Mauricio Amar, Lo que puede una Intifada

Sobre Intifada. Una topología de la imaginación popular de Rodrigo Karmy Bolton (Metales Pesados, 2020)

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Resulta especialmente grato dedicar algunas palabras al libro de un amigo, especialmente cuando uno siente que por marginal que sea, ha logrado jugar un rol en su elaboración. Diré que, en mi caso, ese rol es, justamente, el de amigo dedicado fundamentalmente a escuchar, a sabiendas de que en la escucha se juega una cuestión importante para el problema mismo del libro Intifada. Una topología de la imaginación de Rodrigo Karmy Bolton, recientemente publicado por Editorial Metales Pesados. He escuchado a Rodrigo incontables veces y me he atrevido a usar sus términos, conceptos, ideas, a sabiendas de que nunca le pertenecieron, pero que su pensamiento ha sabido actualizar sin perder por ello la potencia con la que fueron formados. He escuchado y con ello he tratado de no ser sólo una vasija sobre la que se vierte un buen vino, sino también un cuesco, que recibiendo la potencia del pensamiento ha sabido ser lanzado y convertido en una cosa otra, de nuevo uso, de alcance y capacidades insospechadas.

Intifada parte con la imagen de un cuesco lanzado hacia un tanque en el film de Elia Suleiman Intervención divina y desde allí ya sabemos que cada término del libro conduce a una cosa diferente de lo que se nos muestra a primera vista. El cuesco es el centro de un fruto, pero esconde una potencia, la de ser un artefacto explisivo benjaminiano, que hace saltar el tiempo histórico lineal y homogéneo, provocando una verdadera intervención divina, una violencia divina, frente a la cual el poder no cesa, una y otra vez, de intentar absorber. «Fuera del continuum tienen lugar los sueños -dice Karmy-, la imagen de un posible que acontece sin querer: el personaje caracterizado por Suleiman que maneja el automóvil no tiene «intención» de hacer estallar el tanque. Fuera del continuum se desatan las luchas casi imperceptibles, más allá́ de cualquier centro que pudiera ordenar el espacio-tiempo» (p. 22).

La fuerza del poder se cierne sobre la potencia de las cosas, pero falla, porque de lo que nos habla Rodrigo no es sólo de una praxis contenida en un punto específico del espacio-tiempo, sino de una apertura absoluta a la medialidad que hace posible incluso el orden de las injusticias en que vivimos. Orden que juega a la captura de los medios puros bajo el impulso de una violencia mítica que no acepta los desbordes de aquella fuerza tan débil como infinita que le ha permitido nacer.

La palabra Intifada, que en árabe designa un levantamiento y que, aquí pasará a ser traducida como una revuelta, funciona como título y eje articulador de una constelación de otros términos. Y esta es una cuestión que siempre me ha interesado del pensamiento de Rodrigo, la capacidad para dar con paradigmas, conceptos-constelaciones que hacen rondar en torno a ellos una enorme cantidad de formas que explican y se explican en la relación, llegando incluso a dejar el centro vacío. Ese primer concepto del que partimos es ya, desde siempre, otro. La Intifada se vuelve revuelta, la revuelta Intifada, la revuelta ama la imaginación, la imaginación se transforma en uso del mundo. Ser otro desde el concepto mismo, hace que de ellos no podamos esperar una representación, sino un movimiento, una intensidad diferentes direcciones, siendo ellas, jugando a perderse en la eternidad.

Por eso la Intifada es también Huelga general benjaminiana, mundo imaginal suhrawardiano, inoperosidad agambeniana y, quizás, sobre todo, topología, líneas del mundo, territorios, formas cósmicas inaccesibles para quien se encuentra sumido en la demarcación de la tierra y los cuerpos que ha producido el quiasmo cartografía-biopolítica. Territorio de la imaginación como potencia de la visión, la topología designa espacios no-donde, no utopías en el sentido de un lugar que no es, sino un donde que es siempre en la medida en que se esconde, que evade toda posibilidad de interpretación y que sólo podemos apreciar en el instante de peligro, en la singularidad de una revuelta. En Rodrigo, la revuelta -idea que ha sacado de Furio Jesi- se opone radicalmente a la revolución, en tanto esta última designa siempre un programa de reordenamiento del mundo, una estabilización bajo premisas diferentes, pero, al fin y al cabo, ingenua carcelaria de la potencia imaginal.

Como se puede desprender de lo ya enunciado en estas líneas, Intifada de Rodrigo habla de la Intifada palestina para convertirla en una cifra a partir de la cual se pueden leer todas las revueltas contemporáneas, haciendo el doble juego, propio de un paradigma, de universalizar la revuelta palestina para convertir en Intifada a los levantamientos populares que, por todo el mundo, han puesto en tela de juicio el orden impuesto por el neoliberalismo y su expresión policial. La idea de un cosmopolitismo salvaje, también presente en el libro, no puede entenderse sin atender al contagio, la mezcla necesaria que ilumina el trasfondo de la revuelta, la herida abierta que no tiene patria y que hace aparecer a Palestina en Chile o en cualquier otro lugar del mundo en que se levanten los pueblos contra los dispositivos opresores del poder soberano.

En este sacar de sí mismo a los conceptos para generar una reverberación de su sentido, aparecen algunas claves en árabe que cumplen con el gesto propio de los falasifa de reconocer en la lengua que se asume propia una imposibilidad de apropiación, una universalidad que implica contagio, múltiples puntos de entrada por donde se introduce el griego, el persa, el arameo en el árabe, haciéndolo posible a su vez y devolviendo un árabe en el español. Así, la traducción vive su momento de traición innegable, al tiempo que puerta a la posibilidad misma del pensamiento. Iytihad como crítica o kuffiye como rostro sin cara, potencia del no-poder.

¿Qué puede significar hoy, para nosotros, una iytihad? Para Rodrigo, al menos es un gesto que atañe a una forma de vida, en la que el paradigma Averroes aparece para enunciar la justicia de un pensamiento no sometido a los intereses de los teólogos. La necesidad de encontrarse cara a cara con las posibilidades infinitas del pensamiento antes de la elaboración de todo dogma. Iytihad como crítica, gesto destituyente, tal como lo es la revuelta, al menos como enunciación. El filósofo es menos un soberano capaz de armar un sistema coherente de reglas y más un buscador imaginante, que a su paso nada tiene una consistencia dada para siempre, pues en todo momento el cuesco puede devenir bomba o poema. Este, en Rodrigo, es un gesto no particular de un individuo o un pueblo, sino que es más bien una fuerza al interior del pensamiento que teje sus hilos sin territorio, como un rizoma. «Desde Al Farabi a Averroes y desde Spinoza a Marx –dirá– el pensamiento se ha obstinado a indagar sobre este problema (el de la Iytihad), intentando restituir, por diversas vías, el otrora problema aristotélico de la “felicidad en la tierra” gracias a una crítica intempestiva del presente. El coraje del pensamiento no descansa. Sigue trabajando a pesar de los conjuros que recibe» (p. 70).

La Intifada es justamente esa abertura que muestra a todo concepto tendido, listo para ser diseccionado, vuelto a lanzar al intelecto común no sin antes imaginarle formas múltiples, posibilidades de su existencia. Es un caso singular, el de los palestinos. Nos dice Rodrigo que «La intifada de 1987 fue el catalizador que hizo devenir a los palestinos de los Territorios Ocupados de una simple “población” de la cual el ojo sionista podía disponer arbitrariamente, a un “pueblo” que es capaz de demandar el fin de la ocupación y luchar por su autodeterminación. No quiere decir esto que la intifada haya iniciado, por vez primera, resistencia palestina constituyendo a los palestinos bajo la potencia de un “pueblo”. Mas bien, las cristaliza en un nuevo tiempo» (p. 133). La intifada catapulta a los palestinos a una nueva escena, una renovada posición frente al mundo y a la ocupación israelí, pero al hacerlo, se transforma su propia lucha circunscrita a un territorio en un asunto de interés mundial, iluminador de procesos no sólo de la barbarie colonial, sino también de la resistencia y sus posibilidades.

Por cierto, en la intifada hay un martirio, de corte extraño, porque es un martirio que sacrifica al sacrificio, que irrumpe para desactivar la máquina que produce la ocupación sionista de Palestina. Un acto de potencia absoluta, en el que los cuerpos buscan en nuevos usos an-económicos y, por eso mismo profundamente a-teológicos. «El martirio intifadista –dice Rodrigo– interrumpe el circuito necropolítico que domina a los Territorios Ocupados. Alza los cuerpos y les libera de la captura soberana que opera móvil, desterritorializada, y desplegada en múltiples dispositivos que comandan y cartografían el espacio y el tiempo de la vida colonial en la triple articulación advertida por Mbembe: disciplinaria, biopolítica y necropolítica» (p. 138). La cartografía aparece, entonces, como uno de los dispositivos que la intifada hace estallar, aunque no lo quiera, como decía Karmy al inicio del libro respecto al cuesco-bomba de Suleiman.

Ese juego de velo y desvelo de la intifada tiene su imagen en el kuffiye, el famoso pañuelo que en algunos locales del centro de Santiago se venden como «palestinos». En Karmy, el kuffiye adquiere una fuerza inusual, el caracter de una prenda de vestir que es signo de la resistencia, que aunque tapa el rostro, expone radicalmente el gesto an-económico y an-arquista de la revuelta. «El kuffiye –dice– no pretende ocultar nada, sino mas bien, exponerse como el pulso de una epifanía. Como tal, acontece como el signo vivo de una lucha, el lugar que disemina toda identidad en la “débil fuerza” de las piedras, el vestido de una acefalía que dice que aquí no hay cabezas que cortar, porque no hay cabezas que gobernar» (p. 142). Cabe recordar aquí una obra de la artista palestina Mona Hathoum (Hathoum, Kefifieh, 1993-1999), que expone un kuffiye hecho de sus propios cabellos, que desbordan la cuadrícula del tejido, mostrando, tal como hace Karmy la imposibilidad de retener bajo la cartografía de la ocupación la potencia de la topología de la revuelta. Así, también ­–dirá Karmy– «La aneconomía de la intifada dislocó a la economía de la ocu-pación, interrumpió el circuito del capital y la doble faz de su po- der, pareció desplomarse por un instante en la radicalidad de una potencia. El nómos colonial israelí tocaba el lugar de una anomiaque, entre kuffiye y piedras, brotaba con el estruendo intifadista. Frente a la fórmula de Shamir, según la cual Israel debe establecer en los corazones árabes el miedo a los judíos, la intifada fue un tipo de violencia por la que los palestinos dejaron atrás el miedo transfi-gurando sus afectos» (p. 150).

La intifada palestina ha debido salir de sí para ser también revuelta árabe en 2011, chilena en 2019. Cae Ben Ali en Túnez, cae Mubarak en Egipto. Y si bien el destino de la primavera árabe ha sido dispar y en la mayoría de los casos derrotada por la emergencia de gobiernos autoritarios, en las calles árabes la memoria de la revuelta ha hecho que nada sea igual, porque se ha producido una reverberación, un fluir de la intifada que trastoca cualquier identidad nacional. Los palestinos devienen árabes, los árabes palestinos, haciendo de su propia lucha la iytihad que hace aparecer una lectura de la injusticia de sus sociedades como una ocupación. «Desde las ciudades marginales –dice Rodrigo–, la intifada terminó por localizarse preferentemente en las plazas públicas de las grandes metrópolis, más allá de las territorializaciones impuestas por el nómos postcolonial, posibilitando un uso inédito de los cuerpos por el que se fragua la aparición de la vida activa. Como si la reserva mitológica presente en esta “tercera intifada” hubiera reeditado en una escala cualitativamente más amplia a la nakba palestina, como si la asonada popular denunciara a sus gobiernos como fuerzas coloniales que han terminado por “ocupar” un territorio ilegalmente. Todos los palestinos devienen inmediatamente árabes y todos los árabes palestinos» (p. 211).

El grito de las calles árabes es aquí fundamental: ashab yurid isqat an-nizam, el pueblo quiere un cambio de régimen, indica no sólo la necesidad de transformar un gobierno en particular, sino el régimen como reparto de lo sensible, acaso incluso de la pretención de universalismo y normalización tan propio de los saberes universitarios. La intifada, palestina, árabe, revuelta que no aspira a la creación de un tiempo vacío y homogéneo y que, por tanto, se experiencia siempre en un estado de inactualidad, trastoca los saberes y la manera en que estos han determinado jerarquías, que a fin de cuentas no son más que producciones de una máquina cuyo centro está vacío. Por eso, dirá Karmy que «Intifada es el nombre de una difracción que toda revuelta ex-perimenta consigo misma. Su devenir la inactualidad de un resto que hace de su estallido siempre u-tópico y fuera de lugar. Límite de toda episteme, la intifada deviene el fulgurante conocimiento parido en un instante. No puede ser conocido mientras nos alojemos tranquilamente en la economía de saberes estructurados desde la imagen del mundo y bajo los cuales hemos sido universitariamente formados. En su inactualidad, la intifada es el nombre de la impugnación del dispositvo universitario y su pretensión de universalidad» (p. 212).

El pensador hace iytihad, la revuelta hace crítica. De una forma inusual, Rodrigo nos muestra al propio pensamiento como una forma de revuelta, justamente en el momento en que el poder enuncia el estallido social como una irracionalidad frente al desarrollo y el progreso del neoliberalismo. Pensar críticamente significa en Intifada, una ruptura con todo nihilismo y atomización constituyentes del poder. Es la apertura a la pura medialidad del mundo imaginal, que a su vez genera una confusión -terrible para los racionalistas- entre imaginación y pensamiento y, por tanto entre pensamiento y uso, disolviendo en un sólo gesto cualquier intento de clausura del flujo cósmico del que la revuelta deviene singularidad.

Pareciera que todos los libros de Rodrigo tuviesen algo de cuesco en transformación. Escritos bárbaros (Lom), Fragmento de Chile (DobleAEditores) hacen justamente gestos destituyentes que, al igual como ocurre en Intifada, dichos gestos no se quedan sólo en la destitución, sino que se abren de diferentes formas a una vida digna de ser vivida, a una afirmación de las posibilidades de la vida más allá de toda búsqueda de captura por parte del Estado, la nación, la economía, el derecho o la policía.

Leer Intifada ha sido una experiencia notable. A diferencia de los lectores del libro impreso o electrónico, tuve la posibilidad de masticarlo durante algunos años. Ahora, que por fin ha aparecido en librerías, tal vez uno se permita con mayor soltura citarlo libremente, algunas veces mencionando a Rodrigo y otras tantas haciendo gala de conexiones extrañas entre Suhrawardi y la revuelta chilena o entre la locura de Kant y la destitución de toda cartografía. Al fin y al cabo, Intifada es en sí mismo una experiencia de lo común de pensamiento.