Maurizio Lazzarato, La guerra en Ucrania

Traducción de Iván Torres Apablaza

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«La catástrofe es el elemento vital y el modo normal de existencia del capital en su fase final».

Rosa Luxemburgo, 1913.

Las consignas «No a la guerra», «Paz», «Ni con Putin ni con Biden» parecen débiles e impotentes si no encuentran su fuerza contra Putin y contra Biden. La oposición a la guerra debe basarse en una enérgica lucha contra las diferentes formas de capitalismo y soberanía en disputa e igualmente movilizadas en la organización de la dominación, la explotación y la guerra.

El llamamiento de la Internacional Socialista en la conferencia de Zimmerwald de 1915, nos recuerda una verdad muy simple, aunque activamente olvidada. La guerra «surge de la voluntad de las clases capitalistas de cada nación de vivir de la explotación del trabajo humano y de las riquezas naturales del Universo», por lo que el enemigo principal es, o está también en nuestro propio país.

Uno se sorprende, se desorienta, como si esta guerra fuera, en su disrupción, una novedad que estallara como un rayo en el cielo sereno de la paz. Sin embargo, desde que el Departamento de Estado anunció el fin de la historia (1989), la paz y la prosperidad bajo la benevolencia del Tío Sam, el Pentágono y el ejército estadounidense, ha llevado a cabo una impresionante serie de misiones humanitarias en favor de la hermandad de los pueblos:

Panamá 1989

Iraq 1991

Kuwait 1991

Somalia 1993

Bosnia 1994 – 1995

Sudan 1998

Afganistán 1999

Yemen 2002

Iraq 1991 – 2003

Iraq 2003 – 2015

Afganistán 2001 – 2015/2021

Pakistán 2007 – 2015

Somalia 2007 / 8, 2011

Yemen 2009 – 2011

Libia 2011, 2015

Siria 2014 – 2015

Sin rivalizar con semejante récord, después de que Chechenia y su guerra de exterminio pasaran (con la complicidad de Occidente) por el filtro del terrorismo como principal enemigo de la humanidad, es Rusia la que ha tomado el relevo para aniquilar cualquier rastro de una primavera siria y salvar al régimen de Assad, mientras lleva a cabo «operaciones militares especiales» en su zona de influencia (Georgia, Moldavia, Ucrania…).

Pero las guerras entre las potencias nunca se desarrollan sin la prolongación de las guerras de clase, las guerras de raza y las guerras contra las mujeres que cada Estado libra por su cuenta.

El hecho es que los movimientos políticos contemporáneos se han desvinculado completamente de la tradición que situaba las cuestiones de la guerra y la revolución en el centro del debate y la acción política. Tanto es así que uno se pregunta si la mayor victoria de la contrarrevolución no ha sido hacernos creer que estas cuestiones han desaparecido para siempre, cuando en realidad siguen siendo actuales.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para comprender la guerra actual, debemos remontarnos a la caída del Muro de Berlín y explicar los cambios estratégicos que, en su momento, no fueron realmente comprendidos, debido a la falta de análisis de las revoluciones del siglo XX.

Los occidentales representan el mayor peligro para la paz mundial porque son muy conscientes de la doble declinación que la amenaza: la de Europa desde la Primera Guerra Mundial y la de Estados Unidos desde finales de los años 60. Ellos producen constantemente desórdenes políticos y económicos, propagan el caos y la guerra porque, además, se equivocaron gravemente sobre la nueva fase política que abrió el colapso de la Unión Soviética.

Los occidentales (y sobre todo los gobiernos estadounidenses con todo el establishment industrial y financiero, la burocracia armada del Pentágono, etc., frente al pueblo estadounidense ¡dividido por una guerra civil en curso!) estaban convencidos de que habían triunfado, pese a haber perdido, aunque de forma diferente a los soviéticos. Este es un punto muy importante que explica todas las decisiones catastróficas que han tomado en los últimos treinta años, de las cuales la extensión de la OTAN a Rusia, que llevó a la guerra de Ucrania, seguramente no es la última.

Alberto Negri recientemente escribió: «Desde 1997, Estados Unidos había sido advertido por George Kennan, arquitecto de la política de contención de la Unión Soviética: «La expansión de la OTAN es el error más grave de Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría. Empujará la política rusa en la dirección opuesta a la que queremos»».

Para saber por qué los estadounidenses siguen tomando decisiones catastróficas, que nos llevan directamente al desastre, es necesario remontarse al siglo XX, porque no fue ni «corto» (Hobsbawn) ni «largo» (Arrighi), sino el siglo de las revoluciones y contrarrevoluciones, las más importantes de las cuales, aquellas que han configurado nuestra situación actual, tuvieron lugar en el Sur del mundo.

Para los occidentales, la economía de mercado y la democracia habían ganado la batalla de la «civilización» en el siglo XX. Lo único que faltaba era aprovechar la victoria para imponer el «neo-liberalismo» y los derechos humanos en todo el mundo.

En realidad, el siglo XX fue el siglo de la «revuelta contra Occidente», el siglo de las guerras contra su imperialismo, el siglo de las guerras civiles mundiales (y no sólo europeas) que continuaron después de la Segunda Guerra Mundial. Y es a partir de aquí que debemos empezar a entender algo de la situación contemporánea.

Los occidentales, centrados en el enfrentamiento Este/Oeste, no comprendieron que las guerras anticoloniales, en menos de un siglo, estaban invirtiendo el equilibrio de poder entre el Norte y el Sur. Los «pueblos oprimidos» habían atacado la división económica y política entre centro y periferia que, desde 1492, regía el funcionamiento del capitalismo. El poder europeo se basaba en la separación del proletariado mundial, entre aquellos trabajadores que aportaban trabajo abstracto en el Norte y los proletarios, campesinos, mujeres, esclavos, siervos, etc., que garantizaban un trabajo desvalorizado, gratuito y muy mal pagada en el Sur y el trabajo doméstico gratuito en el mundo.

El gran mérito de la revolución bolchevique fue abrir el camino a la revolución de los «pueblos oprimidos». Esto cambiará radicalmente la relación de fuerzas para siempre.

Pese a esto, Estados Unidos había emprendido una implacable guerra política y económica contra el Sur («tercer mundo» en aquel momento) tras la Segunda Guerra Mundial. Lograron efectivamente derrotar la revolución mundial, pero ésta sedimentó cambios tan radicales en la organización del mercado mundial y en las sociedades liberadas del imperialismo, que las revoluciones anticoloniales, aunque abandonaron el proyecto comunista o socialista, están en el origen de la distribución contemporánea de los poderes políticos, y del desplazamiento de los centros del capitalismo del norte, hacia el sur y el este.

La gran novedad no se encuentra en la revolución digital, el capitalismo cognitivo, la biopolítica, la bioeconomía, etc. (todos estos conceptos reflejan un estrecho punto de vista eurocéntrico), sino en este cambio en la relación entre las fuerzas económicas y políticas.

La reconfiguración del capitalismo no se ha llevado a cabo principalmente en el Norte, sino en el Sur del mundo, como está quedando cada vez más claro.

Para Giovanni Arrighi, el núcleo del antagonismo de la segunda mitad del siglo XX «no es otro que la lucha de poder durante la cual el gobierno estadounidense trató de contener, mediante el uso de la fuerza, el doble frente que representaban el comunismo y el nacionalismo en el Tercer Mundo».

Es el único entre los operaístas que ha comprendido las revoluciones del siglo XX, y demuestra que la contrarrevolución monetaria, que comenzó con la declaración de la inconvertibilidad del dólar (1971), constituye una respuesta directa a la guerra anticolonial más importante de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, la que dispuso la indicación de la movilización general contra el imperialismo a todos los países del Sur. «Debemos hacer como Diem Ben Phu», proclamó Fanon desde Argelia, todavía bajo la ocupación francesa.

Mientras que los marxistas europeos refieren la reorganización capitalista únicamente a las luchas entre el capital y el trabajo y a la competencia entre capitalistas, Arrighi afirma que las políticas estadounidenses de finales de los años 60 y 70 tenían como objetivo «arrancar de las restricciones monetarias la lucha por la dominación que los Estados Unidos estaban librando en el Tercer Mundo».

Los costes (externos e internos) de la guerra liderada por Estados Unidos contra el Viet Cong «no sólo contribuyeron a la reducción de los beneficios, sino que fue la causa más fundamental del colapso del sistema de tipo de cambio fijo establecido en Bretton Woods, así como de la consiguiente fuerte devaluación del dólar estadounidense». 

La colonia es tan moderna como la fábrica de Manchester, forma parte de la cadena de valor como Detroit o Turín, y resultará ser el lugar más propicio para la subjetivación revolucionaria, poniendo en crisis el centro desde la periferia.

«Al igual que en el caso de la liquidación de la paridad oro/dólar, fueron las guerras y las revoluciones en el Sur, y no la competencia entre los capitalistas de las tres grandes economías del mundo, los principales motores de la contrarrevolución monetaria de 1979-1982»

El arma monetaria movilizada contra el Sur tuvo repercusiones muy fuertes en las luchas de clase del Norte. «Pero el estímulo más fuerte vino de la crisis no resuelta de la hegemonía estadounidense en el Tercer Mundo, no de la crisis de rentabilidad. Las diferencias entre el Norte y el Sur a finales del siglo XIX y a finales del XX «son más importantes que aquellas relaciones entre el trabajo y el capital».

Pero también, en la primera mitad del siglo, sucedieron cosas esenciales en el Este y en el Sur, porque la organización de las revoluciones cuyas victorias se afirmarían después de la Segunda Guerra Mundial, se puso en marcha y se aceleró tras las masacres de la «gran guerra».

En el corazón de estas luchas, que dieron un vuelco a siglos de colonización, los comunistas desempeñaron un papel central, ya que transformaron la «pequeña guerra» de Clausewitz en una guerra revolucionaria, una «guerra partisana». Una invención estratégica de importancia comparable al olvido del que es objeto por quienes quisieran cambiar el mundo.

El gran conservador Carl Schmitt (y en su tiempo nazi), siendo anticomunista, tiene el mérito de reconocer la enorme energía y el poder político liberado por las revoluciones anticoloniales, mientras que sus admiradores operaístas, como Mario Tronti que lo introdujo en Italia, son insoportablemente condescendientes con estas revoluciones «campesinas».

La «irregularidad de la lucha de clases» organizada en la guerra de partisanos, articulada a las formas más clásicas de combate llevadas a cabo por el Ejército Rojo o el Ejército Popular, «pone en tela de juicio no sólo una línea, sino al contrario, todo el edificio del orden político y social… La alianza de la filosofía y el partidismo, concluida por Lenin… provocó nada menos que la ruptura de todo el mundo histórico eurocéntrico que Napoleón había esperado salvar, que el Congreso de Viena había esperado restaurar.»

Clausewitz, «un oficial profesional, no podía… dar a luz al partisano, sólo un revolucionario profesional como Lenin podía. Pero el partisano del bolchevismo ruso es una cosa pequeña desde el punto de vista sociológico –quiero decir, en su realidad concreta– comparado con el partisano chino. El propio Mao construyó su ejército de partisanos y su élite partisana».

En una conversación de 1969 con un maoísta (Joachim Schickel), Carl Schmitt afirma que la dimensión global de la lucha la introduce la guerra partisana: «el problema partisano no era sólo un problema internacional, sino global».  Y añade que, en 1949, tras la proclamación de la República Popular China, «creímos hallar por fin la paz mundial, y menos de un año después comenzó Corea», sin olvidar Diem Bien Phu, Argelia, Castro, etc. (lo que definirá al mismo tiempo que Hannah Arendt, en 1961, como «guerra civil mundial»).

Raymond Aron cayó en el mismo prejuicio eurocéntrico de los operaístas al estilo de Tronti, al escribir a Schmitt «que el problema del partisano era el problema de los pueblos pobres» y sin industria, lastrados por el atraso tecnológico y organizacional, podríamos añadir. Un prejuicio que comparte con los marxistas occidentales.

Evocar la guerra partisana no es una simple conmemoración histórica, porque continuará, animada por otros «pueblos pobres» y otras fuerzas políticas, y siempre logrará derrotar a los imperialistas incluso después de la derrota del socialismo.

Nueva distribución del poder en el mercado mundial

Al final de la Guerra Fría, esta potencia revolucionaria se transformó en una potencia productiva neocapitalista, contenida y dirigida por un Estado soberano, cuyo ejemplo más llamativo es China, que pronto se impuso. Tras el fin de la Revolución Cultural, los marxistas «reformistas» convirtieron la inmensa energía de la máquina revolucionaria en trabajo, ciencia y tecnología.

Aunque en forma de «capitalismo de Estado» («socialismo de mercado» en chino), se impuso una inversión geopolítica entre el Norte y el Sur, que se manifiesta también por el fracaso de las guerras coloniales dirigidas por los Estados Unidos (Irak, Libia, Siria, Afganistán, etc.) y por los flujos migratorios hacia el Norte (subjetividades nacidas de las luchas de liberación del colonialismo).

Las revoluciones (violentas o pacíficas, como en la India) han creado un mundo multipolar en el que las antiguas colonias y semicolonias desempeñan un papel central, que Estados Unidos no puede ni quiere aceptar. EE.UU. sigue soñando con ser un Imperio, aunque no tenga la fuerza económica y política, ni externa ni interna (a pesar de un enorme ejército) para imponer su voluntad unilateral.

Al final de la guerra fría ya no tenemos el enfrentamiento entre el socialismo y el capitalismo (la revolución mundial fue derrotada mucho antes de 1989), sino diferentes capitalismos y diferentes soberanías luchando por la hegemonía económica y política sobre el mundo.

Por el contrario, Estados Unidos se cuenta a sí mismo una historia que no se corresponde con el equilibrio real de fuerzas entre los poderes económicos y estatales. El «capitalismo» y el «Estado», enemigos acérrimos de las revoluciones del siglo XX, parecen haber vencido, pero el capitalismo y el Estado no son iguales en todas partes y, sobre todo, no están todos bajo control estadounidense (¡como es el caso de Europa!). Por el contrario, al igual que hace poco más de un siglo, esta victoria del capitalismo sobre el comunismo desata una competencia (¡la «verdadera» competencia, no la del neoliberalismo!) siempre dispuesta a desbordarse en guerra.  A diferencia de la de 1914, puede ser nuclear y alimentar definitivamente la catástrofe ecológica.

Los errores y responsabilidades de los Estados Unidos son inmensos, así como la cobardía, la pusilanimidad y el servilismo de los europeos desde la caída del Muro de Berlín.

Primer «error»: una vez desaparecida la URSS, sólo quedaría una potencia, EEUU, signo del fin de la historia (en realidad lo que es un signo es más bien el fin de la hegemonía americana). Curiosamente, el libro «Imperio» cayó en la misma «ingenuidad» de sus críticos porque las transformaciones de las revoluciones habían consolidado una multiplicidad de fuerzas imposibles de someter al unilateralismo de la hegemonía estadounidense. Al despertar de su sueño, Estados Unidos declarará a China como su principal enemigo y con ella a todos los Estados (Rusia en primer lugar) que no juren lealtad a este Imperio en quiebra.

Segundo error: asociado a la ilusión del Imperio, hay un segundo error que se deriva directamente del primero. Una vez derrotado el comunismo, sólo los terroristas se resisten a la hegemonía estadounidense. Se nombra al terrorismo islamista como el principal enemigo contra el que librar una guerra interminable. En realidad, el terrorismo no fue más que un epifenómeno, alimentado incluso por Estados Unidos y Occidente, del auge de ex colonias y semicolonias que, por lo demás, eran consistentes, sólidas y amenazantes.

Tercer error: el Pentágono y el ejército estadounidense no sólo no entendieron mucho de la situación política, sino que tampoco aprendieron nada de las «guerras partisanas» que habían librado (¡y perdido!), porque siguieron siendo derrotados sistemáticamente por todos los «pueblos pobres» que querían someter a su voluntad. Aunque la guerra de los partisanos del postsocialismo no tuviera la grandeza del proyecto y la organización de la guerra dirigida por los comunistas, fue suficiente para derrotar al más poderoso empresario militar – tecno – político del planeta (a diferencia de la GAFA, verdadera imagen del capitalismo posterior a la Primera Guerra Mundial).

Lo que he llamado eufemísticamente «errores» (en realidad una estrategia suicida para EEUU y homicida para el resto del mundo), han producido, conviene repetirlo, diecisiete guerras desde 1989, millones de muertos, la destrucción de ciudades y países, consumido y malgastado inmensas fortunas y recursos naturales, socavado un Estado de Derecho (Guantánamo) ya suficientemente desacreditado por el racismo que lo constituye.

La economía, arma de destrucción masiva

No obstante, hay otra arma de destrucción masiva en manos del imperialismo estadounidense que será utilizada a escala mundial contra todos los pueblos del planeta: la «economía». Esto es un arma de doble filo, porque creará un caos «económico» que sumará y multiplicará el desorden de la lucha entre los Estados-potencias y sumirá al capitalismo en la guerra y el fascismo.

Llevamos más de cincuenta años pagando los intentos, destinados al fracaso, de frenar el declive del poderío estadounidense. Después de 1945, Estados Unidos representaba la mitad de la producción mundial; a partir de los años 60, este porcentaje no ha dejado de disminuir, y en los años 70 se vio reducido por Alemania y Japón, y en los últimos treinta años por las potencias surgidas de las revoluciones (China, India, etc.).

La «economía» victoriosa del colectivismo no tiene nada que ver con la narrativa ideológica agotada del neoliberalismo (mercado, oferta, demanda, autorregulación, autoemprendimiento, etc.). La primera guerra mundial produjo una hibridación del Estado, de los monopolios, de la guerra, de la sociedad, del trabajo, de la tecnología y de la ciencia que ninguna «gubernamentalidad» (ni la de Foucault y sus amigos, ni la gobernanza de los distintos imperialismos) podrá devolver al «mercado» de la oferta y la demanda. Aquello que llamamos neoliberalismo no producirá competencia, sino el refuerzo de los monopolios y oligopolios (el único monopolio que será demolido es el de los sindicatos, mientras que los monopolios públicos serán sistemáticamente privatizados); no la autorregulación, sino el desarrollo salvaje de todos los desequilibrios posibles; no la democracia, sino un Estado fuerte y autoritario, una democracia compatible con el fascismo; no una nueva «producción» biocognitiva, sino la apropiación, el despojo, el robo, por parte de las finanzas.

Un empresario de Sylicon Valley, Peter Tiel, explica la naturaleza del mantra de esta economía depredadora, la competencia económica: «Pero en el fondo el capitalismo y la competencia son antagónicos. El capitalismo se basa en la acumulación de capital, y en una situación de competencia perfecta, todos los beneficios se anulan. La lección para los empresarios es clara… La competencia es para los perdedores».

Del mismo modo, el equilibrio –otro gran significante de la ideología neoclásica y neoliberal– implica la muerte segura del Capital, de ahí su continua y necesaria reproducción de «diferencias» (de riqueza y miseria, de desigualdades de renta, de patrimonio, de acceso a la salud, a la formación, a la vivienda, etc.).

La declaración de la inconvertibilidad del dólar en oro hace de la moneda un arma formidable que la política de endeudamiento, a partir de 1979, transforma en el mayor programa de captura de la riqueza y de imposición de la privatización y destrucción de las industrias, la agricultura y los servicios sociales que ha conocido la historia del capitalismo.

La estrategia de la economía de mercado (financiarización, globalización/colonización, centralización monopolística) ha producido la forma contemporánea de las guerras coloniales de conquista, empezando por la devastación de África en los años 80, continuando en América Latina, pasando por las sociedades del sudeste asiático a finales del siglo pasado, y llegando finalmente a Europa (Grecia, ejemplo para toda Europa de la imposición de los intereses de los acreedores).

La economía victoriosa ha producido las condiciones para su imposibilidad: enormes beneficios y deudas colosales, riqueza inaudita concentrada en unos pocos individuos y miseria para millones. Estados Unidos representa la mayor concentración de beneficios del saqueo financiero y la mayor deuda del planeta. El capitalismo no podrá salir de la enorme brecha beneficio/deuda si no es a través de la guerra y el fascismo. Nada queda de este «axioma» de la tradición revolucionaria. La depredación del capitalismo financiero para contrarrestar la decadencia de los EE.UU., opera también sobre el proletariado de los países del centro, en particular de los EE.UU., dando lugar a formas más o menos declaradas de guerra civil de baja intensidad. La guerra civil larvada que les corroe no la creó Trump, él simplemente se limitó a nombrarla y consolidarla. Es seguramente el punto más débil de la potencia que quiere ser global. Los cimientos de la mayor potencia del planeta están construidos sobre arena. Este es otro claro signo de su decadencia, de la corrupción de sus instituciones, de la quiebra de su sistema político basado, desde su nacimiento, en la división racista de la sociedad.

La economía victoriosa reveló muy pronto a dónde nos iba a llevar: el llamado «neoliberalismo» estaba pensado para evitar los inconvenientes del liberalismo clásico, es decir, la guerra entre potencias imperiales, la guerra civil, el fascismo, el nazismo y la crisis económica y financiera que la «libre competencia» había producido entre finales del siglo XIX y principios del XX. En realidad, de forma idéntica y diferente, nos encontramos hoy en el mismo impasse catastrófico: crisis económica y política permanente, Estado «fuerte», nuevas formas de fascismo, racismo, nacionalismo, sexismo, y guerras civiles que no han asumido el tono genocida de la crisis del primer liberalismo, sólo porque no hay nada parecido a la revolución soviética, nada parecido a las insurrecciones obreras en el Norte, nada parecido a las guerras de larga duración libradas por los comunistas en el Sur.

Si la economía va mal, la democracia tampoco va bien. La centralización del poder político en el ejecutivo, la marginación del parlamento, el estado de emergencia permanente, son la otra cara de la centralización de la economía. Las dos concentraciones de poder (económico y político) son paralelas, convergentes, y una refuerza a la otra. Separar la economía de la política, es decir, separar la política del Estado de las luchas de clases, sólo puede conducir a la confusión, a la ambigüedad, a la connivencia con fuerzas políticas más que dudosas, de las que hizo gala Giorgio Agamben durante la pandemia.

La guerra de Ucrania supone un paso más hacia el futuro fascista del mundo y, en particular, de la Unión Europea, que frente al «enemigo» ha redescubierto intactos el odio, el racismo y el sexismo de los que ha sido cuna desde el siglo XIX. La guerra ha liberado los impulsos agresivos reprimidos por la experiencia nazi y fascista: Alemania ha decidido acelerar el rearme y Japón abre su territorio a la recepción de misiles nucleares estadounidenses.  

Uno de los fundadores del neoliberalismo resumió la realidad que está tomando forma ante nuestros ojos en el título de un artículo de 1929: «La dictadura dentro de los límites de la democracia».

La economía y la política, en su imposibilidad de salir de sus respectivos impasses, se encomiendan a los remedios de hace un siglo.

Por qué Putin invadió Ucrania

Es en este marco multipolar devastado por las guerras económicas, que Estados Unidos no quiere reconocer (¡si no de palabras!), que estalló la guerra. No puede aceptar un nuevo orden mundial reclamado por China, India, etc. e incluso Rusia, porque no lograría competir con ellos y, en cualquier caso, el capitalismo desenfrenado no permite llegar a un acuerdo y a una regulación. Por el contrario, los estadounidenses, impulsados por la combinación de enormes beneficios y deudas ilimitadas, la obstaculizan de todas las formas imaginables desarrollando el caos como estrategia política.

Los estadounidenses tienen todo el interés en mantener la guerra y el desorden porque sólo en el caos su superioridad militar les garantiza una primacía que su economía ya no asegura.

El enfrentamiento entre la Alianza Atlántica y Rusia es un caso de libro de texto de esta estrategia. Dejaré que los embajadores y los militares tomen la palabra para exponer la escalada del conflicto en los treinta años transcurridos desde la caída de la URSS. Un embajador italiano que ha leído los documentos diplomáticos «secretos» (hasta hace poco) de la época del colapso de la URSS, escribe: «De los documentos estadounidenses, alemanes, ingleses y franceses desclasificados se desprende que los dirigentes del Kremlin habían recibido una serie de garantías de Occidente (Francois Mitterrand, Giulio Andreotti, Margaret Thatcher y Helmut Kohl): la OTAN no se movería ni un centímetro hacia el Este, por utilizar la fórmula de James Baker, Secretario de Estado de EE.UU. en aquella época. Baker dijo que no tenía ninguna intención de poner en peligro los intereses soviéticos y confirmó no una, sino tres veces, que la Alianza Atlántica no se movería… Esto es lo que se les dijo a Gorbaciov y Shevardnadze, y cuando el Ministro de Defensa ruso, el mariscal Jazon, preguntó al sucesor de Thatcher, John Major, si creía que algunos países europeos podrían haberse unido a la OTAN, se le dijo que nada de eso podría haber ocurrido.

En 2003, una elección catastrófica, la segunda Guerra del Golfo con sus miles de muerte para vengar al «principal enemigo» de Estados Unidos, condujo a una segunda elección igualmente problemática. Ninguno de los países del Norte quería involucrarse en esta aventura desesperada en Irak. Sólo algunos países del antiguo Pacto de Varsovia enviaron tropas. Estados Unidos, como recompensa por su participación en la Operación Tormenta del Desierto, los incorporó inmediatamente a la OTAN.

En 2007, Putin exigió un nuevo orden mundial. Para él, esto significaba seguramente la posibilidad de llevar a cabo libremente su política interna (aplastamiento de las minorías –véase la destrucción de Chechenia–, desmantelamiento de la oposición, control de los medios de comunicación, reparto del poder y la riqueza entre las oligarquías, eliminación física de los opositores, etc.), pero también un reconocimiento de las nuevas relaciones de fuerzas por parte de los Estados Unidos.

Los rusos sólo se alarmaron realmente cuando en 2008 la OTAN quiso incorporar a Georgia y Ucrania a la alianza atlántica. 2008 fue también el año de otra catástrofe, de nuevo originada en Estados Unidos, que provocó el pánico en todo el mundo y llevó a una intensificación de las tensiones entre las potencias: la crisis financiera más importante desde 1929. La economía que había triunfado sobre el comunismo añadió caos al caos, desorden al desorden.

En 2014 la OTAN (los americanos) y la UE favorecieron y reconocieron el golpe de Estado en Ucrania con el único objetivo de continuar la expansión hacia el este, militarizando la zona (desde entonces han estado armando a Ucrania). Estados Unidos es especialista en golpes de Estado. Entre 1947 y 1989 organizó, directa o indirectamente, setenta de ellos, los más importantes de los cuales fueron probablemente los que afectaron a América Latina. Ahora están experimentando con nuevos tipos de golpes, como el que se dio contra el PT en Brasil, que abrió las puertas a Bolsonaro, organizado principalmente, y de forma notable, por el Ministerio de Justicia.

En las redes sociales italianas, se han resumido unas observaciones muy significativas emitidas en televisión (RaiNews) por un militar italiano sobre la estrategia de la OTAN. Leonardo Tricario, ex jefe de las fuerzas aéreas italianas y de las fuerzas en la guerra de Kosovo, al tiempo que invoca un juicio a Putin por crímenes de guerra, mantiene una lucidez de la que carecen nuestros medios y políticos:

  • El Secretario General de la OTAN «habla demasiado» y sin consultar a los aliados.
  • La OTAN representa y se identifica con el punto de vista de Estados Unidos.
  • La OTAN no escucha a Italia, más interesada en la vertiente mediterránea, y está sumida en una histeria anti-Rusa y obsesionada con la ampliación hacia el Este.
  • Estados Unidos ha optado por plegarse a todas las exigencias de los Estados bálticos, ferozmente anti-Rusos.
  • La OTAN prometió a Ucrania el ingreso en su organización, con la promesa de una protección que no podía garantizar.

«Hemos echado gasolina al fuego, vamos a limpiar los daños».

Putin reaccionó según la lógica de la «locura» (pero no es el único «loco» en esta historia) que rige las relaciones estratégicas entre potencias. La muerte de civiles es la menor de sus preocupaciones y el riesgo de una escalada incontrolada está muy presente. «Sleepy Joe», entre siesta y siesta, habla de la Tercera Guerra Mundial, Putin pone en alerta a los militares encargados de las armas nucleares y los representantes de la OTAN hablan de la posibilidad de un enfrentamiento con estas armas, como si no hubiera pasado nada. Haría falta otro Kubrick para dar vida a este delirio. ¡Con una angustia adicional, porque los actores contemporáneos de este drama son seguramente más peligrosos!

Sólo se puede estar con los inocentes que mueren en Ucrania bajo los bombardeos, atrapados entre dos cinismos que juegan sucio y a lo grande para determinar el futuro funcionamiento del mercado mundial. Los rusos no quieren ceder a la voluntad hegemónica norteamericana que se manifiesta con la instalación de misiles nucleares en Rumanía, Polonia y (por venir) en Ucrania, mientras que la estrategia norteamericana del caos es bastante «racional»: aislar a Rusia (para aislar después a China) y romper así la Alianza en gestación entre las dos potencias excomunistas, reagrupar a los europeos detrás de EEUU que, a través de la OTAN, sigue dictando su «política exterior y económica», y recuperarse tras el enésimo hundimiento en Afganistán

En contra de la creencia popular, el enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia, que es el trasfondo de esta guerra, no es entre democracia y autocracia, sino entre oligarquías económicas que se parecen en muchos aspectos, especialmente en el hecho de que son oligarquías rentistas.

«Es más realista pensar en la política económica y exterior de Estados Unidos en términos del complejo militar-industrial, el complejo petrolero y gasístico (y minero), y el complejo bancario e inmobiliario, que en términos de política republicana y demócrata. Los principales senadores y representantes del Congreso no representan a sus Estados y distritos, sino a los intereses económicos y financieros de los principales contribuyentes a sus campañas políticas» (Michael Hudson). De estos tres monopolios rentistas, el militar-industrial y el petrolero/gasífero, contribuyeron en gran medida a la estrategia que condujo a la guerra. El primero es el principal proveedor de la OTAN, el segundo quiere sustituir a Rusia como principal suministrador de gas a Europa y, eventualmente, apropiarse de Gazprom.

Lenin, guerra y revolución

No es necesario hacer propuestas para una posible resolución del conflicto (evitar que Ucrania sea presa del Este o del Oeste, darle un estatus similar al de Finlandia, etc.). No nos interesa, aunque pudiéramos, entrar en este juego estratégico y de todos modos nuestro problema es otro: encontrar una posición política en un marco monstruoso que viene desde hace años y que no hemos tenido el valor de mirar a los ojos. Porque la guerra en Ucrania corre el riesgo de convertir la guerra y las guerras de clase, raza y sexo en el día a día de los próximos años.

La posición más clara en relación con la guerra sigue siendo la socialista revolucionaria citada al principio frente a la primera guerra mundial (la reversibilidad de la producción y la destrucción, el trabajo y la destrucción de la «naturaleza», la sociedad y la movilización general que la caracterizaron sigue siendo la matriz de nuestra actualidad).

La situación es muy parecida a la que vivieron los bolcheviques en 1914: guerra entre fuerzas económico-políticas por el reparto del poder y la riqueza del mundo (Lenin dijo entonces, ¡por el reparto de los esclavos!), gestionada por locos criminales sedientos dispuestos a todo (hoy Biden y Putin) y un estado de oposición muy débil y desorganizado por la traición de los partidos socialdemócratas (hoy la oposición es incluso inexistente).

Los partidos socialistas, habiendo votado los créditos de guerra, se vincularon a los diferentes Estados, determinando así la imposibilidad, para siempre, de la revolución en Occidente y el inicio de la integración del movimiento obrero en la máquina Estado-Capital. Entonces, lo primero que hay que evitar es reproducir el comportamiento de los socialistas de la época, es decir, tomar partido por una de las potencias, integrarse en la lógica de uno de los Estados Nación en guerra y hacer suyos los intereses de nuestros enemigos, porque tanto Biden como Putin son «enemigos del proletariado».

Lenin, desde el principio de la «gran guerra», había lanzado la consigna que finalmente le dará la victoria: transformar la guerra imperialista en una guerra revolucionaria e invitó a los soldados a no apuntar a los otros proletarios que el Estado había designado como enemigo, sino a dirigir las armas contra sus propios oficiales, sus propios capitalistas y su propio Estado.

La situación ha cambiado profundamente, pero la posición de los revolucionarios de la primera mitad del siglo XX sigue manteniendo algunas verdades que hay que actualizar: inventar un nuevo punto de vista internacionalista que pueda circular entre el proletariado de «todos los países», aunque no tengamos la posibilidad de volver el fusil contra la máquina de guerra. No hay otra alternativa que derrocar al imperialismo, destituir a los locos que lo comandan, construir organizaciones políticas y autónomas.

Lo que debería asombrar no es la aparente irrealidad de estas consignas hoy en día, sino el hecho de que el pensamiento crítico de los últimos cincuenta años haya evitado cuidadosamente enfrentarse a la «guerra» y a la «revolución».

Fue este asombro el que en 2016 nos llevó a Eric Alliez y a mí a publicar «Guerras y capital» y sigue siendo el mismo asombro ante la irresponsabilidad del pensamiento político contemporáneo el que está en el origen de mi último libro sobre la revolución («¿Te acuerdas de la revolución?», Eterna Cadencia, 2022).

Las guerras y las revoluciones, a pesar de la negación de que son objeto en el pensamiento crítico, siguen determinando el principio y el final de las grandes secuencias políticas. La guerra forma parte de la maquinaria del Estado-Capital tanto como la producción, el trabajo, el racismo y el sexismo. Desde la Primera Guerra Mundial, todos estos elementos están indisolublemente integrados y funcionan juntos como un todo. Y al igual que hace un siglo, conducirán a situaciones comparables a las que estamos viviendo ahora.

El marxismo de la primera mitad del siglo XX, el que organizó y practicó la «guerra partisana», todavía tiene cosas que transmitir, aunque gran parte de sus conceptos y consignas hayan quedado desfasados y resulten impracticables en la actualidad. Su pensamiento estratégico para oponerse a la guerra y al capitalismo (que todas las teorías que hemos elaborado para sustituirlo son incapaces de proponer) ha sido completamente ignorado mientras que puede constituir una orientación del pensamiento y de la acción si tenemos la capacidad de recalificarlo en relación con los tiempos.

El postestructuralismo, la deconstrucción, la biopolítica, el spinozismo, el pensamiento ecológico, las teorías feministas, la micropolítica y la microfísica del poder, etc., es decir, todo el esfuerzo que, a partir de los años 60, se produjo para intentar construir una alternativa a la lucha de clases marxista (¡sin encontrarla!), todo este esfuerzo, si no se articula a un pensamiento estratégico de la guerra y la revolución, corre el riesgo de ser impotente, porque las guerras y las revoluciones son siempre y todavía, por desgracia, las salidas «naturales» de la acción del capitalismo y sus Estados.

Sin la reinvención de un pensamiento estratégico a la altura de la maquinaria del Estado-Capital contemporáneo, las alternativas son oscuras: la destrucción instantánea por una guerra nuclear (incluso una guerra convencional puede ser más que suficiente –en 2021 los Estados gastaron algo más de 2 billones en armamento, la mitad de ellos por parte de EE.UU. y la UE, muy por detrás de China y Rusia y, en los últimos veinte años, ¡el gasto en armamento se ha duplicado! ); la destrucción diluida en el tiempo por el calentamiento global; las implosiones de las clases en pugna como había previsto Marx en el Manifiesto Comunista. A falta de un pensamiento alternativo capaz de articular con realismo, repito, guerra y revolución, en las nuevas condiciones de acción del capitalismo, de los Estados y de los movimientos políticos contemporáneos, esto es lo que nos espera.


Artículo en francés elaborado por el autor para Revista Disenso.

Imagen de portada: miembros del servicio ruso junto a vehículos de combate de infantería BMP-3 durante ejercicios militares en la región de Rostov, Rusia, el 10 de diciembre de 2021. REUTERS, Sergey Pivovarov.

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