Rodrigo Karmy Bolton, Política de la Enemistad

Formalismo jurídico y guerra civil mundial en Carl Schmitt

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“La humanidad es entendida como una sociedad unitaria –escribía el jurista Carl Schmitt en su Prefacio a la edición italiana de El Concepto de lo político en 1966- sustancialmente ya pacificada; enemigos ya no hay ya más; se han transformado en partners de conflicto; en el lugar de la política mundial debe instaurarse una policía mundial. A mi me parece que el mundo de hoy y la humanidad moderna están demasiado lejos de la unidad política. La policía no es nada apolítico. La política mundial es una política muy intensiva, resultante de una voluntad de pan-intervencionismo; es sólo un tipo particular de política, y por cierto que no la más atractiva, a saber: la política de la guerra civil mundial.”1Carl Schmitt Prefazione di 1966 En: Carlo Altini La fábrica de soberanía. Ed. Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2005, p. 225.. Texto central con el que inauguramos el presente ensayo y sobre el cual habrá que tener precauciones y consideraciones precisas: desde finales de los años 40 con Tierra y mar y principios de los 50 con El Nómos de la tierra Schmitt ha comenzado a trabajar en relación a la ordenación del contexto internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial y el modo en que los clásicos términos políticos de la modernidad resultan excedidos, desbordados bajo una extraña figura que despuntará bajo el término “guerra civil mundial”.   

Como sabe todo aquél que ha indagado en torno al trabajo de Schmitt, la cuestión internacional se anuda  a la crítica al liberalismo en la medida que éste plantea la noción de “humanidad” desde una representación –dirá Schmitt- de corte puramente técnico-procedimental, cuya pretensión central residirá en la neutralización total de lo político y, por tanto, en la prescindencia de la noción de “enemistad”: “La distinción propiamente política –había escrito el propio Schmitt en el primer párrafo de “El concepto de lo político”- es la distinción entre el amigo y el enemigo. Ella da a los actos y a los motivos humanos sentido político; a ella se refieren en último término todas las acciones y motivos políticos y ella, en fin, hace posible una definición conceptual, una diferencia específica, un criterio.”2Carl Schmitt El concepto de lo político. Ed Struhart y Cia. Buenos Aires, 2005, p. 31.. El término “político” se define por la distinción entre amigo y enemigo. Sólo donde hay enemistad habrá politicidad. Más, el enemigo no es algo “dado”, sino un efecto de la decisión, corte fundamental del continuum de la vida propiciado por la estructura teológico-política de la soberanía que, para Schmitt, constituirá el reducto último y primero de lo “político”: la “distinción propiamente política” es la “distinción entre el amigo y el enemigo” –dice el jurista: “No es enemigo el concurrente o el adversario en general. Tampoco lo es el contrincante, el “antagonista” en la pugna del agón. Y lo es menos aun un adversario privado cualquiera hacia el cual se experimenta antipatía.”3Idem. p. 35.. Hasta aquí, Schmitt ejerce una suerte de epoché a través de la cual el pensamiento cae, se abisma frente a las capas que se suceden unas tras otras llegando a un punctum en el que, al igual que Descartes, pareciera ser posible poder pisar suelo firme: “Enemigo –escribe Schmitt en el mismo párrafo- es una totalidad de hombres situada frente a otra análoga que lucha por su existencia, por lo menos eventualmente, o sea, según su posibilidad real. Enemigo es, pues, solamente enemigo público, todo lo que se refiere a ese grupo totalitario de hombres, afirmándose en la lucha, y especialmente a un pueblo, es público por sólo esa razón. El enemigo es “hostil”, no “inimicus” en sentido lato; pólemos no ekthrós.”4Idem. pp. 35-36.. Una nota a pie de página culmina dicho párrafo remitiendo al lector el pasaje de Platón desarrollado en La República (Libro V, Capítulo XVI, 470 de La República) donde el filósofo caracteriza al enemigo como eminentemente “público”, en el que el conflicto asume un carácter inter-estatal antes que constituir un conflicto entre los propios “griegos” que inoculan en la comunidad una violencia contra sí misma.

Pero el pasaje de Schmitt que acabamos de citar, está plagado de espectros, entre ellos, el que refiere a la noción de “posibilidad real”: si el enemigo constituye una categoría abiertamente política es porque, tal como la distingue Platón, “enemigo” designa una “lucha existencial”. Pero, tal lucha es “al menos eventualmente” –dice Schmitt- “o sea, según su posibilidad real”.

Como ha visto Jaques Derrida, el sintagma schmittiano “posibilidad real” es aquí el problemático5“(…) lo pleno se hace en presente: en nombre de un presente, por alegación de presencia, aquí en la forma de un participio presente (…) Desde el momento en que la guerra es posible, en una sociedad de combate, en una comunidad que está en guerra en el presente, puesto que no se presenta a ella misma como tal más que en referencia a esa guerra posible. Que ésta tenga lugar o no, que ésta esté decidida o no, que se haya declarado o no, eso es una alternativa empírica con respecto a una necesidad de esencia: la guerra tiene lugar, ha empezado ya antes de empezar (…)”.  Jaques Derrida Políticas de la amistad. Ed. Trotta, Madrid, 2003, pp. 105-106. puesto que Schmitt clausura el hiato que se abre entre posibilidad y efectividad y, con el sintagma “posibilidad real” comienza la guerra antes de empezarla efectivamente. La guerra ya está aquí, haya o no acción bélica alguna. Acontece como espectro, pues la guerra está desatada incluso antes de desencadenarse, el “concepto de lo político” es tal en la medida que por “político” habrá que entender espectralidad de la guerra, presencia de una ausencia. Una guerra que, por tanto, no comienza donde se declara como tal, sino mucho “antes”, en un tiempo en el que acecha y penetra en la misma vida civil configurándola como una “sociedad de combate”.

Con ello, Derrida muestra cómo es que el esquema schmittiano que pretende distinguir entre guerra y guerra civil, se derrumba en el mismo instante en que lo afirma: en virtud de su “posibilidad real”, la guerra excede la facticidad del combate y, entonces ¿cuán exterior sería la guerra respecto de la propia vida civil, cuán “política” sería ya la guerra no declarada que atraviesa la vida civil, cuán exterior o “público” será, finalmente, el enemigo hostil que se debe enfrentar? En otras palabras ¿cuán civil sería ya toda guerra antes que desatarse en las batallas contra el enemigo exterior?

La epoché del párrafo previo en el que Schmitt insistía en que “enemigo” no es esto ni lo otro, encuentra un sitio supuestamente firme y seguro, aunque no exento de problemas: la decisión última sobre la enemistad, en la que ésta no será simplemente “inimicus” sino “hostis”. ¿cuál es la diferencia? En el parrafo que sigue al que acabamos de citar se deja entrever el asunto, curiosamente, en referencia a un enemigo histórico como supuestamente sería el islam:“El conocido pasaje de la Biblia “amad a vuestros enemigos” (Matías 5, 44 y Lucas, 6, 27) (…) no se refiere al enemigo político. Por lo demás, que yo sepa, -escribe Schmitt- durante la milenaria lucha entre cristianismo y el islam, a ningún cristiano se le ha ocurrido, movido por el amor a los sarracenos, o a los turcos, que debiera entregarse Europa al islam, en vez de defenderla. El enemigo en sentido político no tiene porqué ser odiado en la esfera privada y personal, y solamente en esa esfera tiene sentido que se ame a un enemigo, es decir, al adversario. El supradicho pasaje de la Biblia no afecta la contraposición política (…)”6Carl Schmitt El Concepto de lo político. op.cit. p. 36.. El presente pasaje resulta clave para indagar en lo que llamaremos el “formalismo schmittiano”: a pesar de la crudeza de la guerra, de sus avatares trágicos y devastadores, Schmitt sostiene una posición político-jurídica (formal).

Sólo en virtud de dicho formalismo que actúa como pivote de todo sistema, el jurista puede sostener que el dictum cristiano que reza: “ama a tus enemigos” no es para nada incomparible con la pretensión “pública” del enemigo. Y sólo en dicha pretensión habrá “política”. ¿Verdaderamente sería posible una acción bélica en la que los contrincantes puedan no odiar a su enemigo? Si es así, entonces la distinción propiamente “pública” del enemigo no puede sostenerse del todo, pero si no es así, entonces Schmitt está reivindicando un principio formal frente al devenir material de la guerra. En otros términos, Schmitt acusa recibo de un cierta espectralidad en la situación de la guerra en la que su pretensión de normatividad parece resbalar, cada vez que se encuentra con ella.

Como ocurría en Descartes con el cogito, también la epoché schmittiana se detiene en un punto: la performance soberana como decisión última y primera de un acto jurídico-político capaz de distinguir entre amigo y enemigo. Y, a pesar de todas sus derrotas (en el momento en que escribe El Concepto de lo Político Schmitt se sabe derrotado por las fuerzas aliadas de la Segunda Guerra Mundial) y, por tanto, a pesar de la deriva nihilista de lo moderno que impulsa hacia el triunfo del liberalismo y su representación “técnico-procedimental”, el hecho de que aún exista una contraposición entre capitalismo y socialismo, ente los EEUU y la URSS, sigue dando el tono fundamental en la que se da la sobrevivencia de lo “político” en toda su polemicidad. A pesar de todo, parece que aún habrá enemigos, aún habrá posibilidad de decisión, aún habrá política. El hombre –ese animal propiamente “político” que tanto el liberalismo como el marxismo destruyen- aún parece estar frágilmente a resguardo. El humanismo schmittiano está alerta frente al advenimiento del nihilismo moderno.

No podemos analizar el pasaje citado al principio de este ensayo (el Prefacio a la edición italiana de 1966) en el que aparece la noción de la “guerra civil mundial” sin referirnos al concepto schmittiano de lo político en el que la categoría del “enemigo” resulta central, término sobre la que toda política –concibe Schmitt- debe andar si no quiere sucumbir. El enemigo abastece la política y, a su vez, la política no es nada más que una relación de enemistad que, como tal, articula a la guerra como una “posibilidad real” que desencadena la “paz armada” de los pueblos y la penetración de la guerra como una tecnología de la paz o, lo que es igual, como una fuerza espectral que está ausente y presente a la vez.

Precisamente, la apelación sistemática a la enemistad encuentra un punto límite en la advertencia schmittiana en torno a las transformaciones radicales experimentadas por el esquema prodigado por el Ius Publicum Europeaum: “Toda situación tiene su secreto –escribía Schmitt durante su período de internamiento en el campo de Nüremberg una vez acabada la guerra-  y toda ciencia lleva en sí su arcanunm. Yo soy el último representante consciente del Ius Publicum Europeaum, su último profesor e investigador en sentido existencial, y experimento su fin como Benito Cereno experimentó el periplo del buque pirata.”7Carl Schmitt Ex captitave salus. Ed. Trotta, Madrid, 2010, p. 67.. A pesar que es factible de cuestionar el idealismo schmittiano referido al Ius Publicum Europeaum, su apuesta consiste en plantearse como el “último representante consciente”, el “último profesor e investigador en sentido existencial” que contempla el ocaso del mundo que le dio sentido a la propia teoría que sustenta, la ruina total del Ius Publicum Europeaum. El último de los hobbesianos, que experimenta el final de la forma política en el sentido de la enemistad, advertirá unos años más tarde el modo en que dicho final advendrá: la constatación de la “guerra civil mundial” en el Prefacio de 1966 antes citado, que encontrará en un pasaje de Teoría del partisano su catalizador.

En efecto, el “partisano” constituirá para Schmitt una figura del todo sintomática: abre nuevas vías de comprensión de la guerra y la enemistad y, a su vez, clausura el mundo por el que se regía el Ius Publicum Europeaum que daba sentido a las concepciones de la guerra y la enemistad. El partisano despliega una “guerra irregular” que desafía las fronteras jurídicas de la guerra clásica, pero aún así –dirá Schmitt: “Hay que mantener el carácter intensamente político del partisano para no confundirlo con el vil ladrón y atracador que piensan exclusivamente en su provecho particular, sin tener otros motivos.”8Carl Schmitt Teoría del Partisano. Ed. Struhart y Cia. Buenos Aires, 2005, p. 23. : el partisano es una figura política. Rompe con la guerra clásica, pero mantiene el carácter político de su lucha al enfrentar a un enemigo preciso. No es un delincuente, sino un guerrillero, no piensa en su provecho personal, sino en la causa de liberación, no atiende al pillaje sino a la guerra irregular, no es, por tanto, una figura privada, sino absolutamente pública. El partisano se escombra como el extremo del Ius Publicum Europeaum, la figura que conserva la politicidad al precio de superar la tradicional mirada de la guerra. Como si, a través del partisano, el Ius Publicum Europeaum llegara al punto de su inversión, tocara el extremo de una dislocación general de sus categorías y sucumbiera a la guerra civil.

Dos pasajes de Schmitt resultan claves para comentar: el primero, en el que, a través de la situación declarada por el general francés Raoul Salan, menciona el problema de la guerra civil; el segundo, en el que refiere a las transformaciones desencadenadas vía Mao Tse Tung sobre las formulaciones de la guerra.

1.- “Una declaración de guerra es siempre una declaración de enemigo. Es evidente y se comprende, sobre todo en el caso de declaración de guerra civil. Cuando Salan declaró la guerra civil pronunció, en realidad, dos declaraciones de enemigo: frente a la insurrección argelina, la continuación de la guerra regular e irregular; frente al gobierno francés, la abertura de una guerra civil ilegal e irregular.”9Idem. p. 104.. Figura clave la de Raoul Salan general pro-gaullista quien en 1958 encabezó la insurrección del ejército francés frente al Estado para exigir el poder a Charles De Gaulle. Con ello, Salan abre dos frentes: por un lado contra la insurrección argelina, por otro, contra el Estado francés. Lo que ocupa a Schmitt es la puesta en juego de la decisión y la enemistad, en esta “doble declaración del enemigo”. Curiosa afirmación la de Schmitt que, respecto de lo que ha dicho sobre la guerra civil (que aquí resulta ser “ilegal” e “irregular”, pero ¿qué guerra civil sería “legal” y “regular”?), contradice lo que afirma aquí: en la guerra civil no habría enemigo sino hermano y, sin embargo, en la situación de Salan, ésta aparece como una situación “política”. ¿Una política de la fraternidad que va más allá de la distinción platónica propuesta en el libro VI desde la que Schmitt parece plantearse como su último y derrotado continuador?

El problema del hermano: “Salan consideraba al partisano argelino como el enemigo absoluto. De repente surge a sus espaldas un enemigo mucho peor, mucho más intensivo: el propio gobierno, el propio jefe, el propio hermano. En los hermanos de ayer vio de repente un nuevo enemigo. Esta es la esencia del caso Salan. El hermano de ayer se reveló como el enemigo más peligroso. En la noción misma del enemigo debe de haber una confusión que está en relación con la teoría de la guerra.”10Idem.. El hermano se ayer se vuelve el enemigo de hoy. La guerra se traslada al campo doméstico, al hermano, no al bárbaro. Salan combate a la vez, al hermano y al bárbaro, al gobierno francés y al argelino. Clave resulta este pasaje en lo que tiene de sintomático: Argelia y la empresa colonial implicó una mutación fundamental de las mismas categorías jurídico-políticas europeas. El propio Schmitt lo dice al final del pasaje: “en la noción misma del enemigo debe de haber una confusión que está en relación con la teoría de la guerra”. Si entendemos bien esa afirmación, diremos que, en efecto, el propio Schmitt ha encontrado el punto de dislocación de su mismo “concepto de lo político”, lugar de su propia deconstrucción, la zona en que su formalismo jurídico que sitúa a al decisión soberana a la medida de la enemistad, amenaza con naufragar sin retorno.

Porque si seguimos a Schmitt lector de Platón, la guerra entre hermanos jamás podría darse porque éstos remiten a una esfera doméstica y la guerra a un asunto de corte exclusivamente público. A la inversa: toda stasis efectivamente se da entre “hermanos”, pero jamás bajo el estatuto público de la “guerra” (pólemos). Hermanos y no ciudadanos, fraternidad y no enemistad. Precisamente, la figura del partisano que seduce a Schmitt, viene a remover los lugares de la decisión y al estatuto clásico de lo político formulado por el propio Schmitt como último profesor del Ius Publicum Europeaum. Como si el partisano fuera, a la vez, la figura que derrumba dicho orden pero, a la vez, quien mantiene aún la investidura de enemistad que caracterizará al concepto de lo político.  

2.- En el Apéndice titulado Teorías modernas sobre el partisano Schmitt finaliza el periplo acerca del partisano con la figura de Mao Tse Tung: “El héroe de la defensa nacional aparece ahora al lado del agente, del espía o agitador de la internacional comunista, y se convierte en una figura de la guerra civil internacional, que se dirige desde la central del partido y que se puede atizar al combate tanto en la guerra fría como en la guerra caliente. Con esto el horizonte de nuestra consideración está circunscrito: desde el héroe de la defensa nacional del suelo patrio hasta el instrumento de la guerra civil internacional y mundial.”11Idem. p. 122.. La figura que aparecía como “héroe nacional” se transforma desde Mao en simple “instrumento” de la guerra civil mundial. Esta última aparece en Schmitt como un fenómeno nuevo que, sin embargo, conserva la dimensión de la “enemistad absoluta” y que resultará muy eficaz: “(…) en el estado intermedio entre guerra y paz que se denomina guerra fría que, en realidad, es un estado de enemistad absoluta.” Y Schmitt continúa: “No debemos engañarnos y olvidar que una especie de guerra, desconocida hasta ahora, es decir, la guerra civil revolucionaria y global, convirtió la tierra entera en un espacio de enemistad absoluta.”12Idem. p. 145.. El campo de la guerra civil mundial seguirá siendo el de la enemistad absoluta, de ahí, el tratamiento diverso que hará Schmitt de la cuestión de la guerra civil, en su interpretación de Platón propuesta en El Concepto de lo Político y en la advertencia sobre el surgimiento de la guerra civil mundial como una nueva y ominosa articulación de lo político.

Es a propósito de la conservación de la enemistad que en el Prefacio de 1966 a la edición italiana Schmitt pueda señalar que la “policía no es nada a-político” puesto que si nuestro tiempo es el de la guerra civil mundial, Schmitt no podrá más que asumirle como un último estadio de politización que rompe el paradigma básico de la guerra clásica (al menos, aquél que se desprende de su lectura de Platón), al hacer “eficaz” y, por tanto, operar, en un estadio intermedio entre guerra y paz.

Se juega aquí la tesis de la “lucha por los grandes espacios” que, como se sabe, constituirá su punto de inflexión para con la lectura hegelo-kojeviana del fin de la historia: si para Alexandr Kojève el escenario post-estatal terminará definiéndose por la culminación de la dialéctica del reconocimiento ya prefigurada en Napoleón que habría hecho del Estado político un verdadero “Estado social”, cuya realización se habría desplegado en el nacionalsocialismo, para Schmitt, la “apropiación” nomística aún no está terminada, pues vivimos en la época de la lucha por los grandes espacios y, en ese sentido, la politicidad –a pesar de que ha desbordado al Estado- aún no ha desaparecido: “Yo temo –plantea Schmitt a Kojève en una carta del 7 de junio de 1955- (y veo) que la “apropiación” no está aún terminada.” Para Schmitt el escenario de la guerra civil mundial marca todavía la posibilidad del nómos porvenir, la apuesta por una nueva y, acaso, última “apropiación”: “¿Se han apropiado ya realmente hoy los hombres de su planeta como una unidad, de tal manera que no quede efectivamente nada más por tomar?” (p. 374). Pregunta formulada secretamente por Schmitt a Kojève en su texto Apropiación, partición, apacentamiento, que pondrá en juego el problema de un nuevo nómos de la tierra, de una nueva apropiación original del espacio. Para Schmitt, el contexto de guerra fría aguza los sentidos para la “guerra caliente” que se está llevando a cabo y que ha extremado los términos políticos desarrollados por la tradición filosófica.

“Guerra” y “guerra civil” cada vez más cercanas e indistintas, la misma noción de “guerra civil mundial” ha llevado al extremo a la enemistad al precio de difuminar progresivamente lo interior de lo exterior, la esfera de lo privado de la esfera de lo público. Guerra civil mundial o “lucha por los grandes espacios” configuran el diagnóstico schmittiano post-estatal. Así, la intensidad de la “policía” mundial remite a la “enemistad” que el nuevo escenario de la propia “guerra civil mundial” introduce.

La clave está aquí: siguiendo la interpretación platónica de lo político propuesta por Schmitt al principio de El Concepto de lo Político cabe la pregunta, nuevamente: ¿por qué concebir que el escenario inaugurado por Mao en torno a la “guerra civil mundial” asume una noción de enemistad absoluta? ¿No habíamos dicho que el “enemigo” era aquél enemigo propiamente “público” que, al no conocer ni el amor ni el odio, podía hacer la guerra de manera propia precisamente porque no hacía la guerra civil? ¿No se nos había indicado que el enemigo era pólemios y no ekthrós? Y si esto es así: ¿por qué la guerra civil mundial implica asumir el pólemios y no la figura del ekthrós? ¿No es justamente el reino de la fraternidad el que se despliega en y como guerra civil mundial? En este registro ¿por qué calificar de “guerra civil” lo que abiertamente es una “guerra” o, al revés, por qué sostener la dimensión de la “enemistad” en una escena que ya no funciona bajo la égida clásica de la “guerra”? Porque, en el fondo, Schmitt no puede renunciar al formalismo jurídico-político de la soberanía que, más allá de la excepción, consituye su verdadero ego cogito, el principio que no deja de capturar la an-arquía de lo político.


Imagen: Argelia, 1962