Enzo Traverso, «No hay futuro sin elaboración del pasado»

Entrevista por Nicolas Allen y Martín Mosquera

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El historiador Enzo Traverso se ha consolidado como una de las voces más destacadas de la escena marxista contemporánea. Fue militante de Potere Operario y la lectura crítica de Marx desarrollada por el autonomismo italiano. Actualmente es profesor de la Universidad de Cornell. En esta entrevista, discute sobre el ascenso de la extrema derecha, la crisis actual y la necesidad de elaborar el pasado para construir un nuevo «modelo» de revolución.

NA/MM: Hace algunos años, Étienne Balibar escribió que la tradición socialista europea se estaba dividiendo en dos tendencias. Una cosmopolita, orientada a extender la ciudadanía o los derechos humanos más allá de las fronteras nacionales, representada intelectualmente por Habermas. Y otra centrada en la defensa de los restos del Estado de bienestar, lo que suele implicar una defensa de la Nación que, a su vez, se expone al riesgo de derivar en orientaciones “rojipardas” (es decir, de preferencia nacional, restricción de la entrada de migrantes, etc.). Las dificultades que experimentó Corbyn ante el Brexit podrían entenderse como una confirmación de esta hipótesis. ¿Coincide con el diagnóstico?

ET: No estoy totalmente de acuerdo con el diagnostico que dibujó Balibar. Seguro destaca algunos elementos que existen en el contexto europeo en particular, pero me parecen elementos que se ubican en secuencias históricas y políticas distintas. El planteamiento posnacional de Habermas surgió en la década de los ochenta, antes de la reunificación de Alemania, con la idea de una identidad alemana posnacional como una manera de sobrepasar y de integrar la memoria del Holocausto. Después, en la década de los noventa, Habermas desarrolló su idea de lo posnacional en un contexto en el cual la izquierda europea buscaba una nueva identidad, partiendo del presupuesto de que la cuestión social estaba resuelta o que era una herencia del siglo XX, y que en el siglo XXI la izquierda podría renovarse solamente a partir de reivindicaciones centradas en los derechos humanos y de las minorías, como por ejemplo el matrimonio gay. La teoría habermasiana, basada en un paradigma comunicativo, alternativo al de clase, intentaba seducir a una izquierda en búsqueda de nuevos modelos y acompañar la transición hacia una nueva izquierda liberal.

Este es un razonamiento propio de la década de los noventa. Me acuerdo del think tank del Partido Socialista francés, la Fundación Jean-Jaurès, que planteó que el futuro de la izquierda era la ecología, las clases medias y sus nuevas exigencias, y que había que sobrepasar los límites del Estado de bienestar. En Italia fue el PDS [Partito Democratico della Sinistra, sucesor del PCI] el que organizó un congreso bajo el eslogan de “care”, que nadie entre sus delegados comprendía: una tentativa desesperada para llenar un vacío espantoso. Pero ese debate, a mi parecer, quedó agotado. Porque, por otro lado, la izquierda de la década de los noventa hizo la experiencia del giro neoliberal y Alemania e Inglaterra fueron, precisamente, un laboratorio desde este punto de vista. Schröder y Blair fueron el principio de la metamorfosis neoliberal de la socialdemocracia.

Después de la crisis de 2008-2009 se difundió la consciencia, dentro y fuera de Europa, de que la izquierda tenía la necesidad de reconectar las reivindicaciones de derechos humanos, derechos de las minorías, reivindicaciones culturales y ecológicas, con una defensa de los derechos sociales duramente golpeados por el capitalismo neoliberal. Y lo que ocurrió en los últimos meses con la crisis del COVID-19 y el posterior estallido antirracista (primero en Estados Unidos y después a escala global) me parece que indica justamente esta vía. El movimiento surgió, precisamente, como un movimiento antirracista; pero ubicado en el marco de la crisis del COVID-19, una crisis que golpea minorías étnicas que se corresponden con las capas sociales más pobres y vulnerables. Y esas características se reproducen en muchos otros países.

Para dar un ejemplo latinoamericano: en Chile, Mapuche Lives Matter no es la reivindicación de los sectores acomodados urbanos de las nuevas clases medias. En Italia, el movimiento antirracista es impulsado por los inmigrantes irregulares, africanos en su gran mayoría. Plantean un problema de ciudadanía y un problema económico de defensa de derechos, de salario básico, etc. En Francia, después de los gilets jaunes del año pasado y del movimiento en contra de la reforma de las pensiones, hubo un movimiento antirracista muy poderoso, que no es de los centros urbanos acomodados, sino de las periferias y de las minorías de origen inmigrante. Me parece entonces que el diagnostico de esa divergencia no está más vigente. Algo cambió.

Lo que es claro es que hay una búsqueda de una nueva salida y de una nueva conexión entre la defensa de derechos económicos y sociales, las reivindicaciones ecológicas y los derechos de las minorías. Y es una búsqueda que excluye radicalmente a los viejos aparatos políticos. En Europa son movimientos que no se expresan en los viejos aparatos políticos sino que buscan, con muchísimas dificultades, una nueva salida. En Estados Unidos el contexto es diferente, porque aunque este movimiento surgió después de la derrota de Bernie Sanders en las primarias demócratas, coincidió con la elección de candidatos de izquierda en otras primarias a nivel local. Entonces en Estados Unidos el contexto es diferente. En cualquier caso, hay que actualizar el diagnostico.

Además, el planteo de Habermas es un planteo liberal. Habermas dice: “como alemanes, no tenemos el derecho de reivindicar una continuidad con la historia nacional de Alemania; debemos repensar nuestra identidad en términos cosmopolitas, integrando la memoria del Holocausto. El futuro de Alemania se ubica en Occidente”. Esta es la idea del Verfassungspatriotismus, el patriotismo constitucional, que implica integrar a Alemania profundamente en el dispositivo atlántico, que es el dispositivo de la democracia liberal y de la economía de mercado. La izquierda sí debería sacar una lección de Habermas: hay que elaborar el pasado; no hay futuro sin la elaboración del pasado. Pero no creo que se pueda construir una izquierda del siglo XXI sobre bases habermasianas.

NA/MM: ¿Pero no hubo un periodo, posterior a la crisis de 2008, donde la izquierda europea y estadounidense (Sanders, Corbyn y Melenchon, por ejemplo) estuvo más bien sesgada hacia “la cuestión social”, descuidando temas como la “cuestión nacional”, la “raza”, el feminismo, las migraciones y las minorías?

ET: En esta cuestión hay una ambigüedad muy fuerte y creo que la izquierda está pagando un precio muy alto por su incapacidad de ofrecer un discurso alternativo al de la derecha y la extrema derecha: el discurso alrededor de la soberanía nacional. Cuando hoy se habla de soberanía, casi automáticamente se entiende soberanía nacional. Como si no existiera otra manera de definir la soberanía. Si no somos capaces de cortar esta ambigüedad y aclarar el asunto, entonces no seremos capaces de contestar el discurso de la extrema derecha. Es decir, no hay democracia sin soberanía. Es un principio básico de la teoría política y de la experiencia política. Para que una democracia sea autentica, debe haber autoemancipación. Y autoemancipación significa capacidad de planear, de controlar, de manejar, lo cual implica también delimitar una esfera en la cual seamos capaces de decidir, de asumir nuestro destino y planear nuestro futuro.

Si la soberanía se define como soberanía nacional, entonces se legitima el discurso según el cual “hay que volver a la moneda nacional”, “hay que cerrar las fronteras”, “hay que expulsar a los inmigrantes”, “hay que delimitar la comunidad soberana en términos étnicos, raciales, religiosos, nacionales, culturales”. De esta forma, quedamos prisioneros de un discurso que es todo lo contrario de lo que es la identidad de la izquierda. Pero, por otro lado, rechazar la soberanía nacional en pos de una postura cosmopolita y anular la cuestión de la soberanía como tal también es un error. Si hubiese, por ejemplo, un referéndum que establezca que el agua es una propiedad pública, eso también significaría tomar decisiones sobre cómo se distribuye el agua, cómo se limpia el agua y quién gestiona esto. Hay que delimitar esta soberanía. Soberanía no significa regresar a las identidades nacionales en contra de Europa. Se puede hablar fácilmente de una soberanía popular en Europa que sería todo lo contrario de la Unión Europea tal como funciona hoy. La cuestión de la soberanía popular democrática me parece una cuestión fundamental, que hay que oponer el discurso de la soberanía nacional y de los nuevos nacionalismos.

En la izquierda actualmente hay un discurso muy sofisticado desde un punto de vista teórico-intelectual y que tiene una dimensión anarquista: el discurso sobre el poder destituyente. Según este discurso, emancipación significa derrotar y destituir el poder. La emancipación se concibe, entonces, como un movimiento en contra de todo tipo de soberanía. Yo soy muy escéptico con respecto a esto. Por supuesto que todo movimiento revolucionario o de cambio tiene una carga radical destituyente, pero si no incluye también un nuevo poder constituyente el movimiento se agota y desaparece. Tenemos el ejemplo de las revoluciones árabes, muy explícito al respecto.

En Europa, el concepto de soberanía que hay que plantear es supranacional. Pero tampoco es una novedad el tema: hay un debate muy viejo sobre la distinción entre patria y nación. Hay una tradición de republicanismo cívico, o patriotismo cívico, que se puede recuperar. Y desde ese punto de vista la patria no es para nada incompatible con un planteamiento cosmopolita abierto y supranacional. En el caso francés, es evidente que Mélenchon y La France Insoumise son herederos de una tradición de republicanismo nacional que siempre identificó la patria con la nación (la nación heredera de la revolución francesa y, por lo tanto, portadora de una misión universal). En su raíz, la patria es francesa, y ahí está el origen de todas las catástrofes de la izquierda francesa con respecto al colonialismo, al movimiento antirracista y a la cuestión de la inmigración.

NA/MM: Ha definido al “posfascismo” como un concepto en transformación, que describe un fenómeno político aún no del todo cristalizado. Este carácter inestable permite proyectar tanto la posibilidad de que la extrema derecha evolucione hacia posiciones más moderadas, que la transformen en una versión meramente más dura de la derecha tradicional, como el riesgo de que grandes eventos o una nueva crisis estimulen una radicalización neofascista. Finalmente estamos ante una nueva crisis global. Y el fuerte intervencionismo estatal suscitó toda una serie de debates intelectuales sobre la posibilidad de un salto hacia regímenes políticos más autoritarios. Sin embargo, al mismo tiempo, vemos que los fenómenos de extrema derecha no parecen estar lidiando exitosamente con la crisis (Trump, Bolsonaro, Marine Le Pen). ¿Cómo ve la relación entre la extrema derecha y la nueva crisis global?

ET: Yo creo que la pregunta es esencial, pero aún estamos en una fase demasiado temprana de la crisis para contestarla. Hasta ahora, yo diría que la extrema derecha no sacó ningún provecho de la crisis. La extrema derecha al poder en Estados Unidos y en Brasil conoce grandes dificultades. Y la extrema derecha en la oposición no ha sacado ventaja de las crisis. Fue muy marginalizada.

En un país como Italia, donde hay una extrema derecha poderosa que al comienzo de la crisis era hegemónica, Salvini de la Lega Nord desapareció después del estallido de la crisis. Todos los sondeos de opinión indican que su influencia sigue bajando. La crisis como fenómeno global arraigó la consciencia de que no se puede salir de la crisis por medio de soluciones nacionales, sino solo a escala global. Muchos electores de Salvini, en marzo y abril, eran los que aplaudían a los médicos cubanos, chinos y albanos que llegaban a Italia para ayudar en los hospitales. La reacción fue una reacción popular, bastante progresista y saludable.

El discurso xenófobo de la extrema derecha no tuvo éxito. No digo que esta sea una constatación final. Puede pasar que en seis meses, con una profundización de la crisis, la extrema derecha emerja otra vez con un discurso xenófobo muy fuerte. Pero no es la solución que se dibuja ahora. Por ejemplo, en Francia, en estos últimos meses, Marine Le Pen profundizó su cambio ideológico y cultural introduciendo un componente ecológico en su discurso. Todos los sondeos de opinión indican que el perfil de los electores de extrema derecha es lo más antiecológico que se pueda imaginar. Bueno, este cambio es revelador de algo.

Si tuviéramos que analizar la larga duración de la emergencia de una nueva derecha radical, a la que yo llamo posfascista, creo que la raíz de este fenómeno es el neoliberalismo y la incapacidad de la izquierda para dar respuesta a las desigualdades sociales que produce. Y el hecho de que la izquierda acompañara el establecimiento del neoliberalismo, mientras la extrema derecha se construyó como fuerza de oposición.

El capitalismo se acomoda a cualquier régimen político, ya sea Marine Le Pen, Trump o el Partido Comunista Chino. Ahora, la prensa norteamericana dice que Wall Street está a la expectativa porque los sondeos arrojan que Biden va a ganar las elecciones y el establishment se prepara para apoyarlo. Pero, al mismo tiempo, los regalos fiscales de Trump a los grandes bancos y a los poderes financieros son tan abultados que siguen apoyándolo. El gran capital, el capital financiero, las élites neoliberales, no se identifican con la extrema derecha pero la aceptan como una solución perfectamente posible.

En la situación de entreguerras había burguesías nacionalistas y un movimiento obrero antifascista. Hoy hay elites neoliberales cosmopolitas y capas populares seducidas por un discurso nacionalista. La elección de las elites no es la extrema derecha. En este sentido, volvemos a los años de entreguerras donde, fuera de Italia, la elección de las elites dominantes no era el fascismo. Solo después de 1930 las élites industriales y financieras apoyaron al fascismo. Es decir, la situación está evolucionando y es demasiado temprano para decir cuál será el resultado.

NA/MM: Dice que el arraigo de la extrema derecha entre las capas populares se explica por dos factores principales: los estragos sociales del neoliberalismo y el debilitamiento de los partidos tradicionales de izquierda. ¿Puede explayarse sobre el tema?

ET: Estamos en un contexto de crisis global surgido a partir del agotamiento de todo un ciclo histórico de lucha de clases del siglo XX, un ciclo en el cual la izquierda tenía una identidad (comunista, socialdemócrata) y un conjunto de valores que la definían. Cuando esa esfera ético-cultural e ideológica explotó, se abrió un lugar para la extrema derecha. La extrema derecha pudo desarrollarse porque desaparecieron las fronteras del mundo de las clases populares trabajadoras, que mantenía una idea de acción colectiva y de organización, con una memoria de luchas y de conquistas. Como todo eso desapareció, la extrema derecha pudo arraigarse en sectores de las capas populares.

Y en este contexto surge el discurso clásico de la extrema derecha, la búsqueda del chivo expiatorio. Pero la situación de hoy es diferente a la de los años de entreguerras. El ejemplo que se da habitualmente es que en 1928 los nazis eran un pequeño grupo de extrema derecha que nadie tomaba en serio. En 1930 conocieron un éxito electoral y en 1933 llegaron al poder. Pero, a pesar de este éxito extraordinario, los nazis nunca establecieron su hegemonía en la clase obrera, porque la clase obrera tenía una historia en la socialdemocracia, después en el Partido Comunista, y contaba con un mundo mental incompatible y antagónico a los valores de la extrema derecha. Hoy esas fronteras no existen más.

La extrema derecha también cambió su discurso: ya no reproduce el viejo discurso fascista, que para muchos no es tan agradable hoy en día. Hay toda una serie de investigaciones que muestran que en el norte de Italia la Lega es el primer partido obrero en términos electorales. En el norte de Francia, la región más desindustrializada del país, hubo una transferencia de votos del Partido Socialista y del Partido Comunista al Front National. Estos son hechos. Y si la izquierda no es capaz de reconstruir un discurso creíble, esta tendencia puede profundizarse.

Pero, al mismo tiempo, la extrema derecha no es el partido de las capas populares. Son movimientos con todo un conjunto de reivindicaciones mayoritariamente antipopulares. Y cuando la extrema derecha llega al poder y tiene que manejar esas contradicciones, estas explotan. No se puede decir “defendemos los servicios sociales”, “defendemos el Estado de bienestar” y después llegar al poder para hacer regalos fiscales a todas las capas que no pagan impuestos, a los pequeños empresarios que explotan trabajadores irregulares. Son un conjunto de contradicciones que la extrema derecha no es capaz de manejar. Puede tal vez manejarla en un contexto de crisis, que no es solamente una crisis económica sino una derrota total de los sistemas políticos. La extrema derecha puede radicalizarse y tomar el poder. Pero en el marco del sistema actual, un gobierno de la extrema derecha se enfrenta muy rápido a los límites y a sus propias contradicciones.

NA/MM: En la actual crisis vuelven a surgir debates sobre el posible fin del neoliberalismo, que ya fueron muy populares en la crisis de 2008. Nos interesa conocer su opinión al respecto. ¿Estamos ante el fin de una etapa o algo así como ante el cierre de una “onda larga” del capitalismo?

ET: Hay un diagnostico general según el cual, a largo plazo, el capitalismo es incompatible con la supervivencia de la especie humana. La civilización capitalista tiene límites objetivos. Yo creo que es un diagnostico incontestable y que hay que tenerlo presente, porque es el trasfondo de todos los otros debates. Pero soy bastante más escéptico con respecto a las teorías de un agotamiento del neoliberalismo por sus propias contradicciones internas o por efecto de ondas largas del capitalismo, como los ciclos de Kondrátiev y de Mandel. Yo creo que habría que releer a Mandel, porque para él no hay ciclos económicos u ondas largas que se expliquen exclusivamente por criterios económicos. La historia del capitalismo no es la historia de un modo de producción que funciona de una manera autárquica y endógena.

Si pensamos en los últimos dos siglos, el capitalismo moderno, la gran guerra, la crisis de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, la descolonización, la Guerra Fría, la posterior irrupción del neoliberalismo, todos esos ciclos no se pueden explicar en términos puramente económicos. El futuro del neoliberalismo depende también de factores políticos. ¿Cuál es la salida política de la crisis actual? El ciclo del Estado de bienestar no se explica en términos económicos, sino en términos políticos. Sin la revolución rusa primero y la división del mundo con la conclusión de la segunda Guerra Mundial después, sin el desafío que el socialismo había planteado al capitalismo, el Estado de bienestar es inexplicable.

La irrupción del neoliberalismo no se puede explicar sin la derrota del socialismo real: la desaparición de una alternativa sistémica al capitalismo y la destrucción de todas las formas de resistencia, de organización y de acción colectiva que se habían construido a lo largo del siglo XX. Entonces, se puede imaginar la salida de la crisis bajo la forma de un neoliberalismo autoritario; una nueva forma de biopoder (hablando en términos foucaultianos) que establece una simbiosis entre lo económico, lo político y lo biológico, combinada con un estado de excepción mucho más fuerte que el actual. O podría adoptar la forma de un nuevo New Deal, la vuelta a un Estado de bienestar. Son dos salidas perfectamente posibles porque no conocemos todavía la solución de la crisis.

Estas no son salidas puramente económicas de la crisis, sino salidas políticas. Todo indica que puede haber un estado neoliberal autoritario tanto como un retorno a una forma nueva de New Deal. Todo depende de la dinámica de los movimientos de masas, de su desarrollo y de si aparecen nuevas formas políticas de organización de esa contestación social que es global y que es endémica.

NA/MM: Independientemente de los pronósticos, ¿cómo cree que la crisis repercute en el mundo mental de los sectores populares? ¿Sigue siendo hegemónico lo que Mark Fisher denominó “realismo capitalista”?

ET: Como historiador, lo que observo con respecto a las crisis anteriores del capitalismo –desde el final de la Guerra Fría– es que hay una conciencia anticapitalista de masas como no hemos visto en las últimas tres décadas. El final de la Guerra Fría –la conclusión del siglo XX, según los criterios de periodización de Hobsbawm– trajo aparejada la idea de una naturalización del capitalismo. En la cabeza de la gente común no existía alternativa del capitalismo. En el siglo XX sí había una alternativa. Una alternativa que se podía definir de maneras diferentes. Pero el capitalismo no era la manera “natural” de vivir y de organizar una sociedad.

Durante las últimas tres décadas el capitalismo se naturalizó. La gran fuerza del neoliberalismo no radicó solamente en su capacidad para destruir el Estado de bienestar, los servicios sociales, privatizar todo, limitar al máximo las fronteras nacionales, desarrollar el mercado mundial, etc. La gran potencia del neoliberalismo estuvo en su capacidad de establecer un nuevo modelo antropológico, que es el modelo del individualismo posesivo, de la competencia como forma de vida, de la precariedad social como manera natural de existir en el mundo. Pero este modelo antropológico no aparece más como algo natural. Empieza a ser contestado.

A su vez, la gente no tiene una idea clara acerca de cómo cambiar el sistema. Las alternativas del siglo XX fracasaron y constituyen una herencia muy pesada. Pero la hegemonía cultural del capitalismo, de todas formas, está siendo cuestionada en todos los continentes. En Estados Unidos, país en el cual el capitalismo fue por siglos una forma de vida popular que tenía la capacidad de inventar un imaginario colectivo, también este modelo es hoy profundamente contestado. Y es justamente en Estados Unidos, entre otros lugares, donde se están construyendo alternativas. Tenemos que tomar en cuenta este paisaje global, porque estas luchas tendrán una gran influencia sobre la eventual capacidad del neoliberalismo para relanzarse y también sobre la capacidad de la extrema derecha para dibujar una alternativa de futuro.

NA/MM: El año pasado asistimos a una serie de estallidos sociales de una escala con pocos precedentes: Chile, Ecuador, Puerto Rico, Francia, Argelia, Hong Kong y otros países. Y, sin embargo, hay un gran desfasaje entre estas explosiones sociales y los elementos de recomposición política. En su libro Melancolía de izquierda argumenta sobre la necesidad de emprender un trabajo de reelaboración o de duelo respecto a las grandes derrotas del siglo XX. ¿Cómo ve la relación entre estas nuevas movilizaciones y la situación de orfandad o de crisis de alternativa que describe en su libro Melancolía de izquierda?

ET: Estos movimientos me reconfortan y pienso que son las premisas para hacer el trabajo de duelo del cual hablo en el libro. Es un trabajo de elaboración de la memoria de las derrotas de las revoluciones del siglo XX; es un duelo que, para ser fructífero, debe ser hecho por los movimientos sociales. Y tienen que hacerlo en el marco de su acción. De otra manera, no se diferencia del duelo que hace mi generación: un duelo individual. Esa no sería una reelaboración capaz de conectarse con la búsqueda de nuevas utopías y nuevas formas políticas. Sería una melancolía perfectamente estéril, cuya premisa sería la constatación de una derrota final.

Para que este duelo sea fructífero hay que arraigarlo en las luchas del presente. Yo espero que estos nuevos movimientos sociales tengan la capacidad de hacerlo, porque no creo en la posibilidad de construir una nueva izquierda para el siglo XXI sin la memoria del pasado y sus derrotas. Esas derrotas fueron tan pesadas que existe la tentación de suprimirlas, en el sentido psicoanalítico de “hacer como si no hubieran existido”. Puede que en las nuevas generaciones no pese esa memoria, porque no les fue transmitida esa cultura. Pero rápidamente se enfrentarán a muchos problemas: el conocimiento del pasado me parece necesario. No me refiero al discurso clásico que consiste en decir historia magistra vitae: “yo conozco la historia y entonces yo estoy preparado para enfrentar el futuro”. Es un discurso muy ingenuo y falso. No es suficiente conocer el pasado para no repetir sus errores. Pero la ignorancia tampoco es la solución. El problema es cómo elaborar el pasado, que no es lo mismo que conocerlo.

NA/MM: Tenemos entendido que actualmente está escribiendo una historia intelectual sobre el concepto de revolución. A modo de conclusión, ¿puede comentar algo acerca de qué lo llevó a escribir sobre este concepto crucial de la tradición de izquierda?

ET: Es una tentativa de interpretación y comprensión del siglo XX. He escrito libros sobre la guerra civil europea, la violencia nazi, la memoria del Holocausto, el exilio y el totalitarismo. Y después pasé a trabajar sobre el otro pilar del siglo XX: las revoluciones. El siglo XX no fue solamente un siglo de guerra y de genocidios, sino también de revoluciones. Entonces para comprender el siglo XX hay que encajar los eventos. Es un ensayo que intenta contribuir a la comprensión de lo que fueron las revoluciones. Y eso solo es posible porque tenemos la consciencia de que un ciclo se acabó.

Mi idea es que habrá revoluciones en el siglo XXI. De hecho, ya hubo: las revoluciones árabes, como una ola de revoluciones permanentes, que sugieren que será un ciclo de revoluciones. Los movimientos sociales de estos últimos meses indican que la revolución es una opción posible para el mundo en el cual vivimos, pero esas revoluciones serán profundamente diferentes de las revoluciones del siglo XIX y XX. Serán diferentes de las revoluciones clásicas, que van desde la revolución francesa y el ciclo de las revoluciones atlánticas (Norteamérica, Francia, Haití) hasta la Revolución Sandinista en 1979, que fue la última revolución en el sentido clásico de la palabra. Ese ciclo se acabó, y las revoluciones nuevas, del siglo XXI, serán diferentes. Un nuevo modelo de revolución –una búsqueda de nuevas formas de vida, de participación y deliberación colectiva, de organización, de debate, de autogestión– surgirá de los movimientos mismos y no será introducido desde el exterior. Pero creo que para construir este nuevo modelo de revolución es indispensable elaborar las experiencias del pasado.


Publicado en colaboración con Jacobin América Latina, 22 de diciembre de 2020.

Imagen: Cristián Cuevas @cricuebar 26 de noviembre de 2019. Intervención en Plaza Dignidad, «Revuelta de Octubre», Chile.