Dasten Julian, Estallido social y pandemia: síntomas globales

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Vivimos en una sociedad precaria y precarizada. La misma idea de sociedad es precaria. Una sociedad precaria instituye, norma, reproduce, segmenta, clasifica e induce la precariedad como una condición estructural para su delimitación y gobierno. El estallido es una rebelión social y popular. Una rebelión que es producto del escenario de precarización social y de la vida, el cual emergió como un importante proceso de acumulación, aprendizaje, comunicación, diversificación y fortalecimiento de experiencias centradas en una cultura de los derechos sociales, humanos, comunes y vitales.

El estallido tuvo y tiene resonancias globales, nacionales y locales. Hay escalas geográficas diversas, poblaciones y actores que se inscriben de forma situada a estos hitos sociales e históricos. Mujeres, migrantes, jóvenes, pueblos originarios, niños, presxs, trabjadorxs, trans, etc., introducen un cano de subversiones que visibilizan un crisol de violencias enlazadas e imbricadas. Ha sido una polifonía sincrónica en movimiento junto con identificaciones que emergen desde la crisis neoliberal. Es el magma social frente a un capitalismo caníbal y antropófago.

En la rebelión de octubre emergieron sujetos expulsados e invisibilizados, empujados a los márgenes de la vida en sociedad. A esto se acompaña una crisis y agotamiento del sistema político, y la convergencia madura de un instinto político de movilización y acción directa (no digo sólo barricadas, sino todos los repertorios desplegados) de viejos y nuevos actores sociales que no encuentran participación, representación y reconocimiento en el sistema político tradicional. Hay desconfianza, crisis del control y de sus aparatos (militares, judiciales, etc.).

Es un mundo distópico para los Hayek y Friedmann. Hasta el día de hoy, la libertad de las personas pide acabar con el individualismo, y se comienza a tejer la idea de una sociedad solidaria. Un concepto de sociedad que había sido aplastado militar y cívicamente, parece ser lo que los y las sociólogas debiésemos observar como un eje central en nuestro presente histórico en la constitución de un nuevo campo, más allá de la sociología del individuo, la individualización y la individuación.

Otro eje a considerar es la base tecnológica que se instala hoy como condición de posibilidad de gobierno. Las pantallas se vuelven en ejercicios vitales para la información, la comunicación, la disciplina/ley logística, vigilancia y el aprovisionamiento. El uso de los datos, las plataformas, los espacios virtuales y la conectividad 24/7 son regímenes de vida que empiezan a modelar su propio maquinismo y agenciamiento con la realidad. Son equipamientos vitales para entender la crisis y a la vez para comprender y forjar sus salidas. El virus no es una creación de laboratorio, eso ya ha se encuentra establecido por diversas investigaciones científicas, pero si ha dado forma a un laboratorio de experimentación de prácticas de gobierno ¿Hasta dónde puedes presionar la vida en sociedad con el imperativo debe sostener la economía capitalista en funcionamiento?

Allí es donde lo doméstico, lo cotidiano se ve rebalsado, desbordado, los límites se redibujan y todo es para de un nuevo campo de comportamientos sujetos a la conectividad. Los cuidados, los afectos, las emociones, el encierro cerca y comporta una clave para la sujeción de estos espacios y prácticas. Como efecto espejo, emerge una revalorización del cuidado, del tiempo libre, del hogar, de prácticas antes subordinadas por las jornadas de trabajo, por el tiempo público, por la vida-afuera. Renace el ocio, el sujeto-doméstico, pero con las serias marcas de la sociedad precaria: hacinamientos, violencia intrafamiliar, etc. Las clases sociales al decir de Bourdieu, también experimentan esto de diversas formas, y sus comportamientos privados se hacen más públicos: casamientos de opulencia, viajes en helicópteros y choques en autos de lujo, son yuxtapuestos a detenciones violentas a quienes infringen la norma de la ciudad sitiada, hacinada y empobrecida.

El comportamiento frente a los efectos de poder de las políticas es toda una dimensión abierta para el pensamiento y la actividad sociológica. Imagínense que el gobierno celebra un bono de 65 mil pesos al 60% de los hogares más vulnerables como un hito político, mientras aún no se dicta una banda de precios y vemos que los supermercados aumentan los precios en alimentos y bienes de primera necesidad. La solución: seguir trabajando, ¿cómo? Exponiéndose al contagio y eventualmente contagiándose. Es un problema civilizatorio el que se presenta para una sociedad que se ha pensado desde el crecimiento y no desde la promoción de políticas distributivas.

Otro eje es el Estado. El gobierno conoce este escenario, y ha promovido una política de shock solo limitada por las mismas contradicciones en su propia coalición sobre las magnitudes y radicalidad del golpe. Hay bloques y fracciones de clase en la composición del gobierno, y esto puede ser observado en las propuestas, proyectos, discursos enunciados. En el empleo es brutal y obsceno. La pandemia radicaliza la precariedades vividas y padecidas en una sociedad capitalista neoliberal y dinamizan las formas del ejercicio disciplinar/control. Realzan y reviven su programa de gobierno a través del congreso (teletrabajo), y dinamizan los medios de expoliación (el seguro de cesantía), mientras subvencionan al sistema bancario.

En este plano, el ejercicio de Sebastián Piñera de sentarse en la plaza de la dignidad es la representación gráfica de la obsecenidad, y sólo es posible de acompañar con el indulto a los violadores de derechos humanos en Puntapeuco. De la misma forma se han detenido todos los procesos de violación de derechos humanos durante el estallido. Las mutilaciones, heridas, abusos sexuales, torturas, disparos y detenciones ilegales han quedado clausuradas por un nuevo halo de impunidad. La pandemia recrudece las posibilidades de gobierno total y autoritario, y sienta un nuevo sentido de actualización de la indefensión mientras militares recorren las ciudades, carreteras y poblados con armas de guerra.

Por otra parte, ha habido una interesante controversia en el sentido latouriano en el “manejo de la pandemia”. El enfrentamiento de una sociedad de la información o tecno-políticamente activa en redes sociales, frente al liberalismo de las medidas centradas en la movilidad de las personas y mercancías, ha enfrentado a las ciencias y el gobierno. Es interesante como en esta controversia la epidemiología y otras ciencias de la salud se enfrentan desde el saber poder, desde la biopolítica y la gestión del riesgo. La idea de la hibernación, el maquinismo económico que se enfrenta a la vida queda expuesto como en una luxación del modelo de acumulación de capital. La pandemia abre todo, las cárceles, el gobierno empresarial, la migración, el trabajo de la tercera edad, las pensiones, el sistema de salud, la informalidad, es decir, la sociedad precaria en su multidimensionalidad.

También debemos considerar las escalas geográficas de la pandemia y los equipamientos capitalísticos. Es importante recordar que en Chile hay una segmentación espacial, una lógica extractiva y que esta sigue funcionando. Es importante relevar la ruralidad y la idea de comunidades cerradas, comunas con gobierno propio en la gestión de crisis. En La Araucanía tuvimos una semana donde no hubo autoridades de gobierno, y en donde se intervino desde interior y defensa para instalar el orden. En La Araucanía hay ejercicios de autonomías limitadas, pero ejercidas de hecho. Creo que es muy importante reconocer el ejercicio de los gobiernos locales, así como las experiencias del pueblo mapuche que vienen contraponiendo su margen de acción territorial al gobierno central. Ahí también hay un nodo que de seguro será central para entender lo que devendrá de la pandemia y de la crisis general, especialmente cuando los asesinatos a líderes del pueblo mapuche no se detienen, y tal como las industrias extractivas, las policiales siguen funcionando en impunidad.

Finalmente, propondría un eje ecológico. Esto no puede ser entendido en términos de una codificación de problemas clásico-tradicionales, con teorías convencionales. No. Estamos en una época histórica que exige una nueva imaginación sociológica, que sólo es posible en el ejercicio público, comunitario y de la acción social. Es una praxis relocalizada en una crisis ecológica que no queda en stand by, sino que es el escenario distópico para el especismo antropo y androcéntrico que ha acompañado y ha dado forma a la definición moderna de sociedad.

Este diagnóstico hace décadas dejó de ser entendido como una incitación a un hipermodernismo o postmodernismo que devenga en múltiples arreglos retórico-semánticos, sino que más bien constituye un ejercicio de “ubicarse”, situarse y elaborar preguntas que emerjan desde nuestros contextos. Este no es un ejercicio original de este momento pandémico, sino que más bien es un ejercicio histórico que han realizado las sociedades desde su formación. Es la base de una inteligencia social activa y reflexiva. Allí es donde podemos pensar la violencia contra las hortaliceras, la persecución y represión al pueblo mapuche, etc., como bases económicas solidarias de un desarrollo soterrado y hoy con grandes posibilidades y necesidades de expansión.

En este contexto, y lo interesante es pensar qué queda, qué se abre, que viene, qué queda clausurado, o en que muta la sociedad tensionada por la exposición de sus propias precariedades. Algunas de las preguntas que se hace la sociología son ¿Fortalecerá esta pandemia el gobierno de las empresas multinacionales? ¿vendrá una crisis económica brutal tras este proceso? ¿qué pasará en la geopolítica del capitalismo global? ¿Qué pasará con la nueva constitución? ¿Cuáles son las políticas que se auspician a la pandemia? ¿Se redefinen los roles de género y la economía de cuidados? ¿Hay un nuevo espacio privado luego del encierro? ¿Qué pasará con el modelo de desarrollo?

Esta lluvia de preguntas son algunas de las interrogantes que empapan hoy las reflexiones societarias. Si bien se habla de crisis civilizatorias, hablamos de una forma de vivir la vida y de proyectar el futuro de nuestras sociedades. Un presente caótico de negligencias y precariedades nos interroga por un futuro en ciernes. En esta velocidad se circunscribe este tiempo histórico, y exige pensar la sociedad, sus precariedades y la vida como una nueva posibilidad política de transformación social, cultural, tecnológica y ecológica.


Imagen: intervención Barrio Lastarria, Revuelta de Octubre 2020, Santiago, Chile.