Luis Ángel Campillos Morón, Contra las fronteras

Una llamada a la fronterritorialización

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1. El Poder excluyente-atractivo de la frontera

Las fronteras clásicas, desde una posición libertaria, o, si se quiere, mínimamente humanitaria, desprenden negatividad. Diciéndolo en plata: no sólo comportan múltiples injusticias, sino que acaban matando a seres inocentes. Nos posicionamos firmemente en contra de cualquier Centro que imponga (o pretenda imponer) su modo de vida, su Modelo. Llamaremos Poder, con mayúscula, a este Centro. Un ejemplo: diversos Poderes del Norte crean fronteras para evitar que los pobres y ociosos y peligrosos habitantes del Sur les incomoden. Pero esto no es todo. Actualmente, las fronteras son muy difusas, lo cual no significa que sean menos eficaces. En este mundo globalizado, los muros de hormigón y los alambres de espino, a merced del capital, también se adaptan a los nuevos tiempos.

Atendiendo a los principios de inclusión e integración, en los colegios e institutos de educación pública, no debería haber fronteras. Por lo menos, prima facie, no parece haber fronteras físicas (allende el hecho de que la mayoría de Institutos de Educación Secundaria estén construidos al modo-prisión1Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Madrid: Biblioteca Nueva, 2012.: aulas-celda; recreo-patio interior; muros exteriores; entrada-registro). Sin embargo, el bullying campa a sus anchas y el índice de suicidios entre adolescentes aumenta. La discriminación que sufre la adolescente proviene de una frontera, de un categoría que clasifica como negativa su condición de “gorda” o “negra” o “retrasada” o “tímida” o “inmigrante de mierda”. Así que no hace falta que las fronteras sean muros coronados por alambres de espino para que produzcan negatividad, esto es, impotencia, pues también existen (y son tanto o más efectivas) fronteras ideológicas, socio-culturales, etc.

La potencia (que tomamos, sobre todo, de las filosofías de Spinoza, Nietzsche y Deleuze-Guattari) va a ser clave en nuestro discurso. La adolescente que acaba suicidándose a causa del bullying se convierte en un ser impotente, pierde su fuerza vital, su capacidad de acción. He aquí la negatividad, la impotencia. Las fronteras no están ahí, simplemente, neutralmente, sino que son (o han sido) construidas por algún Poder. El Poder se funda a partir de la generación de impotencia. El Poder puede concretarse tanto en un padre como en un dictador como en el presidente de un banco como en un grupo de adolescentes. Pero en el fondo, siempre opera del mismo modo. El Poder usa fronteras, categorías que excluyen a ciertos seres de su régimen. Estos seres excluidos, como poco, no son bienvenidos. Y si vienen y no pueden ser reformados para encajar en el régimen de Poder, serán expulsados o aniquilados. Por ejemplo, para un racista, la frontera-raza es indispensable para preservar su (pretendida) primacía. O, para un adinerado, el puente que han construido (ex profeso) camino a su urbanización y que impide el paso por carretera a cualquier autobús u otro transporte público, le separa del pobre. Los dos anteriores ejemplos, así como el muro de México o la valla de Melilla, simbolizan las amplias terrazas donde el Poder (con sus caretas estadounidense o europea o capitalista o racista o fascista y tantas otras) se sienta a fumarse un puro mientras observa el arcoíris de la exclusión.

Pero las fronteras no sólo excluyen, también atraen. Las fronteras atraen, precisamente, para continuar vigentes, para permanecer. “¿Qué será de nosotros ahora, sin los bárbaros?”, decían los romanos, según el verso de Kavafis. En otras palabras, ¿qué sería de los blancos racistas sin los negros? Los blancos racistas necesitan negros. Sin negros, los blancos racistas pierden su razón de ser. El racismo necesita la categoría raza, como incide Mbembe en su libro Crítica a la razón negra2Mbembe, Achille. Crítica de la razón negra. Ensayo sobre el racismo contemporáneo. Barcelona: Futuro Anterior Ediciones, 2016.. Por ende, en este caso, el del racismo, la frontera-raza fundamenta el Poder de cualquier grupo blanco racista. Siempre subyace la misma función. Otro ejemplo: el grupo de adolescentes que visten a la moda y se enorgullecen de su modo de ser (de vestir) y que andan buscando a gente que vista de otra forma, inadecuada o irrisoria u otros calificativos negativos, según su criterio. En este caso, la frontera-moda les sirve para echarse unas risitas malvadas cuando observan desde su banco de oro a algún “vagabundo zarrapastroso”. Al igual que los blancos con los negros, los “pijos” no son nadie sin los “guarros”. Las fronteras que usan los pijos para ser pijos, como el dinero, la forma de vestir, los gustos musicales o lo que sea, continuamente llaman a lo otro, a lo que no encaja en el Modelo y por ello debe ser excluido. De esa forma los pijos pueden mantener su status y continuar viviendo en su anhelado pedestal. En suma, la frontera tiene doble cara, un función bifaz: excluye a la vez que atrae. Y además, no hay frontera sin Poder; así como no hay Poder sin impotencia. El Poder del blanco o del pijo o del europeo proviene del hecho de generar impotencia (o tratar de hacerlo) en el negro o el guarro o el africano. Obviamente, el negro o el guarro o el africano o la tribu del Amazonas podrán intentar defenderse para conservar su potencia, pero esto no niega la mayor: el Poder excluyente-atractivo de la frontera.

Desde esta hipótesis, si una frontera no se imbrica con cierto Poder, es decir, si no logra menoscabar el potencial de algún ser, no es frontera. Por ello, las fronteras han de ser efectivas, traer consecuencias, aunque éstas, muchas veces, apenas sean perceptibles. Pongamos por caso el maltrato de un padre a su hijo en el ámbito del hogar. Aunque pudiese parecer mínimo o muy leve, si ese trato produce un menoscabo del potencial del hijo, ahí opera una frontera. El padre deviene Poder y el hijo es sometido. Gracias a esa frontera, el Padre está excluyendo ciertos modos de ser del hijo que no encajan con su Modelo de vida. Así como la función exclusiva puede ser harto evanescente, lo mismo ocurre con la función atractiva. No es necesario que el hijo maltratado se vea atraído por su Padre porque es Éste quien le atrae para educarle a su manera. Mientras exista esa relación de dependencia Padre-hijo, la frontera persistirá. Ahora bien, pensemos que el hijo crece y se emancipa y deja de tener contacto con su padre. Incluso que no tiene ningún trauma en absoluto y vive una vida plena. Este hijo ya no se verá afectado negativamente por la frontera, ya no será atraído por la frontera que instauró en su día su Padre. Esa frontera específica dejará de tener efectos, luego se disipará, dejará de ser frontera. La direccionalidad se ancla en la frontera. La frontera posee un vector. La frontera señala a un enemigo que devendrá súbdito. Sin ese enemigo no es posible instituir un Poder, pues el Poder, recordemos, sobrevive gracias a la generación de impotencia. Esta impotencia comporta exclusión, discriminación, infravaloración…, en fin, lamentablemente, tiene muchas caras. En este sentido, las fronteras son dependientes del enemigo. No hay Amo sin esclavo, como tampoco hay Poder sin súbdito. Como vemos, el concepto dependencia es crucial para las fronteras. Las fronteras relacionan Amo con esclavo. Pero esta relación no es horizontal, no es de tú a tú. Esta relación es una relación de dependencia, es una relación jerárquica. La jerarquía verticaliza: coloca en un estrato superior al Amo, por encima del esclavo. Según su etimología, el subdito es aquel que se halla por debajo (sub) de lo que se le dice (dito). De acuerdo con nuestro ejemplo, cuando aquel grupito de adolescentes catalogaba a alguien como “gorda”, la colocaba debajo, en un plano inferior. Sin embargo, esa “gorda” puede hacer caso omiso, “pasar” de las “pijas” y conservar su potencial, no someterse a la categorización que pretenden imponerle. En este caso, las “pijas” deberán continuar activando sus fronteras, buscar más presas, alguien a quien le afecte negativamente ser denominada “gorda”. Incidiendo en la relación de dependencia, hoy en día, el capitalismo esnifa dosis de dependencia. Pero esto no merma su Poder, en absoluto, pues sus narices revestidas de oro resisten la mar de bien la ingesta. El capitalismo actual parece ser inmune a la sobredosis. Su administración fluida, su virtualidad, su aparente laxitud, su promoción del ecologismo, del respeto a los derechos humanos, de la salud… enmascaran su Poder. Una dosis de dependencia sería, por ejemplo, la firma de un contrato de trabajo basura. El capitalismo no sólo lo celebra sino que vive de ello, se alimenta de ello, lo consume. Sí, ente otras muchas cosas, el capitalismo consume contratos basura. ¿Cuántas dosis soporta el Capitalismo? Infinitas, porque son dosis que él prepara de antemano. El Capitalismo es tanto la fábrica clandestina donde se prepara la droga como el camello que la vende como el jefe del cártel. Su droga favorita es el dinero. El capitalismo nos obliga a depender del dinero. El dinero es otro buen ejemplo para comprobar el poder de atracción de la frontera. La frontera-dinero separa a la vez que atrae: construye tanto clubes de golf como favelas. Y no se queda ahí. Los ecos de la frontera-dinero generan “delincuencia”, pues la gente de las favelas necesita dinero para comer y no tiene dinero para comprar comida y roba. Mas la frontera-dinero también se encuentra bajo la promulgación de leyes, dado que la gente de las favelas necesita dinero para comer y no tiene dinero para comprar comida y roba y eso no está bien luego hay que imponerles una pena y para que haya un castigo se debe crear una ley que lo establezca.

2. Fronterras

Decíamos que el capitalismo parece inmune a las sobredosis. Nuestro objetivo es buscar el modo en que no resista, en que no soporte más dosis. Pero hay que generar algo que el capitalismo no controle. Decimos capitalismo como ejemplo de cualquier Poder, pues, nuestro enemigo no es sólo el capitalismo, evidentemente, sino cualquier Centro que ostente un Poder, luego que construya fronteras negativas, limitantes, discriminatorias. Así que, en última instancia, hemos de buscar el modo en que todo Poder muera de sobredosis. Para llevarlo a cabo, debemos luchar a la contra. En lugar de Poder, de dependencia, necesitamos conservar nuestro potencial, sin, evidentemente, constituir ningún Poder, para mantener nuestra independencia de las fronteras, como hacía aquella “gorda” que pasaba completamente de las “pijas”.

La droga que debemos construir en nuestro taller es una sustancia que el Poder no controle, debe ser algo completamente desconocido para Él, ajeno a Él. No vamos a trabajar como camellos, ni vamos a convertirnos en jefes de un cártel. No vamos a vender nada, ni a generar dependencia, pues ello nos convertiría en otra cara del Poder. Si queremos matar de sobredosis al Poder, no podemos aislarnos, no somos ascetas, no renunciamos ni un ápice a nuestro potencial vital. Deberemos combatir al Poder de tal modo que Éste no nos soporte. Nuestro potencial vital supondrá su derrocamiento. No lo necesitamos, no queremos nada del Poder, no operamos con relaciones de dependencia-sumisión. No seremos Amos y ni esclavos. El Poder morirá de sobredosis de fronteras. Ahora bien, obviamente, estas fronteras van a ser muy distintas. El Poder no está preparado para nuestras fronteras. No soportará nuestra potencia. No conseguirá asumirla, subsumirla.

En lugar de fronteras clásicas, negativas, fronteras del Poder, nuestras fronteras serán positivas. Y no serán Una sino multiplicidades, fronteras diferenciales, fronteras mutantes. No instituiremos un Modelo de frontera sino nuevos modos de ser frontera. Seremos fronterizos. Nuestras fronteras no podrán ser normalizadas, legalizadas, aceptadas por un Modelo preestablecido con base en una cierta categorización de la realidad. Construiremos el lado positivo, productivo, de las fronteras. Rechazamos las fronteras establecidas de antemano por diferentes instituciones, gracias a relaciones de poder que constituyen (de nuevo: instituyen) algún Poder (con mayúscula) que menoscaba el potencial de sus súbditos. Rechazamos de pleno delegar nuestro potencial, nuestra capacidad de hacer, de construir nuevos mundos, nuevos hábitats sin tener que pedir permiso a algún Poder o sin ceder nuestro potencial habitacional-constructivo. Ahora debemos centrarnos en la noción positiva de frontera, pero, antes de presentar tres (de sus posibles) atributos, nos preguntarnos si habríamos de cambiar el nombre a estas nuestras fronteras, si hemos de llamarlas de otra forma para diferenciarlas de las otras fronteras, de las fronteras clásicas, las fronteras negativas del Poder. No estaría de más, en pro de la claridad. Las llamaremos fronterras. Añadamos una r, no sólo para constituir resonancia (como quiere Hartmut Rosa en su obra así intitulada3Rosa, Hartmut. Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Madrid: Katz, 2020.) o para sumar sonoridad, potencia, en el propio término, sino también para aludir a terras, esto es, a tierras. De esta forma les otorgamos un sentido que les era arrebatado, el sentido material de la habitabilidad. Veamos entonces cómo han de ser estas fronteras positivas. Sin ánimo de establecer definiciones taxativas, destacaremos tres atributos: creación, habitabilidad y apertura.

En primer lugar, ya lo mencionamos más arriba, las fronteras no deben estar construidas por otros. Debemos construir fronteras ex nihilo, sí crear fronteras, como el supuesto Dios. Obviamente, desde una filosofía materialista, entendemos esta nada (nihil) como una nada productiva que alimenta el ser para así retroalimentarse. Crear desde la nada es inventar, generar desde abajo. Nada más (y nada menos) que combinar el mundo de otra forma. No aceptamos las fronteras impuestas desde arriba, con base en una jerarquía preestablecida, es más, les declaramos la guerra. Pero creemos que, en lugar de ir a derribar los muros que ya existen y que delimitan y conforman territorios y establecen categorías reductoras, resultará más eficaz generar nuevas fronterras. De esta forma evitamos una acción-reacción que el Poder ansía, porque, en parte, vive de ello: suelta virus en su propio sistema para perpetuar la aparente necesidad de control (recordemos el ciclo de la droga: del taller al camello). Digamos que este escrito, en definitiva, es una táctica de batalla, una apuesta por la guerrilla. No iremos donde se nos espera. La policía nos espera en la frontera, en el muro, en las costas de un Estado-Nación. No iremos allí. Ir a combatir a ese lugar predeterminado por el Poder es morder su anzuelo. Los medios de comunicación de masas venden esos acontecimientos bajo el susurro de “es necesario aumentar la seguridad” porque el Sistema se halla en peligro.

En segundo lugar, estas fronterras deben ser habitables. No construiremos muros al uso. Nadie puede vivir en un muro. Rechazamos el ascetismo. Simeón el estilita sobre la columna no nos representa. No pretendemos llegar al Cielo para solicitar alguna prebenda o rogar por reformas institucionales. Nuestras fronterras no son reformistas pues rechazan de pleno el Modelo que perpetúa la Forma-frontera. Más bien al contrario, hemos de seguir a pie de tierra, en el sentido del sentido de la tierra de Nietzsche. Producir tierras, producir sentido4Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. Barcelona: Paidós, 2010. sin obedecer a ningún Significante (Poder) que otorga el sentido al mundo, que establece las definiciones de los términos y cuadricula toda la realidad.

Viviremos en las fronterras, mejor dicho, viviremos las fronterras, donde no admitiremos el imperio de ningún Poder ni nada que se proponga limitar nuestros potenciales vitales. Una de las funciones cruciales de los muros (sean físicos o virtuales, recordemos: ambos igual de reales, es decir, igual de efectivos) de las fronteras actuales es restar, dividir, separar. Sin embargo, sabemos que, por naturaleza, por mera física, toda frontera es porosa. Ningún Poder puede construir fronteras definitivas, precisamente porque ningún Poder tiene tanto poder como quisiera, porque el potencial de los súbditos o esclavos, puede cambiar de sentido y devenir revolucionario. Porque siempre existe un potencial latente irreductible. Esto nos remitiría a lo virtual en Deleuze, pero no nos detendremos en más precisiones filosóficas de las que sean necesarias para que nuestro mensaje se comprenda abiertamente. En suma, una buena mañana el esclavo desoye el despertador y no aparece donde se le espera, tampoco contesta a las llamadas, se ha marchado del redil.

Somos conscientes de que en nuestras fronterras (necesariamente porosas, como las fronteras clásicas), lugares que habitaremos, podrán irrumpir agentes contrarrevolucionarios a los que deberemos hacer frente. Este hacer frente también se desprende del inicio de la palabra fronterra, ese front. A pesar de que nuestras fronterras puedan ocultarse, en pro de su pervivencia, para mantener su capacidad de acción, de acuerdo con alguna táctica de guerrilla, lo que es inexorable es su espíritu luchador. Tengamos o no miedo, no somos unos cobardes. Jamás delegaremos nuestros potenciales, no venderemos nuestra alma al Poder.

En tercer lugar, nuestras fronterras serán lugares abiertos. Más allá de la necesaria porosidad de todo sistema, nuestros hábitats conectarán con el mundo libertario que queremos construir. Nuestras fronterras no echarán raíces sino que constituirán rizomas. Antagonista del modelo-árbol, el rizoma, de acuerdo con Deleuze-Guattari5Deleuze, Gilles y Guattari, Felix. Rizoma: introducción. Valencia: Pre-textos, 1977., evita el centro. El árbol posee unas raíces, un tronco y unas ramas. El tronco es uno, es el centro vertebrador, el fundamento. En nuestras fronterras no existe un único centro determinado. Nuestras fronterras se hallan en continua descentralización para evitar generar cualquier Poder. En cambio, el rizoma no categoriza qué es tronco, qué raíz, qué rama. En el modo-rizoma, todo es en el mismo sentido, nada prevalece sobre lo otro, todo es radicalmente democrático6Evitemos, de todas formas, el término democracia, pues hoy se encuentra tan manoseado como su dinero.. El rizoma entra y sale de la tierra, lo que ahora parece ser rama luego es raíz, ¿o podría ser tronco? Imposible determinarlo. El rizoma no comporta un modelo, no quiere copias, no pretende súbditos. Por el contrario, en el árbol, tanto las ramas como las raíces son una suerte de hijas del Tronco, hechas a imagen y semejanza del Tronco, quien otorga consistencia e identidad al árbol. Desde este sentido de apertura, nos encontramos ante fronterrizomas, hábitats siempre comunitarios, hospitalarios con otras fronterras libertarias, pues toda fronterra es amiga, en el sentido spinoziano, con la que compartimos la potencia y que nos proporciona una preciosa fuente de alegría. Las fronteras clásicas operan con disyuntores. O estás en un país o estás en otro. O eres blanco o eres negro. O eres mujer o eres hombre. Nuestras fronterras operan con la y conectiva, queremos más y más yes. Sí. Todas son bienvenidas: fronterritorialicemos el mundo.

3. Fronterritorializar. Horizontalizar el horizonte

El horizonte es un límite productivo. El horizonte se va alejando mientras nos acercamos. El horizonte no puede ser apresado, siempre escapa. El horizonte es muy peligroso para el Poder. El Poder no puede evitar la existencia de horizontes. El Poder coloca los muros allí, precisamente, para convertir el horizonte en un límite determinante, improductivo, negativo. Imaginemos que nos encontramos en la costa, observando el horizonte, esa línea difusa donde mar y cielo se funden. Para empezar, sabemos que esa línea no es en realidad una línea sino un territorio fluyente y confluyente. Pero al Poder le interesa que el horizonte sea (precisamente) una línea (precisa) porque las líneas sirven para determinar, para encerrar perímetros. ¿Qué hace el Poder? Regresemos a nuestra vista sobre el horizonte en el mar. El Poder sitúa allí barcos y más barcos, barcos enormes, petroleros, portacontenedores, portaviones, etc… todos en fila para conformar un muro, para convertir al horizonte en una frontera negativa. Claro que no los vemos, a veces vaga por ahí un gran barco, o varios, pero podemos seguir percibiendo el horizonte y saboreando su belleza. Sin embargo, todos esos barcos están, de manera virtual (pero real), pero están. Si comprenden nuestro mensaje, cuando regresen a la costa y observen el horizonte, los verán.

El Poder posee un axioma fundamental debemos destruir. El Poder parte del individualismo. El Poder genera fronteras negativas, que son fácilmente asimiladas por la sociedad, porque la propia sociedad está previamente fronterizada. El individuo es en sí una frontera negativa. El individuo es una identidad cerrada, tiene su carnet que le diferencia del resto. Sin embargo, esta diferencia es, en el fondo, reductora. Esta diferencia que proporciona tener tu propio carnet de identidad, en definitiva, tu propia identidad, es ilusoria. Es una diferencia que, paradójicamente, reduce la potencia diferencial, que evita que seas más diferente de lo que se permite. El individuo se halla preso en sí mismo y se cree libre, se cree diferente, único. Hoy en día los eslóganes capitalistas juegan con este mensaje: ¡sé tú mismo! Sin embargo, ese tú mismo significa sé otro más del redil, sé igual de esclavo que el resto. Mientras mantengas tu esclavitud, puedes diferenciarte todo lo que quieras, pero ojo, no hagas peligrar el sistema de identidades fronterizas que despliega el Poder. Como decíamos, el individuo ya está fronterizado, ya aparece así, en la sociedad. Tienes tu nombre, tus apellidos, tu carnet de identidad, tu tarjeta del banco. Todo es exclusivo, sólo tuyo. ¡Enhorabuena! Estamos hartos de oír bajo una sonrisa idiota: “¡es así!, ¡así son las cosas!”. Pero, ojo, sabemos bien que el ser no implica el deber ser. Que las cosas sean así no quiere decir que deban ser así.

El individuo, atómico, uno, indivisible, lleva consigo sus fronteras, desde las propiamente corporales (la piel es el límite negativo del cuerpo: “¡no me toques!”) hasta las sociales y culturales. Las fronteras del individuo se amplían con la casa individual donde vive el individuo. Su familia también es una, obviamente. De igual forma, su ciudad, su País, su equipo de fútbol y todo lo que sea, pero siempre uno, uno determinado, uno preciso, uno limitante, uno que no se abre a lo otro, uno cerrado. Comprobamos que la tarea será ardua, destruir todas esas fronteras resulta complicado. Sin embargo, si las fronteras que marcan ya al individuo como átomo se disipan, si el individuo ya no se ve uno sino parte de una comunidad, siempre parte diferencial, todo cambia. De este modo, ya no partimos de lo uno, de la identidad, y así el mundo puede abrirse a lo otro. Diríamos que los capullos tornan flores. La sociedad deja de ser una suma de idiotas (en el sentido etimológico que comporta el egoísmo, los intereses privados) para generar una comunidad.

Regresando a los horizontes, al igual que hacemos con las fronteras, hemos de devolverles el sentido positivo. Debemos eliminar todos aquellos barcos de los que hablábamos que no nos permiten ver más allá. Repensemos el horizonte como algo vivo, productivo, algo que conecta, que une, que genera riqueza. Huelga decir que entendemos riqueza como potencia vital comunitaria. El horizonte negativo proviene de una jerarquía vertical. El horizonte negativo deviene muro. Cuanto más alto, mejor; esto es, cuanto menos nos deje ver lo otro que el Poder se empeña en ocultar, mejor. Mejor para el Poder, claro. Ese tipo de horizonte es vertical, un rascacielos. Mas los rascacielos son barrotes de las celdas en que nos encontramos tan a gusto, disfrutando de la vida que no vivimos, de nuestro vivir felizmente iluso, de nuestro vivir idiota, de nuestro vivir a merced del Poder. Contra estos horizontes-barrotes, horizontalicemos el mundo para eliminar las jerarquías verticales. Despejemos los horizontes. Y no sólo eso, creemos más y más.

Horizontalicemos, esto es, fronterritorialicemos el mundo.

Referencias

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Deleuze, Gilles y Guattari, Felix. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos, 1997.

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Nietzsche, Friedrich. (1947). Obras completas I. El origen de la tragedia y obras póstumas de 1869 a 1873. Buenos Aires: M. Aguilar, 1947.

Nietzsche, Friedrich. Obras completas II. Consideraciones intempestivas. Buenos Aires: M. Aguilar, 1949.

Rosa, Hartmut. Resonancia. Una sociología de la relación con el mundo. Madrid: Katz, 2020. Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Alianza, 2011.


Imagen de portada, Pablo Zamorano, @Locopek

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