Nicolás González, Cómo pensar juntxs. Dos conferencias punk de Isabelle Stengers

Reseña al libro "Cómo pensar juntos. Dos conferencias sobre ciencia, política y desastre" de Isabelle Stengers. Editorial Saposcat.

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“How does it feel to have won the war that nobody wants?”

En un pequeño librito que publicó la editorial Saposcat, y cuyo título es «Cómo pensar juntos», se rescatan dos conferencias dadas por Isabelle Stengers que, como bien dice el subtítulo, abordan la cuestión por cómo elaborarnos herramientas, saberes y nociones que reactualicen nuestras relaciones en torno a la ciencia y la política, en una época de desastres o, como nombra la propia Isabelle, de barbaries. Cómo pensar juntxs el capitalismo en su momento actual ya no solamente en torno a la explotación, sino también en su reverso ofensivo y afirmativo: a saber, el cómo hacemos todxs juntxs para reavivar aquello que nos vuelve capaces de pensar los problemas que nos conciernen. Pero no tan rápido, nos dice Isabelle, puesto que ese todxs juntxs es uno “extraño, heteróclito, que reuna a gente que viene por una multiplicidad de razonamientos. (…) Cada uno viene con sus razones y sabe que encontrará a otros con sus propias razones. Es lo que Félix Guattari hubiera llamado una heterogénesis. Algo que se produce gracias a la heterogeneidad de aquello que lo compone”.

Uno de los nudos centrales en la primera conferencia -que se titula ¿Es posible desacelerar?- Isabelle gira en torno a la cuestión de la ciencia como institución y el papel que atañe a los científicos en su relación al mundo. De frente y sin titubeos, Isabelle los interpela: “quiero aprender a hablarle a los científicos para que dejen de alimentar la nostalgia del tiempo en que estuvieron protegidos, pero decirlo también de un modo que pueda interesar y activar creaciones con los activistas que ven a la ciencia como su enemiga, y no sin razones. Es esto, tal vez, un ejemplo del plano en el que las razones que se reconocen como divergentes puedan entrar en comunicación”. Pero seamos justxs, Isabelle se refiere a un momento específico en la historia de la ciencia, donde esta aparece asimilada a la figura de la movilización por intereses privados: “la figura de esta ciencia movilizada [por la economía del conocimiento y el neomanagement, por el mundo privado y sus propiedades], que rechaza cualquier pregunta que pueda desacelerar a partir de las consecuencias que produce, es la del sonámbulo. (…) El científico así movilizado es un sonámbulo en el sentido de la imagen usual del sonámbulo, arriba de los techos, caminando sin dejarse detener por el vértigo, porque no se da cuenta dónde está ni de los riesgos que corre, es insensible a todo eso”. Cuestionar, detenernos, atender: ralentizar.

Para Stengers, ralentizar en ciencia “es poner en cuestión esta fábrica de estudiantes e investigadores y su disciplina, en el sentido casi religioso de resistir la tentación que podría desviarlos e interesarlos por el mundo y ya no solo por el avance de sus conocimientos”. Y también cuestionar la añoranza por cierta autonomía de una ciencia protegida por fronteras que la dejaban trabajar tranquila, “porque justamente es una forma de movilización”. En relación a los organismos genéticamente modificados (OGM), el complejo industrial científico los propuso como una “solución final” en la guerra contra el hambre en el mundo. Más allá de lo horrorozas que han tendido a ser todas las soluciones finales -sobretodo si nos preguntamos quiénes y cómo padecen el hambre-, ésta movilización de la ciencia a partir de un problema específico y trascendente se presenta como la versión incuestionable y “por fin racional -ironiza Stengers- y que cualquier ser humano de buena voluntad tendrá que aceptar y reconocer”. Independientemente de las patentes, privatizaciones, experimentos y desarrollos que puedan significar los avances logrados con los OGM, y que no se reducen solamente a las semillas: microbios, plantas y animales, en definitiva la vida misma, han sido aprovechados para la producción industrial a través de técnicas de ingeniería genética. Es indudable para Isabelle que poder decir “que los OGM de laboratorio están ligados a resultados más o menos fiables, y que tienen el poder de poner de acuerdo a los científicos”, significa que dicha fiabilidad entregada por el complejo industrial científico, cuando va al mundo desaparece: pierde toda confianza y acuerdo posibles, puesto que “la institución [científica] en tanto tal está altamente comprometida en lo que nos está sucediendo. Y, por otro lado, creo que está en proceso de ser destruida. El oficio de científico, además de muchísimos otros, se encuentra bajo ataque”. Un ataque que no es otro que la guerra del capital en su delirio de acumulación desbocada y sin límites. O, mejor, con límites que se corren cada vez más rápido, haciendo delirar al mundo entero.

Y bien, ¿es posible desacelerar?. Isabelle se/nos pregunta cuál sería la relación posible y más precisa entre reapropiarse y desacelerar o ralentizar. Entendiendo, claro, que experimentar una ralentización -en diversas situaciones donde ninguna solución final pareciera ser pertinente- requiere de la coproducción de un plano donde sea posible que se encuentren las razones divergentes: una reapropiación activa y directa, donde los saberes que se encuentran reconozcan una co-habitabilidad fundamental, y logren alcanzar un pensamiento en multiplicidad, un modo del saber plural y de forma conectada: “decir que la ciencia o la racionalidad es nuestro enemigo significa debilitar algo que necesitamos. A saber, científicos que sepan escuchar las razones de otros y sentirse obligados a pensar con otras razones, es decir, fabricar con los otros sabiendo que se está contribuyendo la aproximación racional a la pregunta por cómo vivimos, habitamos, pensamos en común”. ¿Cómo crear, entonces, un plano de comunicabilidad donde conectar nuestras razones divergentes?, es una pregunta que atraviesa todo el libro. A condición, por supuesto, de que cada situación particular que habitan las diversas razones pueda, para componer dicha espacialidad, ralentizar-se: “lo que se requiere es que ninguna razón se identifique a un interés general, y que cada razón sea capaz de sostenerse sin esa identidad general que permitiría definir una situación en términos de algo trascendental”.

La espacialidad en donde logren converger las divergencias, el plano entonces, sólo será habilitado si logramos ralentizar a la vez que nos desidentificamos con algún interés trascendental -Ciencia, Propiedad, Capital, Innovación, Futuro, etc- en manos del complejo industrial científico privatizado; donde la autonomía de dicho plano esté siempre en un devenir-con, donde los saberes convocados atiendan a que no pueden responder -a la situación de catástrofe actual- por sí solos: “entonces cada uno escucha y es escuchado por los otros, en tanto dice un fragmento del mundo, hasta que ocurre este proceso de composición por medio de una disminución de la velocidad: paramos y pensamos, y se produce un acuerdo sobre cómo la situación puede ser comprendida”. Paramos y pensamos y constatamos una fragilización radical de los sentidos que nos sostenían hasta este momento. Y nos volvemos capaces, precisamente por esa fragilidad, de crear algo nuevo, algo distinto, más adecuado y atento a las fuerzas en acto: “ralentizar entonces, podríamos decir, es darse el tiempo de volver a crear lo que no ha dejado de ser destruido entre nosotros”, y que Isabelle nombra como “las relaciones civilizadas” frente a todas las barbaries que cada quien enfrenta. “Y evidentemente, el homo economicus es sinónimo de relaciones no civilizadas, en las que cada uno persigue su propio interés sin la menor preocupación por las consecuencias que eso pueda para los otros”. Enfrentar, entonces, aquellos logros que aseguran el avance ya no de los científicos en sí, sino de aquellos avances desde el punto de vista del capital y del complejo industrial científico, “vale decir, el conocimiento puesto bajo la égida de la propiedad privada”. Recordemos brevemente aquí, que los enclosure que limitaban el acceso a la leña caída para los campesinos, y que Marx denunciaba como condición para una acumulación originaria, no solamente significaron la acumulación de una materia por parte de unos a la cual otros no tendrían más acceso. Y es que la destrucción de las relaciones de solidaridad, de acceso a un bien común y a cierta co-habitabilidad, son también parte central de las consecuencias de dicha acumulación originaria. Puesto que cada quien tendría desde allí que ¡arreglárselas como pueda! El enclosure es también, entonces, el cercamiento en una condición de aislamiento de los individuos, una destrucción de las relaciones de solidaridad y co-habitabilidad, y de acceso al uso y elaboración de un bien común, de un conocimiento, de una forma del saber en común. Y es que, como dice Isabelle en la segunda conferencia -titulada La brújula de la vergüenza-, “hemos sido separados de las capacidades de crearnos vidas dignas de ser vividas, en las que se entretejen vínculos de solidaridad, interdependencia y cooperación de unos con otros. Es lo que ocurre desde la escuela, que considera que la ayuda mutua es hacer trampa; selecciona a los buenos y da por sentado que los que fracasaron no merecían el éxito. El mérito”.

“No hallelujahs and no kingdom comes/ So you will not catch me staring at the sun”

Pero no todo puede ser reducido a una mera apelación a aquella supuesta buena voluntad que supuestamente todxs tenemos, cuando querer cambiar lo que sea de esto, de la existencia en el planeta y la herencia temible que dejemos a quienes vendrán después de nosotros -ante un panorama que comienza a acelerar su incendio- no bastan: un paisaje desolado, el bueno y más que nunca actual NO FUTURE que nos gritaron los punks. Cuestionar, detenernos, atender o ralentizar frente a los desastres que encaramos no es cuestión, entonces, de “buena fe”. Y es que casualmente -por hablar como todo mundo- la conferencia La brújula de la vergüenza Isabelle la dicta en una iglesia, durante Cuaresma e invitada por un abad. Entonces, nuestras divergencias debemos hacerlas converger en algún punto, “en una confianza que emociona pues no siempre somos del mismo bando”. Y acá debemos ralentizar otro poco, porque converger no necesariamente significa “pertenecer”, sino más bien sensibilizarnos ante aquello que nos vuelve capaces de transformar las situaciones de barbarie en las que nos vemos inmersxs y lograr diferenciar a “el enemigo” de lo enemigo.Transformar, entonces, en un devenir que es co-habitabilidad, devenir-con aquellxs y desde aquellas situaciones en las que estamos: “resistir, para mí, cuando hablamos de devastación al referirnos a lo que nos está sucediendo, consiste en rechazar la posibilidad de decir que todo esto es normal, que “desgraciadamente la gente es así”, egoísta, pasiva e indiferente ante lo que les ocurre a los otros. Resistir es rechazar eso, y pensar que esa gente pertenece a este mundo devastado y está siendo devastada al mismo tiempo que este mundo. Pensar eso no es creer en la utopía de que repentinamente el mundo va a dar un giro y que, de golpe, cada uno se volverá por naturaleza atento e inventivo en sus relaciones con los demás, consigo mismo y con el mundo. No es eso. De lo que se trata es de no ceder en este punto: que no sabemos de qué pueden volverse capaces los humanos”.

Por una parte, ya sabemos de los que somos capaces, nos dice Isabelle: son todas estas situaciones de barbarie que estamos atravesando. Pero por otra, precisamente se trata de atravesar la barbarie y forzarnos a pensar puntos de vista convergentes y situados por fuera del “sálvese quien pueda” –que puede ser tomado como el hermano espectacular del NO FUTURE, o el nombre de algún programa televisivo aleccionador de la posdictadura– y mirar de frente al horror, sorteando con cuidado y no caer en la tentación de culpar a alguien o a algo en particular. No porque haya o no culpables, a Isabelle ese código le importa en lo más mínimo, puesto que la culpa “tiende a ocupar todo el espacio”. Más bien se trataría de atender a que se nos ha hecho impotentes, “que se nos ha solicitado no prestar atención, no pensar, desear el crecimiento, aceptar la competencia, es decir la guerra económica, una guerra obscena porque es sin piedad y no abre ninguna perspectiva de paz. Es esa guerra el motor perpetuo de nuestro pretendido progreso”. Eso es la barbarie. Ricos contra pobres. Desgracia a los pobres. Desgracia a lxs vencidxs: “ecológica, puesto que la Tierra está siendo devastada, y social, en el sentido de las injusticias y desigualdades que aumentan ante la indiferencia de los poderosos y, también a veces, de la nuestra. Entonces, para mí la pregunta lancinante, aquella por la que comencé y asocié a la vergüenza, es ¿qué le diremos a las generaciones que vienen? ¿Que la gente, nosotros, sabíamos y no hicimos nada? ¿Qué podemos dejarles aparte de razones desesperantes?”. Precisamente vergüenza y no culpa, como una sensación menor, más local y que requiere ralentizar e implicarse aquí y ahora con aquello que (nos) sucede. Escuchar y acoger lo que viene a nosotros: “esto exige recuperar la capacidad de cooperar y cultivar la interdependencia, los vínculos de confianza que permiten que podamos contar los unos con los otros, aprender a sentir y a inventar unos con otros, y a rechazar que se nos pida tolerar lo intolerable”.

“I go outside, and I feel free/ ‘Cause I smash mirrors and fuck TV”