Unos van por un sendero recto,
Otros caminan en círculo,
Afloran el regreso a la casa paterna
Y esperan a la amiga de otros tiempos.
Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo,
Llevo conmigo el infortunio,
Voy hacia nunca, hacia ninguna parte,
Como un tren sobre el abismo.
Anna Ajmátova
La guerra y la verdad nunca han sido compatibles, sino desechos del “capital ciego”. Tras ello resuenan las “lecciones bifrontes” de Henry Kissinger cuando vaticinó el conflicto ruso-ucraniano en un artículo del Washington Post (2014). En nuestro presente, el “Reyno de Chile” expone una vigilancia que está inscrita en la “lengua social” (abstracto-financiera) que ha sido confinada a custodiar una “episteme gerencial” que libera “energías especulares” a condición de no exceder “lo imaginal”, ni restituir luchas populares. La obsolescencia comunicacional escolta un pensamiento estadístico (dato laxo) que disfraza su pobreza de cohesión (irredenta) mediante la exaltación de una publicidad mitificante y glotona, orientada a despolitizar las relaciones entre vida cotidiana y política.
La historia de los “pactos modernizantes” se parece a los espejos de Borges: nadie quiere ser la imagen que refleja, nadie reclama paternidad, mucho menos las vocerías de las elites portalianas. Quizá por eso existe una distancia histórica entre la oferta de “sociedades Disney” -maquina memética de capitalización- y una vida cotidiana sumida en las obligaciones de orfandad, disciplina y bancarización. El actual publicismo (ejército de periodistas) ha devenido en un “internacionalismo viral” (Netflix, Amazón y CNN) que refuerza la “expansión de plusvalías” mediante drones mediáticos. En un contexto de abundante “comunicación memética”, la prensa hegemónica ha reforzado los modos de producción del enemigo desde la condición de barbarie y las “estéticas evangelizadoras”
El gremio medial ha sido incapaz de comprender que las derrotas “Versallescas”, y sus tragedias nacionalistas, se hacen presentes (una vez más) en la Rusia de Putin. Todo ello sin negar el factum, la agresión brutal de las tropas rusas, la vulneración de la soberanía ucraniana, la violación de la Carta de las Naciones Unidas y, ciertamente, miles de muertos. La infinita imposibilidad de romantizar Moscú. Todo alude a una inflexión entre “Rómulo y Remo” -Gorbachov y Yeltsin en 1991- cuando abrieron una secuencia política -humillación imperial- que la OTAN no supo cautelar, menos el mundo europeo, precipitando un futuro belicista contra las promesas de Busch Padre y el canciller Helmut Kohl (1991). La beligerancia se abultó en pleno derrumbe de la Unión Soviética abrazando la violenta capacidad expoliativa del dólar. El viejo continente, heredero del iluminismo dieciochesco, no tomo nota de las lecciones de la Alemania post-guillermina, ni la caída de la dominante Zarista (1917). Ni siquiera los Sultanes del gobierno corrupto de Zelenski -héroes Cosacos- fueron suficientes para frenar la escalada armamentista (ejército de logísticas), de la OTAN (1992). El histórico aprendizaje de los acuerdos postguerras napoleónicas se ha derrumbado en cuestión de semanas.
La Unión Europea se aferra a un desgastado proyecto imperial que ha agudizado autocracias antioccidentales, consumando un “Bismarck moscovita” sustentado en el “otrocidio”. Un epitafio de todas las guerras. Los dispositivos de necropolítica, gubernamentalidad, criminalización, racialización, han vulnerado la (frágil) estabilidad continental que se había construido desde la postguerra, echando las bases para el pacto Pekín-Kremlin. Una colosal reactualización de “La sociedad de las Águilas” que -sin apelar al tiempo homogéneo- nos retrotrae a 1905 (entre Nicolas II y Sarajevo) y a la actual remilitarización de Alemania. En suma, la herencia de dinastías y modelos imperiales se mantiene como antesala de los conflictos geopolíticos donde rebrota el maridaje entre “guerra y capital”. Pese a lo anterior la deriva europea en el conflicto chino-americano ha llevado al continente a obviar la babelización de las tribus asiáticas, consumando la tercerización turística en plazas y ciudades. Europa como un museo a cielo abierto a debido auxiliar las divisas americanas. De allí hasta gerenciar las memorables universidades y convertir a Rusia en el clivaje de la “seguridad europea” (rusofobia). El “aceleracionismo”, inaferrable e irrefrenable, de las plataformas se ha revelado contra el programa occidental de los “relatos hegemónicos”.
Cual déjà vu, todos los sucesos mencionados hasta aquí forman parte de un conjunto de “agitaciones fronterizas” donde las Monarquías herederas del summum imperial, colisionan con las “energías” del capitalismo digital. En los últimos años hemos presenciado un nuevo diagrama de la Sociedad de las Águilas. A ello se suma la ausencia de consciencia historiográfica de nuestros “empleados cognitivos” (holdings mediáticos) que han respondido a los compromisos corporativos defendiendo una democracia securitaria y de “baja intensidad” (caso chileno). Tal obsecuencia, se hace extensiva al actual “gobierno transformador” que, desde una posición hedonista-moralizante, homologa sin más, la rudeza de Putin al Gran “Oso Ruso”, a los maleficios de Gadafi, Hussein, cual film hollywoodense, o bien, el mejor tráiler de Woody Allen (entre el amable y el feo). Todo ocurre cuando Washington ha disparado la “acumulación de capital” cortando todas las antenas desde Moscú.
El cinismo de la vieja escuela diplomática (Kissinger) ha abundado en las últimas horas, por la vía de nuestras “mercancías meméticas” que editan la construcción mediática del enemigo1Del Valle, Carlos. La construcción mediática del enemigo. Cultura indígena y guerra informativa del enemigo en Chile. Comunicación social, ediciones y publicaciones. Salamanca (2021).. Kissinger es el Rector semiótico de un indolente “nacionalismo americano”, pero sus heraldos no entendieron que la guerra fría terminó como un “falso-vivo” que ha resignificado nuevas pesadillas bélicas (Trumpismo). Vladimir Putin agudizó el escenario y ha naufragado bajo el capitalismo del Tiktok.
Por fin la comunidad europea se encuentra representada por la más decadente generación desde 1945, no sólo por no gozar de ningún proyecto socialdemócrata en los últimos 30 años, sino por confinar a Rusia hacia el mundo euroasiático, a los separatismos y ahondar los nacionalismos. Por abultar la vanguardia especulativa de Washington -Tío Sam y El Pentágono- cuando la divisa se venía cayendo. Y sobre todo, por especular con la pax de la “melancolía imperial” -desde Pedro El Grande a los Romanov, de Dostoyevski al realismo de Tolstoi- y aventurar que todo se esfumaría de la historia, a sabiendas de las mafias, la miseria y la prostitución que afectó el narcisismo de La Duma, agravando furiosamente la cohesión identitarista, tras el autoritarismo de Putin. Pero los consorcios mediáticos de nuestro Reyno se niegan a cuestionar las bases militares de Estados Unidos en Colombia y en nuestra parroquia.
En suma,el proceso de enemización es acumulativo y devela una “epistemología del despojo”, a saber, un conjunto de prácticas y discursos cuya violencia recae en la otredad, no sólo de modo simbólico, sino que opera sobre cuerpos y territorios y, para ello requiere procesos de criminalización propios de toda “enemización”. De esta suerte, la “industria de memes” no persigue ninguna ventana, sino cumplir la obcecación revolucionaria del pensamiento conservador: nacionalizar una globalización travestida en un Reyno de mascotas.
Solo hay “rusofobia”
Sobre los autores:
Valeska Venegas M. Académica Universidad de Los Lagos. Doctorante en Comunicación. Universidad de la Frontera-Universidad Austral de Chile.
Mauro Salazar J. Observatorio de Comunicación, Crítica y Sociedad (OBCS). Universidad de La Frontera.
Imagen de portada: Un niño juega en un tanque en el distrito Grbavica de Sarajevo el 22 de abril de 1996, AFP
