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Josep Rafanell i Orra, Las masas más allá del mundo patológico de Macron

Traducción por Gerardo Muñoz

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Que cualquier presidente de cualquier república haga referencia a Gustave Le Bon –de quien Mussolini fuese un atento lector– para justificar su idea de la política, ciertamente demuestra el grado de psicopatología de este personaje. Es cierto que el personaje es muy poco apetecible, y pocas veces un presidente ha sido tan odiado y ha provocado tanto desprecio. Es cierto que las masas1Hemos optado traducir “les foules” por “masas” y no multitud y plebe, para así retener una lejana resonancia con “Psychologie des foules et analyse du moi (1921) de Sigmund Freud. Agradecido al autor por la sugerencia que se levantan no ven en él más que un iluminado, rodeado de lacayos que esperan pacientemente su gran momento. Ciertamente, sus payasadas y jeremiadas suscitan cada vez más asco hacia su persona.

Pero esa ya no es la cuestión. Se trata, más bien, de cómo representa la quintaesencia republicana lo que nos interpela. Y es que las instituciones republicanas francesas, desde sus orígenes han sido una maquinaria permanente de contrainsurreccion. Sí, la institución republicana con sus constituciones se hizo contra el pueblo comunero. Sí, la policía francesa es efectivamente republicana (ya lo decía el viejo adagio de Pétain). Sí, el gobierno republicano puede así ejercer su violencia con su policía en la medida en que ésta es el cuerpo intermediario entre las masas y el poder, este poder fundado en un arkhè francés tan profundamente anclado en la matriz monárquica embellecida con los decorados del folclore cortesano.

Donde ahora las cosas se complican es cuando consideramos a Macron no solo como una caricatura psicopatológica del monarquismo republicano, sino como uno de los más dignos representantes liberal-fascismo que se extiende por todas partes: el de la promoción de la atomización que se expande, y que tiene como fundamento la radical negligencia como principio de gobierno. Se trata de una forma de gobierno que promueve la aniquilación de todo lo que hace comunidad; el de la destrucción de los lugares, y de las interdependencias que los hacen existir por fuera del espacio administrado del desastre.

Es este liberal-fascismo el que nos quiere llevar a un estado de malestar universal, asediado, paranoicos, promoviendo un mundo social donde el autogobierno debe ser sólo una minúscula totalidad cerrada sobre sí misma, temiendo los encuentros y la diferencia como tantas invasiones, sólo abierta a los flujos de valorización. Porque éste sólo sabe girar sobre sí mismo en el vacío del paso de sus destrucciones. Ante esto, vuelve el desorden social. El que se niega a la siniestra contabilidad del tiempo de nuestras vidas: durante los estallidos de manifestaciones, durante las irrupciones nocturnas en las metrópoli policializada, durante los bloqueos y ocupaciones de refinerías, en la multiplicación de sabotajes, en las luchas contra la agotamiento de las napas freáticas y contra la agroindustria que está destruyendo la tierra. Es entonces nuevamente la presencia, el entrelazamiento entre los seres que se manifiesta. Y con esto, el rechazo a dejarse gobernar.

Se trata, como en cada levantamiento, del insondable anarquismo de la vida que reaparece; se trata de formas de apoyo mutuo y cooperación que hacen estallar el idealismo enfermizo que quiere hacer del mundo una empresa total. Es hoy la interrupción del progreso arruinado, del crecimiento, de la acumulación sin fin, lo que emerge. Es la apertura hacia tiempos nuevos lo que se vuelve posible. Pero también son viejas historias enterradas que irrumpen.

Resurrecciones e insurrecciones cohabitan: he aquí lo que acecha a todo gobierno.

Ya no nos encontramos ante un movimiento social. Estamos asistiendo al surgimiento, como sucedió con el levantamiento de los Chalecos Amarillos, a la reaparición de formas comunales que juegan con las categorías sociales, lo que lleva a la disolución de las identidades y sujetos de gobierno. Nuevamente se extiende el perfume embriagador de la desconfianza hacia los diputados. Nuevamente se suceden encuentros improbables, en motines, bloqueos y ocupaciones. De nuevo apunta al rechazo contra el carcomido escenario de la representación política.

No hay garantía de que se abran otros mundos. Pero como dijo Gustav Landauer, antes de ser asesinado por los Freikorps alemanes (antepasados directos de la BRAV francesa), la revolución es una eterna prolongación. Y a todos los obsesionados con las constituciones sociales les podemos decir: “La revolución debe ser parte de nuestro orden social, debe convertirse en la regla básica de nuestra constitución”.

He aquí nuestra única constitución: aquella donde se revelan las masas, sus comunidades y geografías, sus reapropiaciones, sus encuentros inesperados, donde se forman nuevas amistades y donde se hacen presencias. Estas son las masas que se suman al rechazo, que de repente se convierten en el afuera sin el cual estamos asfixiados en la interioridad social que los gobernantes patológicos pretenden gobernar.

Las insurrecciones van y vienen. La revolución persevera.


Versión original en francés

Imagen de portada, Manifestantes se enfrentan a la policía antidisturbios francesa CRS durante el noveno día de huelgas y protestas nacionales contra la reforma de las pensiones del gobierno francés. Nantes, Francia, 23 de marzo de 2023. REUTERS/Stephane Mahe

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