Felipe Larrea, ¿1973 = 2019?

El tiempo de La crisis no moderna

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Presentación de la segunda edición (aumentada) de La crisis no moderna de la Universidad Moderna de Willy Thayer (Ediciones Mimesis, Viña del Mar, 2019). En la presentación realizada por la plataforma StreamYard el 1 de julio, aparte del autor de este texto, estuvieron Nicole Darat, Alejandra Castillo, Bret Leraul y Federico Galende.


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¿Cuál es el tiempo de La crisis no moderna?, ¿tiene una actualidad?, ¿o más bien es del orden de lo intempestivo, de lo extemporáneo, poniendo en cuestión un presente a través de la disposición que ofrece de distintas temporalidades en choque? De ahí que, de entrada, me gustaría señalar que el libro advertía algo que a fines del siglo pasado no estaba del todo consumado, y por ello respiraba y circulaba en una atmósfera global, pero también local, que se tradujo de manera un poco rápida como apocalíptica, clausurante o incluso complaciente con los discursos del fin (de la política, de las ideologías, de la militancia, del partidismo, etc.). Por esto me gustaría hablar del tiempo de este texto, para ello remitir a un lugar suyo, en el que se expresa un desfase inherente a su presunta actualidad escrituraria. O, en otras palabras, entendiendo la escritura bajo el sentido de ser una suerte de reloj que se adelanta (Kafka). En este pasaje, aquel presente descrito es más del invierno del 2020 que el presente de mediados de los años 90, y se encuentra en el acápite “Pensamiento en la facticidad”. Ahí Thayer advierte que la crisis se visibiliza en que no es posible pensar el presente de la Universidad, porque existe una imposibilidad que la condiciona, es decir, la de pensar un presente en general:

tal vez no es posible ya un presente, o la unidad representacional de ese presente. Pese a que la instantaneidad informacional del mundo globalizado nos situaría a «todos» en lo mismo, en las mismas imágenes, la proliferación de las imágenes del mundo haría estallar la unidad del mundo. La proliferación de las imágenes del mundo periclita su unidad representacional, de modo que no habría ya mundo, sino imágenes que no conforman mundo alguno (236).

¿Qué ocurre – y esto está planteado en varios lugares del texto – cuándo el enunciado y la enunciación, ambos sujetos, son indiferenciados, y pareciera que devienen una sola masa expresiva? Se podría sugerir que La crisis no moderna en tanto da cuenta de una multiplicidad de elementos heteróclitos que no forman síntesis simple en ningún caso, hace, produce o performa el tiempo supuestamente exterior a la escritura, que tampoco hace presencia al remitir a una multiplicidad de fechas, cuerpos, acontecimientos, pérdidas e inscripciones varias. Dicha multiplicidad forma parte de la cifra que constituye este libro, tanto en su versión primera, datada en 1996, como en la cuidada edición de Mimesis, fechada a fines del 2019, es decir, en plena revuelta.

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De ahí que en el entre de ambas ediciones una de las preguntas que me asaltan, como decía, es ¿cuál es la data de este libro?, sobre todo considerando lo que se inscribe en el interior de la solapa, en aquella imagen que indiferencia el 1973 con el 2019 (1973=2019). Podríamos decir que en 1996, a nivel textual, se trataba de dar cuenta de ese tiempo inactual y heteróclito que aludíamos, al advertir que el 73 era nuestra suspensión del juicio, debilitamiento de la representación, catástrofe de todas aquellas categorías que nos sujetaban a un presente; pero al mismo tiempo -y esto es literal, al mismo tiempo – la puesta en marcha del Chile neoliberal se erigía en la firma de la constitución del 80 con su posterior fomento y gestión de la Concertación, teniendo su hipérbole, precisamente, a mediados de los años 90’. Es decir, no afirma ningún tiempo simple, ningún presente u origen de los tiempos, que, en principio, pretendería enunciar.

Ahora, sin tener mucha certeza de las respuestas que podrían aparecer, plantear también ¿cuál sería, entonces, ese otro tiempo de la revuelta, en que casi fue presentado este libro?1En principio la nueva edición de La crisis no moderna de la universidad moderna sería presentado en la Biblioteca Nacional el 26 de marzo del presente año. Pero a raíz del estado de pandemia decretado en el país no se pudo realizar., ¿responde a otro tiempo?, ¿fisura la crisis?, o ¿es la crisis en tanto crisis de la crisis no moderna?, ¿qué hay, en definitiva, de lo que testifica La crisis no moderna en la revuelta iniciada en octubre pasado y detenida, puesta en crisis, hace casi ya cuatro meses? No tengo muy claro si existen respuestas como decía, por el contrario, habría que replantear el asunto de que la presentación del libro originalmente sería en un contexto singular, inaudito en lo que se denominó la postdictadura. Es que, en ese tiempo lánguido, luctuoso e inercial, era impensable algo como octubre, al menos en términos figurativos; pero aquí habría que considerar si los indicios de la revuelta, como en los intervalos de ella misma, no fulguraba en ese tiempo de lo postdictadorial. Ejemplos existen y comparecen en esta nueva edición: el 2006 secundario; el 2011 estudiantil; el mayo feminista del 2018; y finalmente, la revuelta popular de octubre del 2019.

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Valga decir que enunciamos cosas no muy distintas a lo que se ha escrito y tematizado en la escena crítica local durante estas últimas dos o tres décadas, y de la cual, La crisis no moderna es una bisagra importante, porque definió y posicionó una cierta idea del tiempo post-dictatorial, aunque sin enunciarlo directamente: la postdictadura no sólo comprendía un periodo cronológico determinado, en un después de la dictadura, sino que ésta llamaba más bien a la intensificación de lo dictatorial, entendido como el dejar atrás al “Estado como centro-sujeto de la historia nacional” dando paso “al mercado excéntrico post estatal y post nacional” (214). Ahora, la postdictadura, en La crisis no moderna, es un borde de lo que mayormente Thayer trabaja en torno al vocablo “transición”, sin duda uno de los ejes del texto y del que se extraen una serie de enunciados que permitían resistir a la habladuría plenamente transicional y sociológica. Dicha habladuría, está condicionada por un kitsch categorial, porque cualquier tipo de deseo de objetividad, de definir o trazar el presente, chocaría con esta idea de que transitamos hacia un lugar que no transita, debido a que – cito – “habitaríamos bajo los efectos de un nombre impropio para la actualidad”, siendo la postdictadura aquello que “no se va, una estación conservadora que permanece sin que otra vaya a sucederle” (208). Ni lo post ni lo transicional se aplicaban a lo que se desplazaba en los 90’, aunque ahora tengamos cierta certeza, media post-festum, cualquiera es capitán luego de la batalla: luego del 2006; luego del 2011; y sobre todo luego del 2018-2019. Pero nuevamente: ¿el tiempo de la postdictadura es también el tiempo de la revuelta de octubre?, o más bien, ¿el tiempo de la crisis no moderna es el tiempo del confinamiento, de esta suerte de Dictadura que vemos a través de nuestras pantallas con (im)posibles hurtadillas empíricas?, ¿qué signo más claro que esta misma presentación, completamente telemática, que sin duda es otra modulación de La crisis, en su momento, hace ya casi veinticinco años, sostenía como indicio de un horizonte que más temprano que tarde llegaría totalmente?

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Pero apuntaba que esta versión de La crisis no moderna, en sus inscripciones e imágenes que dan forma a su nueva edición, emana el tono, el humo, el ruido, o cierta música que estallaba (como para utilizar de otro modo aquella imagen ya cliché del “estallido”) por los días de octubre y noviembre del año pasado, cuando tal vez proliferaba un cierto entusiasmo. No sólo por el 1973 = 2019, que si bien se lee ahora no con tanto entusiasmo, si  se pueden leer en las alusiones a “la revolución de octubre”, así como la descripción de que el libro fue diagramado en “el ciclo de protestas que toca el límite del laboratorio neoliberal chileno”, y también la inscripción de la consigna callejera, insertada al final de la última página: “¡la calle no se abandona hasta que valga la pena vivir!” En febrero, cuando recibí la invitación de Willy y Mimesis para presentar el libro, me resultó curioso, fue lo primero que pensé que podía ser interesante poner en discusión. Es que el libro a mediados de los 90’ testificaba la puesta en crisis del entusiasmo, en una multiplicidad de significantes que se desprenden o se aprehenden a él: entusiasmo político, entusiasmo moderno pero también modernista, entusiasmo de vanguardia, estatal-partidista, en un cierto sentido también entusiasmo militante, pero también remitía a una sensibilidad particular, a un fin de la épica, a una clausura históricamente situada en el entusiasmo nacional de la transición, o señalado en otro registro, aquella sensibilidad retorcida de los años 90’.

Creo que es plausible afirmar esta distinción, a propósito, también, de ciertas recepciones que tuvo el libro en el contexto de los 90’ como en los 2000’, las cuales valen para otra escena de discusión. Distinción, por cierto, de dos entusiasmos, que responden a un mismo tipo de afección instalada en lo que Thayer llamará la universidad no moderna. Lo que el texto intempestivamente declamaba era que esa sensibilidad, esas afecciones concretas, depositadas en el campo social de la transición se correspondían con un kitsch categorial, que invertía, tal simulacro, las categorías bajo las cuales inercialmente se reproducía y se establecía la Universidad, pero no sólo ella sino su exterior, si es que pudiéramos resumirlo así, o en otras palabras, un cierto estado de cosas donde dicha Universidad se abría paso, como elemento constituyente del capitalismo contemporáneo. En otros términos, la Universidad, esa distopía, se presenta como una peculiar depositaria de un sin sentido, que aplica “cualidades propias de la universidad moderna -pero también cualidades teológico-medievales, incluso griegas – a la interfaz universitaria neoliberal” (254), señala Thayer en uno de los agregados a esta nueva edición de La crisis. Es entonces dicho kitsch categorial el que otorga un valor nihilista a la Universidad, porque está ofrecida totalmente a la “rentabilidad crediticia”, “a la ganancia por sobre la excelencia”.

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Para terminar y volviendo al tiempo de la revuelta de octubre, pero también al tiempo de este libro, ambos parecen colisionar en una temporalidad dislocada, heteróclita, fuera de rango como de quicio, que está inscrita, citada, en la edición de Mimesis. Por ejemplo, se encuentra en las lecturas que el mismo Thayer adhiere o injerta, los agregados que adhiere a la escritura no sólo testifican la revuelta, sustrayéndose de manera similar a ella. Enunciado esto, habría que subrayar que en 1996, o de lleno en los años 90, cierta escena crítica (que colinda con el campo literario y de las artes visuales de dicha época) en la cual este libro está inserto, ya producía ciertos enunciados que no sólo en la revuelta se darían cita, sino que años antes, tomando en cuenta que la figura del despertar (tan compleja en cierto sentido) no apareció de súbito, pues se venía fraguando socialmente, pero a nivel molecular, desde al menos quince años o más. En ese más, encontraríamos este libro, publicado en pleno entusiasmo transicional, entendiendo que el entusiasmo constituye un espíritu – kitsch – del neoliberalismo. De ahí que una hipótesis posible de discusión es la de pensar si la revuelta es revuelta de dicho entusiasmo, ¿en qué sentido? Por otro lado, la crítica no moderna se encuentra en la ruina, en los vestigios de una institucionalidad que es una pura forma vacía de contenido. Para ello, se podría aludir a la imagen de portada de la versión de 1996, obra de Carlos Altamirano, que muestra un graffiti sobre la imagen del monumento de Andrés Bello fuera de la casa central de la Universidad de Chile: ¿qué es esa imagen, cifra de este libro también, sino algo más o menos cercano y contiguo a las destrucciones, erosiones críticas de los monumentos de todo el país (pero ahora de todo del mundo), del rayado en la arquitectónica de la ciudad en una multiplicidad de consignas que “sin capillas ni reynatos”, ni menos provenientes de formas visibles de organización hicieron tender en un “hilo el paraíso neoliberal chileno”? Este libro, no es más ni menos que aquello, ni tampoco es un libro que formaría una suerte de política de cuadros, lectura que el delirio paranoico fascista hoy en día trata de capturar, llevando, a una cierta escritura, a una cierta manera de hacer teoría, a una cierta manera de disponer los cuerpos y los incorporales (como la escritura, el pensamiento, etc.) como el nuevo segmento, pero categorialmente kitsch, de un cáncer que se debe expropiar2Sólo una muestra que de seguro han sido y serán más de expresión paranoico-fascista, el Foro internacional: “Pandemia y revolución molecular”: https://url2.cl/7pwUk Pero también, nuestro ex ministro de Salud, Jaime Mañalich leyendo a Guattari: https://url2.cl/yeSsv..


Imagen: Calle de Santiago, Chile. Revuelta Octubre 2020.