Iván Torres Apablaza, Po-ética y revuelta

Sobre Encerrar y Vigilar. Escrituras bajo Amenaza. Alberto Moreno y Samuel Ibarra (Eds.). Lakúma Pusáki y Marciano Ediciones. Chile, 2020.

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Encerrar y vigilar. Escrituras bajo Amenaza, es el título de esta antología poética, destinada a ser leída, pero, sobre todo, experimentada, esto es, transmutada y devuelta al registro sensible que es su origen. Tener esto en cuenta es relevante, como si se tratara de un aviso, incluso una advertencia, a toda aquella y aquel que se atreva a hacer la experiencia de leer y afectarse con las singularidades reunidas en esta producción colectiva de sentidos. Como no se trata de un libro autoral, ni de una textura homogénea, lo que pulsa en ella y establece su ritmo, es el juego acuciante de unas multiplicidades, dispuestas aquí para hacer proliferar otras afecciones, otras diferencias.

El título es también un anuncio, al tiempo que un enunciado. Esto quiere decir que se trata de singularidades salvajes que conectan con otras, que se entretejen, que se modifican en un juego recíproco, una danza infinita, un movimiento indisociable de aquellas condiciones que las actualizan. Las escrituras sensibles aquí reunidas, son por ello productividades deseantes, conmovidas por el inhóspito habitar de un mundo que se ha vuelto extraño, fragmentario, pero también intempestivo; paradójica morada de un tiempo alterado, enfrentado a la posibilidad de nuevas e inéditas composiciones. De algún modo, constituyen un signo plurívoco de los acontecimientos políticos de una revuelta y también aquellos que amenazan su potencia de invención bajo la doble excepción de una experiencia específica de la pandemia en Chile. Porque escribir bajo amenaza, es el gesto crítico de existencias insumisas sometidas a un poder que intenta clausurarlas en los confines mortíferos de un repliegue. Sin embargo, es también un peligro, una negatividad probable, incierta, puesto que se enfrenta a la exuberancia de una vida dispuesta en un terreno agonista, un campo de batallas. Desde este ángulo, encerrar y vigilar cobra el sentido de una tentativa –jamás un destino–, una pretensión belicosa por reducir cuerpos indóciles y anticipar los movimientos de formas de vida inoperosas, improductivas, incodificables en cualquier forma de racionalidad instrumental, en suma, inapropiables respecto de un orden que no promete otra cosa que existencias solitarias, mundos sin mundos, experiencias sin eróticas ni tacto. Así entendemos que lo amenazado es la vida en sentido amplio, su radical exuberancia de formas, modulaciones y estancias.

Quienes harán la experiencia de transitar por estas escrituras, se encontrarán, quizá, perplejos frente a estas relaciones, sin embargo, constituyen el suelo de nuestras experiencias presentes. Theodor Adorno –teniendo en frente la barbarie de la guerra y los campos de concentración– señaló una vez que “el arte radical es hoy, lo mismo que un arte tenebroso, arte cuyo color fundamental es el negro”. Sin duda, el pesimismo frente a la existencia es lo que posibilita el nacimiento de la tragedia, no tan solo como género estético, sino como disposición ontológica, esto es, como una forma de comparecer a su dimensión pulsional ingobernable, renunciado al gesto soberano de su domesticación. Las palabras de Adorno, encuentran así un sentido específico si se piensan como la indicación de un modo de habitar este mundo, de asignarle una forma a la vida que llevamos en él. La poética es un arte y, como tal, es un modo creativo de invención. Por ello, el pesimismo estético que denuncia la barbarie, no podría pensarse, sin más, como un estado de ánimo –siempre individual y personal–, sino como un modo singular de hacer frente al horror compartido, afirmando, en el mismo gesto, una potencia jovial, una forma poética que, a fin de cuentas, no es otra “cosa” que una forma específica de resistir. Todo gesto poético, será por ello poiesis, es decir, la disposición creativa de una actividad transformadora sobre la vida, capaz de configurar una estética de la existencia.

Quienes toman contacto con la poesía, lo hacen con el lenguaje de la imaginación, en el que adquieren forma las fuerzas salvajes de la naturaleza, especie de caja de resonancia de nuestra relación con el mundo, de aquello que en él nos con-mueve. Así, la po-ética, como enunciado de toda disposición expresiva, vuelve posible la apropiación de una experiencia negada, oscurecida, exiliada. Apropiación de lo desposeído que es lo más propio. Después de todo, la “mejor” forma de hacer que el horror se vuelva una cosa aceptable, es olvidar lo sensible, recusar con-movernos, impedir los con-tactos. Los trabajos aquí reunidos, rechazan, en cambio, esta exhortación. Sencillamente, por tratarse de un chantaje inaceptable, porque conmina la vida a una experiencia monótona, invivible, irrespirable.

La po-ética, es por ello un saber que brota de la vida y no puede desligarse de su dimensión agonista. En esto, poesía y revuelta resultan completamente solidarias, coextensivas, puesto que comparten su inclinación por el éxtasis de lo desmesurado, de lo absolutamente libre. En este sentido es que, una estética de la existencia –vale decir, otra política, otro modo de relacionarnos con la existencia en general–, no podría formularse sin jovialidad, sin la dimensión festiva con la que se enfrenta todo lo injusto, todo lo abyecto. Lo que se podrá hallar aquí, son entonces experiencias que intentan expresar la común y colectiva afirmación de una vida, mediante su poder de transfiguración poética. Posibilidad de hacer frente al horror, la violencia, la muerte y el abandono, mediante el doble movimiento de corte y sutura, en cuyos bordes cicatrizados prolifera y se extiende lo abierto de un mundo.


Referencia y descarga antología completa: Alberto Moreno y Samuel Ibarra (Eds.) (2020). Encerrar y Vigilar. Escrituras bajo Amenaza. Santiago: Lakúma Pusáki y Marciano Ediciones.

Imagen: Martín Hermida, Neohabitat/Ensamble, Buenos Aires, 2020.