternándose infinitamente porque el neoliberalismo representa una única temporalidad, un único proceso permanente de destitución de experiencias humanas sólidas (solidaridad, proyección de futuro, verdad, saber, naturaleza, sentido, significación, etcétera) y de descomposición del tejido social a través de infinitos mecanismos implantados en todos los ámbitos de la sociedad. Desde este punto de vista, la verdadera “revuelta” interminable y catastrófica es el neoliberalismo mismo. Por tanto, eso que se ha dado en llamar el “octubrismo” tendría que ser pensado de otro modo. En principio, no como la apertura de una inestabilidad antes inexistente porque lo que ya existía era una enorme acumulación de desintegración transversal. Un caos que atraviesa Chile desde septiembre de 1973 y que nos ha hecho desconocer hasta el presente un estado de cosas que todos y todas podamos reconocer como un “orden”.

Sin embargo, sería un error suponer que la maquina destructiva del neoliberalismo solamente produce violencia, odio, individualismo, fragmentación e inestabilidad. Si solamente desencadenase atomización podríamos estar frente al mundo de la diferenciación ilimitada que algún entusiasta apresurado llamaría libertad. Por el contrario, el neoliberalismo se fundamenta en una dominación sofisticada que se asegura y reproduce en el espacio de la subjetividad. No obedece a una producción hegemónica que derive de los discursos, la ideología o las imágenes culturales, sino que nace de las atmosferas y los ambientes materiales y microscópicos en que se ha insertado y formado al sujeto. La articulación neoliberal, eso que Laclau llamaba “la lógica equivalencial”, se ha encarnado en nuestros cuerpos, nos ha configurado a nosotros mismos. Solamente una implantación de estas dimensiones puede explicar que el malestar de la sociedad chilena o la frustración constante de las aspiraciones individualistas no traigan consigo la configuración de una conciencia y de una acción que estén en condiciones de crear una sociedad radicalmente otra. El malestar se relaciona con un bienestar, con un goce y un deseo que emerge del fondo de un cuerpo colonizado. Por eso la impugnación siempre permanece en la superficie de la alegría callejera, del “meme” que circula por las redes, de la pintada emotiva, de artículos como este mismo que escribo, etcétera. Nadie arriesga más allá de lo necesario porque hay algo en nosotros que se aferra a este mundo neoliberal ya conocido y que obedece a una pedagogía de la satisfacción egoísta. Ciertamente, como siempre, hay héroes que se aproximan a lo desconocido y que se convierten en víctimas épicas. Pero la verdad es que asisten solitarios a la gloria efímera, acompañados por todos en el homenaje y por muy pocos en la imitación de su gesto.

Todo esto explica, según creo, el fondo sombrío que subyace en el voto de los chilenos y las chilenas. No obstante, se ha argumentado que no es posible comprender lo que ha ocurrido electoralmente en el país durante las últimas semanas sin advertir que entre 2019 y 2021 se desplegó una narrativa del terror focalizada en tres ámbitos: el terrorismo de Estado de la administración de Piñera, las políticas sanitarias contra la pandemia y la amenaza sistemática de la crisis económica. Así lo argumenta Rodrigo Karmy en su artículo “Pinochetismo cyborg” publicado en Lobo Suelto. Según este enfoque, esta narrativa del terror habría tenido un efecto significativo sobre los sujetos, reorganizando los afectos territoriales y restituyendo la subjetivación neoliberal después de la impugnación materializada por el “octubrismo”. Las violaciones a los derechos humanos separaron los cuerpos y neutralizaron su potencia afectiva. El temor a la enfermedad disolvió los lazos que unieron al pueblo y encerró a cada uno en su régimen de cuarentena individual. De este modo se fue disolviendo la energía popular hasta llegar a unos mínimos que solo lograron subsistir gracias a las redes sociales. Ciertamente, Karmy podría tener razón con este diagnóstico si de lo que se trata es de explicar por qué las multitudes ya no están en las calles o en la plaza, pero el argumento no funciona si lo que queremos comprender es más bien el voto de los chilenos.

No creo que Chile despierte y se adormezca de vez en cuando como una brisa oscilante que en cualquier momento se convierte en tormenta, y mucho menos que el aletargamiento ocurra como consecuencia de un terror reciente. La última noticia que tuvimos en Chile de un proyecto enraizado en una subjetividad del común fue antes de 1973 y como sabemos el fascismo lo hizo añicos hace mucho tiempo. Por este motivo pienso que reflexiones ancladas en exceso en las metáforas de la potencia y la energía física, en realidad siguen esperando con melancolía el advenimiento de un pueblo que no asiste a las citas a las cuales se lo convoca. Se comete el error, cada vez que la calle se llena de voces y formas multicolores, de suponer que ha sonado la última hora del final del orden capitalista. Nos convencemos, entonces, de que marchamos del lado de la verdad histórica porque estamos en medio de la protesta, rodeados de otros que entonan nuestros mismos cantos. Son las intensas emociones compartidas por la multitud. Pero ya es hora que aprendamos algo de las innumerables derrotas posteriores. No para permanecer en nuestras casas y abandonar el espacio público, sino para asumir que se requiere de una acción sobre otros territorios políticos y de un escepticismo prudente frente a la supuesta potencia absoluta de la multitud. La pandemia ha enseñando muchas cosas al que sepa verlas, entre otras que “pueblo” no es un significante que garantiza en sí mismo un discurso emancipador. Véase, por ejemplo, las innumerables protestas multitudinarias de grupos de extrema derecha, negacionistas y antivacunas que se han producido en diferentes ciudades del mundo y que se articulan en nombre de demandas radicales de respeto a la libertad individual.

Afirmar que la izquierda debe abandonar la melancólica espera del pueblo como sujeto político no significa desvalorizar el acontecimiento de octubre de 2019 ni defender la idea de que dicho evento político haya fracasado. En relación con esta figura de la derrota, habría que aclarar varias cuestiones. En primer lugar, que en las elecciones presidenciales no estaba en juego la victoria o derrota de octubre, sino más bien dos estilos claramente diferenciados de gestionar sus inevitables consecuencias. La revuelta iniciada en 2019 ha traído consigo un proceso ineludible de destitución de la oligarquía chilena, de cuestionamiento irreversible de una constitución totalitaria que funcionaba como una de sus herramientas y de socavamiento de uno de sus instrumentos de enriquecimiento: las AFP. No son pocas cosas, no son resultados políticos estériles, pero no involucran la impugnación del dispositivo de subjetivación neoliberal. Tener la capacidad de observar con serenidad crítica esta distinción resulta decisivo para asumir que el desafío futuro de la izquierda no se encuentra solo en las calles. Hay que mirar el proceso de octubre menos desde la épica y más desde la lógica de una resistencia que solamente se ha anunciado parcialmente. Por este motivo, no comparto la idea de que la revuelta chilena sea la pura afirmación de una potencia de desubjetivación. Octubre nace de la tensión y la ambivalencia en que se inscriben las vidas de los chilenos y chilenas. Esto significa que la revuelta se inscribe al mismo tiempo en el contexto de la implantación perversa de una subjetividad modelada por el neoliberalismo hace décadas y en la experiencia de la añoranza imprecisa de algo otro. Octubre surge de lo que somos y de lo que queremos dejar de ser. Por esta razón la revuelta chilena es defectiva y no se traduce en un advenimiento de lo común que ponga fin a la axiomática neoliberal. Las resistencias, aunque proliferen como un enjambre, siguen inscritas en una coexistencia del malestar con un goce profundo que nos apega al modo de vida imperante.

El dilema de nuestro tiempo es bastante más complejo que una cuestión de energías que laten silenciosas en las redes o que se actualizan aceleradamente en las plazas. Preservar esta lógica genera una política pasiva e indefinida, aferrada a la espera de un pueblo que nunca termina de llegar, cuando de lo que se trata es de iniciar un proceso enormemente complejo de resistencias locales a los dispositivos neoliberales que permita ir acumulando aprendizajes y experiencias para dar forma a un modo de gobernarnos en el colapso final del neoliberalismo. Sí, porque el neoliberalismo no comienza ni termina en Chile, pero sabemos que morirá.

Fatalidades de la izquierda (Respuesta a Cristóbal Olivares)

Cristóbal Olivares ha tenido la amabilidad de publicar en Disenso una réplica a mi artículo “Sigue Ganando el neoliberalismo. Breve historia del triunfo de la extrema derecha en Chile” titulada “El desencanto como racionalización” que me gustaría, en primer lugar, agradecer. Lamento que solamente haya tenido presente este texto y no otro anterior que expresa el marco general de mi planteamiento (“El neoliberalismo no nace, ni muere en Chile”). Creo que si lo hubiese revisado con atención habría visto con mucha claridad que mi tesis de fondo es la ausencia de una impugnación sustantiva al neoliberalismo en la actual contingencia chilena. Todas mis referencias a la historia de los últimos cincuenta años, así como mis análisis sobre la reciente campaña presidencial, tienen este argumento como sustrato del diagnóstico. En tal sentido, hay muchos pasajes del interesante escrito de Olivares en los cuales no me reconozco, algo que quizás se deba a que de alguna manera –como él mismo señala- mi artículo le ha perturbado. En cualquier caso, considero muy importante que podamos debatir sobre estas cuestiones con la seriedad que ofrece el tiempo de la escritura y por esa razón responderé algunos de los argumentos principales de su replica.

1. La posición fatalista de mi artículo.

Estoy convencido que hoy en día un pensamiento políticamente comprometido debe asumir la tarea de pensar el presente. Pero me pregunto si dicho propósito nos impone la exigencia de “insuflar esperanza” a los “afectos populares” o más bien el compromiso de ejercer la crítica intelectual en su radicalidad. Subordinar el ejercicio del pensamiento a la misión de producir esperanza, deseo, entusiasmo u optimismo constituye un evidente resultado de la producción emocional del sujeto característica del neoliberalismo. Concebir el análisis intelectual desde el imperativo de la creación de tejido afectivo dentro de la sociedad parece ser otra consecuencia más de la colonización neoliberal del espacio de producción del conocimiento. Por el contrario, un pensamiento que logra establecer relaciones de tensión con respecto a la racionalización afectiva neoliberal es aquel que despliega un “ethos crítico” intempestivo, incondescendiente, severo, riguroso y problematizador. Esto significa poder tomar distancia de lo convencional para contribuir a la sociedad con una mirada que ofrezca otros horizontes de posibilidad y de experiencia. Sin una actitud crítica intelectual poderosa no estaremos en condiciones de ofrecer herramientas a una izquierda chilena que parece extraviada.

En cualquier caso, centrar el debate en una economía del fatalismo versus el optimismo representa un punto de vista muy simplificado de la naturaleza del problema que tenemos entre manos. De hecho, jugando un poco con los términos, se podría decir que permanecer en la emocionalidad épica o en la euforia de la multitud es la verdadera “fatalidad” para la izquierda. En mi caso no me reconozco en absoluto en la tesis de que no haya nada que se pueda hacer frente al imperio del neoliberalismo. Mi posición no tiene nada de fatalista, a no ser que se quiera usar ese calificativo para la formulación de un diagnóstico severo de nuestra realidad. Me identifico más bien con algo que dice Foucault en una entrevista: se trata de ser un pesimista hiperactivo, es decir, de asumir desde la potencia del argumento crítico y escéptico la necesidad urgente de una acción modificadora radical en los más diversos niveles de la sociedad. Para mi esto significa desplegar una analítica de los dispositivos específicos en que se materializa la subjetivación neoliberal con el propósito de desarrollar prácticas en la investigación teórica y en la actividad militante orientadas a la subversión de tales lógicas. No es este el espacio para exponer en detalle toda esta cuestión. Solamente la menciono para hacer notar que no toda mirada crítica es resignada y cínica. El hecho de que un diagnóstico frío, carente de épica y que pretende tomar distancia de la emocionalidad, sea leído como algo “fatalista” dice mucho de nuestro problema contemporáneo.

2. Mi supuesta propuesta de que la izquierda debería renunciar a un discurso explícitamente anti-neoliberal

En el caso chileno, no se trata de una recomendación, sino más bien de una constatación de lo que ha ocurrido y de lo que está ocurriendo. Mi análisis en el artículo “Sigue ganando el neoliberalismo…” no estaba referido a formular sugerencias a la izquierda respecto a lo que tenía que hacer para ganar la segunda vuelta de las elecciones, sino que pretendía poner de manifiesto la ausencia de discursos y prácticas que sean dominantes en Chile y que supongan una efectiva impugnación del neoliberalismo. Algo que viene ocurriendo no solo desde noviembre de 2021, u octubre de 2019, sino desde el proceso mismo de instalación de los dispositivos neoliberales durante la dictadura de Pinochet.  El discurso explícitamente anti-neoliberal solo podrá desplegarse por parte de la izquierda, con alguna posibilidad de arraigar en la ciudadanía, desde el momento en que se comience a comprender de forma adecuada al adversario. Por este motivo, resulta decisivo el papel que pueda cumplir el trabajo intelectual crítico y la experiencia militante a la hora de alcanzar una comprensión precisa del fenómeno neoliberal. Si seguimos reduciendo el neoliberalismo a una mera cuestión doctrinaria, o a un simple modelo económico que depende de la existencia de las AFP o de las disposiciones de la Constitución del 80, no estaremos en condiciones de librar una batalla decisiva que tiene en su núcleo la cuestión de la producción de la subjetividad.

3. La interpretación de lo ocurrido en el otro octubre: 1988.

Me parece una exageración de la replica de Olivares sostener que mi argumento sobre la historia chilena de los últimos 50 años reposa sobre una mirada estética porque recurro al ejemplo de la película “No”. Se trata simplemente de una referencia ilustrativa. Podemos, por tanto, olvidar por un momento la película y preguntarnos: ¿Alguien puede creer con la perspectiva del tiempo que en 1988 fue impugnado seriamente el neoliberalismo? ¿No hay evidencias palmarias de que los gobiernos de la Concertación no sólo aceptaron la matriz neoliberal pinochetista sino que la radicalizaron? Reconocer esta circunstancia no significa negar que hayan existido sacrificios, martirios y solidaridades internacionales determinantes en la lucha contra la dictadura y en el triunfo de la opción no en el plebiscito. Lo sé muy bien porque lo viví de cerca. Pero eso no acabó con la revolución neoliberal iniciada por el fascismo totalitario. De hecho, esas luchas y esos heroísmos fueron la fuerza cívica que acorraló a la dictadura, obligándolo a ceder en la convocatoria de un referéndum y sobre todo en la realización de una campaña electoral televisiva. Así pudimos llegar a conquistar un mínimo de dignidad poniendo fin a la configuración de un Estado criminal y terrorista, aunque el neoliberalismo siguió ganando. Hoy, después del otro octubre, ocurre algo relativamente parecido: nos debemos alegrar de haber obtenido un mínimo de dignidad al no tener un pinochetista en la presidencia de la República; y también, como entonces, ha habido un heroísmo de la revuelta. Sin embargo, eso no es la impugnación del neoliberalismo precisamente porque los héroes se definen por ser excepcionales.

4. La hipótesis del malestar

Estoy de acuerdo con Olivares en que puede subyacer en el malestar social un resto de añoranza de algo otro, un descontento impreciso que anuncia la necesidad de una vida diferente. Pero debe existir algo más en el fondo sombrío de dicha aflicción para que no estalle de una vez el neoliberalismo y sí estallen una y otra vez los estallidos sociales, apagándose en el recuerdo o permaneciendo en la melancolía de la izquierda. Mi hipótesis apunta a que la compleja articulación de la subjetividad neoliberal como modulación del deseo constituye el soporte de una tensión en que todo resto de malestar se subordinada a un goce con respecto al modo de vida. El sujeto puede padecer de distintas maneras las miserias de la sociedad neoliberal pero experimenta con terror estar fuera de sus lógicas. Se apega a ellas como si en eso se estuviese jugando la posibilidad misma de conservación de su propia existencia. El neoliberalismo constituye esta pedagogía de la ausencia de toda exterioridad. Si queremos pensarlo adecuadamente tenemos que mirar en esta dirección, hacia esta tensionada subjetividad. La situación de la pandemia nos ofrece un importante ejemplo de cómo los sujetos enfrentados a una subversión de la llamada normalidad, reaccionan con desesperación intentando preservar el estilo de vida y haciendo todo lo posible por recuperar el primado del individualismo arbitrario.  

Por supuesto que siempre en toda sociedad hay deseos de justicia, aspiraciones orientadas hacia el bien común y sueños de dignidad. Pero la realidad no está estructurada por dicotomías simples que permitan identificar subjetividades puras. No se encuentran por un lado los justos que salen a manifestarse en la Plaza Dignidad o que votan correctamente y, por otro lado, los estrictamente neoliberales encerrados en sus domicilios conectados al programa “bad boys” de Parisi. El asunto es bastante más complejo e implica advertir la presencia transversal de una subjetividad neoliberal que no ha sido implantada en ningún lugar del mundo con tanta violencia y profundidad como en Chile. Es importante registrar el polimorfismo del malestar chileno que puede apuntar a la clase política, las AFP, la delincuencia, la desigualdad, o al mero hecho de que se aspira a un estilo de vida supuestamente winner como el de Piñera o Parisi. Pero hay que sospechar de que ese malestar no alcance una traducción más sustantiva en una impugnación radical. Por eso sostengo que tenemos que estudiar con urgencia el problema del bienestar neoliberal.

5. Mi supuesta igualación de Boric, Kast y la convención constituyente

Sostener que Boric, Kast y la Convención sean lo mismo sería efectivamente un argumento banal. Pero lo que afirmo es otra cosa bastante diferente. La equivalencia reside en que comparten la misma ausencia de impugnación al neoliberalismo, aunque por razones claramente distintas. Como ya lo expuse en un texto anterior (“El neoliberalismo no nace ni muere en Chile”), la Convención es un hito importante en la historia del país con enormes rendimientos simbólicos y con la posibilidad de conquistar derechos inauditos para la ciudadanía chilena. Sin embargo, las constituciones por si solas no pueden derogar al neoliberalismo ni desplazarlo significativamente. Toda constitución es una mera potencialidad si no viene acompañada por una voluntad de gobierno sustantiva. Esto representa el problema de fondo. ¿Alguien puede atribuir con seguridad esa voluntad al candidato de la dignidad mínima (Boric), partiendo de la certeza de su inexistencia en el candidato de la inmoralidad pinochetista (Kast)? Y lo que es peor: ¿se ve en algún lugar del horizonte surgir esa voluntad decidida de avanzar hacia la impugnación radical? No niego que existan voces aisladas en la sociedad que estén orientadas por esta aspiración. En esto también se evidencia una vez más los efectos de la implantación perversa de la subjetividad neoliberal. Las voluntades políticas de impugnación no pueden constituirse en gobierno porque no pueden competir en el mercado electoral más que bajo la atribución de la extravagancia. Algo muy curioso en un país supuestamente sumido en el malestar.

6. Una eventual infravaloración del pueblo y la sensibilidad popular

Si hay algo que comparto con Laclau es que el pueblo no existe y que se trata de una construcción discursiva. Habría que añadir que esto implica que “pueblo” no es en sí mismo un significante emancipador. Una izquierda que no entienda este planteamiento sigue habitando en el siglo pasado a la espera del advenimiento de ese sujeto político llamado “pueblo”. Resulta absurdo suponer que tenemos un pueblo concienciado cuando votan a favor de la convención y un pueblo idiota cuando votan por Kast o Parisi. La multitud puede reunirse en la calle a gritar contra las AFP pero también contra las políticas sanitarias solidarias como ha ocurrido en muchos países. Hay que abandonar esa ingenuidad de ver un sujeto político llamado pueblo cuando la gente canta “El pueblo unido jamás será vencido” y una masa irracional o alienada cuando se expresan en contra de las vacunas. No entiendo, entonces, el contenido de esta crítica. ¿A qué pueblo puede uno estar infravalorando? ¿Cuál es esa sensibilidad que parece que subyace en algún estrato de lo popular?

No infravaloro a los sujetos que han salido a las calles a protestar desde octubre de 2019 ni el heroísmo de algunos/as de ellos/as. Simplemente digo que ahí no hay un proceso popular que esté socavando los dispositivos neoliberales de la sociedad chilena. Con esto no quiero sugerir que haya sido absurdo salir a las calles o a las plazas y que no deba seguir haciéndose. Se trata de una acción ciudadana elemental, pero está muy lejos de ser suficiente, aunque nos esforcemos porque esta vez se manifiesten dos millones en vez de uno. El problema de la izquierda es que parece reposar en el goce de este único momento, en la supuesta epifanía de la multitud que se expresa en la calle. Es este exceso de apego a la sensibilidad el que nos tiene extraviados.

Al final de su réplica Cristóbal Olivares afirma que se necesita de otra mirada. Es algo que puedo compartir si se refiere a una perspectiva diferente a la racionalización moralista de la izquierda tradicional, al abandono de cierta impostura intelectual que hace de la abstracción teórica un fin en sí mismo o al desplazamiento de lecturas edulcoradas que buscan ser empáticas con las pasiones de la multitud. Otra mirada alejada de los valores neoliberales circulantes: la expresividad individualista, la centralidad del deseo, el dogmatismo de la emoción, la épica que se convierte en selfi, el consumo efímero de estilos de vida “revolucionarios”, la obsesión por dar noticia de uno mismo en las redes sociales, etcétera. Quizás podamos buscar esa otra mirada y tal vez sea algo tan sencillo como comenzar a dialogar.


Imagen de portada: AFP, Manifestación para apoyar al presidente de Gaulle en los Campos Elíseos el 30 de mayo de 1968, durante el movimiento estudiantil antigubernamental y la huelga general de mayo de 1968

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