Christopher Rosales, ¿Qué rechazaron quienes rechazaron?

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El resultado plebiscitario que rechazó la propuesta a una nueva Constitución para Chile es solo evidencia de un problema muchísimo más grande y profundo. Ese problema hoy se puede desprender de la pregunta ¿qué rechazó quien rechazó?, lo que no es otra cosa que preguntarnos por los intereses de la ciudadanía y por su forma de percibir y ponderar el mundo que habita. O como diría Deleuze en una interpretación bastante libre, ¿por qué mierda el deseo es capaz de atentar contra sí mismo una y otra vez?

Mark Fisher en Realismo capitalista, nos advirtió de las consecuencias de la conversión de las personas en meras consumidoras-espectadoras y de cómo el miedo al totalitarismo, a la miseria y a las ruinas, no dejan más opción que vivir en un constante bajar las expectativas1Fisher 2017, p. 15.. O hasta renunciar. Eso ocurrió el domingo 4 de septiembre. Ante una propuesta poco amigable para el ciudadano, el miedo a perder lo poco que se tiene (o lo que se anhela algún día tener) y el cansancio de promesas incumplidas, una abrumadora mayoría decidió rechazar, bajar las expectativas, renunciar.

Pero las expectativas a la baja y la renuncia son anteriores al rechazo. El rechazo es una consecuencia de un proceso más largo de despolitización y devaluación de la democracia que no solo le es útil al neoliberalismo, sino también necesario. La disminución del estado, la desregulación económica y la creciente desigualdad, sumado a los mitos que le permiten subsistir como la meritocracia y el individualismo como única vía, han atentado contra la democracia no solo restándole impacto político, sino también en su devaluación social. El problema de la democracia neoliberal, apunta Franco Bifo Berardi, es que el control mediático del capital manipula las condiciones de formación del pensamiento colectivo y, por consiguiente, también sus decisiones2Berardi 2020, p. 27-28..

El realismo capitalista de Fisher bien puede ejemplificarse con la paradoja de contar –supuestamente– con la posibilidad de heredar fondos de pensiones en un país cuyo principal problema es que la mayoría de la población no cuenta con fondos suficientes ni siquiera para alcanzar una pensión que les permita subsistir. Este tipo de miedos de la ciudadanía, manejados por los sectores conservadores, inmuniza el sistema ante cualquier amenaza de cambios sustanciales. Dicho de otro modo, esa coraza es capaz de invertir las promesas y las esperanzas, volviéndolas amenaza y terror3Fisher 2017, pp. 15-16.. Vale la pena detenernos a observar cómo el debate público trasladó la discusión de la consagración del derecho a la vivienda, al terreno de la incertidumbre de la expropiación. Una carta que en el papel debió ser un triunfo, pues apuntaba directo al corazón a una de las principales problemáticas del Chile actual, termina convertida al poco andar en una de sus peores amenazas, evocando pavores totalitarios y proyectos políticos abstractos y fallidos. Era a lo menos previsible, en todo caso, que en la cuna del neoliberalismo las defensas del sistema se activaran y fueran tan aterradoramente efectivas.

De más está decir que la campaña procambios constitucionales fue insuficiente, errática e ingenua. También que su redacción no fue clara, tendía a la redundancia y que las causas identitarias no contribuyeron a despejar la incertidumbre ni las dudas de la gente, sobre todo en tiempos tan inestables y frágiles como los que vivimos. Con todo, no me parece tan relevante entrar en esos terrenos –sobran análisis a ese respecto–, pues observo que el problema más grave y profundo excede la incapacidad de conectar de los sectores progresistas con las necesidades, problemas, deseos y discursos de la ciudadanía común. Lo anterior no quiere decir que no sea relevante atender nuestras propias equivocaciones, sino que urge comprender las condiciones en las que se juega el juego democrático, con sus prometidas virtudes y, más aún, con sus desestimadas falencias.

Desde luego no intento erigir ningún discurso antidemocrático ni totalitario. Más bien invito a desprendernos de la idea de que la democracia tiene valor per se y, más aún, de que existe algo así como la soberanía del pueblo o, como osan llamarla los más románticos: sabiduría popular.

Wendy Brown en El pueblo sin atributos, propone que el neoliberalismo rompe con “la promesa de una igualdad política inclusiva y compartida, de la libertad y la soberanía popular”4Brown 2016, p. 22. que el liberalismo clásico decía perseguir. La lógica mercantil del sistema imperante destruye el concepto pueblo (demos) y lo reemplaza o transforma en uno más acorde, a saber, el de capital-humano. La pérdida de sentido del colectivo como tal y la falta de incidencia de lo político en las vidas de las personas, sobre todo en su comparación con la fuerte incidencia de lo económico y las aspiraciones individuales –la mercadocracia–, terminan transformando la democracia en un mero rito que debe pervivir para no caer en sistemas políticos que atenten contra el propio modelo de libre mercado –como las dictaduras y el comunismo–, pero que en estricto rigor no cambian las vidas de las personas, volviéndose irrelevante. En una palabra, la democracia pierde su significado en tanto el neoliberalismo destruye al demos convirtiéndolo en mero capital-humano.

Hay una expresión popular muy típica y muy despreciada que reza que da igual por quién votar, si al otro día igual hay que seguir trabajando. Suele acusarse ese lugar común de simplón y carente de profundidad. Sin embargo, en él radica una verdad que suele –conviene– ignorarse: gobierne quien gobierne o, para el caso que nos convoca, tengamos la constitución que tengamos, no hay efectos significativos en la vida diaria de quienes no somos parte del juego del poder. Entonces anulo, no voto o decido sin inmiscuirme lo más mínimamente en los pormenores de lo que se elige. Rara vez lo anterior es un acto consciente, más bien se trata de la consecuencia de la desarticulación y desmoronamiento de la democracia en el capitalismo tardío.

No se trata, entonces, de un problema propio de la democracia, sino de la pérdida de atributos por parte del pueblo que ejerce teóricamente su poder a través de las urnas. Esos atributos son de hecho los que constituirían su soberanía y darían sentido al significado etimológico de gobierno del pueblo, pero que inmersos en las lógicas del capitalismo tardío no tiene ningún valor real. Como alertara Zygmunt Bauman, la democracia es la primera víctima de la mercantilización de la vida y las desigualdades que provoca5Bauman 2013, p. 12..

Si algo ha hecho el neoliberalismo, apunta Brown, es economizar las prácticas humanas a tal punto que los gobiernos se han transformado en meras administraciones muy similares a empresas y el pueblo solo ‘vale’ como capital-humano. En esta suerte de régimen corporativo pierde efecto lo político y por lo tanto no solo se hace irrelevante quién gobierna, ya que sea quien sea que lo haga deberá velar por la persistencia de esa gran empresa que es un país, sino también los electores, que al no percibir cambios en el día a día fruto de sus elecciones, renuncian a su poder y admiten la lógica económica como propia, transformándose en lo que Brown denomina homo oeconomicus6Ibid., p. 14.De ahí que los intereses de las personas tiendan a apuntar a la propiedad y a la seguridad, pues solo esta última les permitirá continuar en el círculo y poder así satisfacer los deseos que el mismo sistema les ha asignado. Así las cosas, ¿qué valor podría tener la democracia si el propio sistema no cree en ella?

Sirve ilustrar estos puntos con las representaciones paródicas de Futurama en el debate entre John Jackson contra Jack Johnson, o Los Simpsons con la célebre escena en que Homero enuncia una arenga conmovedora en contra de la enmienda 24, que buscaba expulsar a los migrantes, y con la que parece convencer a todo Springfield, pero que tras las votaciones vence con el 95% de las preferencias7Ver https://www.youtube.com/watch?v=hPFxtZGJYms. (Inevitable comparar la escena con el cierre de campaña de la opción Apruebo convocando a más de 500 mil personas solo Santiago y finalmente perdiendo en las urnas tan aplastantemente.) Lo mejor de la escena de Los Simpsons es que Homero cierra el capítulo diciendo: “¡Cuándo vamos a aprender, la democracia no funciona!”.

Bryan Caplan, intelectual ligado al pensamiento anarcocapitalista, en El mito del votante racional afirma que son los propios votantes quienes atentan contra la democracia o, al menos, contra políticas públicas que beneficien a la ciudadanía y tiendan al progreso, acusándolos de irracionales. “Según la ingenua opinión basada en el interés público –dice Caplan–, la democracia funciona porque hace aquello que los votantes desean. Según la mayoría de escépticos –sigue–, la democracia falla porque deja de hacer aquello que los votantes desean. Según mi propia opinión –sentencia–, la democracia falla precisamente porque hace aquello que los votantes desean”8Caplan 2016, p. 20..

Pero Caplan no se pregunta por las razones que motivan –o desmotivan– a la ciudadanía a tomar determinadas decisiones “irracionales”, haciendo uso de su controvertido concepto, o más bien las subestima, al punto que rápidamente sale a ofrecer una alternativa: elitizar las elecciones a través de pruebas que habiliten e inhabiliten a los votantes según conocimientos suficientes en materias como política, derechos, economía, etc. Por supuesto esta solución es absurda, pues Caplan, convenientemente, deja de lado que la principal razón para que las democracias contemporáneas atenten contra los intereses de los propios electores, es consecuencia del exacerbado economicismo y de la irrelevancia de las instituciones para atender las necesidades del pueblo.

Pareciera que la idea de Caplan de evaluar a los electores como aptos y no aptos, más bien busca asegurarse de que las decisiones de la gente no lesionen los intereses antiestadistas del modelo de libre mercado, que intentar resignificar la democracia. Para conseguir esto último, el proceso es más complejo y hará falta no solo obligar a participar a quienes llevan décadas restándose de los procesos eleccionarios, sino de hacerlos parte de la historia; dejar de verlos y entenderlos como mero capital-humano y volcar esfuerzos y recursos en que la educación y los medios contribuyan en la formación de un colectivo crítico. Mientras nos mantengamos en el primer nivel, la democracia está condenada al fracaso o a su éxito como simulacro.

En síntesis, el neoliberalismo ha debilitado la democracia volviéndola un proceso baladí. El pueblo ha visto los impactos inmediatos y superficiales del modelo económico en sus vidas, resumidos en la posibilidad de tener cosas –aun cuando esas posibilidades puedan no llegar a concretarse o lo hagan por medio del endeudamiento–, sin que la promesa democrática pueda volverse un contrapeso que suscite su genuino interés. Desde luego es posible ver avances: algunas mejoras en las condiciones laborales, mejores salarios (con el matiz del encarecimiento de la canasta familiar), algunos avances simbólicos en materia de género o multiculturalidad, pero nada lo suficientemente significativo que logre impactar y competir contra la luminosidad de los carteles y las pantallas. De ahí que tampoco importe los desastres medioambientales o la precarización laboral en los países tercermundistas, o la misma precarización laboral y autoexplotación desreguladas a las que se someten los trabajadores en Chile, como ocurre con los servicios de delivey. En ese contexto de debilitamiento democrático, bien pudo Brown cambiar su pregunta por el nunca bien ponderado lugar común: ¿por qué votamos si al otro día tenemos que trabajar igual?

Por todas estas razones no es cierto que la masividad expresada en las urnas el pasado 4 de septiembre implique verdadera soberanía popular, pues mientras el pueblo siga desinteresado con lo político y, a su vez, lo político no logre incidir significativamente en sus vidas, el escenario es perfecto para la desinformación, la mentira, la confusión y el ruido. A esto se le debe sumar la aceleración que ha producido el exceso de información que alimenta las lógicas economicistas, atacando fuertemente la comunicación y la identidad. Bifo asegura que en este contexto se hace imposible darle sentido al flujo y distinguir lo relevante de lo que no9Berardi 2020, p. 29.. Por eso es que frente a debates tan importantes que podrían mover en algo las condiciones del juego, las decisiones terminan siendo mediadas por cuestiones incidentales, irrelevantes o derechamente ajenas a la verdad. ¿Vuelve todo esto ilegítima la opción tomada por ese gigantesco 62%? Desde luego que no, se trata de una elección legítima inscrita en el marco de una democracia deslegitimada o, para evitar escozores, a lo menos en crisis.

A estas alturas podrá notarse que hay una trampa en la pregunta que origina este texto; en el escenario neoliberal el sentido democrático no pareciera poseer el peso que su concepto promete, por lo que estas razones están condenadas a la insuficiencia, la distorsión y, lo que es peor, al fracaso y la frustración de los propios anhelos del pueblo.

¿Qué rechaza quien rechaza? Hay muchas razones que responden esta pregunta, buena parte de ellas ajenas a las implicaciones reales del texto propuesto, las de su contraparte o las de la memoria histórica, sin embargo, no son tan importantes las respuestas, como la pregunta misma. No es que no importen esas razones, o que no deban ni merezcan ser atendidas, sino que es la pregunta misma la que nos permite vislumbrar una fractura democrática importante que necesita atención, si es que de verdad queremos una democracia plena; una democracia metodológica10Ibid., p. 26. que impacte e involucre realmente a la ciudadanía y que, por lo tanto, exprese –por fin– su soberanía.

Durante estas semanas hemos visto a personas lanzando discursos de humildad, llamados a sobreponerse, gente que ve en su lucha heroísmo, que enrostra torpezas y otro tanto censurando a quienes manifiestan su enojo con quienes atentaron contra sus propios deseos. Todas esas discusiones pierden de vista las condiciones que han hecho relucir lo que aparenta ser contradicciones del deseo. Por otro lado, esas discusiones tienden a caer en paternalismos y buenismos que no contribuirán en nada al objetivo principal: la revalorización de la democracia y hacer efectiva la soberanía popular. Dicho de otra forma, las discusiones sobre la forma y las revisiones autoflagelantes son muestras del gran problema progresista que pone los ojos una y otra vez en sí mismo, en su moral. Mientras los progresismos sigan entrampados en ese duelo infumable, midiendo el tamaño y grosor de sus moralidades a destajo, difícilmente serán capaces de dimensionar el tamaño del monstruo a vencer. En su discurso tras la derrota del Apruebo, el presidente Gabriel Boric salió a decir que “hay que escuchar la voz del pueblo”, pero ¿cuál es la voz del pueblo? ¿Qué voz puede tener el pueblo si es el propio sistema el que conspira contra su articulación?

el Mark Fixa

Referencias

Bauman, Zygmunt. ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? Madrid: Paidos, 2013.

Berardi, Franco (Bifo). Muerte de la democracia. Buenos Aires: No-libros, 2020.

Berardi, Franco (Bifo). Respirare. Caos y poesía. Buenos Aires: Prometeo libros, 2020.

Brown, Wendy. El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo. Madrid: Malpaso ediciones, 2016.

Caplan, Bryan. El mito del votante racional. Madrid: Inesfree, 2016.

Deleuze, Gilles, y Félix Guattari. El anti-edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Madrid: Paidos, 2005.

Fisher, Mark. Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: Caja Negra, 2017.


Imagen de portada: Erik Thor Sandberg, Correspondence

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