Danilo Billiard, Racismo neoliberal y biopolíticas de inmunización.

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Cuando decimos <<nos-otros>>, decimos que para hacer ese <<nos>> debemos considerarnos como otros. Somos los otros de ciertos otros. Aparece aquí el esbozo de una posible exclusión de los otros, pero también el de lo que permitiría pensar que sólo somos <<nos>> cuando nos consideramos en esa alteridad, extremadamente frágil e implica esa relación con otros <<nos>>”.

Jean Luc Nancy, 2009.

“Lo que se manifiesta aquí es que el naturalismo biológico o genético no es el único modo de naturalización de los comportamientos humanos y de las pertenencias sociales. A costa del abandono del modelo jerárquico (más aparente que real, como veremos más adelante) la cultura puede funcionar también como una naturaleza, especialmente como una forma de encerrar a priori a los individuos y a los grupos en una genealogía, una determinación de origen inmutable e intangible”,

Étienne Balibar, 1998.

1. El entramado cultural del neorracismo

La condena del racismo no agota su eficacia, pues se trata de un fenómeno cultural complejo que, particularmente en Chile, ha tendido a reactivarse conforme se van produciendo cambios sociales significativos. Podría decirse que es un modo de aferrarse esencialmente a un sentido de pertenencia, pero también es una subjetividad que jerarquiza los cuerpos para gestionarlos económicamente de acuerdo con la división social del trabajo.

Desde luego, ya no se trata del racismo biológico de Hitler, sino que de un racismo que se desarrolla a partir del paradigma de la seguridad pública1Étienne BalibarWallerstein, Immanuel; Balibar, Etienne (1998) Raza, nación y clase. Madrid: Lapala. De ahí que la apelación a la “irregularidad” de ciertos grupos de inmigrantes no sea más que la versión jurídica de un discurso normalizador, que afirma defender la estabilidad del país, pero al costo de la exclusión de unos “otros” identificados como potencialmente nocivos.

Las propias condiciones de vida de los desempleados e indocumentados, impuestas por un modelo de desarrollo que los condena a la miseria, instalan sobre ellos verdaderos estigmas para ser identificados como grupos vulnerables, objetos de piedad, de rechazo o de aprovechamiento. Al ser “los que faltan”, mano de obra disponible para empleos basura, son también “los que sobran”, en países donde, ante la ausencia de un sistema de derechos sociales de alcance global, el ingreso individual (tipo de empleo) determina el estatus societario. 

Las “evidencias visibles” (de las que habla Balibar) provocadas por el racismo económico son posteriormente la justificación de la práctica racista y sus violencias cotidianas, que al esencializar los cuerpos silencian la historicidad en que son tramadas las relaciones de poder, y el Estado-nación ha sido un agente decisivo en este devenir (la igualdad formal). Podemos apreciar aquí cómo la condición biológica de los seres humanos (la desnutrición, la enfermedad) está influida directamente por factores históricos y políticos, y como a fenómenos culturales se les atribuyen explicaciones biológicas.

Lo cierto es que, en su expresión cultural, el racismo ofrece una respuesta inmediata ante los conflictos sociales, abasteciéndose de fuentes diversas (a ratos inconexas) y al alcance de cualquiera, que van desde lo teológico a lo biológico, articulándose en torno a teorías de la conspiración y fuentes informativas fraudulentas, un universo simbólico donde el tradicional eje derecha-izquierda ya no funciona. A la tentación por simplificar y a la urgencia por saber (portar un discurso sobre lo que acontece), en un tiempo signado por la velocidad de las transacciones, el racismo ofrece una posibilidad tentadora cuando el “yo” es desafiado por la complejidad de las contingencias del mundo.

Las teorías racistas elaboradas por la modernidad en el siglo XIX se han sedimentado bajo la modalidad del habitus (sentido común corporeizado, para Bourdieu) que funciona a partir de estereotipos absolutamente normalizados para asignar significaciones a los cuerpos, volviéndose poshegemónico2Beasley-Murray, Jon (2011) Poshegemonia. Madrid: Paidós.. Este neorracismo se basa, para Balibar, no tanto en la cuestión de la herencia biológica (plasma germinal) como en las diferencias culturales consideradas irreductibles, conservando la estructura del mito antropológico y haciendo de la biología (cuyos pasajes que la conectan con la teología no podemos recorrer ahora) el referente, real o simbólico, para la construcción de las prácticas discursivas.

Así es como lo que predomina -sostiene Balibar-, más que el mito de una raza superior es la incompatibilidad cultural entre distintos grupos humanos que, en su coexistencia, justifica la demarcación rígida de fronteras entre ellos, algo que en Chile se ha instalado peligrosamente a través del fomento al multiculticulturismo neoliberal, que visibiliza las tradiciones y/o costumbres de otros pueblos, pero como objetos exóticos destinados al consumo (por ejemplo, la prostitución o el turismo), para ponerlos a distancia (neutralizarlos) y subordinarlos a la lógica del mercado.

Este tipo de racismo (biopolítico en vez de totalitario y uniformizador) reconoce la existencia de diversidades, pero las interpreta en clave esencialista, estableciendo las ubicaciones para cada cual en el lugar (en la nación, en el barrio, en el colegio) que le correspondería por antonomasia: estamos ante una tecnología política para el gobierno de los cuerpos. La diferencia con ello pierde su condición afirmativa, y adviértase cómo estos preceptos normalizadores son exactamente los que promueve el programa neoliberal, y en los que se sustenta su política privatizadora.

La defensa irrestricta de la familia como núcleo de la sociedad es un racismo inconfesado, que se intersecta con un dogmatismo teológico y se justifica en él, y que para persistir requiere la destrucción de la política, de su dimensión colectiva y transformadora reemplazada por la gestión, no quedando más que individuos que pertenecen a linajes familiaristas (el espacio doméstica del animal humano), con lo cual se asegura la reproducción de la desigualdad social que el Estado debe fomentar a través del principio de subsidiariedad. Por eso, no es suficiente con cambiar una constitución política por otra si no cambia la episteme que le da forma a cualquier constitución.  

En efecto, los venezolanos o haitianos más que constituir una raza, serían portadores de costumbres y modos de relacionarse inasimilables para la comunidad nacional, donde otra vez los hábitos aparecen como un factor biopolítico de relevancia para explicar las estrategias de poder. Con esto, la chilenidad no es una forma de ser latinoamericanos (lo que Ángel Rama decía sobre “ser uruguayo”), sino que precisamente de “no serlo”.  

Nuestra claridad en cuanto a lo que “no somos”, termina por coincidir con una crisis identitaria que nos aqueja, provocada por el proceso de neoliberalización y no por los inmigrantes. La incapacidad de defender tradiciones y/o costumbres propias, incluidas las defenestradas “glorias del Ejército”, es porque Chile está, desde hace mucho tiempo, plenamente integrado al mercado mundial y su nacionalismo es un resabio inconsistente, ya que nuestros hábitos de consumo (en el marco de la versión neoliberal de la identidad chilena) no distan demasiado de los que podría practicar cualquier inmigrante, incluso la situación de precarización laboral y el endeudamiento crónico al que permanecemos sometidos.

Empero, el asunto ya no pasa por asimilar poblaciones completas para incorporarlas al proyecto de desarrollo nacional, porque dicho proyecto no existe. Y en el debate sobre lo plurinacional o lo transnacional, lo relevante sigue siendo la pregunta por el modo de producción, que la izquierda parece haber abandonado en favor de las políticas del reconocimiento y las reformas al régimen de redistribución de la renta. Mientras no exista alternativa al capitalismo, que ha colonizado la subjetividad, el racismo seguirá teniendo eficacia.

Si esto es así, el racismo culturalista sigue desplegándose a partir de la concepción de dos grandes culturas en la historia de la humanidad: las universalistas que promueven el progreso, y las primitivas, entre las cuales estaría Centroamérica y las etnias locales. Sea Europa o Estados Unidos, el particularismo que asume la representación de la universalidad se dispone a incluir la “diferencia” (entendida como desviación a la norma) mediante un procedimiento de exclusión.

Lo cierto es que las imágenes de Iquique, y antes de Curacautín, exhiben lo que el universalismo occidental y sus culturas superiores, son capaces de hacer en nombre de la razón, el progreso y la libertad de mercado.

2. Biopolíticas de inmunización.

Esos “otros” son construidos imaginariamente de acuerdo con un marco diferencial asimétrico, a partir de la narración de los cuerpos sobre la base de sus rasgos fenotípicos y sus conductas gubernamentalizadas. Puesto que los sentimientos de pertenencia nacional no son más que la ficción simbólica de una totalidad homogénea que se imbrica con el desarrollo del Estado moderno, el actual racismo entonces guarda también históricamente un vínculo con el derecho. Si efectivamente el derecho procede como un dispositivo de inmunización de la comunidad nacional, para hacerlo debe reconocer la dimensión mítica en que esta se funda, algo especialmente problemático en un contexto donde la migración es un fenómeno global creciente.

La idea de seleccionar migrantes que contribuyan al desarrollo de Chile (purificación nacional), ocurre en un país donde circulan libremente mercancías fabricadas en diversos lugares del planeta y en condiciones infrahumanas. El fetichismo de la mercancía (utilizando un concepto clásico de Marx) invisibiliza que, junto con la explotación del trabajo, los anhelados bienes de consumo a los que la sociedad chilena accede (mayoritariamente vía crédito) son el resultado de la cooperación social. Así, también es necesario reconocer que otros fenómenos como la delincuencia o el narcotráfico adquieren un carácter global, no siendo rasgos distintivos de ciertas colectividades estereotipadas. 

Sin embargo, la agenda mediática ha cumplido un magro papel en la cobertura de la inmigración con motivos laborales, reforzando un lenguaje que activa ciertos demarcadores excluyentes, al presentar la migración (y no el racismo) como un problema para el país que debe ser regulado. Y en sociedades altamente mediatizadas como la nuestra, estas interacciones dinámicas con los medios (sean tradicionales o digitales) organizan prácticas discursivas cotidianas que finalmente desembocan en hechos como los vistos en Iquique.

Asimismo, la política migratoria del Gobierno, y el espectáculo televisivo de las deportaciones, han azuzado a una porción refractaria de la comunidad nacional que han capitalizado los grupos de ultraderecha, que en varias movilizaciones incluso han contado con la protección de Carabineros, convirtiéndolos -paradójicamente- en una parte integrante de nuestra diversidad democrática que ellos mismos ponen bajo amenaza como abiertos defensores del antiguo régimen.

Lo que el Gobierno ha generado en la frontera norte de Chile es un estado de excepción permanente (me remito aquí a la categoría propuesta por Giorgio Agamben), habitado por vidas desnudas que carecen de cualquier tipo de protección institucional, quedando a expensas del nihilismo financiero materializado en actores informales que lucran con la miseria humana. El desempeño doloso de las autoridades políticas, ya sea en materia migratoria como en el funcionamiento de la convención constitucional, parece coincidir perfectamente con un boicot planificado.

Lo llamativo es que la catástrofe sea el terreno predilecto para esta racionalidad neoliberal de gobierno, que podría caracterizarse, según Roberto Esposito3Bíos. Biopolítica y Filosofía», 2011, como “inmunitaria”, siendo este paradigma una respuesta frente a las antinomias de la biopolítica (su versión productiva, y afirmativa, y su deriva destructiva y tanatológica). La exigencia, violentamente defensiva, de ser protegidos ante la amenaza de lo extraño (un virus, un inmigrante), funciona tanto para los organismos biológicos como políticos, y se enmarca en el principio de la conservatio vitae en tanto criterio de legitimación del poder.

En sintonía con el racismo cultural, la inmunización sería el refugio de unos cuerpos que se pliegan sobre sí mismos, reivindicando a sus rasgos esenciales que estarían bajo amenaza por la contaminación común, la mezcla identitaria, la pérdida del “nosotros” auténtico. Este umbral biopolítico, leído en perspectiva inmunitaria, se operativiza culturalmente en la construcción de fronteras simbólicas, las que no tardan en desencandenar muros fronterizos y una militarización de los límites, si tomamos en consideración que el lenguaje inmunológico se desarrolla usando metáforas militares.

Y si bien los organismos vivos no pueden prescindir de esta función autoconservadora, cuando se eleva su nivel de protección de un modo paroxístico, la protección de unos termina haciéndose mediante la destrucción de otros, no siendo posible luego distinguir entre la defensa de la vida y la producción de muerte.

El racismo gestiona las diferencias asimétricas en el campo social en términos micropolíticos, porque su objeto de intervención es el cuerpo mismo de las poblaciones, exteriorizando las causas de los problemas que aquejan a la comunidad humana para inmunizarse de ellos, pues la división entre “exterior” e “interior” es una de las funciones políticas de la inmunización estratégica, radicalizada por la amenaza de mestizaje que supone la globalización.

Por eso la responsabilidad del pensamiento no pasa solo por sancionar o condenar el racismo, sino en pensar el sentido mismo de lo que es una comunidad. Lo que tenemos en común, a juicio de Esposito4«Communitas: origen y destino de la comunidad», 2012, es precisamente aquello de lo cual carecemos: un origen. La comunidad (proveniente del latín communitas) no aludiría a una subjetividad más vasta o a una propiedad compartida. Antes bien, refiere a una fuerza expropiadora de nuestra subjetividad, y de ahí su carácter impersonal.

Despojados de la metafísica de las tradiciones, de la esencialización de los cuerpos orientada a su valorización, de las limitaciones antropológicas, es posible ser en común afirmativamente, como una recíproca gratitud, abandonando la rigidez identitaria que nos aprisiona. Para levantar nuevas instituciones que se ajusten a la pluralidad singular de la vida (en vez de garantizarle protección a cambio de su sometimiento a la trascendencia de la ley), hace falta un pensamiento de la diferencia, que tanto como el poseer y el ganar, privilegie el compartir, que es siempre una pérdida, siempre un gesto sensible, una actitud ética, que nace desde el amor.

3. Nihilismo.

Este racismo de nuevo tipo es consecuencia del triunfo planetario de la neoliberalización y sus lógicas atomizadoras y destructivas de lo social. De ahí que conceptos como xenofobia o aquel más de moda, aporofobia (instaurado por la filósofa Adela Cortina), sean insuficientes para designar un odio sin sentido e ilimitado, fundamentalmente nihilista, es decir, una reacción destructiva e incapaz de afirmación (según el significado atribuido por Nietzsche), contra todo aquello que no sea idéntico: lo otro absoluto.

Pero es este deseo mimético (la simetría de los antagonistas), a juicio de René Girard5«La violencia y lo sagrado», 1995, la causa de la violencia. Por eso los mitos fundacionales -parafraseando un comentario de Esposito al texto “La violencia y lo sagrado” de Girard- están plagados de crímenes fratricidas. Antes de que a los inmigrantes venezolanos les incendiaran sus pertenencias y se instrumentalizara su sufrimiento (la visita de Piñera a Cúcuta, como parte de un plan urdido por el Grupo de Lima y la administración de Trump con la finalidad de derrocar al gobierno venezolano), fueron miles de chilenos torturados y desaparecidos por los aparatos represivos de la dictadura. Otros miles de hombres y mujeres fueron convertidos en apátridas, expulsados de su país y esparcidos por el mundo buscando asilo en países que generosamente les brindaron recepción.

La destitución del común que implica la inmunización estratégica (en la medida que la inmunidad es la constitución de la comunidad mediante su destitución), configura un lazo social que, colmado de límites y propiedades, de exclusiones y violencias jurídicamente legitimadas, se va poblando de mecanismos profilácticos destinados a la protección de las relaciones, para evitar contactos que resulten perniciosos, al punto de volverlos imposibles.

La economía política del liberalismo, como lo constatara Michel Foucault en su curso de los años 1978-19796«El nacimiento de la biopolítica», ha demostrado que la libertad es protegida suprimiéndola (“liberógenos”), haciendo coincidir esa libertad con su exacto opuesto antinómico: la tiranía.

Otrora no se trataba de extranjeros o de pobres, sino de chilenas y chilenos clasificados como enemigos de guerra (no es azaroso que la Junta Militar caracterizara al marxismo como un “cáncer”), de una guerra inmunitaria que hoy está en todas partes: es la guerra del capital contra todo el mundo, una guerra que no ha terminado, y que hoy nos muestra su rostro más cruel. Asumir esa guerra y prepararse en todos los ámbitos posibles para enfrentarla, es lo que en estos tiempos exige un verdadero compromiso antirracista y afirmativo del porvenir, ahora incierto, de la humanidad.


Imagen de portada:

raphael zelfa, Ignorance is Bliss No13

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