Miguel Benasayag, De la vida en tiempos de pandemia

Traducción Tuillang Yuing-Alfaro

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Digámoslo claramente: En rigor no tenemos idea de lo que estamos viviendo.  Y si hay  al menos una cosa que nos parece cierta hoy es que no hemos terminado de contar nuestros muertos ni de constatar los daños sanitarios, humanos y económicos causados por la difusión mundial del coronavirus.

Sabemos también que a fin de cuentas, es la miseria y la tristeza la que nos espera.  Y como siempre, afectará más duramente a los más frágiles de nosotros. Para los demás, nada se sabe. Dudamos y nos ahogamos hora tras hora en la información para llegar a la conclusión de los ministros y los poderosos de este mundo  saben  apenas más que nosotros.

Y por tanto, si abrimos bien nuestros ojos y orejas, nos sorprenderá darnos cuenta de que es posible a nivel de país, e incluso de continente, tomar medidas radicales para proteger a las poblaciones.  Esas mismas medidas que se nos decía desde hace diez años que eran imposibles cuando se trataba de luchar contra el calentamiento global  o de poner fin a la contaminación con pesticidas o incluso de prohibir, lisa y llanamente, los alteradores endocrinos. Consideradas necesarias y aplicadas hoy sin vacilación, estas medidas dirigidas a fortalecer nuestros sistemas sanitarios eran ayer aún sacrificadas en nombre de un realismo económico que nos advertía categóricamente que éstas no eran viables.

Aquellos y aquellas que se oponían a la destrucción de nuestra estructura social, que llamaban a un uso distinto de nuestros recursos económicos,  eran a menudo tratados de idealistas, populistas o soñadores ingenuos. Desgraciadamente hoy se constata el precio que “el realismo” nos hace pagar frente a una crisis sanitaria mayor, ante a una situación verdaderamente “real”. Tanto que es difícil de creerla. En pocos días, los responsables políticos han sabido, milagrosamente, encontrar las voluntades y recursos (éticos y financieros) de los que carecían cuando se trataba de regular la industria automovilística, de acoger dignamente a refugiados e inmigrantes o de reforzar la estructura social de nuestros países.

Al menos hemos aprendido lo siguiente: el fatalismo económico, la destrucción de nuestros ecosistemas en nombre de las lógicas industriales, la bulimia antropofágica de los bancos, los dictados del FMI (y la consecuente destrucción de nuestros servicios públicos), todas esas realidades que los izquierdistas edipicos no aceptaban, pueden producirse. Ciertamente, se intentará explicarnos, una vez pasado el horror, que esas medidas eran necesarias porque la vida estaba en peligro. De entre nosotros, los más perspicaces responderán que las síntesis químicas, la contaminación atmosférica y la industria petrolera, aplastan concretamente a los seres vivos; no mañana ni pasado mañana sino durante mucho tiempo.

Solo que, “los más perspicaces de entre nosotros” están lejos de  ser la mayoría. La amenaza del desastre ecológico le parece a la mayoría más lejana y menos inmediata. En primer lugar, pareciera que ella no afecta directamente aún (o al menos lo hace sin que la gente se dé cuenta) al segmento de la población mundial que vive cómodamente. En segundo lugar, esta amenaza incluye un número importante de variables que son desconocidas u obscuras para la mayoría de las personas que, en la dificultad de ser representadas, les cuesta sentirse implicados y actuar. Por el contrario, una amenaza como la de la pandemia que vivimos actualmente, aparece como inmediata: podemos morir; hoy, ahora. Hay que protegerse, actuar. La cuestión se trata entonces de saber qué es lo que determina el carácter inmediato de la amenaza. ¿Se trata realmente de una propiedad intrínseca de esta pandemia, que la distinguiría, por ejemplo, de la amenaza ecológica? Mirando la situación de cerca, nos parece que aquello que ha contribuido de manera decisiva a hacer de esta pandemia una amenaza inmediata, está en buena medida ligado a la acción de los gobiernos y a los dispositivos disciplinarios desplegados. Dicho de otro modo, aquello que hace a la pandemia inmediata no es la mortalidad del virus (carácter intrínseco) sino más bien el actuar disciplinario de los gobiernos. Esto constituye una lección fundamental de la que tendremos que recordarnos: si todo lo que se percibe no se  lo percibe fuertemente (en el sentido de Leibniz), es cierto que para pasar de una percepción (esa en la que estamos sumergidos) a una apercepción (una imagen clara a partir de la cual y por relación a la cual podemos actuar), se necesita una acción. En este caso particular, se ha requerido de la acción coercitiva de los gobiernos. Es entonces la medida de encuadre e identificación de una amenaza como inmediata la que nos puede hacer pasar de una percepción difusa a una percepción clara. ¿Por qué no llegamos a actuar de la misma manera frente a las otras amenazas? Ya que, por el momento, hay que reconocer que no existe aún más que una minoría (creciente por lo demás) que percibe claramente la amenaza inmediata del desastre ecológico (muchos de ellos científicos y figuras emblemáticas como Greta Thunberg). Por el contrario, lo que no existe, es una medida gubernamental y un movimiento de legitimación (no forzosamente disciplinario) de esta percepción clara de una minoría, vale decir, una medida de encuadre necesaria para la acción.  

No sabemos quién estará allí mañana y por quién deberemos llorar. Pero sabemos al menos que no hay que perder la memoria. Esta pandemia no es un “accidente” sino un evento que se esperaba desde hace 25 años. Como en Crimen y castigo, aquellos que han cometido y perpetúan el ecocidio, saben que son culpables, conocen sus crímenes y esperan el “castigo”. No perdamos la memoria, no solamente para levantar monumentos sino también para recordar que es posible limitar la barbarie economicista y que los (ir)responsables pueden  y deben aplicar planes de protección de la vida y la cultura. No perdamos la memoria de la capacidad que han mostrado los gobiernos, cuando verdaderamente lo quieren, para hacer de esta amenaza algo inmediato y fuertemente perceptible.

En el futuro intentemos no confiar en estos (ir)responsables que nos seguirán hablando de esta sacro-santa “realidad económica”. Cuando la pandemia quede atrás, recordemos que hemos sabido y que hemos actuado siguiendo nuestro deseo de libertad, aun sin poseer un saber completo sobre la situación. Así pues, debemos saber actuar en una época oscura y compleja, vale decir, sepamos comprometernos con un cierto grado de incertidumbre, sin esperar la información más reciente para actuar. Si es un no-saber estructural el que se sitúa en el corazón de toda situación compleja, recordemos que sabíamos, aun en la oscuridad, que es posible actuar de otro modo; que la única cosa “real” que existe es la no-voluntad  de los gobernantes del mundo de actuar en una cierta dirección y de modo responsable. Que nuestro deseo de libertad y no un saber totalizante, sea la luz que nos guie en la oscuridad de la complejidad.


Imagen: özge enginöz, What do you have in common with the ones who want to live?