Javier Agüero, Fantasma, política y república

A propósito de El Fantasma Portaliano de Rodrigo Karmy

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I

Esta no es una reseña de El Fantasma Portaliano sino una lectura.

En esta línea quiero entender este libro como una confesión, pero no una confesión de esto o de aquello; tampoco una confesión en el sentido de liberarse de nuestras supuestas miserias paganas y que serán expiadas por alguna institucionalidad redentora. No se trataría en este caso de confesar cualquier cosa, de un arrebato emocional simplemente, sino que la confesión como lo que ha devenido inconfesable, improbable en su enunciación, en su decir radical. La confesión de lo que a través de la historia de un país se ha diseminado como un éter sin tiempo y sin espacio pero que, no obstante, a juicio de Rodrigo Karmy, lo ha definido todo, incluso el resto, el suplemento, la juntura de lo que aún no es, y que, sin encarnarse en principio alguno, sin encarnación original, se reproduce y se reencarna en múltiples contingencias, infinitas contingencias que no son más que un galimatías ininteligible.

Confesar en el caso de la escritura de Karmy no es el decir resuelto de un relato organizado en torno a una verdad, sino que en “su” confesión aparece un exceso que nos desliza a la zona donde las bases y estructura completa de la idea de república se revela ahora en contra de sí misma. Al respecto, cito a Jacques Derrida: “Confesémoslo. La confesión, si la hay, debe confesar lo inconfesable, y, en consecuencia, declararlo. La confesión tendría que declarar, si fuese posible, lo inconfesable, es decir, lo injusto, lo injustificable, lo imperdonable, hasta la imposibilidad de confesar” (2000, p. 18).

Lo inconfesable que se insinúa como revelable en la escritura de Karmy es, nada más y nada menos, que un fantasma. Pero no del fantasma sin rostro, de una espectralidad desafiliada o desconocida que se desfigura hacia la eternidad sin representación, sino el fantasma portaliano, de Diego Portales, el nombre más reconocible, puede ser, en el relato de un Chile que, en él, e intentando seguir al autor, se espejea con o sin complejos, con más o menos amor por su fantasma (¿es posible amar un fantasma?), con mayor o menor adherencia, pero, innegablemente, con él, con esa suerte de espiritualidad que se adhiere a nuestra historia como un barniz, como la piel, pero también como venas que bombean en el centro de un país descalcificado en su devoción conservadora, y que ha precisado en el espectro portaliano no solo la posibilidad de construcción de toda una sociología autoritaria que ha constituido y penetrado la “razón” y los cuerpos de una comunidad, sino que, y con el mismo alcance, la extensión de una brutal dominación.

Esta es la primera radicalidad, considero, en la escritura de Rodrigo Karmy: confesar lo inconfesable de una historia que, aunque para muchos superada, se reproduce con la potencia incalculable de un significante sin rival, sin parámetro, sin ningún, al parecer, otro que se atreva a disputarle el trono, el mérito principal en la arquitectura de un pueblo, la creación de la partitura fundamental que definió el estilo, el son, el canon. Significante espectral creado bajo el amparo de una oligarquía decimonónica que estiba tanto en la derecha como en la izquierda, tan partidorepublicanista como concertacionista o frenteamplista, en fin. Nada ni nadie está a salvo del fantasma.

Sin embargo, la idea de fantasma que despliega Rodrigo Karmy a lo largo del texto no es la misma que autores, nuevamente, como Derrida desarrollan a lo largo de su obra. Ahí donde para Karmy el fantasma portaliano es una figuración imaginaria pero determinante y presente, tal como él señala, en todos y cada uno de los pactos oligárquicos que – organizados en una cultura institucional ad-hoc y a la medida del proyecto conservador– archivaron la cultura política y social de Chile, para Derrida se trataría de asumir al fantasma en un sentido afirmativo; se trataría aprender a vivir con ellos y es necesario decir sí a la venida intemporal de los que no están presentes: “[…] aprender a vivir con los fantasmas, en la conversación, en la compañía o en el compañerismo, en el comercio sin comercio de los fantasmas. A vivir de otra manera. No mejor, más justamente. Pero con ellos” (Derrida, 1993, pp. 14-15).

Esta lectura de Derrida el fantasma aparece como una exigencia ética con lo informe; exigencia de vivir con los fantasmas y asumirlos como un exceso respecto del presente. Hablamos aquí de un tiempo otro en donde lo fantasmagórico tiende a diseminarse fuera de cualquier orden cronológico. La responsabilidad, entonces, debería ser afirmativa respecto de esta no contemporaneidad. El tiempo de los fantasmas, es, también, siguiendo a Derrida, el tiempo del otro y de la significativa alteridad que nos constituye desde su desconexión metafísica de la presencia.

Por otro lado, para Derrida el fantasma, el espectro, es lo que queda del muerto y es a él a quien debemos afirmar. El espectro como huella de una memoria y también como fuerza testimonial de los ausentes. Aprender a vivir con los fantasmas es aprender a vivir con las cenizas. “Tengo la impresión de que el mejor paradigma de la huella no es […] la pista de caza, el abrirse paso, el surco en la arena, la estela en el mar, el amor del paso por su impronta, sino la ceniza (lo que resta sin restar del holocausto, del quema-todo, del incendio el incienso)” (Derrida, 1987, p. 27). La ceniza es lo que queda después de la extinción. Seremos cenizas y ellas mismas son el testimonio de que alguna vez algo fue, sin embargo, “una ceniza no es” (Derrida, 1987, p. 23).

Ahora, en la filosofía derrideana el fantasma viene, pero no llega. Pero ¿efectivamente viene? o ¿siempre está desde ya viniendo?, ¿no es acaso la imposible venida del espectro su única posibilidad de venir, de manifestarse y asediar al mundo de los vivos? La venida del espectro es su siempre estar viniendo. Hablamos de un tiempo espectral que perturba todo tipo de convenciones respecto de la presencia y el tiempo nuevamente; pensamos a la venida del fantasma como la arremetida del acontecimiento, de lo imprevisible, de lo incalculable, de lo sin predisposición, en fin, de aquello que nunca estará del lado de la presentable, aunque ésta se vea trastocada al extremo por la intuición de su asedio. En esta dirección, Derrida sostiene que: “En el fondo, el espectro es el porvenir, él está siempre por venir, sólo se presenta como lo que podría venir o (re)aparecer: en el porvenir” (1993, p. 71). El fantasma todo lo desorganiza.

Para Rodrigo Karmy, en cambio, el fantasma aparece, se revela y se codifica como un dispositivo, en el sentido más foucaultiano del término, organizador; como aquello que desde su misma fantasmagórica influencia no irrumpe, sino que planifica y coordina; no altera ni disloca, sino que precisa una historia y caligrafía una estrategia de dominación, un régimen. Fantasma que es palanca vinculante y excluyente a la vez; fantasma de clase, fantasma oligárquico, fantasma conservador, fantasma que monitorea cuerpos, deseos y que tributa (táctica y consistentemente) a su propia reproductibilidad apropiándose, con este gesto sin proporciones, de un relato y una estructura fundamental. Fantasma racional, interesado, fantasma burócrata y mercenario pagado por los capitales típicos al que no se le escapa el tiempo ni la historia. Al primero lo monitorea y a la segunda la define. Cito a Rodrigo Karmy en un pasaje excepcional, (uno de tantos), “No habrá fantasma sin muertos ni tumbas: el triunfo del portalianismo, que la historiografía conservadora no dejará de glorificar y publicitar, será el verdadero triunfo del fantasma, esto es, de una monarquía muerta e introyectada hipertróficamente en el seno de la vida de la nueva república que emerge como su fantasma” (p. 20).

Para Derrida el fantasma no triunfa ni pierde, solo divaga y acecha. Para Karmy el fantasma se impone a través de la generación de una ideología, de una facticidad y una fuerza que obtura con pericia sociológica las turbinas de esa “masa ignorante”, “rota” (en el sentido del roterío y de lo que se ha roto), incapaz de proveerse un rictus, una imagen, desperdigándose para siempre en el desolador páramo de la servidumbre.

No obstante estas diferencias, sí podemos coincidir en que, en ambas lecturas, nada es posible sin la aparición del fantasma, aunque éste no se presente jamás.

II

Tan importante como el fantasma, fáctico, pero fantasma al fin, son para Karmy “los” cuerpos (me atrevo a decir que el fantasma en este libro es un fantasma que tiende al cuerpo, que vertebra. Un espectro corpóreo, sin más). Escribe el autor: “Cuerpos legales, políticos, marginales, cuerpos que supuran cuerpos, que proliferan en la sequedad devastada y sin prisa de una república erigida en la frontera del mundo” (p. 17).

Sin señalarlo de esta forma, Rodrigo Karmy parece entrar –y en tanto la noción de cuerpos es parte del entramado teórico fundamental del libro– en el terreno de la biopolítica, asumiendo que: “La biopolítica es la forma de gobierno de una nueva dinámica de las fuerzas que expresan entre ellas relaciones de poder que el mundo clásico no conocía (Lazzarato, 2000)”. Sabemos, desde Foucault, que la biopolítica es consubstancial al surgimiento del capitalismo, por lo que, y en esta línea, el fantasma portaliano sería también un agente dispensador de biopoder gestionando, manipulando y organizando trayectorias vitales, vidas, cuerpos, en fin. Todo esto exige una nueva teoría política, pero, sobre todo, una nueva ontología del cuerpo, sin embargo, en el trabajo de Karmy, además de habitar en este perímetro ontológico, el fantasma define cuerpos legales, normativos, distribuye leyes y es quien determina el imaginario completo de un país que se funda y refunda constantemente sobre la metáfora activa de los cuerpos dominados por la fábula oligárquico-conservadora.

Y es aquí donde Karmy da con esta suerte de alquimia sociopolítica que –como él lo dice en una frase tan breve como determinante y que oxigena un análisis de largo alcance– permite “transformar los cuerpos del deseo en cuerpos del poder” (p.18). En este desplazamiento la figura de Portales adquiere una potencia inusitada en la prédica oficial de la república (a mi modo de ver solo comparable, si es que esto es posible, a Jaime Guzmán), en el sentido que tal como lo señala el autor los cuerpos deseantes, deseados, habitantes de un espacio erótico que buscan, en la diferencia que les es propia (su différence diferida, espaciada, sin genealogía posible, diremos, parafraseando a Derrida), la proliferación de nuevos y múltiples deseos (en lo que podría ser entendiendo como la agencia de una sublimación política o una política de la sublimación), pasan a formar parte de una mitología fundadora que los fosiliza, ahora, como restos de un pueblo que no fue, nunca fue, o si lo fue, fue el apéndice siempre monitoreado de una gestión geométrica perfecta que resulta del cálculo trascendente e inmanente que es el fantasma portaliano. Como lo escribe Jean-Luc Nancy: “Nada es más común a los miembros de una comunidad, en principio, que un mito, o un conjunto de mitos. El mito y la comunidad se definen, al menos en parte –pero también tal vez en su totalidad– mutuamente” (1983, p. 104).

Esto es relatado con maestría por Karmy y es una constatación, a mi juicio, de orden mayor tanto a nivel filosófico como histórico y político. Pensar la fundación de una república a partir de la violenta metamorfosis, desplegada por la furia oligárquica, de cuerpos deseantes en cuerpos sensibles al poder, es una lectura que se destaca en su originalidad y tiene ciertos rasgos de descubrimiento. Aquí también es donde pretendo entender lo que al principio señalé como “confesar lo inconfesable”; solo en esta aporía es que se dinamiza la resuelta novedad, y Rodrigo Karmy entra con coraje en este espacio ilimitado que es el espacio de los fantasmas.

Mucho más es lo que se podría decir sobre este libro que llega para impactar desde su radicalidad y que, de alguna forma siempre fiel a su estilo, altera y sacude los circunspectos análisis que proliferan desde las distintas orbitas académicas. Referirse, por ejemplo, a la intensa búsqueda por encontrar respuestas a la jerarquía del fantasma desde la lectura psicoanalítica, sobre todo lacaniana, en donde a partir de la teoría del espejo el individuo, por primera vez y en su más temprana infancia percibe con júbilo su imagen completa, comprendiendo que es una unidad y festejando la completud del cuerpo. Sin embargo, esta alegría es pasajera, efímera, rápida, no permanece, en el entendido que el niño asume que esa imagen no es él, que es una proyección, un engaño; la mentira fundante que enajena a su yo descubierto de la totalidad entrando entonces, de ahí en más, en la progresiva autoconciencia de sí como sujeto incompleto, craquelado, puesto que lo está en el espejo, lo que está fuera de sí, no es él, es solo la aparición de un doble, de un fantasma que lo ilusiona y alucina haciéndole creer que se trata de un sí mismo cuando, en realidad, es simplemente el reflejo áspero y brutal de su fragmentación. Chile sería el niño y Portales la imagen en el espejo. Portales el fantasma.

Para terminar nada más apuntar al penúltimo capítulo (el 19) titulado “An-arché” y en donde Rodrigo tensiona al fantasma desde la irrupción imponderada e incalculable del Estallido Social. Y me interesa particularmente porque arché está, también, en la etimología de la palabra archivo, noción que he trabajado y me ha interesado desde hace años, y que es entendida en principio por Derrida como una “[…] máquina indestructible, únicamente transformable, comprometida en lo sucesivo con un movimiento sin ruptura” (1973, p. 88). Esto es la repetición, la iterabilidad, (es decir a la independencia de la significación en relación al contexto). El archivo nos deriva, siempre, a esta suerte de “prótesis del origen” (Derrida, 1996, p. 126). El archivo recoge, escoge y filtra lo que será considerado en un momento fundacional, desestimando cualquier otro relato que no pertenezca al engranaje de su quasi máquina iterable: “Una obra que se sobrevive a su operación y a su operador supuestos […] una suerte de independencia o de autonomía archival y quasi maquinal (no digo maquinal, digo quasi maquinal), un poder de repetición, de repetibilidad, de iterabilidad, de substitución serial y protética” (Derrida, 2001, p. 111). El archivo con-signa, es decir reúne signos y desestima otros. Aquí la fuerza de la creación de lo que sea, en este caso, de una república.

Queremos decir con esto que Portales y su fantasma son el archivo, la violencia y el mandato original que no solo retoriza, sino que jerarquiza “la república de los cuerpos”, por citar la bajada de título del libro. Archivo, fantasma, violencia, en fin, todo en un solo nombre, en un solo espectro llamado Diego Portales.

Cito a Rodrigo Karmy y a su insistencia en la repetición:

… a esta luz, la democracia sobrevenida desde 1990 se anuda estrictamente sobre la base del fantasma portaliano que oligarquizó sus procesos y mantuvo a salvo el orden de los vencedores de 1973 —que se yuxtaponen con los vencedores de 1830—. Asistimos, pues, a la réplica del fantasma portaliano que, a la vez que abrió el proceso de restitución de su forma con el golpe de Estado en 1973, lo perpetuó y profundizó políticamente desde 1990 hasta la actualidad.

(Karmy, 2022, p. 126).

En fin, con todo, esta es una obra que se desplaza sin complejos y de manera articulada entre la historia, la filosofía, la sociología y el psicoanálisis y, aunque puede entenderse como un texto académico, se revela en todo el candor y fulgor de la plástica y libertad del ensayo. Con una rica flora y fauna bibliográfica que recorre desde Nietzsche a Patricio Marchant, pasando por Vicente Huidobro y estibando en Tocqueville. Sin olvidar a los que pueden ser los referentes principales de este libro: Gabriel Salazar, Alfredo Jocelyn-Holt y Jacques Lacan entre otros/as que seguramente se me arrancan.

Me pregunto, y esto es más personal, cuáles de los fantasmas de la historia de Chile son, también, los fantasmas de Rodrigo Karmy; cuánto de lo que lo desola y desborda radica en su propia neurosis, en su melancolía filo-político-literaria, en la búsqueda siempre esotérica, etérea al tiempo que impresa en la más aguda y poética interpretación de un país que lo atormenta al momento de pretender interpretarlo; país al que le que le hace frente con la radicalidad y el coraje del que sabe mirar de frente y decir: “Sí, yo firmo”.

Referencias

Derrida, J. (2000), “Confesar-Lo imposible. Retornos, arrepentimiento y reconciliación”, en Isegoría 23.

Derrida, J. (2001), « Le ruban de machine. Limited Ink II ». En: Papier Machine, Paris : Galilée.

Derrida, J. (1996), Le monolinguisme de l’autre, Paris : Galilée

Derrida, J. (1993), Spectres de Marx. L’État de la dette, le travail du deuil et la nouvelle International, Paris : Galilée.

Derrida, J. (1987), Feu la cendre, Paris : des femmes.

Derrida, J. (1973), L’Archéologie du frivole (Introduction à L’Essai sur l’origine des connaissances humaines, de Condillac). Paris : Galilée.

Nancy, J-L. (1983), La communauté désoeuvrée, Paris : Christian Bourgois.

Lazzarato, M. (2000), “Del biopoder a la biopolítica”, en Revista Multitudes n° 1.

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