Daniel Alvaro, Errancia de la comunidad

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La cuestión de la comunidad parece destinada a una errancia sin fin, ordenada a errar sin una dirección determinada ni un lugar de llegada conocido o predecible. La comunidad siempre está viniendo. Cifra su sentido en la venida, en el advenimiento mismo. De ahí, quizá, la imposibilidad de asignarle un significado identificable, actual o presente. Eso que podría llamarse errancia de la comunidad no se diferencia en nada de nuestra propia errancia, de nuestro andar vagante y divagante en torno al sentido de lo que somos, tenemos o hacemos en común. Al respecto, muy a menudo preguntamos sin saber qué responder o qué esperar, pero con la certeza de que al hacerlo participamos de un intercambio, de un movimiento conjunto, de un ir y venir necesariamente común sobre lo común. Esta certeza mínima, y sin embargo auspiciosa, encierra ya un comienzo de respuesta que nos impulsa a seguir preguntando con vistas a descifrar una incógnita compartida. Es así que, alrededor de la comunidad, nos encontramos, aunque más no sea para perdernos de inmediato.

En todo caso, esto es lo que testimonia la historia intrincada del pensamiento sobre la comunidad y es lo que confirman las discusiones actuales sobre esta cuestión. Como es sabido, desde hace aproximadamente cinco décadas la pregunta por la comunidad ocupa el centro de un importante debate. A lo largo de este tiempo el tema ha sido abordado por representantes de disciplinas muy diversas, entre las cuales hay que contar la ciencia y la filosofía política, la sociología, la antropología, la historia, el derecho, el psicoanálisis y la ontología, por solo nombrar algunas. Más recientemente, el tema también se ha convertido en una referencia ineludible de la estética y de las prácticas artísticas. Es claro, pues, que hoy el horizonte se expande hasta un punto donde ya no resulta posible circunscribir lo que está en juego a un lugar que le sea completamente propio, ni en el orden del pensamiento ni en el orden de la experiencia. A través de esta expansión de miradas y posiciones el estado de irresolución se hace más perceptible que nunca, ya que no solo se multiplican los rumbos por los que se encamina el rastreo, sino que cada vez parece más remota la posibilidad de llegar a una conclusión sobre este inmenso problema.

Si nos enfocamos en la historia de Occidente ‒lo que a decir verdad resulta un enfoque cada vez más sospechoso, sin duda más pobre y desde todo punto de vista insuficiente‒ se puede constatar que el asunto no ha cesado de plantearse y replantearse desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, siempre según modalidades diferentes, de acuerdo a presupuestos cambiantes y muchas veces contradictorios. Las soluciones provistas por la religión y la mitología, por la filosofía, la ciencia y la técnica, en el sentido amplio del término, fueron y continúan siendo provisorias. No hay última palabra sobre la comunidad, como tampoco hay palabra primera. Pues ningún discurso, ningún enunciado es capaz de resolver de una vez por todas un problema cuya naturaleza se transforma con la aparición de interpretaciones nuevas dispuestas a reformularlo. El estatuto problemático de la comunidad es eso mismo que hace de ella un enigma a interrogar antes que un sentido dado. La historia de este interrogante tantas veces interrumpido y retomado en el curso de los siglos, incluso olvidado y redescubierto en sucesivas ocasiones, es la historia de una multiplicidad de voces, escrituras y luchas entrelazadas en una sucesión aparentemente inacabable. Este inacabamiento evidencia la historicidad irreductible de esta cuestión, así como la imposibilidad de hacer de ella una verdad cerrada o clausurada sobre sí misma. Precisamente porque la idea de comunidad es histórica y permanece abierta en su historicidad, es factible reconocer ciertos hitos fundamentales, configuraciones institucionales, territoriales y lingüísticas, momentos de auge, crisis y decadencia, nombres propios y comunes que la representan, tradiciones que la reclaman o la exigen, y otras que por el contrario la resisten. Afirmar su errancia no equivale a desconocer su historia y menos aún a vaciarla de sentido o de valor. Antes bien, si cabe hablar de un andar errante de la comunidad es justamente en razón de un recorrido histórico determinado y de los significados que se encadenan uno tras otro alrededor de esta emblemática figura.

Lo que hoy entendemos por comunidad resulta indisociable de este entramado histórico y semántico, aunque los discursos actuales que se sirven de la palabra no siempre lo tengan en cuenta o solo lo hagan parcialmente. Para dimensionar la relevancia de esta trama es necesario advertir que la idea de comunidad ocupa un sitio destacado en la formación y el desarrollo del pensamiento occidental. En diferente medida, se encuentra presente en las teorías sobre la vida en común de todos los tiempos. La encontramos en la concepción griega de la koinonía, es decir, de la comunidad en cuanto forma de socialidad humana en su acepción política, ética o económica; en la doctrina romana de la res publica, la “cosa pública” o “común”; y en los debates teológicos, políticos y jurídicos que atravesaron el medioevo. Con la llegada de la Ilustración, la idea de comunidad fue reelaborada a la luz de los desarrollos teóricos del derecho natural moderno. Pero alcanzó por primera vez rigor conceptual y estatuto científico gracias a las tesis económicas, sociológicas y antropológicas planteadas en el siglo XIX. Ya en pleno siglo XX, el término “comunidad” logró sintetizar las aspiraciones de movimientos revolucionarios ideológicamente dispares y, finalmente, se convirtió en un concepto clave de los discursos totalitarios, tanto de izquierda como de derecha. Estas referencias sumarias y extremadamente simplificadas no describen una línea histórica ni alcanzan a delinear una genealogía. Son apenas una muestra de las derivas comunitarias del pasado sobre las cuales aún gravitan, en buena medida, las derivas del presente.               

Las discusiones contemporáneas están repartidas en campos definidos, cuyos límites han sido largamente trabajados por el proceso moderno de especialización y diferenciación del conocimiento. La inquietud por la comunidad se difracta así en teorías y prácticas múltiples, asociadas a disciplinas relativamente autónomas e independientes unas de otras. La perspectiva ético-política, social y metafísica fueron y siguen siendo predominantes en el tratamiento del problema, aunque hoy en día no son los únicas ni aquellas de los cuales dependen todas los demás. Por un lado, sucede que proliferan nuevos acercamientos que desplazan los puntos de vista consagrados y a través de los cuales se abren dimensiones hasta ahora inexploradas. Por otro lado, y al mismo tiempo, ocurre que al interior de los campos tradicionales se desencadenan disputas que hacen tambalear los presupuestos que hasta hace no mucho tiempo atrás garantizaban un mínimo consenso acerca de los alcances y limitaciones del asunto.

Todo parece indicar que a los efectos de un análisis crítico o deconstructivo se requiere una consideración comprehensiva, capaz de tener en cuenta simultáneamente distintas temporalidades y cronologías, diferentes lenguajes y sensibilidades, corpus textuales y legados prácticos, algo así como un pensamiento de lo conjunto y lo disjunto, de las intersecciones móviles y los regímenes cruzados. No hace falta insistir en las notables diferencias entre las perspectivas que se acaban de mencionar. Basta con tener presente que siguen trayectorias disímiles, pero siempre en los confines de una misma constelación problemática. En cualquier caso, cabe destacar que, a pesar de la exigua y entrecortada comunicación que mantienen entre sí, existe entre ellas una relación para la cual aún carecemos de discurso. Entre el registro político, social y ontológico hay una coimplicación que sin duda complica las cosas, empezando por la “cosa” denominada comunidad. Eludir esta complicación, ignorándola o negándola, contribuye al empobrecimiento de un tópico cuya riqueza depende entre otras cosas de la diversidad de perspectivas de las que se dispone para comprenderlo. Pues no hay, nunca ha habido en verdad, una teoría de alcance político o social que no suponga, sea implícita, sea explícitamente, una toma de posición acerca del origen y la constitución de la realidad sobre la cual se expresa. Tampoco se encontrará una “filosofía primera”, como se decía en otro tiempo, o una ontología, ni siquiera cuando esta se hace llamar “fundamental”, que no ostente de forma directa o indirecta una determinada concepción social y política del mundo. Respetar la singularidad de cada uno de estas instancias y afirmar al mismo tiempo su implicación mutua no son gestos excluyentes. El desafío consiste en articularlos y si es necesario inventar nuevas lógicas combinatorias sin por ello dejar de diferenciarlos. El creciente reconocimiento de esta imbricación entre instancias encontradas y a menudo intraducibles entre sí, permite vislumbrar la extrema complejidad en la que nos movemos desde el momento en que se intenta otorgarle un significado a la comunidad.

Lo que entendemos por comunidad es eso mismo que vuelve posible el sentido. Hay sentido y sentidos porque somos una pluralidad de seres singulares inextricablemente relacionados entre sí. De lo contrario no habría nada que tuviera o hiciera sentido (al menos para “nosotros”, los humanos). Lo que está en discusión es la significación de aquello que abre la discusión, y con ella el disenso y el consenso, las pasiones políticas y los afanes teóricos. Parte de la dificultad reside en que no hay significado presente para algo que propiamente hablando nunca tiene lugar, sino que es el lugar. La relación o más bien las relaciones son el lugar de apertura del sentido. Las relaciones son constitutivas del sentido circulante entre las singularidades que somos, del sentido por donde transitan los deseos, las razones y sinrazones, los afectos y los pensamientos. Se podría decir que somos el sentido en cuya indagación nos perdemos y nos encontramos sin cesar. Ahora bien, no es viable dar alcance a eso que se busca, entre otras razones de peso, porque la propia búsqueda transforma y pone en fuga lo que se pretende alcanzar. Para nombrar la posibilidad de que un envío no llegue jamás a destino, posibilidad que a su vez mueve el deseo de enviar o reenviar, Jacques Derrida inventó una palabra: la “destinerrancia”. Este cuasiconcepto puede servir para describir nuestra situación: andamos a tientas, explorando formas de vida en común cada vez más extremas y a riesgo de extraviarnos para siempre, pero andamos, justamente, en la medida en que no hay garantía alguna de llegar a un fin. Solo hay destino para la experiencia de la errancia, lo que en cierto modo equivale a decir que no lo hay. Con todo, la ausencia de destino o destinación no es un defecto ni una debilidad ni un signo de supuesta inautenticidad. No nos hace peores, pero tampoco mejores. Nos hace ser exactamente lo que somos: seres erráticos de una comunidad que se encuentra asimismo en estado de errancia.

Andar sin destino no es lo mismo que fallar o equivocarse. Sin embargo, entre una errancia y la otra media lo inevitable. En todos los sentidos del término, errar es preciso. Fernando Pessoa, autor de preciosas páginas sobre esta materia, escribió: “Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso”. Aquí, como cada vez que se trata de la existencia, el dolor no es disociable del riesgo acaso placentero que lleva consigo la aventura. Existir es ante todo una experiencia compartida, expuesta a los vaivenes de una convivencia tan incierta como impredecible. Tal es nuestra gracia, nuestro don de errar.


Imagen de Portada:

Paul Klee, Ein Fetzen Gemeinschaft, 1932.