Pedro Pennycook, ¿Qué nos dice la farmacopea de Labatut?

Sobre “El azul de Prusia”, de Benjamín Labatut

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Hay aquí algunas preguntas que nos ayudan a contar la historia de la literatura latinoamericana después de Borges: ¿qué sucede cuando elevamos las cosas a la dignidad narrativa de protagonistas? ¿Qué sucede cuando la relación entre sujetos y objetos se invierte, deformando la condición psicológica de la persona al estatus de seres actuados? ¿Quién narra y qué se narra, cuando ya no trabajamos bajo el primado de la intersubjetividad comunicativa entre personalidades cohesivas, y pasamos a dar voz a aquello que en la modernidad fue degradado a la condición subalterna de objeto técnico?

No sería difícil insertar a Labatut entre los miembros de esa tradición heredera de Borges, cuya última gran figura había sido encontrada hasta entonces en Bolaño. Estas son las preguntas de las que él también parte. Cuando foliamos un libro como Un verdor terrible, pronto se hace presente el expediente metalingüístico que ha asombrado al bibliotecario argentino: están allí las “enciclopedias mágicas”, llenando estantes de bibliotecas ficticias sobre biografías reales, pero también el contenido limítrofe con el cual aquello que todavía insistimos llamar realidad se mezcla con el campo literario. Rellenar las fronteras entre literatura y realidad, una obsesión que también ha infectado a Bolaño, tal vez sea la clave más obvia para empezar a explorar la obra de Labatut.

Sería tentador resumir al nieto de este peculiar linaje de expatriados: Labatut, al igual que Bolaño y Borges, pasó su vida entre América Latina y Europa, derramado entre lenguas de modo que ninguna de ellas pueda jamás asumir su legítima maternidad. No sería difícil de explicar tamaño depaysement lingüístico y cultural para la problematización formal que ligaría esta tradición: se encontraría detrás del constante recurso metaliterario, pero sin caer en el formalismo; estaría detrás del diálogo, a veces casi mudo, con las figuras de la literatura mundial, pero sin caer en la predicación para iniciados. Estaría, pues, en el centro de lo que significa elevar la escritura a un ejercicio de crítica inmanente, es decir, hacer literatura como ejercicio de problematizar la definición misma del objeto literario.

Sería tentador terminar así, pero sería equívoco. Si permanecen presentes allí la obsesión por las brechas y fisuras por las que la ficción capta personajes reales para su propio régimen de realidad –y es difícil no oír los ecos de un cierto otro obsesionado por la barbarie nazi en la elección del período que asombra la obra de Labatut–, su gesto actualiza el “virus borgeano” de otra manera que la de Bolaño: el coraje no sólo para descentrar su narrativa, sino para abandonar la propia estructura psicológica de lo que significa ser protagonista.

Tal novedad resulta evidente sobre todo en el ensayo que apertura la obra: “El azul de Prusia”. Allí, todo pasa como si los verdaderos protagonistas no fueran los científicos que figuran en el relato, sino sus producciones. Incluso cuando las escenas encadenan desbordes dramáticos, son los dispositivos los que roban el papel de guía de la historia. Scheele, Turing, Haber: todos ellos son absorbidos por la misma constelación de personajes secundarios en que figura Göring, general nazi con el que Labatut abre el libro. La aproximación tampoco debe ser vista como una casualidad: científicos, escritores, pintores, nazis, todos parecen componer el paisaje pasivo por el cual se intensifica la problemática formal de la narrativa, y por la cual atraviesa su fuerza de hibridización entre objeto y sujetos. Son las moléculas, estos híbridos entre naturaleza y política, pervirtiendo la separación entre representantes de la civilización o de la barbarie, las que verdaderamente asumen el papel de “sujetos” del ensayo.

Forzando el progreso científico a mostrarse como segunda cara de la barbarie, contra la cual paradójicamente se habría erigido como barrera, Labatut nuevamente opera de forma similar a Bolaño. Como el autor nos recuerda más adelante: “Los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones”. Se trata así de insistir en la impotencia de la razón para cumplir sus promesas emancipatorias, cuyo carácter trágico se destaca en la participación de Haber, judío asimilado que acaba contribuyendo, aunque por vías indirectas, a lo que se convertiría en la máquina de guerra nazi.

Al dislocar la “centralidad”, o la incertidumbre en que vacila hacia las tecnologías, Labatut al mismo tiempo acaba invirtiendo y reforzando el gesto metadiscursivo de sus predecesores: las enciclopedias de literatura dan lugar ahora a las farmacopeas, en torno a las cuales todos comenzamos a girar. No es difícil ver cómo cianuro, arsénico, Zynklons A y B se conjugan para hacer más que una simple enumeración de venenos: ellos se tornan en las manos de Labatut en la objetivación más concreta de lo que podríamos llamar las victorias de la civilización. Contar la historia de la violencia a partir de este triunfo de la razón, viene a ser como un intento de desacreditar su supuesta neutralidad, cuando no su predisposición a acercarnos a la paz y guiar el tan soñado progreso técnico. Sería cosa de ver cómo hay más de la verdadera historia de Occidente en esta genealogía farmacopea que en las biografías de aquellos que la produjeron.

Sin embargo, asumidas como protagonistas, las tecnologías muestran cómo su aparente ambivalencia guarda algo de un gen denegado de su violencia constitutiva: “como si hubiera algo en la estructura química del color que invocara la violencia”, Labatut fuerza nuestra imaginación estética a especular un mundo en el que los dualismos rígidos en los que se había fundado la sociedad moderna, como la esperada dominación de la naturaleza por su separación de la razón, se muestran desde el principio radicalmente entremezclados.

“Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial”, relata un narrador indeciso entre el doble, pero simultáneo, destino de la hibridación. Nos recuerda aquí que nuestra naturaleza es política, pues la política ya determina los campos de experiencia de lo que puede aparecer como natural. Determinar lo que hoy aparece como naturalmente dado, o supuestamente neutro: he aquí la eficacia de la política vía farmacopea.

Si la ciencia puede ser una forma de hacer política por otros medios, la farmacopea de Labatut nos muestra cómo toda forma de vida puede ser leída desde las tecnologías que se utilizan para fabricar los cuerpos que la habitan. Porque este no es un libro sobre científicos, sino sobre objetos científicos: es más oda al monstruo que a Frankenstein. Ya no sería suficiente internalizar en la literatura las contradicciones de las que la razón no puede prevenirnos; sería preciso mostrar cómo la ciencia se convierte, también ella, en el género literario por el cual los verdaderos personajes de nuestra barbarie han sido creados.

La enciclopedia fantástica del siglo XXI ha encontrado su género, y su composición recuerda más la exactitud comunicativa de las tablas periódicas que las confusiones literarias en algún rincón de Babel.

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